sábado, 21 de octubre de 2017

Relato 37: "Tictac"


Un hombre está sentado en el sofá de la sala de su casa. Una casa pequeña, que consta de dos meras habitaciones estrechas, donde la soledad merodea a diario, por esos rincones incómodos, deslizándose el aire con dificultad. Meditabundo, cabizbajo y angustiado se encuentra, mirando constante al reloj, aguardando que llegue el momento. Y el tictac que suena cada quince minutos. Es una punzada lacerante a su pecho, que con cada sonar le desangra. Mientras el tiempo corre y el final se acerca, se prolonga su sufrimiento. Ve el péndulo oscilar de derecha a izquierda, que danza parsimonioso, jugando con el reloj, columpiándose para deleite de la mirada de aquel hombre, quien, inquieto, sin saber hacia dónde dirigir su vista, encuentra serenidad en ese vaivén.



Dan las cinco y media, y esos treinta minutos en los que el péndulo bailaba pasan a ser agobiantes, por el monótono movimiento que, semejante a su vida, tras convertirse en algo trivial se vuelve aburrido y exasperante, no pudiendo encontrar consuelo o esperanzas en ese transcurrir.  Y entonces aleja sus ojos de él, sin ser ya digno de su contemplación. Cuando el reloj canta las seis y media, alza la cabeza, con el alma preocupada, entregándose a la desesperación. Quisiera escapar, pero por ratos prefiere entregarse a lo inevitable. Sabe que Ananké dictó el veredicto incorregible y siendo un simple mortal, por no poder interceder en la palabra de Ananké, al congojo se entrega.
Sus ojos podrán no llorar, aunque su ser se retuerce y solloza de dolor, de irremediable dolor. El tictac del reloj sigue sonando, exacerbándole, porque es como si fuese un recordatorio del destino, apresurándole a concluir. ¿Por qué la vida debe de ser tan cruel? Pues no es por voluntad de él que debe hacerlo. No se le concedió el don de decidir sobre su vida y en lugar de ello, la fatalidad se filtrará en su existencia, para darle sentido a esa odisea absurda en la que estaba ahogado y no es sino hasta el final que adquiere sentido y algo de afabilidad.
Llegan las seis y cuarentaicinco, junto al estruendo del reloj, acompañado del incesante tictac. Empiezan a brotar gotas oceánicas de sudor, que se dibujan sobre su frente y su cuello, resplandecientes –aunque aquel resplandor no era alegoría de esperanza, sino de desilusión–. Entonces la desesperación consigue su deseo, al apoderarse de su desdichada racionalidad, la cual sucumbe ante la pasión de la zozobra.     
Faltan cinco minutos para que el reloj estremezca su último sonido, encallando el tictac que le agobia tanto. No obstante, no podrá disfrutar de la marcha del tictac, puesto que irá a la vez con él. La fatalidad arrasará con todo… hasta con el tiempo. Será descomunal aquel olvido que se posará sobre el desolado hogar de ese pobre hombre. En ese hogar donde mora la soledad y cuando rocen las agujas su destino, esta se marcha, para darle bienvenida al siguiente ser que se hospedará en la casa. La soledad viajará a un nuevo lugar, para ver a ese hombre a través de sus recuerdos, cuando él more en la nada. El tictac no se detiene, pese a la cercana oscuridad. Las estrellas sueñan, mas el tictac no duerme aún.  
El viento comienza a filtrarse por fin a granel en la casa, colándose por las grietas. El frío inunda la habitación, ya que la desgraciada Ananké se manifiesta en el lugar, abrazando a aquel desdichado para besarle y alejándole de los ensueños, posar su ser en otra atmósfera, donde reina la serenidad. El miserable recibe el amor de Ananké y termina sucumbiendo en el hades. Simultáneamente, cuando su iris se apagó, la desgracia manchó el reloj y el sofocante y agobiante tictac calló.   


FIN.