RUEGOS DESDE LA TUMBA
Acostado
en su cama, exasperado por el horror, intentando encontrar el sueño, intentando
encontrar la paz, se retorcía él. Su tranquilidad se veía obstruida por su
difunta hermana. El pobre Hanselt Werster la ignoraba y ella seguía, no había
forma de silenciarla. Anna Werster, su pequeña hermana, murió ya hace diez
años, producto de la enfermedad que la tuvo agonizando hasta llevarla con la
parca. Los dos eran muy unidos, se amaban sin importar las discordias, pues el
amor al final siempre gobernaba sobre la cólera y la tragedia, hasta que un día
fue la desdicha quien se elevó y los cubrió con el manto de la desgracia,
matando a la enferma Anna. Desde el día de su fallecimiento, en cada
aniversario volvía, abrumando al desahuciado Hanselt. Se quedaba una semana con
él hasta el próximo aniversario luctuoso, y cada vez era peor que la anterior.
La oía gritar, sollozar, lamentarse… desde su tumba. Sí, estando ella
enterrada, hallaba la forma de que su voz llegase donde su hermano. Quizás todo
solo fuese onírico o alucinaciones, aunque, el dolor y el sufrimiento que sentía
al oírla, atormentándolo, eran reales. En su oído se posaba el llanto de la
difunta; esa voz que en antaño le alegraba el día y que ahora lo atemorizaba.
“Hermanito
ven, ven hermanito” –le decía la niña–. “Por favor hermanito, acompáñame que
hace frío”. “No me dejes sola, recuerda que juramos apoyarnos siempre”. “Me
haces falta hermano, quiero verte”.
Esas
eran algunas de las cosas que le decía su hermana, desde la tumba. No
encontraba forma de cómo darle razón u orden lógico a todos esos lamentos que
le helaban la sangre. El concebir aquello por algo sobrenatural, ajeno a la
realidad, era lo que hacía más horripilante la situación.
Por
mucho que le rogase Anna, él no aceptaba. Hanselt se decía a sí mismo “lo que
muerto está, muerto se quedará, pues no puede regresar”, para intentar
brindarse sosiego. Sin importar su inquietud y su resistencia, la aflicción y
el horror terminaban poseyéndolo en cada día que la escuchaba, en cada maldito
día donde era protagonista de las peores de las remembranzas familiares, en
que, sin verla, su mera voz era suficiente para engendrar un sentimiento que,
en lugar de ser bello y afable, resultaba ser espantoso y le generaba angustia
y zozobra.
Ese
año, ese décimo año de infortunios y tribulaciones, sería en el que se
decidiría a responderle a su hermana. No mediante palabras, sino, con acciones,
brindándole lo que ella quería, esperando que así lo abandonase, para que ambos
lograsen descansar: ella, alejada de los vivos y lo mundano, y él, alejado de
la exasperación y el pánico, pues su silencio era lo que le causaba tanto
abatimiento. En los últimos años le había llegado a gritar e insultar, suplicándole
que se callara, que mejor se fuese, pues ya no podrían verse más hasta que él
muriese, si tenían la dicha de poder reencontrarse en algún lugar existente
después de la vida.
No
aguantó más con tantas penas espantosas; en un impulso de irritación, guiado
por la desesperación, víctima de la confusión y el congojo, se levantó de su
cama, decidido a ir hacia su hermana, para contemplarla, luego de tanto tiempo
ausente. Pensó que si hablaba con ella, que si enfrentaba aquel temor, aquello
que no comprendía, podría llegar a encontrar la serenidad que anhelaba y que su hermana no le
permitía. ¿Sería realmente su hermana la causante de su aflicción o sería algo
más…?
“¡Guardad
silencio, por favor! ¡Qué te hice para que me tortures con tal cinismo!” –Bramó,
apretándose las sienes, jalándose el cabello, golpeándose el rostro,
convulsionando, tirado en el piso–. “Es efímero y mental, Hanselt” –dijo, engañándose,
creyendo que así calmaría a su mente–. “Lo que muerto está, muerto se quedará,
pues no puede regresar”.
Con
el transcurrir de los minutos, creía menos en sus palabras, no obstante, seguía
ese proceso para darse esperanzas y placidez a base de mentiras. Se dirigió
hacia la puerta, sin importarle la iluminación, chocándose con diversos objetos
en el camino, hasta dar con la perilla y abrirla. Le ocurrió lo mismo afuera,
debido a la oscuridad que cubría el hogar. Por culpa de esa abstracción, su
recorrido se atrasó demasiado y los golpes que recibió fueron numerosos,
llegando a caer por las escaleras que llevaban a la sala del primer piso. Nada
de eso le importó, ni siquiera se percató del dolor; llegar a esa tumba era lo
único que importaba, y lo único que existía en ese momento. Durante el camino,
Anna le seguía hablando, sin detener sus ruegos.
“Sigue
Hanselt, sigue que ya casi llegas”; “por favor, ven hermano, la soledad es
aterradora”; “quiero abrazarte hermano; no me dejes aquí en este frio” –repetía
sin parar su hermana. Hanselt le contestaba con enojo y ella, era como si lo
ignorase o no lo escuchase, pues siempre le reiteraba sus lamentos. La ira,
confusión y terror fueron perfectos elementos para mezclar aquel desequilibrio
irracional en Hanselt, que lo llevaría a alejarse de su cordura. El desgraciado
continuaba, sin detenerse a sobarse o a arreglar lo que había dañado. Finalmente
llegó hasta la puerta principal, para salir de la casa; al abrirla, Anna
pronunció una nueva oración:
“vamos
hermano, te extraño”.
La
pequeña lo alentaba y este respondía mediante alaridos y quejidos. Fuera, en el
jardín, sintió gran frío, bajo la lluvia tempestuosa; el viento se desplazaba
con vasto coraje; los relámpagos iluminaban las desapasionadas tinieblas y los
truenos ululaban metálicamente. La niebla le cubría el camino, impidiéndole
distinguir la cruz que indicaba la ubicación del sepulcro; sin importar ello,
se abrió camino entre la obstaculizadora niebla, logrando evadirla, quedando
esta reducida ante sus desesperantes anhelos por llegar a ese punto.
Se
postró frente al crucifijo, miró al cielo y después sumergió su mirada en la
tierra que cubría a su hermana, quien tanto le agobiaba desde que fue a dar a
ese húmedo y lúgubre sitio. Las lágrimas surgieron y no pudo resistir la
nostalgia y aflicción que le provocaba rememorar esos momentos felices, que
ahora servían como tragedias provocadoras de lamentos, escuchando los susurros
de su hermana, los cuales le incitaba a abrir esa caja, a visitarla. Hanselt le
imploraba que parase ya de martirizarlo.
“Entra
y acompáñame hermano, por favor”.
“Lo
que muerto está”… Hanselt iba a terminar su frase, cuando la voz de su hermana
le dijo cuántas noches lo había observado, durmiendo con calma, mientras ella
sollozaba por estar en soledad, rodeada por los insectos y la depresión era lo
único que la acompañaba durante ese largo extrañar. No soportó mentirse más,
comprendió que, pese a Anna estar muerta, lo que decía era verdad, sintiéndose culpable
por todas esas veces en que la bregó a ignorar, en lugar de oírla, cuando, en
lugar de abrazarla, se aterraba y le gritaba, y que en lugar de dejarse poseer
por ese miedo agotador, no hubiera sido capaz de sentir lástima, sino horror.
–Perdóname
Anna, pero tú debes descansar y no atormentarme más –al decirlo, tocó el musgo,
acariciándolo lentamente, para luego enterrar sus dedos. Comenzó a escarbar y quitar
esa tierra que lo separaba de Anna.
“Ven
hermano, por favor llegad para podernos volver a ver”.
Llegó
a lastimarse los dedos y quebrase las uñas, hasta sangrar, mas nada de eso
importaba, nada que fuese una excusa para huir a esa búsqueda de su hermana, o
que evitase sus fines importaba. Al pasar por toda esa tierra, dio con la rustica
caja de madera amplia, en la que yacía su hermana, su torturadora, su anhelo –y
era de tales proporciones por voluntad de Anna, puesto que al fallecer, ella pidió
que la hiciesen de tal forma, para que en un futuro su hermano fuese enterrado junto
a ella–… La golpeó con gran fuerza –los lamentos y sollozos no paraban–, varias
veces lo intentó, hasta que consiguió dañarla.
Corrió
los trozos de madera rotos y pudo ver su recompensa…, lo que deseaba y por lo
que se encontraba allí…: aquel ser que tenía años sin ver y tenía años
atormentándolo. El pálido rostro de su hermana, carcomido en algunas zonas por
los carroñeros y su cabello deteriorado, junto a su vestido, comido por los
insectos, lo hicieron alejarse de aquel impulso irracional y volver a la
realidad, regresando a esos sentimientos de temor, renunciando al frenesí. En
cuanto Anna abrió los ojos, el corazón de Hanselt se aceleró, en aterradora espera
de lo que le dijese aquella quien veía resucitar.
–Oh,
Hanselt, por fin. Luego de muchos años tan desdichados, das respuestas a mis
lamentos y vienes a visitarme –le dijo Anna, mientras una sonrisa se creaba en
su rostro y sujetó sus manos. Simultáneamente él demostraba pavor mediante sus
ojos, pasmados por la fantasía y la alteración de la muerte que estaba
presenciando, dudando si eso era real o era un sueño, o una mezcla de ambos.
–Anna
– le respondió Hanselt, con asombro y duda en su voz, viéndola a esos tétricos
ojos, marcados por la muerte–… Querida hermana, ¿por qué todo esto? Por favor,
ya no hagas más esto y dejad que la naturaleza siga con su ciclo existencial;
dejad que tú puedas descansar y a la vez dejarme descansar a mí.
–Es
que el ciclo no se ha completado; y hasta que no lo haga no podré yacer
tranquila en este lecho tan sombrío y nefasto. No soy feliz así Hanselt, te
extraño mucho…
–Y
yo a ti, pero no podemos eludir las leyes naturales y mucho menos a la muerte.
Oh, duerme por favor, querida Anna, y verás que si existe algo en el más allá,
dichosos hemos de ser cuando nos volvamos a ver. Por ahora, no me horrorices
más de tal forma tan espantosa.
–Hanselt,
hay una eternidad… mas no la soportó sin ti.
–Descansa
ya y deja que la muerta me permita a mí verte en un futuro. Resiste hermana. Ya
nos volveremos a encontrar –en ese momento, quiso soltarle las manos, pero ella
no lo dejó y entonces, con mayor felicidad en su rostro, Anna le contestó.
–Y
ese momento es ahora Hanselt… Vamos a descansar… los dos… aquí.
Al
decir esas palabras, Hanselt fue poseído por el terror y los pensamientos aciagos
que aterrizaron en su cerebro, impulsándolo a gritar y huir de esa morada
nefasta; sin embargo no pudo. Cuando pronunció los alaridos y se propuso
abandonar el hueco, fue devuelto por el derribo de su hermana, quien lo sujetó
nervudamente y le vio a los ojos para decirle:
–Juntos,
para siempre, ya… Seremos felices juntos, Hanselt.
Él
se opuso y quiso escapar, pero ya no podía. Su hermana lo retenía con una
fuerza sobrehumana, mientras se mostraba feliz ante el sufrimiento y sollozo
del desahuciado mortal que iría a dar con la desgracia. Lo acostó en el cajón,
quedando ambos acomodados en ese espacio. Hanselt forcejeó y luchó con todas
sus fuerzas y desesperos, pero no consiguió zafarse. La madera se iba reparando
y al final la caja se cerró, sin explicación lógica –aunque, en ese punto todo
carecía de explicación razonable alguna–, quedando ambos cubiertos por la
oscuridad y la tierra, la cual oía cómo caía sobre la madera, siendo enterrado
en la tumba, acompañando a su hermana en esa morada, gimiendo y gritando, en un
intento vano de oponerse a la horripilante y surreal ocasión. Quedó encerrado, sepultado
junto a ella, quien, entonces, lo vio a los ojos mientras él tiritaba y exhalaba
bramidos llenos de desgracia y penas, y le dijo:
–Juntos
por la eternidad, Hanselt, querido hermano. Cuánto te extrañaba…
FIN.






