domingo, 23 de abril de 2017

Relato 21: "Ruegos desde la tumba"

RUEGOS DESDE LA TUMBA


Acostado en su cama, exasperado por el horror, intentando encontrar el sueño, intentando encontrar la paz, se retorcía él. Su tranquilidad se veía obstruida por su difunta hermana. El pobre Hanselt Werster la ignoraba y ella seguía, no había forma de silenciarla. Anna Werster, su pequeña hermana, murió ya hace diez años, producto de la enfermedad que la tuvo agonizando hasta llevarla con la parca. Los dos eran muy unidos, se amaban sin importar las discordias, pues el amor al final siempre gobernaba sobre la cólera y la tragedia, hasta que un día fue la desdicha quien se elevó y los cubrió con el manto de la desgracia, matando a la enferma Anna. Desde el día de su fallecimiento, en cada aniversario volvía, abrumando al desahuciado Hanselt. Se quedaba una semana con él hasta el próximo aniversario luctuoso, y cada vez era peor que la anterior. La oía gritar, sollozar, lamentarse… desde su tumba. Sí, estando ella enterrada, hallaba la forma de que su voz llegase donde su hermano. Quizás todo solo fuese onírico o alucinaciones, aunque, el dolor y el sufrimiento que sentía al oírla, atormentándolo, eran reales. En su oído se posaba el llanto de la difunta; esa voz que en antaño le alegraba el día y que ahora lo atemorizaba.
“Hermanito ven, ven hermanito” –le decía la niña–. “Por favor hermanito, acompáñame que hace frío”. “No me dejes sola, recuerda que juramos apoyarnos siempre”. “Me haces falta hermano, quiero verte”.
Esas eran algunas de las cosas que le decía su hermana, desde la tumba. No encontraba forma de cómo darle razón u orden lógico a todos esos lamentos que le helaban la sangre. El concebir aquello por algo sobrenatural, ajeno a la realidad, era lo que hacía más horripilante la situación.  
Por mucho que le rogase Anna, él no aceptaba. Hanselt se decía a sí mismo “lo que muerto está, muerto se quedará, pues no puede regresar”, para intentar brindarse sosiego. Sin importar su inquietud y su resistencia, la aflicción y el horror terminaban poseyéndolo en cada día que la escuchaba, en cada maldito día donde era protagonista de las peores de las remembranzas familiares, en que, sin verla, su mera voz era suficiente para engendrar un sentimiento que, en lugar de ser bello y afable, resultaba ser espantoso y le generaba angustia y zozobra.
Ese año, ese décimo año de infortunios y tribulaciones, sería en el que se decidiría a responderle a su hermana. No mediante palabras, sino, con acciones, brindándole lo que ella quería, esperando que así lo abandonase, para que ambos lograsen descansar: ella, alejada de los vivos y lo mundano, y él, alejado de la exasperación y el pánico, pues su silencio era lo que le causaba tanto abatimiento. En los últimos años le había llegado a gritar e insultar, suplicándole que se callara, que mejor se fuese, pues ya no podrían verse más hasta que él muriese, si tenían la dicha de poder reencontrarse en algún lugar existente después de la vida.  
No aguantó más con tantas penas espantosas; en un impulso de irritación, guiado por la desesperación, víctima de la confusión y el congojo, se levantó de su cama, decidido a ir hacia su hermana, para contemplarla, luego de tanto tiempo ausente. Pensó que si hablaba con ella, que si enfrentaba aquel temor, aquello que no comprendía, podría llegar a encontrar la  serenidad que anhelaba y que su hermana no le permitía. ¿Sería realmente su hermana la causante de su aflicción o sería algo más…?  
“¡Guardad silencio, por favor! ¡Qué te hice para que me tortures con tal cinismo!” –Bramó, apretándose las sienes, jalándose el cabello, golpeándose el rostro, convulsionando, tirado en el piso–. “Es efímero y mental, Hanselt” –dijo, engañándose, creyendo que así calmaría a su mente–. “Lo que muerto está, muerto se quedará, pues no puede regresar”.
Con el transcurrir de los minutos, creía menos en sus palabras, no obstante, seguía ese proceso para darse esperanzas y placidez a base de mentiras. Se dirigió hacia la puerta, sin importarle la iluminación, chocándose con diversos objetos en el camino, hasta dar con la perilla y abrirla. Le ocurrió lo mismo afuera, debido a la oscuridad que cubría el hogar. Por culpa de esa abstracción, su recorrido se atrasó demasiado y los golpes que recibió fueron numerosos, llegando a caer por las escaleras que llevaban a la sala del primer piso. Nada de eso le importó, ni siquiera se percató del dolor; llegar a esa tumba era lo único que importaba, y lo único que existía en ese momento. Durante el camino, Anna le seguía hablando, sin detener sus ruegos.  
“Sigue Hanselt, sigue que ya casi llegas”; “por favor, ven hermano, la soledad es aterradora”; “quiero abrazarte hermano; no me dejes aquí en este frio” –repetía sin parar su hermana. Hanselt le contestaba con enojo y ella, era como si lo ignorase o no lo escuchase, pues siempre le reiteraba sus lamentos. La ira, confusión y terror fueron perfectos elementos para mezclar aquel desequilibrio irracional en Hanselt, que lo llevaría a alejarse de su cordura. El desgraciado continuaba, sin detenerse a sobarse o a arreglar lo que había dañado. Finalmente llegó hasta la puerta principal, para salir de la casa; al abrirla, Anna pronunció una nueva oración:
“vamos hermano, te extraño”.
La pequeña lo alentaba y este respondía mediante alaridos y quejidos. Fuera, en el jardín, sintió gran frío, bajo la lluvia tempestuosa; el viento se desplazaba con vasto coraje; los relámpagos iluminaban las desapasionadas tinieblas y los truenos ululaban metálicamente. La niebla le cubría el camino, impidiéndole distinguir la cruz que indicaba la ubicación del sepulcro; sin importar ello, se abrió camino entre la obstaculizadora niebla, logrando evadirla, quedando esta reducida ante sus desesperantes anhelos por llegar a ese punto.  
Se postró frente al crucifijo, miró al cielo y después sumergió su mirada en la tierra que cubría a su hermana, quien tanto le agobiaba desde que fue a dar a ese húmedo y lúgubre sitio. Las lágrimas surgieron y no pudo resistir la nostalgia y aflicción que le provocaba rememorar esos momentos felices, que ahora servían como tragedias provocadoras de lamentos, escuchando los susurros de su hermana, los cuales le incitaba a abrir esa caja, a visitarla. Hanselt le imploraba que parase ya de martirizarlo.        
“Entra y acompáñame hermano, por favor”.
“Lo que muerto está”… Hanselt iba a terminar su frase, cuando la voz de su hermana le dijo cuántas noches lo había observado, durmiendo con calma, mientras ella sollozaba por estar en soledad, rodeada por los insectos y la depresión era lo único que la acompañaba durante ese largo extrañar. No soportó mentirse más, comprendió que, pese a Anna estar muerta, lo que decía era verdad, sintiéndose culpable por todas esas veces en que la bregó a ignorar, en lugar de oírla, cuando, en lugar de abrazarla, se aterraba y le gritaba, y que en lugar de dejarse poseer por ese miedo agotador, no hubiera sido capaz de sentir lástima, sino horror.  
–Perdóname Anna, pero tú debes descansar y no atormentarme más –al decirlo, tocó el musgo, acariciándolo lentamente, para luego enterrar sus dedos. Comenzó a escarbar y quitar esa tierra que lo separaba de Anna.  
“Ven hermano, por favor llegad para podernos volver a ver”.
Llegó a lastimarse los dedos y quebrase las uñas, hasta sangrar, mas nada de eso importaba, nada que fuese una excusa para huir a esa búsqueda de su hermana, o que evitase sus fines importaba. Al pasar por toda esa tierra, dio con la rustica caja de madera amplia, en la que yacía su hermana, su torturadora, su anhelo –y era de tales proporciones por voluntad de Anna, puesto que al fallecer, ella pidió que la hiciesen de tal forma, para que en un futuro su hermano fuese enterrado junto a ella–… La golpeó con gran fuerza –los lamentos y sollozos no paraban–, varias veces lo intentó, hasta que consiguió dañarla.  
Corrió los trozos de madera rotos y pudo ver su recompensa…, lo que deseaba y por lo que se encontraba allí…: aquel ser que tenía años sin ver y tenía años atormentándolo. El pálido rostro de su hermana, carcomido en algunas zonas por los carroñeros y su cabello deteriorado, junto a su vestido, comido por los insectos, lo hicieron alejarse de aquel impulso irracional y volver a la realidad, regresando a esos sentimientos de temor, renunciando al frenesí. En cuanto Anna abrió los ojos, el corazón de Hanselt se aceleró, en aterradora espera de lo que le dijese aquella quien veía resucitar.
–Oh, Hanselt, por fin. Luego de muchos años tan desdichados, das respuestas a mis lamentos y vienes a visitarme –le dijo Anna, mientras una sonrisa se creaba en su rostro y sujetó sus manos. Simultáneamente él demostraba pavor mediante sus ojos, pasmados por la fantasía y la alteración de la muerte que estaba presenciando, dudando si eso era real o era un sueño, o una mezcla de ambos.
–Anna – le respondió Hanselt, con asombro y duda en su voz, viéndola a esos tétricos ojos, marcados por la muerte–… Querida hermana, ¿por qué todo esto? Por favor, ya no hagas más esto y dejad que la naturaleza siga con su ciclo existencial; dejad que tú puedas descansar y a la vez dejarme descansar a mí.    
–Es que el ciclo no se ha completado; y hasta que no lo haga no podré yacer tranquila en este lecho tan sombrío y nefasto. No soy feliz así Hanselt, te extraño mucho…
–Y yo a ti, pero no podemos eludir las leyes naturales y mucho menos a la muerte. Oh, duerme por favor, querida Anna, y verás que si existe algo en el más allá, dichosos hemos de ser cuando nos volvamos a ver. Por ahora, no me horrorices más de tal forma tan espantosa.
–Hanselt, hay una eternidad… mas no la soportó sin ti.  
–Descansa ya y deja que la muerta me permita a mí verte en un futuro. Resiste hermana. Ya nos volveremos a encontrar –en ese momento, quiso soltarle las manos, pero ella no lo dejó y entonces, con mayor felicidad en su rostro, Anna le contestó.
–Y ese momento es ahora Hanselt… Vamos a descansar… los dos… aquí.  
Al decir esas palabras, Hanselt fue poseído por el terror y los pensamientos aciagos que aterrizaron en su cerebro, impulsándolo a gritar y huir de esa morada nefasta; sin embargo no pudo. Cuando pronunció los alaridos y se propuso abandonar el hueco, fue devuelto por el derribo de su hermana, quien lo sujetó nervudamente y le vio a los ojos para decirle:
–Juntos, para siempre, ya… Seremos felices juntos, Hanselt.
Él se opuso y quiso escapar, pero ya no podía. Su hermana lo retenía con una fuerza sobrehumana, mientras se mostraba feliz ante el sufrimiento y sollozo del desahuciado mortal que iría a dar con la desgracia. Lo acostó en el cajón, quedando ambos acomodados en ese espacio. Hanselt forcejeó y luchó con todas sus fuerzas y desesperos, pero no consiguió zafarse. La madera se iba reparando y al final la caja se cerró, sin explicación lógica –aunque, en ese punto todo carecía de explicación razonable alguna–, quedando ambos cubiertos por la oscuridad y la tierra, la cual oía cómo caía sobre la madera, siendo enterrado en la tumba, acompañando a su hermana en esa morada, gimiendo y gritando, en un intento vano de oponerse a la horripilante y surreal ocasión. Quedó encerrado, sepultado junto a ella, quien, entonces, lo vio a los ojos mientras él tiritaba y exhalaba bramidos llenos de desgracia y penas, y le dijo:
–Juntos por la eternidad, Hanselt, querido hermano. Cuánto te extrañaba…   

FIN.


miércoles, 19 de abril de 2017

Relato 20: "Transformación"

TRANSFORMACIÓN


Tu cuerpo empieza a temblar, tu entorno cambia y la atmósfera es opacada por una especie de lente puesto sobre esta, generando una visibilidad más negra sobre las cosas, sobre el ambiente y sobre tu presencia periférica ante el mundo. Lo sientes, sabes que aquellos movimientos llenos de nerviosismo materializado en tu cuerpo, son producto de aquella herida. Sí, la herida que sirvió de prefacio ante el futuro insalvable e innegable que te espera. Te encuentras solo en el inicio de todo –aunque comenzaste solo y terminarás igual–; tal vez la parte inicial siempre resulta ser la más pesada, tediosa, difícil y dolorosa.
No te puedes oponer a aquellos sentimientos y sensaciones. Por mucho que intentes resistir, aquello te desbasta. Lo que te califica como humano va en decadencia y poco a poco pasa a sufrir una dispar metamorfosis.
No hay marcha atrás, lo que ocurrió alguna vez en antaño hoy llega para enmarcarse en tu ser. Gritas, te quejas, lloras y estallas en cólera, más de eso nada; nada más que la resignación del dolor.
Tu piel…, tu piel sufre la transformación inicial, ves cómo empieza a cambiar lentamente de color. Un color horrífico y lúgubre que te trae pensamientos sobre bestias y criaturas monstruosas, haciéndote meditar sobre la abominable criatura en la que te has de transformar. Mueves tu cabeza y buscas un lugar donde esconderte, pero no puedes huir al destino sentenciado, que se te impuso días atrás, donde esa herida fue la que lo escribió y la responsable de tu final; escribió en tu piel tu decaimiento y el fallecer febril de tu humanismo.
Maldices la noche y la luna. Tus miembros empiezan a sufrir un heteróclito cambio. Tu cuerpo posee una figura antropomórfica y abominable. Tus uñas, tan afiladas como una cortante espada; tu pelo, esparcido por todos lados, rodea toda tu estructura superficial. Poco a poco te va consumiendo el pelaje, dando forma a un animal similar al hombre, mas alejado a la vez. Las figuras, del hombre y de lo que estás próximo a ser, han de ser similares, aunque, más allá de eso, es diferente.  
Tus ojos…, esos ojos que alguna vez mostraron el reflejo de tu ser y eran una prueba de tus emociones y expresiones, ya no son iguales. Al igual que todo lo demás, ha mutado. Tus pupilas han desaparecido y tus parpados se han unido al pelo que rodea tu rostro; has perdido aquellos ojos que te permitían percibir el mundo de una manera diferente a la actual. Ahora tienes ojos de bestia: coléricos, sin compasión y llenos de caótica irracionalidad, rodeados por la maldad.
Ya no piensas en nada, ni siquiera en el dolor, puesto que este hace parte de ti y no se despegará. Será algo con lo que tendrás que convivir a diario, cada día deberás soportarlo, y no hablo del dolor que sientes durante el inicio, mientras vas mutando, mientras tus músculos se sienten adoloridos, generando ese dolor físico; no. Hablo de un dolor que sigue contigo, que no afecta tu físico y que te acompaña, siendo humano o no. Es el dolor mental que produce el cambio, la agobiante y desgarradora alteración, por culpa de aquella transformación; el sufrimiento que te corromperá a diario, siendo este una de las cenizas que quedarán de tu pasado. Con él también prosiguen las nostalgias, el saber que ahora estarás solo y todos te huirán, lo quieras o no, por más que lo intentes o lo ignores. Actuarás como un animal, pues ahora el caos y la cólera irracional es algo natural en ti, que forma tu ser. Siendo imposible resistirte al horror, al final terminaras por acostumbrarte a todo y hasta disfrutarás las tragedias que ocasiones. Tanto las heridas nefastas a los demás como a ti mismo: serás un sádico y un retorcido y desalmado torturador, un psicópata y un monstruo. Disfrutarás de todo eso, del caos y el daño, incluso del daño a tus seres queridos, a tus amigos, familiares, todos aquellos que hacen parte de tu existir y del mundo en el que habitas. Le ocasionarás laceraciones y hasta muerte, a todos los que una vez amaste, y que te amaron –si alguna vez dicho sentimiento existió en tu vida.  
No habrá forma de hablar con alguien para que te oigan. Jamás conseguirás la atención o compasión humana, ya que perderás compasión por los demás. Te has de deleitar y regocijar cuando veas la sangre por sus cuerpos correr, al oír sus suplicas y llantos, sin que ellos te reconozcan, y con el pasar del tiempo, ni siquiera tú los recordarás. Todos serán lo mismo para ti: un insignificante ser más, que te dará felicidad, gracias a la tortura que le aplicarás. Todos han de ser víctimas ante ti, ninguno será un error o un dolor. Al no ser una persona, no te fijarás, ni en sus rasgos o en sus  historias. La injusta y maligna igualdad será tu ideología, pues a todos lastimarás por igual; nadie se salvará, y cada uno le esperará el mismo final.
Al carecer de razón y normas, harás lo que a tu demoniaco ser se le antoje, porque no serás tú quien decida, serás prisionero de la transformación, siendo un esclavo de las condiciones que la transmutación imponga. Ella te guiará durante tu sendero de horror y abominación.
¿Realmente el físico es como lo sientes o como te lo imaginas? ¿Te estás transformando en algo nuevo o en realidad siempre fuiste un monstruo? Antes de abandonar la razón, tu cerebro recurre a pensar y recapacitar sobre lo que te espera y sobre lo que hiciste. ¿Y si todo lo que conocías, no era más que inhumano y ahora es que en verdad pasarás a acercarte a ser humano? De igual forma harás algo relativo al comportamiento de muchos hombres: el daño y el caos, sin fijarte en las consecuencias. Tu racionalidad se va apagando, para dar paso a la mente de un animal, de una bestia encargada de generar muertes y aflicciones por donde pase.
Sientes un leve golpe en tu cuerpo y, como si tu corazón se detuviese, si algo en tu cuerpo te petrificase. Es eso, es la transformación. Ya avanzó, para dar lugar a su final. Abres tus ojos  y tus cuerdas vocales lanzan un grito gutural y lacerante. Gritas con la cabeza alzada hacia las estrellas, mientras el sonido se esparce a través de tu cabeza y el sitio de tus pensamientos, en un duradero eco. Lo sientes, ya no piensas en nada, solo en el caos y en la cólera. Finalmente llegó, dijiste adiós a ser un humano. La mutación dio su última jugada: la transformación se completó.


FIN.

sábado, 15 de abril de 2017

Relato 19: "Los gritos de los torturados"

LOS GRITOS DE LOS TORTURADOS



¿Alguna vez han sentido deseos por conocer la muerte? ¿Por saber más sobre ella o tener alguna conexión? Ese sentimiento de querer llegar hasta lo desconocido, en un arriesgado intento de saber, lleno de desesperación. Pues ese es mi estado actual; no me concibo ni me encuentro. No aguanto más, deseo emigrar a otro sitio; ya sea una vida en otro mundo, en el más allá o en una inexistencia, dando final a todo mi ser, a todo m existir, a todo mi sufrimiento. Porque eso es mi vida actualmente: sufrimiento; solo afligirme. ¿Que por qué pienso así? Porque he llegado al punto de la exasperación en que se busca dar conclusión al problema, sin importar de qué manera ocurra. Todo sea por descansar. Los hechos que me llevaron a tal agonía se presentaron como una culpa introducida por la zozobra de los demás. Aunque, yo influí en la dicha zozobra.
Trabajé durante diez años en un manicomio de Smish Brown. Los tratos hacia los enfermos eran inhumanos. El lugar funcionaba gracias al gobierno, pero era un secreto. Nadie más que los de cuello blanco y los trabajadores sabíamos de él, debido a los hechos que se presentaban allí. En caso que se esparciese la  noticia de que en el hospital se realizaban torturas y experimentos con los pacientes, darían, no solo para clausura, sino, incluso encarcelamiento (además, algunos ni siquiera sufrían alteraciones mentales). Esto era un complot entre el gobierno y los pobres que vimos eso como una oportunidad para sustentarnos, sin importarnos qué tan cruel pudiese resultar el trabajo. Los pacientes que ingresaban, eran sometidos a diversos experimentos y pruebas de proyectos secretos, llevando un trato y vida mísera. Sin importar su estado mental, ante la ley y bajo la defensa de los derechos humanos, no se merecían tales cosas; y eso es cierto. Nos llegaban hombres de diferentes partes del país, a veces teníamos la sorpresa de toparnos con extranjeros. Esa experiencia me marcó mucho; el ver y oír aquellos desgraciados retorcerse, llorar y suplicar por sus vidas –aunque aquello no fuese digno de llamarse vivir–. Y nosotros, los atormentábamos hasta verlos caer, muriendo rodeados por la angustiosa pesadumbre, generada por nosotros, infundiendo en ellos el miedo y el desasosiego.
El centro pasó por un período de crisis, hasta que el gobierno decidió cerrarlo y no patrocinarlo más, por conveniencia de ellos; la gente comenzaba sospechar de la existencia de nuestro círculo. Estas indagaciones y suspicacias terminarían afectándonos, por lo que destruyeron todo. Exterminaron a los enfermos, y a nosotros nos recompensaron dándonos una vida nueva. Nos enviaron a distintas ciudades, sustentándonos mientras conseguíamos trabajo, para que guardásemos silencio.
Fue así como llegué a otra localidad. Decidido a retomar la tranquilidad y vivir de nuevo.
Cambiar de rutina puede sonar muy alentador y apasionante. Una nueva oportunidad, un nuevo génesis. En mi caso no era así. Nada afable pudo surgir, ya estaba manchado por la maldición que me había dejado el contribuir en aquella malicia. No hubo ningún génesis, tampoco éxodo; el cambio había significado un apocalipsis, un martirio descomunal.
Cada día y cada noche oía los gritos de aquellos desdichados. Mi mente recreaba, guiada por la conciencia y la culpa, los alaridos de aquellos a quienes yo abrumé, acabando con sus vidas. Ahora eran los recuerdos quienes me acongojaban a mí. 
Lo peor era al dormir, que era donde se sentía más real. En mis sueños, mi subconsciente recreaba aquellas atroces escenas de ellos, sufriendo, muriéndose entre el dolor, mientras sus debilitados cuerpos se estremecían y estiraban sus brazos implorando piedad, con los ojos cerrados, buscando esperanza en la ceguedad. Sin embargo, por más que ignorasen la aflicción, ella seguía y no se detenía (o más bien, “no nos deteníamos”), y morían, acabados, con su fe agotada, a los pies de la tragedia. Y sus caras, tan desagradables, ya que causaban en mí el sentimiento de miedo; miedo por ellos, miedo por mis acciones y miedo por lo que era capaz de ocasionar el rememorar. En sus caras, estaban expresados a la perfección todos los términos relativos al horror y la incertidumbre. Verlos llorar me provocaba también llorar, oírlos gritar igual. Cada uno de esos malaventurados, a los cuales contribuí en su defunción, aparecían en aquella celda de tortura onírica. Jamás en mi vida había tenido tales pesadillas, que equivalían al conjunto de los peores actos de mi vida. Cada vez que despertaba lo hacía bañado en sudor.

Días después:
Caminando hacia mi casa, durante una noche de tribulación, los comencé a oír. Dieron las siete y el primer grito emergió de la oscuridad. Oí un eco que se fue extendiendo. Al principio, creí vanamente que fue imaginación, pero no lo fue. Los seguía oyendo; sí, estaba seguro. Habían vuelto. Mi tranquilidad solo fue un engaño efímero. Por más que hubiese comparado por mí mismo, aún existían, aún gritaban y aún me sofocaban. No lo entendía, si no encontraba la fuente de los murmullo ¿de dónde podían venir? ¿Quién los generaba? ¿De la nada? No era posible.
Sonidos por aquí y por allá. Caminaba a paso lento, puesto que, por cada ruido, sin importar su insignificancia, me detenía, alterado por todo lo que presenciaban mis pobres oídos. Maldecía el sentido de la audición; no había mayor desgracia en mi cuerpo que el oído. Escuchaba chillidos desgarradores, como si las pobres almas de los fallecidos me estuviesen gritando, con gran llanto.
Me desesperé y la cólera e irritación se apoderaron de mí. No pensaba en otra cosa más que no fuesen aquellos alaridos. Sonidos que parecían provenir del infierno, o de algo peor que el infierno, algo tan tétrico y horrífico que su mero pensamiento causaba pánico a cualquiera, y más a aquel infeliz que lo presenciase, aquel que tomasen por víctima, y ese infeliz era yo. Tal vez esos gritos no eran ciertos, y en realidad, eran efecto del trastorno provocado por mis experiencias –me dije a mí mismo, bregando crear paz–. Decían mi nombre, también palabras sobre la muerte, la tristeza y el tormento. Sentía que todo eso que expresaban pasaba a mi cuerpo, como si estuviese sintiéndome igual, uniéndome a ellos en su sufrir. Por más que me tiraba al suelo, revolcándome, posando mi mano sobre mi cara, cerca de arrancarme los ojos, la boca, la  piel y por más que golpease mis oídos, similar a aquellos enfermos de antaño, estando en el lugar de ellos, no lograba deshacerme del problema. Allí fue cuando mi tragedia llegó a su clímax. 
Pasmado por el temor, generado por las cenizas de mi pasado que volvían a encenderse, quemando mi sosiego, corrí con gran confusión. No importaba hacia dónde, si fuese mi casa o si fuese a cualquier otro espacio. Lo importante era huir, sin importar que no hubiese techo dónde resguardarme y distraer mi cerebro, intentando eludirlos. El abatimiento mutaba sin cesar, carcomiéndome por completo y la sonoridad no cesaba. Aquellos lamentos llegaron a tener rostro: vi al viento dibujar la cara de los pacientes del manicomio, que hoy volvían para quejarse por todas sus tristeza. Acudían a mí, expresando sus angustias generadas por las torturas y las infrahumanas condiciones de vida a las que los sometía; para cobrar venganza, y mediante sus alaridos torturarme. Los vi ante mí, estirando los brazos y suplicándome, recordándome todo aquello que hoy me desbastaba. Sus alaridos hacían que mi conciencia me torturase, a base los nefastos recuerdos de ellos.
Luego, no pude más con aquellos gritos y sentí como si me hubiese desmayado. No obstante, los sonidos, los lamentos, el martirio…, seguían. Era peor, ya que no podía objetarme, sino brindar toda mi atención.
Finalmente, oí mi voz exhalar tristeza y martirio. Fueron mis gritos los que sonaron junto a  los demás, uniéndose en el dolor, acompañando a los desdichados, pues, al igual que ellos, yo también lo era ya. 


FIN.

martes, 11 de abril de 2017

Relato 18: "Las muertes de Verónica"


Escribo las letras presentes en esta carta, lleno de lágrimas en mis ojos, con el corazón desbastado, y las emociones alteradas. No sé ni qué pensar o qué emoción expulsar; no sé si sentirme triste, feliz, confundido, desahuciado, o de cualquier otra forma de comportamiento humano, que exprese un sentimiento. Creo que lo mejor es poner fin a esto, pues si me encierro en la terca idea de seguir en este sufrimiento y este dilema emocional, no lograré más que quedar esclavo de la locura, mientras intento ser feliz, y en mi cabeza se desata una insólita tertulia entre mis sentimientos, por intentar tomar control de mí y alejarme de la razón. No puedo más, me entrego a la muerte. He decido poner este barco a navegar con destino hacia un mundo mejor, un mundo en el que quizás nada exista, ni siquiera yo; empero, que al menos implica el orden de mi ser. Antes de renunciar a aquello que me apega al mundo de los mortales, quiero dejar escrita mi historia en este trozo de papel, que probablemente alguien encontrará en un incierto futuro, escrita por una mente vacilante, despojada de la quietud y armonía mental.
Aquellos años de júbilos e infortunios entrelazados, que viví junto a la bella Verónica, podrían volver en cualquier momento, aun así no lo deseo. La verdad es que ya me repudia y asquea el solo pensar en este bucle interminable, como lo son los frecuentes reencuentros con Verónica. Sé que es extraño el pensar que un hombre que ame tanto a alguien, demuestre desprecio por un reencuentro que muchos anhelarían; en especial tratándose de un regreso de entre el mundo de los fallecidos. Es que no lo soporto, cada vez que ella vuelve siempre lo estropeo; por más inconsciente que sean los hechos, ella termina muriendo por culpa mía. Y su muerte siempre me atormenta.
La primera vez que la vi caer, presa de la parca que venía a concluir el ciclo de vida humano, fue a consecuencia de mi descuido, siendo apuñalada por la enfermedad. La enfermedad que era capaz de ocasionar la muerte si no se trataba con cuidado, y por desgracia yo no era capaz de darle aquel minucioso cuidado que se merecía un ángel como Verónica.
No se puede negar que existía una relación febril de los problemas de Verónicas con los míos, que de alguna forma la acercaban a la desgracia, matándome también a mí. No quitándome la vida como define ese término, me refiero a una muerte que es más profunda que lo material, me mataba por dentro, carcomiéndome, haciéndome sentir muerto. Recurría constantemente al trago como compañero en mi soledad, cuando me lamentaba, usando este método para el desahogo de la incertidumbre y agonía causada por los numerosos problemas de mi desdichada vida. Lo hacía lejos de Verónica, pues no me gustaba que me viese así. El alcohol era lo único que satisfacía mis penas, no lo hacía por completo, pero era lo más cercano que tenía a la hora de buscar alivio. Muchas veces no tenía para pagarlo, y sin embargo acudía a él. Se había convertido en mi inevitable vicio, desde el primer momento en que me acerqué a él, y por más veces que le prometía a Verónica que no lo usaría más, volvía a caer, seducido por la acumulación de problemas. En el fondo sabía que ello no me beneficiaba, y me causaba una vida aún más dura, por culpa de mi necedad, empero, era mi único remedio. Cuando estás cerca de una muerte anunciada por ti mismo, logras aceptar todo aquello en que te equivocaste, por más cerrado que te mostrases en épocas anteriores; por ello afirmo que aquello no era lo correcto, hoy lo reconozco. ¡Fui un idiota en ese aspecto! Por favor, pido que no se me juzgue por eso, no perdáis tiempo, porque no valdría la pena, pues no tendría cambio alguno en mí. Mi inconsistencia e incapacidad, serían castigadas; lo pagaría muy caro. Fue entonces cuando Verónica agonizaba en mis brazos y escupía sangre por montones, que salía de su boca en un descontrol inmenso, que perdería yo toda pizca de contento. Al llegar el médico, tenía esperanzas de una noticia sobre su recuperación o un tratamiento que tuviese que aplicársele, para que mejorase. Aquella llegada del doctor solo me profirió dolor y desolación de alegrías. Verónica había muerto, y yo tenía gran culpa, era el autor intelectual y mayor hiriente, desarrollador de su fallecimiento,
Su entierro se realizó en el hogar donde convivíamos y nos amábamos. Su ataúd estaba en el cuarto principal de la casa, que era a la vez la cocina, ya que era un espacio muy pequeño. Era lo máximo a lo que podíamos ajustarnos, con mi débil paga y grandes deudas. La caja estaba abierta, dejando ver su atractiva figura. Su cuerpo estaba cubierto de un traje de seda blanca y suave, y su bello y pálido rostro  estaba al descubierto. No podía hacer nada más que quedarme sentado frente a ella, mirando un punto fijo, pensativo y deplorable, reflexionando sobre lo malo que había hecho y mi nefasta pobreza, que estaba llena de deudas y una amarga ansiedad hacia el trago, la cual, en ese momento, estaba cobrándomelo muy caro con la perdida de mi esposa. ¡Dios, porqué fui tan inconsciente y terco!
Todos los allí presente quienes, no eran muchos, pues no fuimos la pareja más conocida de la ciudad, ni de lejos–, me ofrecían sus condolencias y pésames. No podía rechazarlas, así que, con una cara que expresaba lamentación, le daba las gracias a cada uno, entre tanto que, no hacía más que estar en el mismo sitio y en la misma posición. El silencio hondaba en la habitación a granel, de manera incómoda, ayudando al desarrollo de una atmosfera funesta, enmarcada por la pérdida de Verónica. A la hora, cuando no había nada más que decir o hacer, los últimos hombres se marcharon. Supongo que habían resistido mucho y era obvio que se habían quedado hasta ese momento para demostrar la pena y tratar de postrarse dignos y caballerosos.  
En un ataque de cólera, gimiendo y sollozando, comencé a destruirlo todo, hasta que la locura me poseyó y controlado por la irritación irracional, decidí incendiar por completo la casa. Estaba harto, todo me recordaba a Verónica; todas las cosas que cargaba entre mis recuerdos, que me lastimaban cada vez que las traía a mis memorias. Regué gasolina por todo el sector, en cada una de las piezas, y especialmente en la aquella caja horrible, la cual sería mejor que fuese incinerada a terminar colonizada por los gusanos, y que los carroñeros se diesen un festín con los inertes restos de Verónica. Tiré un fosforo sobre el piso húmedo, que se encargó de esparcir el fuego por todas las zonas de aquella creación próxima a su devastación.
Divisé mi hogar, que me traía a mi imaginación deplorables pensamientos, marcados cada vez más por la atmosfera. Un grito logró inquietarme, era un sonido proveniente del cuarto donde estaba Verónica, proveniente de su ataúd… Corrí, en un ataque de anhelos y sorprendentes expectativas, pero mi camino, lleno de curiosidad, se vio alterado por culpa de los restos materiales, que estando en el piso, me hicieron perder el control, al tener la torpeza de no esquivarlos y resbalarme, cayendo cerca de la caja donde yacía Verónica, haciendo que el ataúd cayera al piso, muy cerca de mí. Maldije con todos mis ánimos en se instante –¿a qué o quién? –. No lo sé, quizás fuese, quizás solo fuese como forma de alivio, al igual que el alcohol…; no tengo origen o causa firme, bien argumentada sobre porqué lo hice, simplemente recurrí a ello sin antes pensar.  
Mi corazón se llenó de pavor y por poco y llega a detenerse, al sentir una mano situada sobre mi hombro, y al instante oír la dulce voz de Verónica. ¿Era ella en verdad? ¿O sería mi mente acercándose a las alucinaciones por culpa de la nostalgia?
–Howard, soy yo. ¿No me ves? ¿No me sientes?
-Pe… pe… –tartamudeé, con gran asombro y temor, ante la resurrección de mi amada–, es que, es imposible. ¡Tú estás muerta!  
–Pero he vuelto, no temas. Nada malo pasará. He logrado volver de aquello que llaman el más allá.
–Oh, bella Verónica, doy gracias a quien quiera que haya sido el causante de esta nueva oportunidad. Tal vez fue aquel a quien proclaman como creador los demás, sea quien sea. Ya verás que no te volveré a descuidar.
La intenté sacarla de la casa que ardía en llamas; entre mis brazos la conducía camino hacia afuera. Por desgracia, no pude. Bastó con haber parpadeada para que ella hubiese desaparecido. Al abrir los ojos, en cuestión de segundos, inexplicablemente, estaba yo fuera de la casa, sin ella. Y oía un grito, el mismo grito del momento anterior, perteneciente a Verónica. Todavía seguía encerrada entre aquella prisión ardiente. Por más que quise no pude socorrerla. Antes de lograr entrar, vi cómo la choza se venía abajo, quedando reducida a escombros. Me maldije a mí mismo, a aquella angosta casa, e incluso, a quien se suponía, era el responsable de que ella regresara, y tuviera aquel final, ya que pudo traerla de otro mundo, mas no pudo sacarla de aquella mazmorra, sino que la condenó a morir en medio de la tortura del fuego. Maldito lo material, maldito sea el dinero que condena a los pobres que no logran construir una vida plena, por culpa de la peste llamada dinero, que solo logra corromper al hombre; maldito el mundo entero.
Al terminar mis quejas llenas de furor, me hallaba en una cama malherido.
–¿Qué ha pasado? –Murmuré confundido, esperando que alguien me respondiese.  
–Cálmate, no te esfuerces –respondió ante mi intriga Verónica, quien para mi sorpresa y alegría, estaba frente a mí, como si nada hubiese pasado–. La casa, para malaventura de nosotros, se ha incendiado. Lo bueno es que logramos salir ilesos del desastre.  
–Juraría que había ocurrido de otra forma. Aunque, ¿cómo logramos sobrevivir a aquel acontecimiento, querida?
–Eso no importa ahora. Descansa. Para fortuna nuestra, mi tía nos dejó albergarnos aquí por un tiempo, aprovechando sus vacaciones.
Verónica puso fin a la conversación mediante esas últimas palabras, seguida de una reconfortante sonrisa.
Al parecer mi cerebro me había jugado una mala pasada. Sería capaz de jurar sobre mi vida misma, que el incidente con la muerte de Verónica y todo lo demás conectado a ello, eran, reales…, de cierto modo, desde una u otra comprensión. De nada serviría insistir en busca a alguien que me diese la razón, pues nadie lo haría; mejor me reservaba todas esas hipótesis para mí, y con ayuda de mi mente, en soledad, daría explicación y razonamiento a todo esto pensé–. Al menos Verónica y yo estábamos bien; más pobres que antes, aunque con salud.
Aquel incidente extraño sería la puerta que daría paso a la enorme ciudad, donde se albergaba el caos, angustia y confusión, alimentada por el trastorno que se desarrollaba cada vez más entre mis pensamientos.
Cada vez eran mayores los hechos de este tipo. Empecé a tener constantes situaciones tan angustiantes y confusas, en las que Verónica terminaba entregada a los brazos de la muerte, y como siempre, por culpa mía. Tal vez todo solo fue casualidad, tal vez todo era una ilusión, tal vez la culpa no siempre era mía, o ¿por qué no?, ya ondeaba yo cerca al mundo de la perdida de la cordura. Qué más da, el daño estaba hecho y las torturas que me provocaba la vida no paraban, logrando lo que creo que era su objetivo: torturarme. Me encontraba en un bucle sin salida, en el cual, tras cada repetición, había factores distintos, alterando los medios, pero siempre llegando al mismo fin. ¿Habría de ser un castigo por mi repugnante vida de borracho y pobre hombre, que lo único que tenía para mantener a su esposa, que según él, tanto “amaba”, era el amor, porque más allá de eso, jamás llegaría a brindarle una vida mejor? Aquella pobre mujer estaba condenada, junto a aquel maldito alcohólico.
Cada vez sentía más cómo todos me odiaban, sentía la discriminación y cuando alguien me brindaba un sentimiento que no fuese de antipatía, esa acumulación de repugnancia y agobio, desencadenando la paranoia en mí, llegué a sentirme abrumado…, raro…; cada vez que Verónica me brindaba algo distinto que nadie me brindaba, afecto y confianza. Siempre lo había hecho, aunque, desde aquellos sucesos era diferentes, desde aquellos sucesos, en lugar de alegrarme, me martirizaba. Pido por favor que no se me repugne en este momento, pero con estos vaivenes en mi existencia, como lo eran los funestos regresos de Verónica, me conducía poco a poco a la perdida de dicha. Al ella morir, yo lo hacía también, y empezábamos de nuevo y reviviéramos ambos; no solo ella, también yo y mis experiencias, a pesar de que fuese ella quien se suponía que moría. Como una especie de reencarnación, albergando los recuerdos del pasado completamente desemejante, encerrados en un Deja-vú.
Tanta fue mi paranoia y agobiante horror por las situaciones que, un día llegué a matarla por voluntad propia. Esa vez lo había hecho con grandes ganas, pues estaba harto de que, sin querer hacerle daño, al final siempre acababa haciéndoselo; así que esta vez sí se lo haría por voluntad propia. Ya había perdido la cordura, ya no me podía controlar, ya era ese bucle quien me dominaba. Sé que suena loco, sin embargo, aquella maldita rueda que siempre terminaba en el mismo punto, no había forma de retener su resultado. Me entregué a mi destino inevitable, quizás así sería diferente; quizás así ella no volvería y me dejaría descansar; no obstante, sabría que eso también me agobiaría, hasta la muerte de mi ser.
Un día, alcoholizado con gran frenesí y enorme alteración, entré en un torbellino de desesperación y comencé a esparcir espavientos, quejándome de todo lo que había pasado desde el inicio de este encarcelamiento. Mi vida se había vuelto una monotonía, con variaciones que hacían sino llevarme a la demencia. La monotonía de caer siempre en la misma situación: la muerte, la muerte de quien una vez fue mi amada, quien alegraba mi vida, y ahora era la causante de mis pesadillas, pesadillas mientras estaba despierto.
Tomé el cuchillo de la cocina. Ella salió preocupada por los ruidos, me miró aterrada, preguntándome qué me pasaba. Yo, fríamente, títere del enojo que controlaba mis decisiones, le grité diciéndole que estaba cansado de todo. Me dirigí hacía Verónica, la sujeté por la espalda y le clavé el cuchillo sin compasión. Mi rabia no se apiadó de sus gritos y lamentos; solo me importaba desquitarme; desquitar todos esos bramidos que había en mi cabeza, de los cuales ella era la culpable.
Al terminar el crimen, estallé en carcajadas de triunfo, complacido por la acción. ¿O habrían sido gritos de locura? Cuando la ira se esfumó de mi cerebro y volví a la realidad, vi el cuerpo de Verónica tirado en el piso, lleno de sangre. Me incliné hacia ella, la sujeté en mis brazos y comencé a llorar por lo que había hecho. Culpar al alcohol en ese momento sería una excusa patética, ahora que había conseguido el objetivo ya no lo quería. Suena paradójico, si se toma en cuenta los minutos antes de mis sollozos. Pese a que no me crean, era como si me encontrara en otro lado cuando eso estaba ocurriendo, cuando le estaba asesinando, pero… si presencie todo eso… Mas Howard, no habría hecho algo así; se hubiese detenido; ni siquiera hubiese pensado en algo así. Hasta lo estaba disfrutando cuando veía su sangre chorrear, mientras retiraba el arma de su cuerpo. Creo que, ese que hizo aquel acto atroz, ya no era Howard, no era yo. Sin duda alguna, no estaba cuerdo,  había perdido toda pizca de racionalidad; me había vuelto un loco; al menos, según la definición que había creado la humanidad sobre “loco”.
Levanté el cadáver de mi amada, para llevarlo al patio y enterrarlo allí. Estaba muy cansado, mi cuerpo no tenía fuerzas para llevarla hasta afuera de la casa. Además, la conciencia era lo que más me pesaba. Solo logré llegar hasta el segundo cuarto. Me devolví hacia la cocina, donde tuvo acto la matanza de Verónica y de mi razón. Había mucha sangre esparcida en el piso. Me hice una herida en el pecho, pues no había sentido que buscarle a mis acciones; simplemente era mi cerebro sin cordura, aunque, creo que sería acertado decir que lo hice como desahogo de mis penas. Al no tener alcohol, busqué una forma de desahogo distinta, que implicara hacerme daño. Esta vez el daño era más explícito, provocando un dolor físico, peor que el mal que puede llegar a provocar aquel líquido corrompedor del hombre. ¿O podría ser “corrompido por el hombre”?. Luego de efectuar aquel corte en mi estómago, el cual no logró matarme, mas sí hacerme desmallar, cerrando los ojos, caí en el sueño.
Regresé al mundo del despertar, o quizás en realidad empecé a soñar, mas no despertar. El hecho es que mis ojos se abrieron de nuevo. ¿Habría llegado esta pesadilla a su fin?
Frente a mí, se hallaba un gran charco de sangre. Mi alegría Se materializó, después de tantos eones de zozobra; una extraña felicidad combinada con tonos de desdicha y desamor; una ocasión agridulce, por la cual ameritaba brindar. Volvería a mis días de paz. Verónica ya no estaría para acompañarme en dichos días. Era mejor así. Por fin descansaría para siempre, tanto ella como yo. En mi estómago seguía aquella herida, seca esa vez. Me puse de pie y fui hacia la salida. Una voz me hizo parar; ya iniciaba a alterarme y a maldecir todo. Era evidente, y demás que el lector ya se habrá de imaginar de quién le estoy hablando. El dueño de aquella voz…, mejor dicho: la dueña… Sí, era ella.
–Cariño, ¿estás bien? En cuanto llegué, te hallé aquí, tirado en el piso, y con aquella herida. ¿Quién y por qué, quiso acerté daño?
–¡Maldigo mi existencia! –No pude evitar bramar, por más cruel que eso sonara y más a Verónica, pero su forma de expresarse era tan cínica, como siempre al revivir…, como si nada hubiese pasado.
No pude huir del infierno repetitivo. No lo podía creer. En ese momento, me decidí en que las cosas no pararían de esa forma; después de todo, era siempre ella quien se iba y volvía, pues, era yo quien en todo momento seguía intacto…
–¡Tú deberías estar muerta! ¡Hace mucho tiempo deberías haberlo estado! ¡Y no! Vuelves y vuelves, atormentándome. ¿Acaso lo haces para castigarme, mostrándome la poca buena vida que te di, y cómo te hería sin notarlo? ¿O es alguien o algo más, que esta fuera de nuestro entendimiento? Si tú no logras morir y quedarte así, en un tiempo eterno, entonces seré yo quien deba llegar a aquel lugar, donde el pasado completo quede como algo inexistente. ¡Seré yo quien diga adiós a la vida! No tiene sentido esta monotonía aflictiva.
Verónica, confundida, intentó calmarme. La había aterrado; aquellas expresiones, llenas de dolor y paranoia, que me corrompieron, resultaron hirientes para ellas. A mis ojos no les importó eso; lo que les importó, a ellos y a mí, fue el cerrarlos, de manera perpetua.
Me encerré en el cuarto más pequeño. Tomé pluma y papel. Sí señores, el papel que más tarde pasaría a ser mi carta de suicidio, contándoles a aquellos desconocidos que ahora se hacen descubridores de esto, mi triste historia. Más que triste… creo que hay muchos sentimientos más que abarcan esta desventura enigmática. Aquel sentimiento es el primero que se me viene a la mente; no ondearé, matándome la cabeza en busca de adjetivos; pues nada de eso importa. Después de la muerte lo mundano pierde importancia, quedando en el olvido global.
Espero que, al cerrar los ojos, esta vez no sea yo quien regrese, como Verónica, repitiendo la historia en sentido opuesto, ocasionando así un desquite que no fue planeado. Confío en que aquello no pasará, pues yo soy opuesto a Verónica: una peor persona; en cambio ella es sana y de un corazón noble, alejada de los males de la humanidad. Ella no se merece tal sufrimiento, posiblemente esto solo fue un sueño o algo que no tiene porqué estar conectado o ser relativo con la realidad. ¿Quién sabe? El hecho es que esto se acaba ya, y soy yo quien da fin a todo esto.
Habiendo escrito estos últimos renglones, anuncio aquí, en este papel, mi despedida. Tomo una soga y le hago un fuerte nudo, colgándola en el techo, quedando situada sobre una butaca. Me situaré sobre ella y mi pútrido cuerpo será devorado por los gusanos en un futuro. Sin poder confirmar la veracidad de estos sucesos, solo puedo decir: adiós tormentosa pesadilla; al menos esta vez no será Verónica quien haya de volver. 

 Howard Ubago Arias.

FIN.

sábado, 8 de abril de 2017

Relato 17: "Stellatum"



Aquel que, semejante al dios Apolo, hiere desde lejos. Estando en su morada, ubicada a largos años luz, en algún lugar insoñable del espacio-tiempo, ataca con su arco inmaterial, flechando en la paciencia de su víctima, perturbando hasta al más audaz de los hombres. A lo lejos él observa y actúa, a lo lejos duerme, siempre de ese modo. Cuando lo desea, puede acercarse, pero lo hace mayormente cuando se presenta en persona; para que aquel esclavo de los recuerdos conozca y aprecie el tridimensional rostro de su dueño, del dueño de todo ese dolor que sembrará en su ser desde que el desdichado tiene la desgracia de toparse con la mirada del torturador. Allí es el umbral de lo irracional; donde termina lo inalterable y se materializa lo anormal; donde se da el toque de queda y la pena de muerte a la poca tranquilidad que le queda al pobre, desahuciado de cualquier sentimiento de piedad por parte de la sociedad. En la noche, cuando se puede divisar a Stellatum, el fundador de aflicciones (Stellum en el antiguo idioma Celrror),  sin importar el montón de unidades astronómicas que hayan de distancia desde la morada del inhumano hasta el cuerpo cósmico en el que habita la víctima, es cuando el malaventurado contrae el encuentro con la maldad y la esclavitud, cayendo como rehén a una vida de rememorar las zozobras del ayer, que pasaran a dictar el orden del mañana, siendo la vida un bucle absurdo, donde lo único que tiene sentido es el dolor.
De nada vale suplicar u orar por salvación cuando Stellatum decida atacar. Cuando este inaugura la galería de nostalgias en el desgraciado, no habrá forma de cesar tal caos de aflicción, solo la muerte podría otorgar paz en un caso así. Aunque, el ser humano, al desconocer lo que se haya más allá de toda definición mundana, no puede afirmar si Stellatum no lo seguirá hasta después de fallecer. Hasta en la inexistencia podría haber desasosiego. Stellatum atraviesa lo surreal, y no hay forma alguna de eclipsar sus decisiones sobre aquel en que fije aquella odisea de recuerdos.
Cada día, en cada milisegundo, se encuentra torturando a alguien inferior a él, siendo los terrícolas sus presas preferidas. Aquellos megalómanos  y desahuciados arrogantes son los que más lo satisfacen; las insignificantes criaturas, que están perdidas en este mundo sin ayuda alguna más que ellos mismos, valiéndose de la interacción social. Sin embargo, eso no es suficiente; Stellatum es mucho mayor que la humanidad junta en una sola, desde cualquier punto que se interprete; sea en fuerza, mentalidad, energía, etcétera.
A lo lejos, en una galaxia imperceptible por los mortales, donde termina nuestro universo y comienza uno nuevo, siendo la estrella que da orden a un extenso sistema planetario, está situado él, iluminando radiante y nervudamente. Con gran intensidad, a diario se alimenta de radiación cósmica y se vale de los sentimientos tortuosos que infunde en sus títeres para crecer. Cuando alcance un tamaño colosal, al ser una estrella inusual, explotará en una supernova. Una explosión tan desmesurada que parecerá una bomba universal; mas esto no ocasionará daños físicos al espacio-tiempo. Al menos no durante los primeros años. Sus cenizas se esparcirán por cada uno de los sectores del inmenso cosmos, quedando así en cada parte del universo una porción de Stellatum, para después este llegar a convertirse en el universo mismo. Lo que quiere decir que todos los habitantes, vivirán en el crecido cuerpo de Stellatum. El espacio-tiempo pasará a entrelazarse con dicho ser y se harán uno solo, por lo que, al vivir en Stellum, se vivirá en la desgracia, la nostalgia, el sufrimiento y la desdicha. Esto afectará en gran parte a los seres inferiores a él, de los cuales se valdrá para satisfacer su ego y, en un acto irracional y soberbio, buscará a extenderse, sin poder dar respuesta a la incógnita sobre el resultado al chocar con otros universos y llegar a rebasar grandes límites. Un ser como él, llegando a tale niveles, lograría dar fin al multiverso completo, ocasionando así la conclusión del mundo que los antiguos dioses crearon y en el que yacen, incluyéndolo a él.
Quedan muchos años para eso, no obstante, el crecimiento de Stellatum no se detiene. Por el momento solo yace, orbitando a muchos cuerpos cósmicos. Desde su morada, en la galaxia inimaginable se alimenta, desde su morada en el espacio-tiempo, formando parte de las lejanas estrellas. El guiador de los planetas fronterizos, el conocedor absoluto del pasado, allí se alimenta, esperando, hasta el día en que su saber de antaño, le otorgue la expansión que provoque la reducción de la quietud de los inferiores a él, quedando como el máximo soberano del Todo.


FIN.

miércoles, 5 de abril de 2017

Relato 16: "Sombras funestas"


Desde que el hombre vino al mundo, lo primero que se impuso ante su llegada, para que ocurriese con el mero efecto de existir, es una cosa, lo primordial en el ciclo de vida: la conclusión, o sea, la muerte. Sí, porque la vida no es vida si la muerte no actuase para cerrar dicha etapa y poner punto final a la percepción de este mundo. Y resulta increíble que no se ha podido aún, en pleno siglo XXI, afirmar sobre cómo o qué se ve al morir; qué ha de ocurrirnos; si iremos a dar a otro lugar u otro mundo, o si, simplemente dejaremos de existir.
El protagonista de esta historia, es capaz de dar inquietante información sobre este interrogante tan ambiguo. El desgraciado que le toca dar el paso a morir es un pobre niño, que, siendo una criatura inocente, libre de cualquier mal, sin ser todavía corrompido por la sociedad o por sí mismo, tuvo que ceder ante la dolorosa muerte. Y fue dolorosa, porque, aunque el fallecer puede ser algo tranquilo para algunos, o un sinónimo de descanso, para él no, puesto que pasó por la zozobra antes de ello.

Jimmy, el hijo único de una familia humilde, de condiciones económicas y de vida paupérrimas, se haya enfermo. Es uno de los victimarios afligidos por la peste. En el pueblo de Smish Brown, que es donde residen, la comunidad ha sido declarada en estado de peste. Transcurridos más de cinco meses del origen de los hechos, es cuando el niño de ocho años viene a contraer la enfermedad. Tiempo suficiente para que la cólera y el febril abatimiento envolviesen a los habitantes, sintiéndose ellos frustrados por culpa de la enfermedad que cubre a la ciudad. Saben que la estadía en el mundo se les ve afectada por la situación, y que en cualquier momento la epidemia podría darles de baja; como si no fuese suficiente la tortuosa soledad y paranoia que impone el alejamiento durante los tiempos de desasosiego.   
–Mami, creo que voy a morir –le dijo con voz débil a su madre.
–Eso no pasará. Tú te recuperarás y a la vez nos harás recuperarnos a nosotros.
El padre no pronunciaba ninguna palabra; ni siquiera miraba seguido a su hijo. Observaba a través de la ventana, hacia el cielo, y de vez en cuando volteaba a verlo, como buscando una señal para seguir con esperanzas; algo en el cielo que le indicase que todo iba a mejorar. Pero él sabía muy bien que se necesitan más que esperanzas y fe para lograr resolver problemas tan delicados, como aquellos por los que atravesaba su querido descendiente.
–Max, di algo por favor; siquiera algo alentador o motivador. Es tu hijo quien puede llegar a morir antes que nosotros. Cosa que sería demasiado doliente en caso que ocurriese.
–Así es; mas no puedo. No puedo decir algo que no me nace, porque sé que le estaría mintiendo y dando falsas esperanzas al chico y a ti y a mí, para que después terminemos todos desilusionados. No concibo dar felicidad a base de mentiras. Cosa que es peor que la cruel verdad.
–Cómo es posible que seas de tal forma, en medio de un suceso que se quedará marcado en nuestros recuerdos como un momento luctuoso.
–No, Luz. Entiéndeme, no quiero crear ilusiones que después podrían romperse. Eso no quiere decir que no anhele que nuestro hijo se recupere. Sinceramente, el futuro es incierto y, a pesar de ser borroso, se ve trágico.  
Luz comenzó a sollozar e iba a refutarle a su esposo, mediante quejas y alaridos, expresando su aflicción y enojo con él por no mostrarse tan adolorido como ella, de no ser por los murmullos de Jimmy, que llamaron la atención de ambos. Se dirigieron hacia el pequeño y este les comenzó a expresar palabras que se volvían circunloquios, por culpa de la tos y la respiración agitada. Lo que quería expresarles era que lo ayudasen.
Los padres insistían, esperando más explicaciones. Después de que él lograse calmarse y ordenar sus palabras, les dijo:
–Lo veo, madre. Ayúdenme. Papi, dime que esto no es verdad –el chiquillo gritó con gran pánico, provocando igual sentimiento en los padres. Estos estaban abrumados por no saber qué hacer–. Dile a esa figura negra que se vaya. ¡Por favor, mamá, papá!
Los mayores le preguntaban por aquel a quien se refería como “figura negra”. El niño gritaba desesperado, mientras la cara de terror que había en él se transportaba al rostro de sus progenitores. La madre intentaba calmarlo y simultáneamente el padre buscaba a aquel que el niño mencionaba, si habría de haber alguien más en la casa. El escepticismo de Max no le permitió pensar en que, tal vez, aquella figura, era algo más que mundano.
Minutos posteriores, el chiquillo cesó con sus alaridos, mas no con su temor. Permaneció callado, con los ojos pasmados por lo que había presenciado y que los padres no comprendían. Estuvo de esa forma durante varias horas más, hasta que tuvo que ceder al sueño, gracias a la enfermedad. De no haber sido por esta, la vigilia no lo hubiese abandonado y podría haber permanecido despierto y perturbado por mucho tiempo más.
Desde esa ocasión, los padres no se despegaban ni un segundo del perturbado; siempre atentos a él, y, por más que buscaban respuestas, Jimmy no conseguía darlas, por culpa de su estado de salud, o tal vez por algo más… Lo indiscutible es que había sufrido con lo que vio aquella noche, lo cual, pudo haber sido una ilusión provocada por la fiebre. Por lo que, aún no era tiempo apropiado para que el pequeño se expresase sobre aquel suceso.
Habían pasado tres días desde el misterioso hecho y no había noticias nuevas sobre algo similar. En esa noche, los padres, debido a la casualidad, se ausentaron por cierto tiempo de la habitación, dejando al niño con la soledad. Este descansaba placido en su cama, hasta que lo oyeron ulular con gran pena.
–¡Él es malo papi!, él y sus amigos –les imploró en cuanto entraron al cuarto.
Le interrogaron, aprovechando que se encontraba menos agitado que la primera vez. El chico solo hablaba sobre sombras y cosas relacionadas a la muerte. Esto creó angustia en sus progenitores. Su madre lo consolaba llorando junto a él y su esposo. Este, igual de afligido, buscaba detalles sobre tales rarezas funestas que describía el chico.
–¿Esto lo hiciste tú? –le preguntó Max, al coger un dibujo que se hallaba a los pies de la cama.
–Sí. Lo retraté mientras estaba parado en la puerta y me hablaba sobre él y sobre…
Jimmy no logró terminar la frase. Un sueño avasallador lo tomó sin permitirle presentirlo, desmayándose. Sus cuidadores corrieron en su ayuda. Max, más que la decaída inesperada, lo que le inquietaba, era aquello de lo que hablaba su hijo; después de todo, sabía que el enfermo se despertaría después. De esos sucesos no tenía especulaciones suficientes como para poder dar conclusiones. El dibujo estaba pintado con crayones de manera muy torpe, pero que lograban dar imaginación a lo que había trazado en el papel: era el cuarto. Junto a la puerta, estaba dibujada una figura pintada por completo con negro.
Cuando el contagiado se recobró de la decaída, les relató a sus cuidadores todo lo que había visto y a lo que se debían tales cosas. Lo que su padre deseaba conocer.
–Ellos son malos. Al inicio solo vi a uno y luego a otro. Pero son muchos más; hay más de ellos que personas, aunque parecen personas. Tienen figura de un hombre corriente. Son como sombras, sombras viles y atroces. Se llaman “Jazar”, cada uno de ellos. Lo sé porque él me lo dijo. Todo esto me lo contó durante el retrato que le estaba haciendo. A veces me habla en sueños, me dice cosas malas, sobre la muerte y sobre la miseria humana; las cuales son horribles. Esto tiene una razón, y es lo que más triste me pone –se detuvo para llorar. Pequeñas lágrimas recorrieran su delicada piel. Cuando iba a poner su brazo sobre los ojos para secar las lágrimas, su papá lo hizo por él, y junto a la mujer, lo alentaron a continuar. Después que ya no le salían más lágrimas, retomó la anécdota–. Casi siempre envían a uno de ellos, hay casos en los que vienen varios. El motivo es porque ellos son los que se llevan a las personas. Como me dijo ese Jazar: son los heraldos de la muerte; encargados de llevarse las energías de las personas y estas acaben su estadía en el mundo de los vivos. Es por eso que los puedo ver. No siempre se dejan apreciar; tan solo cuando se les antoja. A veces duran más tiempo en llevarse a alguien, según el dolor que se tenga a la hora de morir; puesto que ellos aparecen durante el periodo de sufrimiento, en el umbral del fallecer. A veces dicho periodo dura mucho tiempo. Lo que quiere decir que ya tengo asegurada la muerte. Se dictó mi final. No quiero morir. ¿Por qué, porqué tal cosa? Ayuda padres.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con hiperventilación, que interrumpía las frases, creando tartamudeo, ambages…, para que luego prosiguieran los gemidos. Los pobres encargados de cuidar del pequeñín y que le vieron nacer y crecer, ahora deberían verlo morir. La madre negaba todo ello, cerrándose por una falacia que ella misma creaba, intentando ignorar la verdad; escapando a la realidad y creer que las cosas saldrían bien, a pesar de que no fuese a suceder así. El padre, cabizbajo, no pudo pensar en ese momento en nada más que abrumarse, mientras las lágrimas emergían de sus ojos a ritmo lento –no porque no quisiese que las cosas mejorasen, sino porque no se le ocurría nada más racional que lamentarse y dejar que los sentimientos relativos a la zozobra lo tomasen, pues ese momento se merecía su llanto y dichas emociones.
Pasaban los días y las sombras que el menor veía volvían. La desdicha aumentó cuando el padre también contrajo la peste. Luz, desde ese día, engendró en su cerebro la idea existencial de que, una vez sus dos seres más queridos se fuesen, su vida ya no tendría atribuciones que le diesen valor a su existencia. Un día, a las cinco de la madrugada, el menor llamó a Max y a Luz para comunicarles algo nefasto:
–Hoy he de morir. La sombra me lo dijo –aseguró con voz llorosa.  
La madre se echó al piso a gemir y quejarse de su vivir y de la injusticia que había realizado la peste con su motor de vida primordial e irremplazable.
–Gracias a los dos –continuó el joven enfermo–. Lamentablemente no pude tener más tiempo para apreciarlos más, que tanto me amaron y ayudaron. Amo a los dos por igual –la tos y el lloriqueo interrumpieron la charla. Después de breves segundos, retomó-. En poco tiempo cerraré los ojos. Al nacer, una de las condiciones era esta, morir; y hoy se me dicta mi adiós.
El padre, estando apestado, tomó fuerzas, que eran guiadas por el dolor que generaba el amor familiar, porque hasta el amor, por más bueno que pueda llegar a ser, también genera dolor y desdicha. Se acostó en la cama del infeliz y con ayuda de Luz, lo sentó en su rodilla y este se recostó contra su pecho. Max comenzó a reflexionar sobre su vida y sobre su amado pequeño, que se moría. Sabía que a él, probablemente también le tocaría estar en el lugar del que se encobraba recostado sobre su cuerpo. Podría ser tarde o temprano, tal vez mañana o incluso ese mismo día.
Jimmy le dirigió palabras hermosas y de compasión a su mamá y besó en la mejilla al papá con gran ternura. Fue un beso luctuoso.
Max sonrió, mientras el llanto bajaba, circulando a través de esa sonrisa que deformaba el camino habitual del llorar.
–Ojalá hubiera un lugar más allá de la muerte, en el que nos volvamos a ver y solo exista la alegría.
–Es posible, papá –sonrió; la última sonrisa que se marcaria en su cuerpo biótico.
–Quién sabe. Descansa, hijo. Nos alegraste la vida –dijo Max, mientras, forzando sus fuerzas, acariciaba la cabeza de su retoño, calmándolo para que su dormir fuese más afable.
–Se está acercado –exclamó, Jimmy. Veía al Jazar acercándosele, con la mano extendida hacia su cabeza, robándole su ser, robándole su vida.
–Lo sé, Jimmy –pronunció su padre, mientras veía una sombra materializarse frente a él; comprendió que también había llegado su final. La sombra también extendió el brazo hacia su cabeza.  
–Te quiero, pa… -no pudo terminar de hablar el pequeño.
–Y yo a ti, Jimmy.
Ambos cerraron los ojos, para entregarse a las sombras; para entregarse a la muerte.

FIN.

Si desea oír esta historia narrada en vídeo, puede hacerlo haciendo click aquí.


domingo, 2 de abril de 2017

Relato 15: "Las memorias del ser"



No hallo forma de relatar este suceso sin poder huir al terror que provoca la rememoración de actos ligados a experiencias horribles, las cuales no se desearían repetir. Si pudiese elegir, devolvería los segundos y alteraría aquellos abominables hechos: los ruines actos que despertaron en mí la impaciencia por querer detener mi corazón, y que me han llevado al extravío de la razón. Los sentimientos relativos al miedo me poseen y la calma no hay forma de que a mí llegue. Aquel que sea testigo de lo que cuento, ha de satisfacerse oyendo las desdichadas experiencias de un pobre hombre; mientras que, yo, Clark Smith, aquel pobre hombre, tras cada palabra, sufre más. Es algo que debo hacer; necesito expulsar toda esta tortura, para que otros lleguen a saber de ella y no morir siendo el único declarante ante los demás, cuando me hayan de señalar por estar entre la sombría y mórbida nostalgia de aquello.
La primera oportunidad que tuve de toparme con aquella cosa, fue en una noche de calma, que exaltaba la belleza de la naturaleza, mediante el silencio, que permitía percatarme de aquel hermoso paisaje, divisado desde la ventana de mi hogar. La noche era lo único que encontraba bello en mi vida, la tranquila y afable noche; la única cosa grata en mi existencia; la dulce y silenciosa noche que me arrullaba, deleitaba y calmaba con su silencio y oscuridad. En ella muere el martirio que aparece en el día, para así despedirme de una tortura más y recomenzar al siguiente día, esperando el regreso de la hermosa oscuridad.
Un brillo celeste me inquietó, captando mi atención. Una estrella que, por su lejanía, se veía como un blanco punto sin nada a destacar más que su color. Mis ojos se posaron sobre ella, no porque fuese distinta, sino porque se veía más cerca. Sonará absurdo el decir esto, teniendo en cuenta que están situadas  a años luz de la Tierra; pero desde ese momento, mi vida empezaría a ser alterada por culpa de aquellos actos distintos a la realidad. Me quedé varios minutos con aquella idea en mi cabeza, intentando darle una conclusión. Creo que no fue por voluntad propia, la estrella me había hipnotizado, haciendo que mi cerebro se concentrase solo en ella, en ella y en ninguna otra estrella, en ninguna otra luz.
Me dirigí a mi cama, luego de mucho tiempo hipnotizado por ese inusual astro.
Eran las tres de la madrugada cuando mi sueño se vio alterado por una sensación amarga, la sensación de que había alguien más; no cerca, pero estaba allí, percatado de mi presencia y yo de la suya. Abrí los ojos y… nada, no pasó nada. Luego, no pude volverlos a cerrar, no podía hacer nada. Estaba petrificado, inmóvil y sin libertad de movimiento, semejante a una estatua. Mis músculos no respondían y mi desesperación aumentaba por la agonía. Un destello entraba por mi ventana, era tan brillante como… como una estrella... Aunque un cuerpo de proporciones tan grandes, que se encuentra a millones de años luz, era atípico que tuviese tales proporciones; habría de ser mucho más grande. En verdad era una estrella, o algo así; y era aquella estrella que había cautivado mi atención. En estos momentos tomarán esto por algo absurdo y como un seceso sin lógica alguna que no estructuré, empero, más adelante entenderán y terminaran por darme la razón con respecto a que, aquel brillo era la misma estrella llamativa del éter. Aquel cometa incandescente se dirigía raudo hacia el mirador, ocasionando que me aterrase por la idea de que mi cuerpo iría a chocar con aquel otro cuerpo, terminando en una colisión funesta.
La estrella, al llegar a la ventana aumentó su brillo, se expandió y desapareció, como si hubiese explotado silenciosamente. Sin saber cómo, al ver el exorbitante brillo, quedé cegado, evitando ver el sufrimiento que me esperaría. Me quedé así por varios segundos, sin darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor. Seguía teniendo conciencia y percatándome de mi existencia, por ende, seguía viviendo. Al abrir los ojos, fue el comienzo de aquel sentimiento de horror que me perseguiría a partir de allí. Delante de mí, había una cabeza gigante, sin hombros ni pies, brillando fuertemente. Un gran brillo con rostro; una estrella con rostro…, un ser con forma de estrella y aspecto humano.
Su cara, su ruin y atroz cara, la cual no me atrevo a describir, pues el solo pensar en aquellas características faciales me provocan nefasto horror, me provocan querer cerrar mi imaginación, que me recuerda aquellas facciones perturbadoras; para no ahondar mucho en la funesta y colérica tragedia por ahora, diré que sus ojos eran tan fijos e inhumanos que no podía huir a la incomodidad y terror que causaban. Esos ojos penetrantes, fueron los encargados de congelar mis músculos. Su faz era de un azul celeste, resplandeciente. Me miraba, con la vista inclinada, haciendo que sus pupilas quedasen hacia arriba, y sus pestañas creasen sombras sobre la región ocular, ingeniando la mirada de un psicópata, de alguien malvado, encargado de realizarme un sinfín de torturas y trastornos. Sus meros ojos me carcomían el alma, incitándome a la desesperación. Mi mente empezó a recordarme varios sucesos de mi desgraciada vida: las muertes de mis seres queridos, mis vicios, mis intentos de suicidios y demás fragmentos que conforman mi desdichada y miserable existencia, que resulta ser un calabozo rodeado de dolor y sollozo. Aquellas nostalgias tan viles y luctuosas fueron provocadas por él; la rememoración de esos dolores que intentaba sepultar a diario, para guardar nuevos dolores, fueron resucitados por ese rostro enorme. Aquella cosa me obligaba a pensar en esas infernales desgracias. No había forma de huir a esas imágenes; estaba condenado, sin poder objetarme. Intenté llorar y ni siquiera eso podía hacer; solo lamentarme en silencio, mientras mi cuerpo era detenido por la aflicción y el temor.
Recuerdo esa noche más que todas las siguientes, pues fue el inicio del cataclismo. No sería correcto decir que “fue la llegada de él a mi vida”; más bien: fue la aparición de él en mi vida. Ya que, dicha cosa siempre había estado ahí, siempre había existido. Mi dolor lo alegraba, pues era consciente de lo que ocurría en mi cabeza; creaba esa atmosfera horrífica con gran fogosidad. A medida que más sufría, sus labios se iban alargando, generando una tétrica sonrisa. Su boca se abría hasta permitir ver su dentadura. Esa sonrisa era la de un asesino que disfrutaba cada herida que hacía en su víctima, ocasionando su lenta muerte, regocijándose a costa de las pesadumbres ajenas. La sonoridad de aquella risa era similar a sonidos demoniacos, ruidos tan atormentadores que podrían ser comparados con lamentos de almas ahogadas en el infierno, muertas por la condena y el dolor. Morir en ese momento hubiese sido una bendición, cualquier cosa que me alejase de esa hiriente mazmorra sería una dicha.
Tuve que esperar muchas horas –horas que parecían infinitas– para poderme alejar de aquel suceso. Cuando mi cerebro dejó de rememorar aquellas tragedias, el ser abrió la boca, emitiendo un lacerante grito, y desapareciendo al haber acabado su sonido. Aunque hubiese terminado ese tormento, en mi mente seguía otro. La desesperación y la angustiosa agonía tan punzocortantes, golpeaban mi quietud. No pude conciliar el sueño, no logré volver a cerrar más los ojos. El intentar dormir era una inservible forma de engañar al terror.
Ese día falté al trabajo, pues no tenía forma de pensar en ello, solo podía pensar en la visita de aquella entidad. ¿Cómo era posible eso? Siendo yo un simple hombre carente de felicidad en mi vida, habitante de la ignorancia, sin interés por nada; siempre he permanecido en mi estrecha zona de lamentación, ¿por qué yo y no otro? ¿Qué había hecho para merecer tal suceso tan alejado de la realidad, más horrible que la realidad misma? ¡Los sentimientos de congojo que sentí fueron verdaderos y verídicos! Tan dolorosos como mi vida. Ese hecho era peor que cualquier otra cosa en este mundo, pese que aquello no pareciese originario de este mundo.
Llegó el mediodía y solo hasta esa hora mi cerebro retomó fuerzas; no obstante, eso no quitaba que me hubiese olvidado de aquella experiencia de la noche anterior. Todo me causaba pavor, la claustrofobia me invadía, no respiraba tranquilo estando en esa estrecha habitación que me recordaba la monstruosa cosa, traída desde el espacio exterior, la estrella portadora del horror que recayó en mí. Me vestí y fui a caminar, deteniéndome en una banca del parque.
El día era opaco, gracias a las nubes que se deslizaban por el cielo, provocando un clima helado. Ver las nubes me generaba terror, inclinar mi vista hacia el cielo me generaba terror, ya que me recordaba aquello. Sabía que al alzar la vista, estaba viendo hacia la ubicación de aquel atroz torturador. Al voltear a ver a las personas mi pánico evolucionó: veía en la cara de las personas la figura de aquel ser. Todos en mi entorno eran iguales, con aquel abominable rostro. Los sentimientos me abrumaron y mi calma se vio perturbada por la claustrofobia, provocada por la terrible atmosfera que me rodeaba, donde todo era relativo al horrible ser, al horrible rostro, a la lúgubre experiencias y a mis deplorables memorias.
Hui del lugar, mientras todos giraban su cara hacia mí. Me veían con esos mismos ominosos ojos que se enmarcaban en mis emociones. Era perseguido por aquellos ojos que me torturaban durante mi transcurso a casa. Oía distintas voces que me susurraban cosas horribles, recalcándome mis errores y dolores; recordándome cada una de las desdichas de mi miserable vida.
“Maldita escoria, que jamás en su vida alguien ha llegado a sentir afecto por él”; “tu vida no vale nada, más que una mera miseria, a cambio de que te mueras”; “es por ello que nunca serás feliz”; “la vida es solo una obra de tragedia”; “ahorra tiempo y acaba con esto”. Me rememoraban las peores de mis experiencias, torturándome. Esas voces tenían un dueño, o alguien que las guiase…, era aquella cosa ajena a este mundo. Me decía eso y muchas cosas más, tan horríficas que, ni siquiera en el infierno serian oídas tales cosas como esas; lo peor era que, todo eso de lo que hablaban, era cierto: soy una abominable fealdad, desterrada por la miseria y la desdicha, sin fuente de felicidad o éxito alguno en esta desgracia de existir.
Me tropecé varias veces, junto a numerosos incidentes que casi acaban en tragedia, especialmente por la carretera.
Me dirigí a vertiginoso paso hacia mi apartamento; al llegar al edificio no me atreví ni a ver al portero; ni siquiera saludé. Cualquier mirada o presencia la ignoraba, intentando omitir el contacto o interacción con lo que sabía que si llegaba a ver me aterraría –más de lo que ya estaba–. Me encerré, desahuciado en cólera, sin saber qué respuesta darle a todo esto o qué hacer frente la situación. No pensaba en nada más que no fuese el dolor del recuerdo. Mis ideas y razonamiento no encajaban, dejándome a la deriva, extraviado en la angustia, rodeado por la desesperanza y el pesimista pánico.
Oí sonidos en mi puerta, pero los ignoré. Los sonidos solo me molestaban y alteraban mis intentos de quietud. A cada toque que percibía, les gritaba que se largaran.
Dieron las seis y caí dormido, más que por sueño, fue por desesperación.
Dieron las tres de la madrugada y me desperté, asimismo que la noche anterior. Ha de ser predecible lo que ocurrirá a continuación. Sí, volvió la entidad cósmica, que la primera vez. Mi cuerpo cayó de la misma forma en aquella parálisis, deteniendo mis músculos a cualquier acto de queja u objeción. Los mismos procesos de martirio, solo que, para esta vez había omitido la escena de los recuerdos. No me hizo recordar mi pasado. Me habló sobre el futuro, mostrándome lo que sería del mañana, por culpa del presente en el que me martirizaba; valiéndose del pasado para aterrarme. Todo ello continuaría y no cesaría.
Por primera vez, la abominable estrella me habló:  
–Desgraciado hombre, que la humanidad lo conoce por Clark Smith. Aquel desdichado que su vida jamás ha logrado comprender, pues se siente muerto mientras habita en un mundo infeliz, que para él es una condena, donde el único sentido es el sufrir cotidiano. Aquel cuya vida jamás tendrá dicha tan grande como para poder considerarse contento. El hombre que desde ahora, gracias a mí, todos los días recordará cada una de sus tormentas y abrumadores fantasmas del pasado.  
»Provengo de un lugar lejano del cosmos; en la cuna de las nebulosas, siendo yo un cuerpo cósmico, no moriré. Me transformaré en una supernova cuando lo desee, la naturaleza y ciclo de existencia no tienen efecto en mí, puesto que, soy incomprensible y ajeno a las leyes de este mundo. Soy más viejo que el universo mismo y soy dueño de las experiencias de cada uno de los humanos. No hay mejor satisfacción y placer que la tortura humana: el ver cómo estas criaturas se agobian en su absurda existencia, porque no aguantan con todos sus errores, llegando a un cataclismo, el cual es provocado gracias a ellos mismos. Yo solo me encargo de dar paso a dichos recuerdos, ya que es el pasado quien los atormenta, incluso más que yo. Soy como aquel rey estratega, encargado de armar, entrenar y crear el ataque, mas no ha de combatir, mientras ve cómo sus peones asesinan y pelean por él.
»Podrás gritar, podrás correr y demás. Intentarás huir, claro que sí, mas solo hallaras recompensa muriendo. Solo en la muerte es que se encuentra el descanso y la satisfacción de la calma. Desde cualquier lugar del basto cosmos, estaré ahí, para atormentarte. Me divierto a base de los sufrimientos de los hombres, desde su llegada al mundo. No he encontrado mejor entretención que ellos y su aflicción. Al ser tan antiguo, tengo conocimiento sobre cada una de las anécdotas de cada  hombre, por lo que albergo enormes experiencias para torturar a toda la humanidad. No todos son tan maleables, por ende, no a todos consigo atormentar con tal éxito. Aquellos que han llevado mayores desgracias durante su existir, son la jugosidad con la cual me doy gusto a diario. Criaturas abatidas como tú, que no saben más que sufrir y lamentarse. Yo lo veo todo y sé toda la historia de las criaturas y seres de este mundo. Mis poderes son más extensos y opulentos de lo que podrías llegar a imaginar. Entre las civilizaciones humanas, recurro solo al mero recuerdo. Todos tus días serán un infeliz homenaje a tus tragedias, donde, en cada respiración, en cada día, en cada noche y en cada sueño, se te recordará toda tu historia. Solo lo negativo es lo que has de rememorar; en cada minuto me encargaré de que tomes memoria de todas las desgracias que conforman tu pasado, mientras me deleito y regocijo, viéndote retorcerte y estremecerte, presa de la tortura impuesta por mí, mientras caes a mayor profundidad con el pasar de las memorias y de los días, en ese pozo de depresión irremediable. Conformo una parte de ti y de toda la humanidad: sus recuerdos. Todo por lo que has pasado, yo lo he de conocer más que tú. Sin embargo, la nostalgia y la desdicha es lo único que veras; más de allí nunca lograrás apreciar. Mientras yo exista el dolor y la tristeza existirán. A diario me verás, y a diario me recordaras, durante el transcurso de tu vivir, el cual se sentirá como una muerte consiente.
Terminó sus palabras y luego hizo una risa gutural, atroz y escalofriante, que, de no ser por mi imposibilidad de mover los músculos, mi cuerpo se hubiese sacudido entre escalofríos temerosos. Desapareció del sitio y en mi mente apareció, junto a mi pasado lúgubre y desgarrador.


Ya han transcurrido semanas desde que surgió el umbral del horror, del horror infinito y quebrador. Fue aquel ser venido desde las lejanías del espacio-tiempo, que me vigilaba desde mi nacimiento, esperando hasta que llegase el momento en que pudiese sufrir más, en que mi madurez me permitiese percatarme de que mi vida era una obra trágica, donde yo era aquel protagonista que sufría, sin ver una recompensa al final, solo sufrir. Tal vez a eso fue que vine a este mundo: a comprobar por mí mismo la agonía y desgarradora experiencia que implica el absurdo e incomprensible proceso de existir.  
He aguatado mucho; ya no puedo más. No tenéis idea de cuán duro y complejo es vivir con esta pena. Mi único deseo es por fin descansar, por lo que, recurriré al método más fácil del descanso: la muerte. La pasible y tranquila muerte, donde se hallan las respuestas a todos los lamentos. En las lejanías del vivir, en el óbito, es donde conseguiré la calma y la felicidad que tanto deseo, aunque puede que no logre llegar a presenciar o percibir dicha felicidad… Espero y mis letras escritas en este documento no se pierdan en el olvido y ojalá alguien se tope con ellas. Ojalá y esta advertencia informen a alguien, o al menos, que no sea solo yo el único testigo de aquella desgracia.
Cada día que pasa es una infinita oscuridad, llena de penas y aflicciones. Anhelo descansar, quiero algo de luz, alejarme de esa oscuridad. Si la vida no me ha de dar dichas, la muerte me ha de dar satisfacción. Digo adiós a mis recuerdos y a aquel demoniaco, cruel y caótico ser, quien fue mi verdugo. El verdugo de la poca gota de tranquilidad que me quedaba, incitándome a evaporarme y acabar con todo esto.
La crueldad de aquel, proveniente de las arcaicas estrellas, es exorbitante. El pasado es una pesadilla que siempre estuvo ahí, pero que ahora no estará más. De mí solo ha de quedar el polvo y la historia sobre cómo sufrí aquella tormenta, donde el recuerdo era mi tortura y el celeste ser mi asesino, siendo yo rehén de los fantasmas del lamentable ayer.


FIN.