lunes, 29 de mayo de 2017

Relato 25: "Invierno febril"

En medio del bosque, en una pequeña cabaña, construida con maderas débiles, por brazos fuertes y corazones acabados, yace, en su lecho, el pequeño Isaac. Su padre, al costado de la cama, lo ve dormir, con incomodidad, mientras tiene pesadillas e intenta calmarlo, mas no logra hacerlo, porque ni siquiera él mismo está en calma, tras presenciar cómo su hijo se deteriora poco a poco, cerca de un febril final.
Luego de casi un año en ese estado, ambos saben que está cerca del fallecer… Después de muchos intentos y desesperos, por salvar la vida de su hijo, Pedro Domínguez, ha tocado el fondo de la exasperación y depresión, sintiendo gran dolor, incluso más que el enfermo. Siendo blanco de la confusión y la cólera provocada por el apego y amor hacia su hijo, es capaz de entregar cualquier cosa con tal de que él siga en pie; sería capaz de no respirar, si así Isaac logra seguir respirando. Pese a haber escasos doctores por esas zonas –pues la población es minúscula–, no ha conseguido remedio alguno que lo alivie. Recurrió a todos los métodos: la religión, los hechizos, la ciencia; y nada, ninguna opción le había servido; no había oración o Dios que tuviese misericordia y le escuchase, tampoco conjuro alguno que alterase su vida, y ni siquiera los doctores podían salvarlo. Nada lo alentaba, a ese paso perdería las esperanzas, puesto que, al no haber mejorías, no le servirían, más que para mentirse y perfumar la trágica realidad, a la cual la ignorancia no logra alterar.
La primavera era la época favorita del niño y la última que hubo no pudo disfrutarla, debido a la enfermedad. Se había perdido de la dicha de jugar en el jardín, viendo las nubes y las flores emerger, junto a su padre, mientras descubrían diferentes tipos de flores. Pedro le había prometido a Isaac que se curaría al acabar el invierno, para poder disfrutar de nuevo de la bella primavera y volver a jugar en el jardín, alejados de la zozobra. Esos planes se veían obstruidos, por una tragedia que parecía irremediable.
Un día, fuera de su casa, recostado en un árbol, sollozando, lo sorprendieron el médico y el cura. Le comunicaron la razón de su visita. El cura, formal y convencido, le habló sobre un antiguo remedio que podía ayudar al enfermo.   
—Allá, en las altas montañas, en la cima, durante el invierno nace la flor de Purifaz. Es una creación majestuosa de la naturaleza, siendo ignota para gran parte de la humanidad. Tiene poderes curativos excepcionales, que van más allá de cualquier pensamiento o cualquier ciencia, rebasando lo normal, capaz de lidiar hasta con la más peligrosa de las enfermedades o males. Estamos seguros de que, si ninguno de nosotros pudo amparar a su desdichado, ella, esa paradisíaca flor, seguro lo hará. Si desea que sobreviva, entonces búsquela. Dicha salvación nace y muere por estas fechas, manteniéndose viva hasta la primavera, pues cuando la nieve está por marcharse, la vida de estas también se esfuma, hasta que vuelva la gélida estación.      
Pedro les agradeció y se dispuso a emprender el viaje. Tuvo que hacerlo en soledad, ya que el recorrido era sumamente peligroso, llegando a rozar la muerte. Los tres hombres se ofrecieron a cuidar de Isaac mientras él emprendía su búsqueda, rogando porque las cosas saliesen bien, y tanto Isaac como Pedro volviesen a sonreír, una vez pasase esa febril infelicidad.
Al caer la Luna, se despidió de su hijo con un beso en la frente, prometiéndole que pronto volvería.  
—Les encomiendo a mi retoño, por favor bríndenle atención y afecto en mi ausencia. Díganle que regresaré antes de que acabe el invierno.  
—Aremos hasta lo que vaya más allá de nuestro alcance si es posible –le contestó el doctor, convencido de su promesa.
Pedro le estrechó la mano a cada uno y al darles la espalda no volvió a mirar atrás. Se perdió entre los árboles y la niebla. Cuando llegó a la hondonada de la montaña fijada, por primera vez miró hacia el cielo, viendo a las nubes surgir del color negro que iba adquiriendo el éter. Se quedó paralizado cinco segundos, apenas respirando y al retomar la línea recta hacia la cima, dijo: “Allí estás vieja flor, estás lejos, mas lejos llegaré”. Inhaló aire y tras cada paso repetía que no defraudaría a su hijo.
La noche lo arropó y tuvo que resguardarse en una cueva. Esculcó entre sus provisiones y mandó el primer bocado en todo el día. Observando el fuego imaginó su hogar: se vio a él, jugando con el pequeño Isaac, en aquel bello jardín. Una hora más tarde, al acabar con sus ilusiones, cerró los ojos y se entregó al sueño.
Así prosiguió durante cada amanecer, llevando consigo la misma rutina, sin parar, cansado, alentado únicamente por las esperanzas puestas en la felicidad de su progenitor, con tal de obtenerla, aun así fuese sobre su propia salud o sobre su vida propia.  
Pasados dieciséis días, por fin los anocheceres no lo agobiarían más y sus utopías no le causarían lágrimas de congojo; había llegado a la cima. Cuando se topó con una flor azul, y vio otra igual, y otra… una cadena extensa de ellas, estando a cuarenta metros del punto máximo, comprendió que ese era el lugar. Descargó sus materiales y recobró fuerzas, sacadas de la dicha que perturbó su extenuación; corrió con júbilo marcado en sus ojos, gritándole al Sol que lo había lograda. Se tiró sobre el inmenso y hermoso Edén que lo rodeaba y semejante a si estuviera haciendo ángeles de nieve sobre las flores, se sacudió, sin detener su euforia. Fue casi un milagro ese frenesí y ese impulso que bañaron su cansado cuerpo. El aroma de las flores acarició su olfato y lo condujo a los pasillos oníricos de la fantasía adyacente a la placidez, desfilando por ellos, acompañado de ese inigualable olor, el cual solo la naturaleza sería capaz de crear –aunque Pedro pensase que, ni siquiera la naturaleza sería capaz de forjar una obra de tal belleza, y menos en el planeta Tierra, postulando que esa especie de flores, deberían de ser provenientes de otro mundo, de otra realidad; de una zona más compleja que esta naturaleza, que este cosmos.
Sin saber cuánto tiempo había transcurrido durante su somnolencia, sin detenerse a reparar, arrancó varias de aquellas flores, sabiendo que eran las Plurifaz. Huyó, alterado, por haber tenido diversas visiones sobre su hijo, agonizando, cerca de la tumba. El recorrido de bajada le pareció más duradero y exasperante, demorándose el doble de tiempo que en la subida. El clima era desalentador, junto a sus fuerzas, que fueron reducidas, debido al forzado esfuerzo vano por querer ir más allá de lo que le permitía su organismo y la atmósfera. Hubo un punto en el que, por causa de la distancia, se dejó caer, para que la inercia lo ayudase a dar con el umbral de la montaña.
Y así ocurrió.
Con los ojos entreabiertos, bregando moverse, sin conseguirlo, moribundo, en medio de la opacidad, pudo distinguir una figura humana a lo lejos, acercándose. Cuando esta lo alcanzó, él ya había sido dominado por el agotamiento. Era el cura, quien se encargó de llevarlo hasta la cabaña al encontrarlo en tal estado.               
Cuando abrió los ojos, hallábase en la cama, cobijado hasta el cuello, con varios instrumentos médicos a sus pies. A su lado, tosiendo y llorando, Isaac lo vio y le sonrió.
—Has vuelto, padre –le dijo, afligido, lidiando por pronunciar insignificantes palabras y hasta por respirar.
Pedro Dominguez quiso responderle, pero sintió un ardor en su garganta que se lo impidió. Por lo que se limitó a devolverle la sonrisa, entregándose al llanto junto a él. El doctor ingresó al cuarto, precedido por el cura, serios y con jarra en mano. El cura sujetaba dos flores, con delicadeza y trato puntilloso.
—¿Tienen ya el remedio? –Les preguntó pedro. Ninguno le contestó.
—Aún sigue vivo, Randelf –le dijo el cura al médico. 
—Sí, pero ya casi fallece –le contestó el médico, como si Pedro no estuviese presente
—En ese caso… no nos serviría.
—Tienes razón. Su cuerpo deteriorado, así como está no sirve de mucho. Sin embargo, el del niño sí.  
Al oír ese dialogo, algo en Pedro le advirtió que ocurriría una catástrofe, y que en medio de ese alud luctuoso, su hijo estaría implicado y tal vez caería él también. Sabía que iba a morir, sabía que su cuerpo no daba para más. 
Oh, Padre Vincelt –exclamó Randelf–, por fin, después de muchos años, hay alguien que se atreve a subir hasta allá: ir por la ancestral flor de la longevidad, que logra otorgar cincuenta años de vida más, a costa de la vida de cualquiera que se inmole, sin importar su condición o salud.       ­
Pedro frunció las cejas y empuñó sus manos, intentando levantarse, sin conseguirlo, por culpa de la impotencia funesta que lo envolvía. Con su último aliento le dio ánimos a sus cuerdas vocales, lleno de cólera y desesperación; a modo de desahogo, les gritó:
¡Iscariote, mentirosos!  
Ese ruido despertó a Isaac, quien espabiló constante, confundido, hasta que se calmó. En cuanto se detuvo, se quedó viendo fijamente a su padre. Se acercaron los dos engañadores, con el “remedio” preparado, en las manos. Randelf sonrió y acarició la cabeza de Isaac. Pedro, mediante un gesto le manifestó su enojo y amenaza, pese a que no pudiese hacer algo.
—Es increíble que de tantas que trajo, tan solo dos hubiesen sobrevivido –comentó el Padre Vincelt. El niño sonrió, creyendo comprender lo que ocurría.
Trajeron la medicina, padre –le dijo Isaac, ingenuo–. Ahora nos recuperaremos y pasaremos la primavera felices –Pedro iba a negar con la cabeza, no obstante, al estar cerca de la muerte, pese al enorme dolor que tenía, más por su hijo que por él, sin poder hacer algo, acompañó al pequeño en su ignorancia y extendió sus brazos hacia él, logrando quedar abrazados, de manera milagrosa.
Los dos hombres le hicieron un chuzón en el brazo a cada uno, tras despojarlos de las cobijas. Introdujeron el cortante tallo de la flor por ahí y tanto el hijo como el papá comenzaron a sentir un ardor y la evolución del desánimo sofocante a una fatiga nefasta. Mientras, cerraban los ojos y los dos villanos sonreían, sintiendo sus cuerpos rejuvenecerse, a costa del de los enfermos acabados.  
Nos vamos a recuperar –le dijo Isaac a su padre, haciendo uso de su última gota de vida–. ¿Verdad, papá? ¿Al menos a tiempo para primavera?   
Isaac le vio cerrar los ojos. Sin embargo, Pedro todavía poseía segundos de respiración, por lo que le susurró, con un sonido tan bajo que solo el chiquillo pudo percibir.
—Sí, hijo. Podremos pasar la primavera juntos. Hacia ella vamos, Isaac, ya nos encontraremos en una primavera diferente, alejados de la maldad de este mundo.
Cerró también él sus ojos y el médico y el cura se asomaron a ver por la ventana, para celebrar sus execrables actos; Vieron el invierno desaparecer y la primavera asomarse simultáneamente. Los enfermos habían marchado, para disfrutar de una primavera más bella, llenos de felicidad, alejados de la enfermedad, en jardín alguno más allá de la vida.   


FIN.

sábado, 20 de mayo de 2017

La irracionalidad del Genio


Ray estaba de viaje, a través de las extensas selvas de Colombia. Su curiosidad y deseo de asombro lo habían conducido hasta esas enigmáticas y majestuosas zonas, llenas de esplendidas maravillas.
Caminando, vio una estrella fugaz cruzar el firmamento, que se estrellaba contra las aguas del norte. Minutos después, algo bajó por la cascada. Se detuvo ante el río y se metió a bañarse. Allí, vio un amarilloso objeto pasar, arrastrado por la corriente. Imaginó que aquello hacía parte de las cenizas del cuerpo cósmico. Llamó su atención y nadó hasta él. Cuando lo tomó, al instante, su cerebro le dijo que se trataba de un cofre. Se sintió confundido e inquietado por aquella rareza que había caído en sus manos. Volvió a la orilla para estudiar mejor su descubrimiento.  
El cofre era de oro en su totalidad. Cada una de sus partes relucía y tenía diversos dibujos gravados. Estaba empolvado. En su parte frontal estaba gravada una oración, igualmente cubierta. Sopló, pero el polvo no se fue; seguía ahí, eclipsando la belleza del metal. Le pasó el dedo con fuerza y entonces se dispersó del gravado, dejando ver el mensaje tallado. Esperó varios minutos y ningún cambio ocurrió. Inclinó más su cabeza, para leer las letras dibujadas sobre el oro. Era un lenguaje extraño, ajeno a cualquier idioma del planeta. Aun así, lo leyó, sin saber si la pronunciación era la correcta.   
“Mlhl, yl rl lmvlcl; dlL fl rsl vljl e stllndlml”.
En cuanto ultimó la silaba final, el suelo comenzó a temblar y el cielo parecía que fuese a desplomarse sobre sus hombros. La caja tembló con tanta intensidad que se le cayó de las manos, hasta tocar el monte; luego se abrió por sí sola y explayó un intenso brillo. De entre ella, pudo ver cómo iba elevándose un brazo, luego otro, hasta salir toda una figura, similar a un humano; sin embargo, Ray sabía que aquello, emigrante de entre las profundidades de la caja, no podía ser un hombre. Se asustó, sus ojos se pasmaron en una mirada de horror, debido al inesperado e inusitado momento. Cuando iba a correr, su cuerpo se petrificó, obligado a quedarse en su sitio, sin poder objetarse, tan solo rogar por su suerte.
El brillo cesó y pudo contemplar a aquel (o aquello), que estaba delante de él, habitante del singular objeto, que salía hoy de sus penumbras, abrumándolo por la exasperación que generaba su manifestación.  
–Mucho gusto, nuevo amo. Pídeme lo que desees y lo conseguirás; pídeme lo que quieras y te lo daré; pídeme lo que se te antoje que yo te lo concederé. Soy Alogos, el genio –la voz que le habló pertenecía al cuerpo que había aparecido al irse la neblina y cesar la vibración del suelo y del firmamento.
La confusión llegó a Ray y el ser se percató.
–Te noto confundido; ya es algo habitual. Soy un genio, te concederé tus deseos.
–¿En verdad eres un…? Pues…, dime…, oh, excepcional mago, ¿cómo es posible que tengas el solemne y fantástico don de la omnipotencia?
–Una… ¿omni qué?
–Omnipotencia; es decir, que eres capaz de hacer cualquier cosa. Ya que puedes concederme lo que te pida, entonces puedes hacer lo que sea. ¡Eres un ser de tal clase y cómo es posible que no comprendas esa palabra! Tu experiencia debería de haberte dado un vocabulario y sabiduría extensa.  
–Pues, ahí está aquello que me hace diferente y anormal. Verás, cuando llegué al mundo, se me dio el papel de genio, mas no la racionalidad. No tengo sabiduría más allá de la que conocí por mí mismo, y la que, no sé cómo, llegó a mí; simplemente… es, como si todo lo que supiese ya estuviese en mí antes que yo mismo. Además, no recuerdo con exactitud mi nacimiento, creo que siempre he existido y no tengo principio ni final. Soy genio y hago esto porque la naturaleza me lo dicta; es lo que me indica mi espontanea naturaleza, es mi labor y nada más. Por ende, hay muchas cosas que no sé definir; mis poderes son los que me permiten darle al amo lo que pida.  
–Eso quiere decir que, sin intención de ofender, eres un estúpido y conformista.  
–No tengo la oportunidad de ir más allá. Una vez lo intenté pero mi naturaleza me frenó. Al menos, yo por mi cuenta no soy capaz de rebasar la espontaneidad. Sin embargo, pide cualquier cosa y, lo conozca o no, daré la orden y a tus manos llegará.
–Comprendo. ¿No hay nada que puedas hacer para salir de tu ignorancia?
-No creo. Ensayé y no lo logré.  
El hombre continuó dialogando con el genio, mientras caminaban, siguiendo la corriente del río. Por cada respuesta torpe que recibía, le corregía o explicaba al genio.
–Si no recuerdas tu creación, al menos ¿eres capaz de decir cuál es la imagen más antigua que tienes de tu pasada? ¿O tu primer amo?   
–Déjame adivinar… ¡Oh! Sí, fue en un lugar donde la gente vestía con túnicas blancas. A un anciano, de tez blanca, con cabellera y barba canosas, que se unían por la zona de las patillas, quedando con pelo solo por los lados, cerca de las orejas y su cima calva, y con la barba larga. Su nombre empezaba por la “S”. S… So… No tengo tan buena memoria. Eso es lo más viejo que colecciono en mis recuerdos.        
–Y, ¿qué es lo que más frecuentan solicitarte?
–Los hombres con los que me he topado, muchos suelen querer lo mismo: unos me piden poder, otros conocimiento extenso, otros amor, otros riquezas, mujeres; otros me piden paz, saciedad, extinguir diversas cosas, como pobreza, violencia y demás. A veces me insisten por cosas relacionadas a algo que llaman “bien” y otra cosa que llaman “mal”. Suelen considerar a eso que conocen como “bien” lo más afable y justo, y al otro lo desprecian. Para mí los dos son lo mismo, no diferencio entre ellos más allá de sus nombres; de todos modos, ustedes son los que deciden qué valor, concepto y características ponerles a las cosas que presencian, por lo que ustedes entenderán porqué quieren más a uno que al otro. Yo –repitió–, aunque no tenga completo saber sobre lo que se me implora, lo puedo conceder con solo oír la palabra. Funciona involuntariamente en mi cuerpo eso.  
–Y tú se los concedes sin cuestionar. ¿No es así?
–Por supuesto; ya te expliqué que ese era mi función. Por ejemplo, el individuo del que te hablé, me imploró el conocimiento completo de todo el mundo, de todo lo existente e inexistente…
–A eso le llaman “omnisciencia” –le interrumpió Ray.
–Oh, bueno, espero recordarlo. Y, en su efecto, cedí mi poder a su petición y con ese único deseo quedó satisfecho, entonces me fui, camino a un nuevo amo.  
–Es decir que ¿también le has concedido a otros, cosas como la inmortalidad o conquistar el mundo?
–Así es.
–A ver; no comprendo. Existe algo que se llama “historia”, que es la recolección de todos los hechos sucedidos en el pasar del tiempo. Y los actos más importantes y destacables quedan enmarcados en la historia, por lo que, si aquellos hombres les concediste tales privilegios, ¿por qué nunca se me ha hablado sobre ellos, o se ha registrado a “el hombre que lo sabía todo”, o “el hombre que dominó el mundo”?
–Es que no son los acontecimientos de la historia en general, es tu historia…, la historia que abraca tu existencia.  
–¿Eh? –dijo Ray, confundido a granel.  
–Te explicaré (algo que he tenido que hacer con muchos): existe algo llamado “el Xéiron”, o “lo principal”, que es una existencia objetiva, la historia general como la conoces tú y cada persona. Al alguien pedirme un deseo que altere aquella realidad objetiva, debo de concederle su deseo de manera que no se interponga con el ciclo natural del Xéiron. Y, por ende, para poderle ceder su anhelo, se crea una realidad alterna, donde el individuo obtiene su deseo, sin interrumpir el Xéiron. Y en aquella realidad nueva, su vida, su existencia y su historia se desarrollarán teniendo en cuenta aquel cambio anormal que provocó su petición. Esto se hacer porque el Xéiron no puede mutar por algo ajeno a él; es imposible, aunque, si esto llegase a suceder, todo lo existente se desplomaría, debido a aquellas modificaciones anormales, ajenas a la naturaleza de Lo principal. Hasta ahora no hay ningún mortal ni dios que logre tal cosa. Pues el Xéiron es la cuna de todo; es la el origen de la realidad, de la creación, de la existencia, de la inexistencia y de lo irreal; es el origen y líder de todo. Y si aquel Todo es cambiado, habría un cambio que podría dar paso a una colisión universal.   
–Es decir que, ¿al pedir mi deseo, la vida dejará de ser como es, para pasar a ser una ilusión?
–La vida no siempre será una ilusión, pues nunca la comprenderás a la perfección. No hay sentido en que te ayude a ello, puesto que, la vida es como tú crees que es, como la moldeas. Ni siquiera con la razón llegarás a estar cerca de entender y conocer por completo el Xéiron. No temas si se creará una alternación, donde podrás tener el deseo, seguirá siendo una ilusión, solo que la interpretación será a tu gusto y podrás alterarla más de lo norma.  
–Algo que no sintetizó en mi cabeza es, si eres irracional, privado de muchos conocimientos e ignorante, ¿cómo es que eres capaz de decirme todo esto, siendo algo muy confuso y tedioso para muchos y más para alguien con poco saber?
–Como te expliqué antes, hay ciertas cosas que no me abandonan; hay cosas que ya estaban en mi cabeza sin que yo sepa cómo o porqué. Este discurso es algo que le he dicho a todos mis amos, es algo que está entre mis labores, es algo que no sé cuándo llegó, pero que no me abandona, sin importar mi inexperiencia o desconocimiento exorbitante.   
Ray asintió con la cabeza. Todavía no digería en su totalidad las palabras, empero, su cerebro ya estaba trabajando en la simplificación e interpretación de aquella novedad oída. No hablaron más, solo se quedaron contemplando el cielo, mientras que él pensaba en lo enorme que era el mundo y lo extenso que era la mentira, que podría romper todas esas falacias y saberlo todo…, que pediría eso al genio. También, si el genio estaría pensando o imaginando mientras veía el éter a su lado. Cuando interpretó toda la información dada por aquel ancestral ser, el sueño cubrió sus ojos y en el paraíso onírico comenzó a moldear todo lo sucedido en ese singular día.
Al día siguiente, cuando se saludaron, Ray fue a bañarse y comer. Después, el genio le preguntó por los deseos que iba a pedir, ya que no lo había hecho.
–Bien, ¿ya te decidiste? ¿Ya sabes qué pedir?
–No lo sé.   
–Piensa, qué es lo que os suplica tu mente.
–Creo que sí, aunque estoy indeciso. Dime, Alogos, ¿qué pasa cuando me concedas mi petición? ¿Desaparecerás?  
–No al instante, pues está claro que deberé irme en algún momento. Una vez el amo haya pedido y quede satisfecho con los resultados, yo me iré, regresando al interior de la caja, donde yaceré hasta que caiga en manos de otro.  
–Se oye muy estresante esa tradición. ¿Me concederías mi petición aun así te altere a ti?
–No comprendo bien. Pero sí. Cualquier cosa que pidas, desde que no sea modificar el Xéiron, pues, eso quedará en una desviación de la línea de tiempo de la realidad.  
–¿Te gustaría adquirir sabiduría? Poder tener acceso a la razón.
–Es algo que me inquieta, y jamás he conseguido. Sin embargo, cuando llegué a la existencia, otra cosa que vino conmigo, además de los poderes y mi lugar en el mundo, fue la primicia de que no es conveniente que posea tal cosa. Podría terminar igual que un humano cuando adquiere pensamiento y poder, pasando de la razón a lo irracional y el desenfreno. No entiendo bien eso, solo sé que me dice una voz del cerebro, que es así y es lo que debo hacer. No obstante, usted puede pedir cualquier cosa. 
Ray meditó, suspirando, debido al dilema en el que estaba, hasta tomar una decisión. Lleno de arriesgada convicción, eludiendo el pensar sobre lo que dijo el genio, porque lo veía como algo incierto, le pidió:
–Deseo que tengas uso de razón y conocimiento; salid de esa ciega ignorancia, genio.
El ser alzó los brazos y de la palma de sus manos escapó un polvo gris que rodeó toda la atmosfera. Posteriormente el subsuelo comenzó a sacudirse y quebrarse, separándose las placas tectónicas. Ray abrió la boca asustado por la alteración del entorno.
–¡Estamos dando paso a una desviación de la realidad! La realidad alterna que elegiste.
Alogos cerró la boca y luego los ojos de Ray fueron impactados por una fuerza imperceptible y descomunal que lo privó.
Tiempo más tarde los ojos volvió a abrir, tras aquel estruendo y sueño. 
–Hola, amo. Debo darle las gracias, jamás alguien había pedido algo para mí. Es usted el primero en hacer tal obra de solidaridad. Le estoy muy complacido por su acto de compasión.
Ray inclinó la cabeza y le indicó que esperaba que su vida mejorase ahora que era consciente del saber.
–Claro; ahora comprendo todo de lo que soy capaz; por primera vez he descubierto lo que puedo llegar a hacer, soy consciente de mis cualidades.  
–¿Cuándo te vayas, perderás tu racionalidad y volverás a la ignorancia?
–Me temo que sí. No quiero que eso pase; aunque no me iré hasta que usted no esté complacido.
–Pues creo que conque tu estés así con ello me conformo.  
–Quizás en el fondo no lo está, o quizás en el fondo eso en realidad no es satisfacción, o no es real y se terminará arrepintiendo, o pase algo más.   
–¿Por qué lo haría?
El genio calló y allí finalizó la conversación.
–¿Todavía puedo pedir deseos?   
–Sin duda.  
–Vale, quiero que me lleves a mi casa. Si quieres venir tú también, puedes hacerlo.
Alogos volvió a esparcir aquel polvo gris, esta vez sin hacer tales colisiones en la atmosfera; no hubo caos, solo una serena y repentina transportación.
Cuando aparecieron en la casa de Ray, este se fue a su cuarto para ir a descansar, debido a la tediosa y alucinante semana. Permitió que Alogos durmiese en cualquier otro cuarto que se le antojase.
Una vez en su cama, empezó a desempacar y se topó con la caja que encerraba a Alogos, la reparó y observó detalles en los cuales no se había fijado antes. En la parte inferior, se hallaba un escrito más:
“Tenga en cuenta que al ser cumplido su deseo se abrirán más realidades.”


Una semana después:

Dormido, Ray fue a buscar al genio y lo vio en la sala, pensativo.  
–¿Qué piensas?
–Sobre la verdad y sobre nosotros.  
–¿Qué quieres decir con eso?
–El saber… eso es; eso es lo que me aterra. No creo conseguir controlarlo, cada día aumenta demasiado, sin poderlo frenar; en una semana ya habré adquirido la omnisciencia. Pues algo tan inmenso no puede llegar tan rápido, para ello se necesita un período de tiempo para dar con todas esas ciencias y revelaciones. En mi caso, gracias a usted, me tomará tan minúsculo tiempo. ¡No lo ves! Esto es agobiante –lo cogió el genio por el cuello de la camisa–. No lo soportaré; no creas que saber es fácil. Cuesta mucho, el peso del saber, el peso de comprender que lo bonito no es cierto y que la verdad es tediosa e inefable. Lo peor es que, desde antes de obtener la omnisciencia, ya sé qué pasará después de ello. ¡No! ¡No! No quiero; por favor máteme, por mi bien y por el suyo. Haga algo porque no llegue hasta allá.    
Ray, desorientado y perdido por aquellas quejas y gemidos del desdichado genio le respondió.  
–No… no, no entiendo. Por…    
–¡No lo hará jamás! –le interrumpió, gritando-. Es imposible para una débil mente como la suya interpretar todo lo que la mía ha percibido. Se lo imploro. No hay forma de detener esto más que mediante la muerte. La muerte es lo único que puede detener cualquier zozobra, cualquier problema, cualquier cosa. Solo en la muerte es que encontraré la calma. Un ser como yo no fallecería tan sencillo como un humano, pero… ¡por favor haga algo! Sé que hay una forma de ultimarme, pues aunque no soy humano, tampoco un dios y tampoco inmortal; a menos que llegue hasta allí una vez sepa cómo, y no quiero llegar hasta allá. ¡Frene tal desarrollo!
–Detenga su cólera, no hay forma de que lo cure si no me explica los síntomas que lo tienen en tal enfermedad de cordura.   
–¡No me diga loco solo por no discernir lo que digo! No haga como aquellos estúpidos que sentencian por estúpido lo que no entienden.   
–No lo hago; lo digo porque a este paso podría terminar así, llegando a no entenderse ni siquiera usted mismo. Hable si anhela encontrar quietud.  
El genio parecía que fuese a explotar, mientras sus fosas nasales hacían raudas agitaciones y sus manos se retorcían intentando atrapar algo, intentando atrapar aquella pasividad que no tenía y que tal vez no volvería a tener.    
–¡Esta fue la peor decisión que pudo haber tomado! En estos momentos sé muchas cosas que pasarán, y entre ellas se halla su final y el de la humanidad y el del cosmos. Seré yo quien dé paso a la devastación universal. Una vez acabe todo, no sé qué más haya de pasar, pues, se escapa de mis saberes, porque después de eso lo único existente será la Nada y no hay cosa alguna que encontrarle a la Nada: todo es inexistente, no hay tiempo ni espacio, por ende, no hay nada qué conocer. Yo seré quien nos acerque allá, debido a aquella omnisciencia mezclada con el poder absoluto, ya que, he de ser corrompido por aquello. Sí, señor Ray. Ya conozco aquello que está próximo a escribirse y, por desgracia, no hay nada que yo pueda hacer. No puedo intervenir en ello, porque ya no soy yo quien me controlo a mí; ahora es mi saber, y dentro de poco, aquel saber, aquella omnisciencia, la controlará el caos generado por el poder inmenso ante el cual he de actuar (estando dominado contra mi voluntad) lleno de vileza.   
–Pero, puedes hacer algo. Podría revertir el deseo y…
–Ya no se puede.
–¿Por qué?, si aún hay tiempo.
–Porque… ya no quiero, y no quiero porque ya no hay tiempo.
Al decir eso, abrió con gran fuerza su boca y sus ojos, de donde salió  un polvo azul que elevó el cuerpo de Ray y lo lanzó hasta la ventana, cayendo desde un quinto piso.  
Lo último que Ray vería, sería al genio elevarse, con unos ojos que se asemejaban a algo ajeno al humano… a algo como a un dios… Lo último en que pensó fue que, si Alogos reaccionó de tal forma al caer en sus manos un poder tan exorbitante, dejándose corromper por él, siendo el poder quien lo dominaba a él al final, tal y como se comportaría un humano estando en su lugar, entonces había algo de humano en él, y, también, ¿por qué no?, creer que, de cierta forma, en su vida, había llegado a ser un humano y haber quedado con ciertos restos de su humanidad, incluso siendo un ser superior y por eso no pudo domar a su maldad. Pronunció sus palabras finales:
“No debí haberle concedido la racionalidad… Debí dejar las cosas como la naturaleza las acomodo; como el Xéiron las organizó…”
Cerró los ojos y escuchó los alaridos de la gente; los sonidos del caos que se desataban a su alrededor, mientras él era vendado por la muerte.
Todos se arrodillarían frente a él, frente al poderoso y omnisciente Alogos; todos lo venerarían y suplicarían por sus vidas. Había comenzado la nueva era de un dios. Pero él quería más y más; no le bastaba el ruego de los miserables hombres terrestres de aquella realidad. ¿Y qué porqué no se había acabado dicho momento si al Ray morir también debería de haber muerto esa realidad alterna? Pues porque Alogos había conseguido saber cómo alterar cualquier realidad. Por lo que se aprovecharía de su poder para alterar el Xéiron. Quería alterar el núcleo de la existencia. Su sed había ido muy lejos; mas no podía hacer nada para controlarla; no podía detener aquel frenesí que lo apresaba, valiéndose de su cuerpo como representación superficial para poder actuar. Por más sabio que fuese, era una simple materia cósmica más, que servía de guarida para aquel poder caótico que lo controlaba.   
Se transportó a la realidad original, atravesando el tiempo y rompiendo las anomalías que pudiese ocasionar. No había orden o ley que le importase o que lo detuviese; tal vez, ni siquiera el Xéiron lo frenaría.
Fue a esa realidad para causar lo mismo que había hecho tiempo atrás. Estando en el Xéiron, se elevó hasta el firmamento, en el centro del planeta y gritó con voz predominante, que se escuchó en todo el planeta:
–¡Ha terminado el ciclo “Alogos”; ahora comienza el ciclo de “Logos”! ¡Pues soy un nuevo ser!
Ocasionó una gran colisión y alud de aquel polvo azul, cubriendo todo el planeta; luego, brillantes relámpagos rodearon todas las zonas del planeta, incluyéndolo a él. Se alejó de la Tierra y se posó sobre el Sol, mientras veía cómo se derrumbaban los continentes, quedando solo agua y después el planeta explotaba. Hizo eso con el sistema solar y, finalmente, se posó en el punto más central del universo, para ulular, provocando una sonoridad que llegó a retumbar en todas las partes del cosmos y atravesar los multiversos, siendo oído en cualquier universo existente.   
–¡Yo soy aquel ser incontrolable! ¡Aquel único, capaz de alterar el Xéiron! Pues no hay anda que me detenga. 
Después generó un gran estallido que se extendió por el multiverso, hasta cumplir con lo que le advirtió y prometió a Ray: la destrucción de Todo, causada por él, hasta llegar a una Nada que no podría manejar, porque no había forma de saber qué pasaría después de eso.
Y así fue: todo quedó rodeado por la Nada, dejando de existir el tiempo y el espacio, hasta el mismo Logos. Muriendo él, su poder, el cosmos, el multiverso y todo lo existente y hasta lo inexistente.

FIN.

Fuente de donde fue sacada la imagen usada en este relato.

sábado, 6 de mayo de 2017

Relato 23: "El hombre que cruzó el cosmos"


Entre su ataúd, con la tapa abierta, dejando al descubierto todo su cuerpo, para poder fallecer mientras observaba el firmamento, se encontraba placido, en un sitio muy estrecho para su desplazamiento, pero reconfortante; después de todo, ya no necesitaría desplazarse más. Se sentía ameno con la vida y con la muerte, ya que tendría un final feliz; sabía que su conclusión estaba cerca y sería ese día en que su corazón dejaría de latir, así que decidió hacerles las cosas más fáciles a sus allegados, a la muerte y hasta a él mismo, para que no tuviesen que perder esfuerzos cargando su cuerpo inerte y abiótico.  
La astronomía había sido la pasión más grande que tuvo en toda su vida. Se había enamorado de su trabajo, por lo que dedicó a él gran parte de su existencia, a esa extensa y fascinante ciencia. Desde pequeño hasta adulto, le encantaba el observar y analizar los maravillosos cuerpos habitantes en el espacio, y era por ello que quería morir mientras admiraba tales cosas; le hacía satisfactoria la idea de cerrar los ojos para siempre habiendo sido el espacio lo último que divisara, yéndose satisfecho de este mundo.
Siempre se había preguntado cómo sería el llegar a aquellos sitios desconocidos, donde el ser humano no ha logrado poner pie, incluso hasta donde no ha logrado posar su ojo; aquellas zonas que jamás han pasado por la imaginación del hombre; mas eso no lo detenía de su deseo, antes lo alentaba y le daba inspiración, generando cada día más la excitación imaginativa y especulativa. Por más que el hombre no conozca algo, eso no lo detenía de imaginar la estructura de aquello, pues la ignorancia, a veces, es lo que desata más la sed de conocimiento e imaginación por lo desconocido.
Lamentablemente, durante toda su existencia, nunca logró llegar a dichas zonas, pero ahora estaba a pocos segundos de oportunidades de conseguirlo: se le ocurrió una forma de llegar hasta las enigmáticas localidades del universo. Cerró sus ojos, y concentró su mente en una sola cosa, una cosa tan extensa en la cual se albergan magníficos microcosmos. ¡Estaba recreando el mundo entero con su mente!
Levitaba en dirección hacia el cielo, cada vez las lejanas estrellas se acercaban más a su cuerpo. Cruzó la exosfera, alejándose del planeta, se topó con nuestro satélite natural, hermoso y brillante entre la oscuridad. Más adelante, ante sus ojos se posaba el inigualable sistema solar. Saltó y se albergó desde Mercurio hasta Neptuno. Estudió las calurosas zonas de Venus, y del satélite Caronte. Se posó sobre los anillos de Saturno, los anillos de Urano y contó cada una de las más de 60 Lunas de Júpiter. Contempló con gran asombro y fascinación las constelaciones, desde Aries hasta Piscis.
Su viaje prosiguió hacia lugares más sorprendentes que nuestra galaxia. Fue más allá de la vía láctea,: recorrió y conoció diversas galaxias: la lenticular Galaxia del Sombrero, la majestuosa Galaxia del Triángulo, la esplendorosa Galaxia Remolino, el Objeto de Hoag, y muchas galaxias más que si se nombrasen se estaría rellenando el relato hasta llegar a resultar tediosas. Conoció sitios que la humanidad había llegado solo a crear hipótesis sobre ellos. Sectores inimaginables para nuestro vago cerebro. Imaginaos cuán sorprendente podría llegar a ser conocer el vasto universo, algo que se expande a diario creando cada vez más nuevos lugares por conocer, y nuevas conjeturas, intentando comprender el absurdo mundo. El universo puede llegar a ser hermosamente relativo, más de lo que cualquier mortal llegase a pensar. Cuán majestuoso el llegar a recorrer cada uno de esos rincones del gigante cosmos, y en un solo sueño, un sueño que resulta ser más bello y real que la realidad que percibimos. Sin ningún sitio que se hubiese salteado, decidió avanzar, buscando nuevos horizontes ignotos, en los cuales aprovechar su corto tiempo restante de dicha imaginativa. Al tener ya todo el universo guardado entre sus recuerdos, se impulsó a almacenar memorias de otros nuevos. Atravesaría el multiverso. Se trasladó a lejanas fronteras, yendo más allá de su capacidad de imaginar, atravesando incontables años luz, donde los eones perdían sentido y el ser humano se ahogaría con tanta grandeza ante sus sentidos. ¡Increíble sectores incomprensibles!
Se ubicó en todo el centro del multiverso, pudiendo ver la extensión de estos. En cuanto iba a sonreír, había llegado el momento, el funesto momento.
El sonido de la tierra cayendo le alteró su paraíso onírico, despegándolo del cielo cósmico en el que yacía.
Sepultado por completo, bajo tierra, cerró su visión a la vida, y todo lo palpable, se había alejado de lo terrestre. Y había vuelto al lugar donde era feliz. Volaba, en el espacio, desplazándose por todo el cosmos, mientras los cuerpos celestes brillaban elegante y preciosamente,  y los planetas ejecutaban sus respectivos movimientos de traslación y rotación.
Al pisar un nuevo universo, su corazón se detuvo; pero continuaba en el sueño, sin embargo se pudo percatar del freno de su corazón. La muerte había llegado, sin falta, precisa como él lo había deducido. No obstante, siguió entre su sitio imaginativo, su vida se había ido y desaparecido para siempre; mas su paraíso no.  Dejaría de existir, aunque había ido a dar a un lugar mejor… no un cielo, ni un infierno, ni purgatorio o limbo; no, nada de eso. Algo distinto a todas las especulaciones humanas. Había dejado la existencia, pero permaneció en su sueño; se quedó allí por toda la eternidad, encerrado entre su sueño y anhelo. Ahora descansaba feliz y orgulloso, viviendo en el cosmos onírico. 
FIN.

martes, 2 de mayo de 2017

Relato 22: "NEMRAD"


Contemplar las estrellas, aquellos grandes astros que yacen a largas distancias del planeta, decorando el mantel oscuro de la noche, desde años antiguos han asombrado al ser humano,  y lo seguirán maravillando, sea por su majestuosidad o intriga, llegando a generar una galería de pensamientos al contemplarlos. Hubo un tiempo en que la comunidad de Sodor fue negada a la contemplación de las estrellas, estando estas ausentes en el cielo desde esa parte del planeta durante varias semanas, en uno de los actos más misteriosos que marcaría al pueblo.    
Cerca del año 1400 a. C., vivió un hombre llamado Nemrad. Hay quienes creen que aún vive, pues del sujeto se dicen muchas cosas inhumanas. Durante su estadía en Sodor inquietó al pueblo, por sus palabras y actos, y dicha inquietud mutó a terror y agobio cuando se marchó y dejó más preguntas que respuestas. Muchos –por no decir todos–, lo acusaban de loco; que su falta de cordura lo llevaba a comportarse de forma anormal y paranoico. Hablaba frecuentemente sobre seres cósmicos que abrumaban su existir y le hablaban en sueños, otros que le enseñaban sobre la realidad y un montón de cosas que cualquiera tomaría por absurdo e irreal, sin siquiera profundizar en los argumentos de Nemrod. De él se abordan muchos temas más, la mayoría son simples conjeturas, aunque, hay ciertas cosas afirmadas en sus memorias, de las cuales, pese a no tener firma, lo más seguro es que fuesen escritas por él mismo, no obstante, podría existir la posibilidad de que alguien más lo hubiese plasmado o sea falso, las cuales justifican las bases de su paranoia y… lo que clasificarían bajo los términos “anormal” e “irracional”; además de los recuerdos y testimonios que sobrevivirían al paso del tiempo.
En una noche de Abril, Nemrad tuvo el encuentro con alguien que describe como: “un ser caótico, aterrador, sembrador de aflicciones y zozobras, en el que su rostro recae el horror dibujado en facciones humanas, mas no llega a ser tal cosa… Él es algo más incomprensible que un hombre, ajeno a este mundo y a nuestras interpretaciones; es el fundador de mi tribulación”. Sería el causante de su desestabilización. Nemrad lo señala de ser el único causante de su desgracia, su torturador y asesino –tómese en cuenta que no decía “asesino” literalmente, más bien porque lo acusa de ser quien asesinó su calma y contenta.    

Página cinco del libro atribuido a Nemrad:  
Aquel que conoce el horror en niveles colosales, sabe que al llegar a tales estados, donde los nervios están a punto de reventar y no hay rastro alguno de paz, debido a ese sentimiento que poseyó el cuerpo, y a la vez entiende que no existen palabras suficientes para describir sucesos de ese tipo, es quien ha de imaginar los niveles que sobrepasa experiencias de tales grados tan mortificadores, como las que intento y mi cerebro no me permite describir a la perfección. A veces se llega a caer en la exageración, puede que para algunos sea ese mi caso, mas yo creo que no. Quien quiera me ha de creer, no obligo a nadie. Lo entenderé, pues yo mismo todavía no compilo en mi mente todo ese horror.
El comienzo de dichas perplejidades, fue una noche en que la Luna y las estrellas estaban firmemente posicionadas en el cielo, deleitando mis ojos, transmitiéndome paz. De repente, la estrella más cercana a la Luna me susurró; también aumentó su brillo, pudiendo decirse que era más luminosa que las demás. Sentía que ese astro me llamaba, queriéndome decir algo. Pensé que aquello era obra del cansancio y el sueño, por lo que busqué descanso en el dormir. ¡Idiota de mí! Si tan solo no hubiese dormido, no habría ocurrido aquello, si tan solo hubiese mejor optado por quedarme, rechazar el sueño mundano y caer en el sueño existencial, sin volver a despertar, me hubiese ahorrado tantas aflicciones, tantas culpas, tantos problemas.   
Rozando las tres de la madrugada, fui despertado por una luz que cubría con su brillo el cuarto completo. Abrí mis ojos y entonces lo vi…: vi a ese demonio, que se ocultaba bajo facciones humanas y la estructura de una estrella, la misma que me susurró... Tras el impulso involuntario de la reacción al asombro, quise moverme pero mis músculos fueron detenidos por una incomprensible e inalterable parálisis en mi cuerpo, pudiendo mover solo la zona ocular.  
En ese momento, entre mis memorias comenzaron a desfilar anécdotas, plagadas de penas y desgracias, los cuales fueron semejantes a un raudo y cruel corte en mi corazón, recibiendo el mayor sufrimiento posible, emergente de un pasado revivido en mi cerebro, de manera involuntaria. Poco después, comprendería porqué se habían generado tales recuerdos… Aquella estrella logró traerme todas esas memorias, consiguiendo perturbar en mi subconsciente.   
No poseía más que la mera cabeza –si es que era merecedor de tal sustantivo, siendo una gran rareza celeste–, flotando, sin extremidades, cuello o torso alguno, con rasgos faciales humano; era una mezcla entre blanco y azul, con destellos de iguales colores.   
Luego de verme sufrir sin poder, demostrarlo mediante gestos, y resignándome al miserable y tortuoso sufrimiento entre el silencio, pronunció las primeras palabras, revelándome que haría eso mismo cada fecha, provocándome a que odiase mi existencia más de lo que ya lo hacía, y que desde el cielo me vería, riéndose de mí.
Desde entonces, los días no serían más que una cárcel, en la que no se distinguiría entre el Sol y la Luna, entre el azul y el negro celeste, quedando reducido el mundo y mi existencia, a un mar en el que me ahogaba, entre las aguas de la tristeza, la melancolía y el dolor. En cada segundo recordaba los peores momentos de mi vida, pues esa era su labor: atormentaba al desdichado que visitaba, mediante sus errores, fracaso y angustias de antaño, alimentándose de ese dolor que le deleitaba y nutria.
¡Oh, maldigo el instante en que nací, condenándome al sufrimiento, pues eso es mi vida, el lamento y la miseria, sin poder hacer nada más allá de la decisión de él, el omnipresente y despiadado ser, habitante del cosmos!

Los vecinos comentan que un día vieron a Nemrad ser poseído por la cólera, corriendo, lanzado espavientos y alaridos al viento, gritándole a las nubes y alejarse de los demás cada vez que los miraba a la cara. A la semana fue que tomó inicio la situación en la que se enfoca esta narración: la construcción de la torre de Nemrad. Su hogar pasaría de ser una miserable choza a una oblonga creación.  
Era mediodía y los pueblerinos se acercaron a la casa de Nemrad, donde Nemrad expresó su discurso, con voz fuerte y dramática, donde contaba que iba a construir una enorme torre, para acabar con esos villanos que desbastaban el destino de la humanidad; destruir a los astros brillantes, divisibles en la noche.
Se le mofaron y humillaron, con fuertes carcajadas. Nemrad no comprendía porqué lo trataban de tal forma si les prevenía de un futuro cruel y les revelaba algo de lo cual él era el único conocedor, advirtiéndoles de la ignota maldad que poseen ciertos cuerpos cósmicos, poseedores de conciencia y vida, capaces de influir en las vidas de cada uno de los habitantes de la Tierra. Ante tal peyorativo acto, decidió no brindarles más consejos a tales ingratos que se tomaron su exposición y planeación de su obra como un chiste, del cual se aprovecharon para deleitarse.  
–¡Malditos ignorantes, cegados por el ingenuo conformismo de lo que toman por cierto! –Les gritó, mientras ellos no paraban con sus risas–. ¡Yo lo presencié con! Las estrellas me susurraron el trágico final de mí y de los demás. Ellos son maldad disfraza por belleza. Descubrí la forma de acabar con algunos…; es por ello que construiré una enorme torre, hasta llegar a acercarme a las coordenadas correctas y extinguir con aquel flechazo a ese ser maligno. Aquel que desee contribuir a la destrucción de esa gran maldad su ayuda será bien acogida.
Su discurso no sirvió de nada ante la posición de la gente, por lo que se calló, resignándose a convivir entre una sociedad que no estaba preparada para recibir acercamientos al horror, hasta que estuviesen tan cerca como él lo estuvo aquella noche. Los dejó que se burlasen de lo que tomaban por inverosímil y se dispuso a construir su obra.
Día tras día ponía bloques, hasta que consiguiese ese vasto tamaño que necesitaba para realizar su proyecto. Y día tras día la gente murmuraba sobre él y su pérdida de razón.
Cuentan que por el día trabajó con gran sudor e irritación, y ni siquiera se le veía comer; en cambio, de noche, en el interior de su casa, se escuchaban los peores alaridos, enmarcados por el dolor y el sufrimiento, los cuales podrían ser comparados con los lamentos de un alma ardiendo en las angustiosas llamas del infierno, revolcándose de gran dolor.  
Al mes, luego de haber superado los  doscientos metros, levantó su vista hacia el cielo. Erguido, con una voz característica del esclavo que se revela, se dirigió hacia el cielo, pareciendo que hubiese alguien allá arriba que lo estuviese oyendo, y gritó:
–¡Oíd bien, maldito ser demoniaco, emergente de los eones previos al origen del mundo y del congojo humano! ¡Prestad minuciosa atención a esto que oyes desde tu ruin morada, ubicada en la frontera de este universo! ¡Puede que no seas tan fácil de desplomarte! ¡Puede que yo muera antes que tú! ¡Sin embargo, cuando esté viendo a los ojos a la tétrica muerte, me jactaré de decir que, pese a morir en la tortura, me atreví a darte muerte, y así será, maldito esperpento, desbastador de alegrías!
Nadie respondió a su llamado. Aun así, después de todo, Nemrad no esperaba que lo hicieran; dicha respuesta quizás nunca llegase; sin embargo, al salir las estrellas sabría si al menos se le prestó atención… si aquel ser no lo ignoró.
Cayó el Sol y su contraparte lo reemplazó, para traer consigo a las estrellas más remotas; el cielo estaba ornamentado con un sinfín de puntos blancos, más de lo habitual, en aquella ocasión. Nemrad divisaba, buscando a una en especial. Al no encontrarla, abandonó el mirador y bajó hasta el piso primero, para más tarde regresar.
Aguardando en el piso inicial, dieron las doce en punto y se dispuso a subir. Ya no quedaba ninguna luz, a parte del satélite natural, hasta que… ¡la vio! ¡El gigante celeste que rastreaba apareció! Siendo la única estrella en ese momento situada en el firmamento, llamó en segundos la atención de Nemrad. Cuando la observó fijamente, el dolor de cabeza lo invadió…, el dolor de la nostalgia y de los recuerdos…, el agobiante y rutinario dolor de la zozobra provocada por el ser a quien observaba desde lejos.
Se tiró de rodillas y se golpeó la cabeza, colérico y aciago. Desde allí, en el piso, revolcándose, le gritó a esa estrella distante.
–¡Disfruta torturándome, porque sé qué hacer para detener esta absurda condena! Conozco tu debilidad, desgraciado ser y verás que los ojos vas a cerrar, si es posible junto a…
Sus palabras se vieron interrumpidas por un bramido, que casi acaba con sus cuerdas vocales y el sollozó materializado en sus facciones.  
Tomó el arco y con enorme convicción, la flecha salió disparada y se no se volvió a ver, cree Nemrad que se perdió entre las nubes. Aunque la idea de que haya ido más allá de la exosfera suena absurda. Los que observaron esa flecha dirigirse hacia el firmamento afirman que tomó una velocidad impresionante, resultando irreal que un hombre hubiese lanzado tal anomalía, y que dicha cosa no volviera a ser vista, junto con quien la tiró –más adelante…

Página cinco del libro atribuido a Nemrad: 
“A mi tristeza han llegado ciertas gotas de poder, brindándome fuerzas para continuar. Y cuando pensaba en apagar las luces, me topé con la fuente de luz que extinguiese mis problemas. Luego de muchos estudios, logré dar con la poción que daría fin a ese ser. No sé si ese veneno sea verosímil, mas, si no lo sentencio a las pruebas jamás lo sabré. Podrá ser fantasía disfrazada de anhelos, podrá ser un suicidio, podrá ser inútil; no me importa; sería capaz de dar mi corazón por deshacerme de esto, y es algo que no dudaría en hacer; pudiendo deshacerme de esto y de él, no me importa si sale mal.
Tocaré el cielo, y una vez allí, sentado junto a las nubes, lo miraré a los ojos; le demostraré que no es invencible y que su muerte está dictada por un mortal que se cansó de morir día tras día entre la desdichada existencia, corrompida por las memorias de un pasado infeliz. Su suerte será infeliz, y me encargaré de que nadie pueda llegar a verlo, para que no corran con la misma desgracia que tengo en mis hombros. Seré el salvador de muchos, sin importar que muera cansado ante los esfuerzos. Solo me queda trabajar y aguardar al día de su defunción; hasta entonces, las estrellas me seguirán repugnando y no podré estar satisfecho.”  
Al realizar su hazaña, Nemrad vio cómo ese destello pequeño se iba apagando poco a poco hasta  quedar la Luna solitaria. Descendió unos cuantos pisos, posándose en uno de los balcones, estando a una distancia que se le pudiese oír abajo, dijo con gran júbilo:
–¡Han muerto las estrellas! ¡Han muerto los fantasmas del ayer!
La gente se fue uniendo a la curiosidad, quedando el pueblo entero en reunión. Entonces él les reiteró, afirmando que ya no deberían preocuparse por el sufrimiento nostálgico, al menos no por seres externos al globo terráqueo.
–El mal se ha ido, tienen derecho a planear sus utopías sin que corran riesgos de que al mirar al cielo, alguien allá, a la distancia, les disuelva esas esperanzas entre las cenizas del agobiante pasado.
La gente intercambió miradas, poco a poco los murmullos pasaron a gritos, tratando a Nemrad de demente e idiota, o una miserable alma sin cordura alguna. Esos insultos, menosprecios y burlas, enfurecieron a Nemrad; una rabia con tonos de tristeza. El analizar cuánto se esforzó por encontrar un bien general y ver tales resultados, lo alteró... Pero Nemrad cometió el error de creer que los demás veían el mundo como él. Solo él tenía revelación sobre la realidad y la había comprendido. Ellos, ingenuos e inexpertos, encerrados en la ignorancia de lo existente ajeno al planeta, definieron ese nuevo concepto incomprensible por absurdo.
Esta vez, Nemrad se dejaría apoderar por un impulso de desesperación irracional. Poseído por su frustración, estalló en irritación y comenzó a arrojarles piedras y escombros a las personas, mientras les gritaba.
–¡Malagradecidos! ¡Me pagáis de tal forma! ¡Idiotas, que no logran ver el mal que habita fuera de lo bello! ¡Ojalá ellos vuelvan y los torturen!    
Entre muchos quejidos más, se dejó controlar por la exasperación y cometer actos que lo hacían merecedor del adjetivo “loco”.
Cuando la gente se dispersó, él siguió lamentándose, desenfrenado, durante varios minutos, hasta que el cansancio y la confusión lo controlaron. Se encerró en su casa. Desde la noche siguiente, se cuenta que fue esa la primera de muchas en que no se oyeron sonidos extraños de su casa.
Desde aquella ocasión, aborrecería a sus vecinos, pasando a odiar a la humanidad, incluyéndose a sí mismo, debido a esa ingratitud y repugnancia que los hacían mecedores del odio, impulsado por esa actitud y pensamientos aborrecibles, sabiendo que él mismo compartía ciertas cosas del resto.
Los siguientes días nadie vio a Nemrad salir de su casa, ocurriendo lo mismo día tras día desde entonces. Lo más inquietante es que, además de Nemrad, las estrellas tampoco aparecían… Desde aquella noche en la que Nemrad entró en demencia, donde se le vio por última vez, ningún habitante de Sodor volvió a ver una estrella en el cielo. Comenzaron a creer verosímil lo que había dicho Nemrad sobre la muerte de las estrellas. ¿Era posible que un simple mortal hubiese flechado a esos astros tan distantes, dándoles muerte? Sonaba muy absurdo, pero ante las dualidades y desesperación por no encontrar una respuesta, los confundidos pueblerinos consideraron cierta la profecía de Nemrad y creyeron que, de alguna manera, si Nemrad tenía la culpa de ello, también  tenía el antídoto. La mayoría apuntaban a que aquello era señal de catástrofes cercanas, en las que vivirían tragedias oscuras, ausentes de luces y esperanzas, pues creían que las estrellas participaban en el destino de ellos y estas, al no estar, su suerte sería lúgubre; agobiados por no encontrar respuestas a tal caos. Ahora, las noches eran oscuras en su totalidad y más duraderas de lo normal, sin nada qué contemplar al ver el cielo; bajaron las mareas, produciéndose grandes sequias y muriendo diversas especies marinas que conformaban la alimentación del pueblo; los artistas, los astrólogos y cualquier habitante que buscase felicidad al ver el éter, entraron en depresión.
A la semana, se convocó a una reunión con todos los habitantes de Sodor. Decidieron armar una muchedumbre e ir a invadir el hogar de Nemrad, para que solucionase tales catástrofes.
Puesto el plan en marcha, dieron las ocho, y al ver que Nemrad no respondía a los llamados y súplicas, decidieron entrar por la fuerza: dañaron la puerta e inspeccionaron cada sector de la morada minuciosamente y…, nada. El tan buscado no estaba allí y al parecer no lo estaba desde hacía una semana, pues jamás se le vio salir en todo ese tiempo. ¿Cómo era posible que Nemrad no estuviese? ¿A dónde había ido? 
Los desdichados entraron en pánico, desesperándose por el paradero de aquel hombre que mató a las estrellas. Necesitaban que los astros reviviesen, y hasta que ese sujeto intrigante no apareciese, la vida sería oscura, sin fe que los salvase de hundirse en la zozobra y la desesperación.
El día y la noche se confundían entre sí, siendo una mezcla homogénea donde el resultado era putrefacto, desalentador, enmarcado por las tinieblas. Análoga a la tonalidad del éter, así mismo era el ánimo de los Sodores, desahuciados de cualquier luz celestial.
La agobiante opacidad continuó sin cambio alguno durante mucho tiempo. Varios meses después, o quizás incluso el año –o mucho más–, hubo una novedad que le revivió el alma a los desgraciados. Dicen que cuando eso sucedió, era el aniversario de la desaparición de Nemrad.
Estando la fría atmósfera cubierta por las sombras, alguien gritó, llamando a todos hacia la casa del ausente Nemrad. Dijo que había oído ruidos provenientes de allí. Caminaban en manada, a metros de llegar, vieron una figura entrar a la torre. Una chispa de esperanzas ciegas iluminó a cada uno, por lo que corrieron para descubrir la identidad de aquel intruso extranjero.
–Creo estar seguro de quién es aquel extraño, igual que ustedes –expresó el hombre que convocó a la muchedumbre.
Se cansaron de implorarle al singular personaje, así que prosiguieron a irrumpir y descubrirlo. Unos rodearon la torre y otros entraron, sin dejarle posibilidad al misterioso de que escapase. Se sorprendieron al notar que la construcción no había cambiado mucho desde la última ocasión en que la visitaron, tal vez tenía hasta mejor calidad.
Los del interior, estaban encolerizados por no encontrar nada, hasta que fueron seducidos por un alarido lleno de sufrimiento que oyeron, proveniente de los más altos pisos. Sin detenerse a organizarse, corrieron hacia la sonoridad, esperando dar con algo excepcional.
Al llegar al penúltimo piso de la torre, el horror los hizo huir luego de haber contemplado aquello a lo que uno de ellos narró de la siguiente manera:
“Vimos…, vimos a Nemrad. Los gritos eran suyos, lo vimos retorciéndose y maldiciendo, lleno de lágrimas y espavientos, atormentado por un dolor incomprensible y también…, también… No, algo que si lo digo, sé que no han de creerme, aunque es real, ¡yo y mis compañeros lo vimos y no dudamos de su veracidad! Un ser, una entidad…, algo… similar a una cabeza, tan brillante semejante a una estrella, flotando, riéndose con una risa hiriente y facciones tétricas. Cuando vimos eso, el terror se apoderó de nosotros y al ver a la cabeza dirigir sus ojos hacia donde estábamos, acompañamos al desahuciado Nemrad en sus gritos, después intentamos huir, mas no sé por qué, pero solo yo logré salir; cuando iba por la mitad de la torre, no vi a ninguno de ellos detrás de mí y al percatarme de ello fue que caí, fracturándome, sobreviviendo de milagro, hasta que conseguí arrastrarme”.
Simultáneamente, mientras ocurrían esos hechos, los que rodeaban la torre cuentan que no notaron nada, a excepción de los gritos y sollozos, mas no observaron ningún brillo tan deslumbrante similar al que se describía en el testimonio anterior. Al escuchar esos sonidos, iban a entrar para ver qué ocurría, sin embargo no les fue posible.
Cuentan los testigos que vieron salir a uno de los que se habían aventurado a entrar –siendo él el único sobreviviente y quien dice haber visto a Nemrad, dueño del testimonio anterior–, y en esas, surgió un temblor que los hizo correr. Más adelante vieron la vasta torre sucumbir, quedando ultimada en escombros y cenizas de ladrillo.
El temblor acabó al cesar el derribo de la morada de Nemrad y en esas, uno de ellos vio hacia el cielo, y descubrió un pequeño punto que se fue haciendo más grande: era una estrella, que parecía que estuviese naciendo, mientras se dibujaba en el oscuro firmamento. La angustia e intriga de la multitud fue cambiada por alegría, gracias a ese pequeño punto esperanzador, que les devolvió una sensación que tenían tiempo sin sentir.
Levantaron las manos, señalando al cielo, alabando a ese creador de júbilo en sus corazones y se arrodillaron ante el firmamento, eufóricos. Transcurrió la dicha y la lluvia los visitó. No le prestaron atención al agua, incluso los animó más. Y así como se regó la noticia de que Nemrad desapareció, de que Nemrad había asesinado a las estrellas, y que Nemrad había regresado a su torre…, así mismo divulgaron la grata noticia de que la noche había recuperado sus luces.
Al buscar entre los escombros, hallaron el cuerpo de los otros que habían entrado al lugar, quienes murieron sin conseguir salir a tiempo. Sin embargo…, Nemrad…, a él no se le vio. Movieron y movieron los restos y no lo vieron jamás.
Nunca más se llegó a saber de aquel de hombre llamado Nemrad, extraño, quien fue capaz de crear caos inigualable en el pueblo y quién sabe si también en las demás partes donde estuvo todo ese tiempo, antes de aquella noche en que cayó su construcción, desde donde mató a los astros alguna vez. Lo único que hallaron relativo a Nemrad, fue un  libro, el cual fue afectado también por el cataclismo, quedando sobrevividas menos de veinte páginas. Ellas fueron vitales para formar este ensayo y estudiar ese hecho. Por desgracia, lo que hay en ellas no son tan interesante como nos gustaría: nada sobre sus viajes y pocas descripciones sobre ese ser y sobre sus noches, sus pesadillas, lo que los astros le decían y sus problemas emocionales, su irracional depresión y demás. Puede ser que esos escritos no sean de Nemrad, mas, basándose en la lógica conveniente, se cree que lo más probable es que sí.
Dicen que en cada aniversario de la catástrofe de la torre, en esa noche no sale ninguna estrella, ni siquiera la Luna, y que la oscuridad se hace más extensa, desde ese día hasta la actualidad. Hay quienes creen que Nemrad aún sigue vivo, porque a veces sueñan con él y también, cada diez años –alrededor–, dicen ver a un extraño rondar por las calles del pueblo y acercarse a donde alguna vez quedaba el hogar de Nemrad, creando especulaciones ricas a la creatividad de los agobiados y curiosos.   
La historia de Nemrad prevalece hasta hoy y prevalecerá, gracias a la tradición oral, siendo eterno, no solo porque se crea que aún vive, sino, porque su recuerdo perdura como las estrellas. Y es gracias a ello que hemos logrado dedicarnos al estudio de sus memorias, de su historia, y a la elaboración de este ensayo, que, pese a no ser el más detallado, sí es hasta ahora, el primero en el que se reconoce el recuerdo de un hombre que agobió a millones, y que fue capaz de desafiar a los astros, poseído por la exasperación provocada por la zozobra y una tortura la cual él adjudicaba a un ser cósmico, proveniente de las estrellas, que hasta el día de hoy es un misterio incomprensible, al igual que su vida. Quizás las estrellas se apaguen y aun así no volvamos a ver a Nemrad, o tal vez ya murió, o es posible que haya de regresar, para acabar con aquello que revivió. Afirmarlo o negarlo resulta igual de errado, pues son conjeturas, sin importar la razón, puesto que la racionalidad queda obsoleta ante tales hechos que escapan a lo entendible y rebasan la fantasía. Por el momento solo queda aguardar o morir en la ignorancia, sin saber sobre el paradero de Nemrad y significado de sus profecías, de sus aflicciones y de ese ser (o esos seres) proveniente de las lejanías del espacio-tiempo.


FIN.