Después de un apagón de
iluminación en todo su entorno, los ojos abrió, con la finalidad de, entre la
extensa nada despertar, para así una gigantesca puerta surgir, y una retumbante
voz se manifestó:
-Bienvenido, pasad por aquí,
habéis de encontrarte en la entrada hacia el punto donde todo es paz y
felicidad, lleno de satisfacción y plenitud. Donde nunca hay oscuridad, y la
luz es quien ha de reinar. Aquel sitio del que la humanidad mucho ha hablado y
siempre ha querido imponer un pensamiento, como si éste fuese cierto, sin nunca
antes conocerlo, siendo solo una conjetura formada por el analfabetismo. Mucho
han de pensar sobre ello, mas su ignorancia no logran ocultar, solo la pueden
disfrazar. Lo cierto es, que ninguno de ustedes puede comprobar y contar cómo
es; para hacerlo antes deben llegar hasta aquí, sin poder salir. Quizás lo
mejor es simplemente guardarse todas vuestras teorías llenas de subjetividad, que,
al final, no son más que una ilusión en vano por desear una reconstrucción
mental de este desconocido y singular lugar. Pensando todos, siempre, en cuán
bello o aterrador ha de ser; para otros podrá ser desventurado y execrable. Todos
han pensado en él, sabiendo que nunca lo lograrán comprender, sino hasta por sí
mismos en lo que llaman “el más allá” poderlo observar. Un ser imperfecto jamás
podría imaginar algo perfecto, y aquí la perfección es favorable para cualquiera,
sin exclusión o rechazo alguno. El tiempo aquí pierde sentido, el ayer ya pasó,
el futuro es solo una ilusión, mientras que del presente nunca nos percatamos a
tiempo de su presencia. Nada de eso debe preocuparte, no hay espacio para la
discriminación o el juzgar, pues tu color, religión o edad es solo una
calificación impuesta por la sociedad. Solo en lo bueno nos hemos de fijar,
nadie te podrá juzgar, ya que eso en el olvido ha de quedar. Donde la vida se
nos pasa por nuestros ojos y nos da igual, porque ya nada importa más que lo
surreal y la satisfacción hallada en la placentera tranquilidad. Ustedes, los
seres humanos, en su totalidad, son bienvenidos, sin importar si hiciste bien o
mal; a pesar de la relatividad del mal de los demás entre toda la humanidad. El
transcurso de los conocimientos humanos finalizó, ahora la verdad has de
conocer, para así el pacto con la realidad romper, y a otro lugar tan diferente
a todo lo conocido, llegar a cruzar.
Dicho eso, una enorme puerta
celeste y bien construida, tan bella como un ángel, se abrió y el rostro del
descanso se le mostró. Finalmente se encontró con la alegría y libertad eterna.
Éste era el salón de la satisfacción eterna, a donde todos queremos llegar, y
curiosidad muchos tendrán, aunque, la mayoría, por momentos la piel se les ha
de sacudir, cada vez que piensan en él.
Cruzó por fin la puerta que lo
alejó de la existencia, su ciclo en el mundo había finalizado, el salón de la
inexistencia humana y de la indeleble alegría, a él ya lo habría de albergar. En
otro mundo finalmente reposaba.
Sus ojos humanos cerró, pero tal
vez, de alguna u otra forma en un sector
diferente los abrió, o ¿quizás permanecieron cerrados? ¿O ninguna de las dos?
Es un dilema, como la vida misma, entre el bien y la maldad, acompañada del
gozo y la inconformidad.
Aunque aquí ya nada relativo a la vida y la
humanidad poseían importancia. Lamentablemente, hasta no llegar a la perfección
o la muerte, no podremos darnos cuenta de tal final, y no creo que la primera
opción se llegue a cumplir. Por ende, nuestra mente humana, mientras apegada a
la realidad esté y encarcelada entre las leyes humanas, no logrará saberlo. Hasta
entonces, no existirá manera de saber, qué nos deparará cuando llegue nuestra
oportunidad de cruzar la enorme, excepcional, e ignota puerta.
FIN.
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Thomas Vizcaíno, era la clara
definición de un narcisista: ególatra a más no poder, poseía un ego a granel. No
paraba de repetir cuantas veces pudiese, “lo hermoso que era”; ya fuese en voz
alta, para que lo oyesen y se percatasen
de su presencia, y de su “extraordinaria belleza” –como acostumbraba a
referirse sobre su apariencia–; o en la tranquilidad de sus pensamientos,
intentando convencer a su cerebro de ello. Era ambicioso, en el sentido malo de
la palabra. Pues, pensando que la belleza en las personas es algo natural, y su
concepto es subjetivo; él tenía un pensamiento contrario a ello. Estaba seguro que
se podría llegar a un nivel de magnificencia, que hasta los más arrogantes y
orgullosos podrían sentirse deslumbrados por tal hermosa figura, esculpida por
la perfección. Thomas se consideraba a sí mismo, aquel humano más cercano a
ese escalón que conducía hacia la excelencia absoluta. Pero, a la vez estaba en
el dilema en que creía que todavía no era lo suficientemente hermoso, ya que
ante los ojos de la perfección, no era más que un pútrido, horrible y
desagradable rostro más, entre la insignificante humanidad, –pensaba él–,
puesto que cada vez quería más. “Belleza” era una palabra que, en su cerebro,
aún no lograba culminar su concepción, no hasta llegar a ser el reflejo
completo e inigualable de belleza objetiva e innegable.
Tenía numerosos espejos en todo
su hogar. El espejo más grande de todos, estaba cerca del baño, era enorme y
mucho más alto que el mismo Thomas.
Un día al despertar, Thomas fue
hacia el baño; interrumpiendo su transcurso por culpa del gigantesco espejo. Se
detuvo por cierto tiempo a contemplar su figura: sus azules y notables ojos, con
pestañas largas y abundantes; un tabique cerrado y no tan amplio, haciendo que
sus tupidas cejas pudiesen ser más destacables ante la vista; su frente bien
pulida, sin cicatriz o imperfección facial alguna que se pudiese señalar. Más
arriba, en la cima de su cabeza, se hallaba uno de sus rasgos más notables, su dispendioso
cuero cabelludo, color rubio y sedoso, que se extendía hasta la altura de sus
hombros. Y, lo que, según Thomas, eran unos dientes tan brillantes que segaban
al mismo sol, en el más caluroso de los veranos. Un joven con una empedernida petulancia,
tan alta como su soberbia ante “la fealdad”.
Al ver su reflejo en el espejo,
no pudo evitar gritar, alborotado, perturbado por el horror que se encontraba
delante de él. Era horrible y perturbador, una asquerosidad abortada por la
fealdad; un engendro incomprensible, ajeno a todo lo imaginable. Si ese habría
de ser su reflejo, entonces Thomas sería el horror más desagradable y espantoso
de este mundo; aquello causaba asco, miedo, pena, o cualquier otra sensación de
rechazo. Era difícil creer que esto fuera una pesadilla, puesto que, aquello
que veía, era una clase de monstruo inimaginable por cualquier mente humana. No
hay lienzo imaginativo u onírico que trace las características que daban forma
a esa horrida putrefacción visual. Toda su belleza se había desintegrado a los
más apocalípticos niveles de la deformidad, cayendo en un hueco, junto con todo
su ego, al presenciar cuan desagradable reflejo, que no soportaba ni siquiera
ver o pensar.
Su cabello ya no estaba, y aquellas
tupidas cejas, se habían transformad en vastas cicatrices sobre su piel. Piel
que ahora estaba pálida y pútrida, en un estado más mórbido que el de la
descomposición; la mayoría de sus dientes se habían caído y unos pocos eran los
que quedaban, putrefactos y amarillentos, con poca dureza; al abrir la boca,
vio en el cristal, como, de su boca salía un líquido lleno de pus. Sentía un férreo
y purulento ardor, recorriéndole toda su mandíbula. Su boca, reseca y
cicatrizada, no soportaba ni verla. Por raro que pareciese, lograba ver con
esos “ojos” que ahora eran negros por completo, semejantes a profundas cuencas
vacías. Los labios su color habitual habían perdido y estos ya se encontraban
decaídos, quedando limitados a desgastados restos de lo que alguna vez ornó su
boca; en su parte interior tenían un aspecto raro de quemaduras y sulfatados,
que le provocaba una vigorosa irritación. Los pocos dientes que le quedaban,
habían perdido su llamativa tonalidad y estaban llenos de caries e
imperfecciones, pareciendo embrolladas y deformes cordilleras, repugnantes, sin
limpieza u orden alguno, reflejando una enorme anormalidad; representativos de
la vergüenza y fealdad a gran escala. Su mandíbula inferior estaba próxima a
caerse, y ni hablar de sus asquerosísimas extremidades, como de anciano,
acabado por la cruel vejes. Su cuerpo había ganado mayor grasa, aumentando su
masa en gran cantidad. Ya no poseía aquel atractivo, ni sus excepcionales
pestañas, las cuales se habían evaporado.
Corrompido por la desgracia y la
infortuna fealdad, ahora estaba vacío y extinto de todo concepto humano sobre
la belleza. Ante los ojos y la definición de hermosura, impuesta por la humanidad,
excluido estaría ahora. No soportaba estar así; ésta debería ser una de las
peores pesadillas que pudiese tener, pero ¿por qué no despertaba? Quería que el
reflejo cambiase; evidentemente, ese momento era algo más que una mera
pesadilla.
Se lamentaba y golpeaba el espejo
con fuerza e ira; mas éste, ante los estruendos ni se inmutaba. Repetía,
alterado y en pena: “devuélveme mi belleza, éste no soy yo, quitad esta
monstruosidad de mi vista y muéstrame la verdad”.
Después de varios golpes y gritos,
un temblor se manifestó, su ambiente negro se quedó y una voz le habló:
-Ésta es la realidad, habéis cruzado
más allá del mundo de las ideas; contempla las imágenes que a pocos humanos se
les concede ver.
La voz pertenecía a alguien muy
alto, vestido por una túnica negra; con cuatro líneas rojas verticales, entre
tres y seis centímetros de grosor; situadas en la zona frontal de la vestimenta;
dos a la derecha, y las otras dos al lado izquierdo, formando rectángulos mediante
dos líneas rectas como bordes; entre las dos líneas (o el interior del
rectángulo), habían múltiples rostros dibujados. Cada uno expresaba
sentimientos distintos, habían rostros asustados, felices, tristes, confusos…,
otros expresaban locura, frustración, dualidad, y diversos rostros más, caracterizados
por diferentes rasgos. Por alguna razón enigmática, la cara de aquel extraño
personaje no podía verse, como si una especie de humo, del mismo color del
entorno del lugar, le cubriese todas las zonas superiores a sus hombros.
El narciso de Vizcaíno –quien ya
no tenía atributos que presumir para merecer tal adjetivo–, confundido e
irritado, gritaba implorándole a quien estaba delante suyo, que le devolviese
su original rostro y lo sacase de aquella enorme mentira. Le preguntó en qué
clase de sitio estaban, y porqué fue a dar allí, si era solo una ilusión de su subconsciente,
jugando con él, manipulándolo en algún delirio o algo irreal, en aquel infierno
onírico donde suponía que estaba; o si el suceso era cierto.
-¿Qué demonios es este tétrico
lugar?, ¿qué me hiciste, maldito inepto?
¡Responde, estoy seguro de que tienes todas las respuestas a mis preguntas!
-Si por belleza, te refieres a
aquel rostro superficial ante los ojos de la humanidad, entonces déjame decirte
que estás equivocado; aquello que pudiste ver es la realidad, como todo tu ser.
Lo que fue de ti tiempo atrás, es solo un disfraz
físico perceptible por los ignorantes hombres. Y lo que ahora, según los
caprichos de los humanos, es “feo”, es tu realidad. La verdad, es que tu ser es pútrido y
horrendo, lleno de maldad y pútrida fealdad amarga. En este mundo, el cual es
posible su comunicación gracias al espejo, es donde realmente puedes observar
tu rostro original. Te criaste en una vasta mentira; buscaste refugio entre la
ignorancia, solo porque ahí te sentías mejor. Después de todo, para la
humanidad es más fácil aceptar la falsedad que cubre la horrífica verdad, en
lugar de abrir los ojos a la realidad. Aunque, lástima que, por culpa de su
racionalidad humana, no puedan ir más allá del arraigado mundo en el que viven,
que lo consideran surreal; no sin la
participación de seres por encima de ustedes.
»Eres feo y horrendo, un simple
ninfo poseedor de una supuesta belleza, la cual es artificial. Ahora conoces tu
verdadero aspecto.
»Al salir, todo a tu alrededor
será diferente, se te abrirán los ojos y podrás ver la realidad del mundo y de
las personas, como en realidad han de ser, y se te quitará aquel maquillaje del
mundo que toda tu vida percibiste.
Un enorme golpe en toda su cara
recibió, para después al mundo humano regresar.
Su visión ante la atmosfera de la
sociedad era distinta. Había quebrado todos los espejos de su casa. No soportaba
acercarse ni al agua, ya no quería observar su reflejo; todo lo contrario, cada
vez que lo veía recordaba el peso de la verdad, junto a aquella peste que tenía
como reflector. El hombre que un día presumía y no paraba de admirarse frente a
su espejo y ante la sociedad, ahora vivía encerrado, con miedo y odio hacia sí mismo.
Era alguien demasiado inseguro, atormentado por el precio del saber, (saber que no deseaba conocer); paranoico de
todo lo que le rodeaba en su cotidianidad. El mundo se había vuelto muy diferente,
veía a las personas –las cuales no lo parecían– como horrendas figuras
antropomórficas y espantosas. Al abrir sus ojos pudo contemplar al ser humano como
en verdad es: una criatura horrenda que esparcía caos a su paso, provocando su
propio fin, decayendo cada día más. Encerrados en una ilusión que les oculta la
horrenda percepción de su mundo, sin conseguir ver aquella fealdad que los
deteriora, siendo ésta la realidad que
no logran guardar o presenciar.
Su racionalidad y cordura murió,
ahogada entre las aguas de la megalómana maldad humana.
FIN.
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La lluvia celeste cae a granel; como la lluvia
proveniente de los ojos del pobre William, desahuciado de cualquier esperanza y
reconformación; debido a que, al igual que su felicidad, su esposa muerta
estaba. Mery Betancur, siempre había sido aquella que a su lado en todo momento
permaneció, jamás lo abandonó, en circunstancias buenas o malas cerca de él se
quedó; pero ya no la podría volverla a ver.
Era la mujer perfecta, tanto en este mundo como en
cualquier otra perspectiva que se tuviera -según el joven William-. Ojos cafés,
cabello lacio que recorría hasta su columna, tan largo y hermoso como su
cuerpo. Y un empedernido afecto hacía todo, no demostraba ningún sentimiento
negativo a los demás. A la tristeza y oscura frustración era capaz de darle
tonos de color, haciendo así de la vida de los demás una experiencia mejor.
Dicha felicidad, era la misma con la que había conquistado al joven William,
pues fue ella quien le enseñó el mundo desde otra perspectiva; elevándole desde
los bajones de sufrimiento y angustia.
Aquello fue lo más inquietante de su inusitado e
inexplicable decaimiento. Antes de llegar a la estación de la muerte,
alejándose de nuestra realidad, estaba atravesando momentos de constantes
vaivenes, cambios de actitud y de personalidad. Volviéndola una persona
pesimista, claustrofóbica y agresiva, hasta tal punto que los expertos la
habían catalogado como una loca, llegando a la pérdida de cordura y aquella
bienaventuranza que irradiaba a su alrededor se esfumó, junto con su vida; un
día no pudo más con su vivir y se suicidó. Lo más curioso, era que Mery cuando
se dormía, repetía demasiado al despertar frases como: “Lo presencié”, “he
conocido el caos y la maldad reflejada en una sola ocasión”, “es real y pronto
conmigo acabará”, “no hay forma de escapar al horror de Daevus”.
No le quedó más camino a William que la resignación,
de que la persona quien una vez lo impulsó, ya estaba en algún lugar a gran
lejanía de él. En cualquier otro lugar que él no lograría tocar, pero cierto
día quizás llegaría. Mientras transcurría el inevitable tiempo, su actitud
frente a la vida y positividad fue involucionando, volviendo a aquellos días
tan negros donde nada lograba alcanzar, pues ya no había nada que a él lo
hiciera reaccionar. Al proseguir los años y su edad, cayó en una profunda
depresión, en donde lo único que lo impulsaba, era saber que al dormir iniciaba
un nuevo día, estando aún más cerca al final de aquel aflictivo y abrumador
momento singular, al que llamamos “vida”.
Capitulo 2
Bienaventurados todos los hombres, que poseen tal
dicha tan enorme como lo es el privilegio de poder soñar, y lograr presenciar
en ellos sucesos que probablemente, en la vida real nunca ocurrirían, (aunque,
de alguna forma son relativos con ésta). Por un momento se sienten vivos y con
esperanzas, mientras le huyen a su cruel y opaca realidad, en la cual vuestros
alientos, a veces se decaen a tal nivel de sentirse muertos y desear marcharse
por un momento de ella. Una forma de escaparle a los problemas, el sumergirse
en el bello espacio de los sueños. Quién sabe cuán extenso y singular puede
llegar a ser el mundo de los sueños. Muchos creen que nosotros mismos somos
quienes creamos y damos forma a nuestros sueños, mediante nuestra mente o
pensamientos. Pero hay quienes son capaces de irrumpir en nuestro paraíso
onírico y controlarlo, para de esta forma, la mente de muchos intentar alterar.
Esto va más allá de cualquier humano, solo quienes tienen fuerzas mayores, y
aquel tan fastuoso poder, como lo es el de poder invadir mentes ajenas a las
propias.
Aquella noche, el joven William Betancur, tendría una
experiencia que jamás olvidaría, un viaje que se quedaría marcado en sus
recuerdos, hasta el turno de su inexistencia en este mundo. Sufriría de la
estadía en uno de los lugares más profundos del cerebro del hombre, un lugar
que solo puede presenciarse en el mundo de los sueños, donde las cosas carecen
de razón alguna, y solo su dueño (o quien lo logre controlar), es capaz de
dictar control sobre él y del pobre viajero que tenga la inalterable desgracia
de caer en aquel sector. El oculto “Iluminador de la mente”. El cual puede
llegar a ser manipulado por un ser perverso y sin compasión: Daevus.
Capitulo 3
Después de un arduo y fatigoso día de trabajo, el joven
William llegó bastante cansado a su hogar, como consecuencia de tanta
acumulación de estrés e ira por aquel día tan difícil -como de costumbre-;
sintiéndose un desdichado subalterno de la ingrata vida. Al llegar, no pensó en
otro ambiente más que no fuese el de su reconfortante cama, por fin podría
descansar después de aguantar aquella repetitiva rutina, llena de un sinfín de complicadas
alteraciones, cada vez más negativas. De su pesado día se despidió, para en sus
sueños, fuerzas y ánimos recobrar.
Adentrado en su estado de adormecido, una vez ya durante
la etapa del sueño común, donde se podía
proyectar su utopía de anhelos y pensamientos, donde se abrían las puertas del
inigualable paraíso onírico; veía como tenía la vida que deseaba. Sus deseos y
acumulación de insatisfacciones en su vida, eran moldeados allí, dando paso a su
sueño, donde tenía todo lo que deseaba. Todo parecía bien…, hasta que aquel
sueño empezó a cambiar de manera extraña y repentina; tal parecía que su sueño
se estaba transformando en una pesadilla, pues el ambiente se había vuelto muy
singular y tétrico.
Sus ojos no podían asimilar el cambio tan repentino
y carente de explicación que se estaba presentando en ese momento, la peor
pesadilla que habría tenido en toda su miserable vida comenzaba a formarse. Todas
las personas que estaban en el sueño, comenzaron a agonizar, mientras la piel
se les caía en grandes cantidades, de manera tan explícita que, pese a que el
joven William, jamás hubiese visto un cuerpo humano sin piel en la vida real, o
en su beocio estado consiente, en el cual pudiese grabar esa imagen en su
subconsciente, aquella imagen podría llegar a ser peor que lo que llegase a
conocer en la realidad; los ojos les brotaban, parecía que fuesen a explotar,
el cabello y todo rastro de él se les empezaba a derretir, mientras, se podían oír
los ruines y agonizantes gemidos de dolor de todos en el lugar. Entretanto que
él, por su parte, no podía hacer otra cosa más que estar inmóvil, como una
estatua, viendo como aquel infierno se desataba a su alrededor. Petrificado del
miedo y del caos tan sorpresivo, había caído presa del terror, y lo peor estaba
por venir. Eso solo era la breve introducción del holocausto que le esperaba.
Cuando aquellos cuerpos humanos ya no se podían distinguir y no quedaban más
que restos de masas, que todavía se retorcían de dolor y angustia, gritaban y exhalaban
sufrimiento hacia el ambiente, el cielo se iba cerrando, el brillo de aquel
lugar se perdía rápidamente, mientras veía como el cielo colorido se extinguía.
Las extensas nubes, poco a poco desaparecían, ocultas por unas enormes sombras
que opacaban el firmamento. El piso estallaba en pedazos, mientras que su
cuerpo se elevaba hacia arriba, pareciendo que fuese a chocar contra aquel gran
color que se encargó de cubrir el cielo de ese mundo. El pobre William nada
podía hacer, no había hacia dónde correr, este sueño ya no lo dominaba él, ese
mundo que se había encargado de recrear su propia mente, en manos de alguien
más estaba ahora.
De pronto, un lacerante ruido se oyó a todo lo ancho
y largo del espacio; seguido de un enorme golpe contra su cuerpo entero, el
cual pudo sentir por completo, mas no logró percibir a tiempo; había surgido de
la nada, lo que lo llevaría a cerrar sus ojos y caer al mísero dolor, por lo
menos lograría huir de aquella infernal atmosfera.
Capitulo 4
Al abrir los ojos, tras recuperarse de aquel
aturdimiento, de inmediato se preguntó si estaría despierto, ¿la pesadilla ya
habría acabado y un nuevo día había iniciado? ¿Ya toda esa tortura habría
quedado en su sueño? Pero no era así, el terror apenas comenzaba.
El entorno a su alrededor era de un frío azul
profundo, con matices un tanto oscuros, dándole cercanía a un deprimido morado.
El suelo, por su parte, no se concentraba tanto el azul, haciendo más fácil
decir que su color era una especie de negruzco purpura extraño, en tonos aún
más oscuros y decaídos. Dicho suelo era demasiado denso, incluso daba la
impresión de que no hubiese superficie que estuviese pisando en ese momento,
sin embargo la gravedad funcionaba a la perfección; como en la tierra o durante
la realidad cuando se está despierto; por ende… ¿qué otra cosa podría ser eso
que estaba pisando y no podía elevarse sobre ello, más que un piso o superficie
que lo mantuviese pegado, sin poder desplegarse hacia arriba o hundirse? Por lo
menos estaba seguro de que no se encontraba en un profundo vacío o en estado de
levitación, (o cualquier otro caso similar).
Después de recorrer varios kilómetros, mientras proseguía,
sugestionado por el cambio repentino, cabizbajo y confundido, cautivo de la
incertidumbre y la desesperación: al alzar la mirada, pudo contemplar que sobre
él, a diferencia del suelo, el firmamento poseía luminosos brillos, con colores
vivos y más variados que todo lo demás ajeno al firmamento. Además de esos
preciosos y extensamente singulares brillos, los cuales pudiesen ser comparados
con las majestuosas y curiosas auroras boreales, que suelen aparecer en las
zonas polares, se divisaban flotando sobre él, todos los recuerdos de su vida
que había tenido hasta aquel entonces. Los cortos y algo escasos sucesos, que
habían ocurrido en su poca valorable y lamentable vida se podían visualizar,
que como la felicidad de la vida misma, eran pocos. No todo el firmamento
estaba lleno de momentos felices, puesto que, la felicidad es incierta, viene y
se va, a veces sin poder percibirla a tiempo, no todo siempre será del mismo
color durante la vida; podía verse desde
felicidad hasta odio, tristeza, miedo, etc.
Todos los momentos de los que tenía memoria, que alojaba
entre sus recuerdos, volaban como largas nubes, entre lo que debería de nombrar
como “cielo”, en este portentoso e ignoto lugar para cualquier ser humano.
Aquí era donde se hallaban todos sus recuerdos y
memorias, estaba a punto de llegar a la zona más profunda de su mente. Un sitio
al que son pocos los humanos que en algún momento de su vida, almacenarían el
recuerdo de una experiencia como ésta en su cabeza. Este estado de la mente a
donde había ido a parar el joven William, no era nada proverbial para la
humanidad.
Después de unos cortos minutos, en los que se encontraba
divagando, sorprendido por lo que sus ojos contemplaban en toda la atmosfera, en
el camino empezaron a crearse pequeños destellos que se encendían y apagaban,
como bombillas defectuosas. Éstas formaban una especie de camino, el cual,
William no sabía a dónde lo llevaría; aunque no tenía otra opción más que
seguirlo.
Caminó por un largo tiempo, siguiendo aquellas luces
parpadeantes, esperando encontrar una salida; cuando, de repente, el suelo se empezó
a sacudir y el cielo retumbaba. Un enorme terremoto se había desencadenado con
gran furor. Vio el surgimiento de aquello, del núcleo de todo, había llegado a
lo más profundo.
Capitulo 5
Y
surgió de la nada, del aire comenzó a aparecer una figura, que se fue
extendiendo de manera indefinida hasta tomar su forma final. Estaba rodeado por
una inmensa niebla multicolor, -era tan inmensa y amplía la neblina, que cubría
casi todo el lugar-. Lo que parecía ser la entrada, era lo más visible. Oyó un
fuerte e inhumano ruido que provenía de adentro. Intentó compararlo con la respiración
de algún animal, o sonido de un objeto cualquiera, pero un ruido de ese tipo,
no podía entrar entre alguna definición terrestre. Aquello no era de este
mundo, no conocía de alguna criatura o cosa que fuese capaz de ejecutar una
sonoridad tan lacerante y ajena a lo natural. Tenía inseguridad de eso que
había aparecido en ese sitio así de la nada, y el espacio en el que se
encontraba, junto a lo que había visto con sus ojos. En ese momento, empezó a
dudar si por lo menos se encontraría en un sueño, pues eso ya iba más allá de
su propia imaginación o comprensión; pero hubo algo que lo hizo acercarse allí:
Aquel horrible sonido se había ido, siendo opacado
por una dulce voz femenina, una voz que él ya conocía. La reconoció de
inmediato, era la bella voz de su antigua esposa que tanto amaba. Cuando más
cerca estaba, empezó a sobresalir aún más la voz, evidentemente ésta pertenecía
a una mujer. Al abrirse paso entre la niebla, muy cerca de la entrada pudo
contemplar una delgada silueta que sobresalía adentro.
-Seguid caminando, William. Ya casi a tu destino
estáis por llegar, para por fin poderme encontrar.
Era la voz de una mujer, suave y dulce como ninguna
otra que hubiesen percatado sus oídos. Al acercarse aún más, pudo contemplar el
rostro de quien lo llamaba y su nombre recitaba, en busca de su llegada que
tanto imploraba, mientras que ella con su voz lo guiaba.
Era su antigua esposa, aquella misma que lo acompañaba
durante tiempos de su vida cuando existían razones para el estado de alegría
-que ahora era utópico-, y en el agobiante presente lo tuviese sufriendo, en un vivir tan flébil.
La última vez que pudo haber contemplado ese majestuoso y leve rostro, fue cuando
éste ya se hallaba pálido, sin reacciones y protegido de los males de los vivos
por debajo de madera, descansando enterrada, fuera de este mundo.
Él aún estaba afuera del lugar donde residía su
amada; se olvidó de los funestos recuerdos y motivado por tocarla, se decidió a
cruzar aquel arco de entrada, para ingresar a la enorme construcción espontanea.
Terrible error…, Cegado por la ilusión, el joven William ya era presa débil del
iluminador. Basado en ilusiones que se usaron para incitarlo a entrar, ya su
futuro estaba perdido.
Todo empezó a retumbar, seguido de la imprevista
desaparición de su amada, ¡su esposa ya no estaba!; en lugar de ello pudo ver
como una enorme figura se iba formando delante de él, y su cuerpo empezaba a
ser atado, mediante lo que se podría suponer que eran cables largos y dolorosos
que apretaban con intensa fuerza. Un ser se había manifestado en ese entorno;
la figura había tomado forma por completo, una vez allí, al pobre William
empezaría a mortificar y todo su ser desgastar; lo único seguro es que después
de esto, los resultados de su estadía en aquel espacio no serían nada afables.
Capitulo 6
Daevus, hijo de la maldad, portador del terror,
profanador de nuestras mentes, descendiente de Éxodhor. Tenía una forma amorfa,
imposible de describir sin dejar ideas vagas y dudas sobre su apariencia, la
palabra más adecuada para definirlo sería: “el horror onírico”. Poseía una incisiva
y penetrante mirada tan hipnotizante, capaz de retener y dejar en estado de shock
a cualquier hombre -y William no sería la insólita excepción-. Daevus su caos
al iluminador trajo consigo, rodeado de largos tentáculos que cubrían casi todo
el lugar. La pobre alma encerrada se hallaba en un profundo trance de pánico y tención.
El iluminador de la mente es el lugar más profundo
de la mente humana, donde se guardan y yacen todos los recuerdos de cada quien,
el sitio principal de todo ser humano. Es éste el sector mediante el cual, el
cruel Daevus se manifestaba, viajando a través de la mente. Rebosa aquí siempre
para tomar control completo de sus víctimas; pero, su poder solo puede ser
usado en el estado del sueño; pues, es donde más fácil los puede manipular y la
única forma de atraerlos y que éstos lleguen hasta el iluminador de la mente,
guiados por él. Una vez allí, logra zacearse gracias al dueño de dicho lugar, llevándolo
hasta un punto de desgaste de conciencia, en el que todo para él pierde sentido,
y no siente más que miedo, pánico y locura; volviéndose esclavo del terror y la
alteración mental, quedando esclavizados como títere de la diversión de Daevus.
El malaventurado William yacía cerca de
dicho estado, en el limbo de su razonamiento. Las ilusiones que empezaba a
crear Daevus una vez su víctima llegaba hasta donde él, eran demasiado crueles
y resultaban ser una grande aflicción mental. Creando un caos que va más allá
de la imaginación de hombres como Lovecraft o Allan Poe. A pesar de estar más allá
de la zona original donde se proyectan las pesadillas, esto era más doloroso
que cualquier otro mal sueño que un ser cualquiera pudiese llegar a tener. Estaba
presenciando el horror y maldad de todo el incomprensible universo en un mismo
lugar.
Capitulo 7
Logró despertar decaído por completo; después de un
largo tiempo, que parecía que fuese eterno, sin final existente.
No obstante, el sufrimiento no había terminado. Aunque
Daevus, el horror onírico, solo pudiese atacar en los sueños, ya había dejado
sembrada la semilla del terror, su realidad se había vuelto una maniaca y ominosa
pesadilla. Su cordura había sido dañada por aquel ser.
Todas las noches la paranoia se apoderaba de él, en constantes
intentos de vigilia, para no toparse de nuevo con aquel abyecto ser. Su cerebro
ya no era igual y la aberración al temor del cual no podía huir, hizo que su
cruel vida se desgastara cada vez más aprisa, y gracias a Daevus con la muerte
fuese a dar.
Días después del suceso, el joven William no se encontraba
ya con nosotros en esto a lo que llamamos vida. No se sabe con exactitud de que
falleció, lo único fijo que se puede afirmar, es que terminó en el mismo punto
de su esposa, Mery: un inexplicable óbito.
No se encontraron rastros algunos como para lograr
teorizar algo lógico. Lo más probable es, que su muerte fuese natural, producto
de un paro cardiaco o algo similar. Al no interactuar casi con las personas, -en
especial durante sus últimos días-, es muy complicado encontrar fuentes que
ayuden a una conclusión infalible. Aunque también hondean las probabilidades de
un suicidio guiado por la bipolaridad, locura o depresión. Su fallecimiento
quizás quedará como algo inconcluso, escrito en la historia.
En su habitación fue encontrado un texto, en el que describía
a alguien demasiado mórbido y lleno de crueldad, que, William aborrecía mucho,
pues según él, era el causante de su deplorable estado tanto mental como físico,
durante aquellos últimos días de su corta vida. También mencionaba un lugar
sorprendente, que al visitarlo le trajo muchos recuerdos sobre su infancia y
varios momentos de su vida, fue ahí al parecer donde conoció a quien lo indujo a morir. Tanto odio que expresaba hacia él en aquellos renglones,
donde relataba todo el dolor que sentía antes de morir; sin embargo, nunca
mencionó la causa de su muerte, solo decía que lo estaba pasando muy mal y tenía
constantes pesadillas, “tanto al dormir como al despertar”. Al parecer, no
alcanzó a redactar antes de su muerte, sin poder indicar causas específicas.
Su muerte sigue siendo un completo misterio, y no
hay forma de contactar con quien, según él, lo condujo hasta esa confusa e
irregular situación y su inexistencia absoluta, en este singular mundo.
FIN.
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