Contemplar las estrellas,
aquellos grandes astros que yacen a largas distancias del planeta, decorando el
mantel oscuro de la noche, desde años antiguos han asombrado al ser humano, y lo seguirán maravillando, sea por su
majestuosidad o intriga, llegando a generar una galería de pensamientos al
contemplarlos. Hubo un tiempo en que la comunidad de Sodor fue negada a la
contemplación de las estrellas, estando estas ausentes en el cielo desde esa
parte del planeta durante varias semanas, en uno de los actos más misteriosos
que marcaría al pueblo.
Cerca del año 1400 a. C.,
vivió un hombre llamado Nemrad. Hay quienes creen que aún vive, pues del sujeto
se dicen muchas cosas inhumanas. Durante su estadía en Sodor inquietó al pueblo,
por sus palabras y actos, y dicha inquietud mutó a terror y agobio cuando se
marchó y dejó más preguntas que respuestas. Muchos –por no decir todos–, lo
acusaban de loco; que su falta de cordura lo llevaba a comportarse de forma anormal
y paranoico. Hablaba frecuentemente sobre seres cósmicos que abrumaban su
existir y le hablaban en sueños, otros que le enseñaban sobre la realidad y un
montón de cosas que cualquiera tomaría por absurdo e irreal, sin siquiera
profundizar en los argumentos de Nemrod. De él se abordan muchos temas más, la
mayoría son simples conjeturas, aunque, hay ciertas cosas afirmadas en sus
memorias, de las cuales, pese a no tener firma, lo más seguro es que fuesen
escritas por él mismo, no obstante, podría existir la posibilidad de que
alguien más lo hubiese plasmado o sea falso, las cuales justifican las bases de
su paranoia y… lo que clasificarían bajo los términos “anormal” e “irracional”;
además de los recuerdos y testimonios que sobrevivirían al paso del tiempo.
En una noche de Abril,
Nemrad tuvo el encuentro con alguien que describe como: “un ser caótico,
aterrador, sembrador de aflicciones y zozobras, en el que su rostro recae el
horror dibujado en facciones humanas, mas no llega a ser tal cosa… Él es algo
más incomprensible que un hombre, ajeno a este mundo y a nuestras
interpretaciones; es el fundador de mi tribulación”. Sería el causante de su desestabilización.
Nemrad lo señala de ser el único causante de su desgracia, su torturador y
asesino –tómese en cuenta que no decía “asesino” literalmente, más bien porque
lo acusa de ser quien asesinó su calma y contenta.
Página cinco del libro
atribuido a Nemrad:
Aquel
que conoce el horror en niveles colosales, sabe que al llegar a tales estados,
donde los nervios están a punto de reventar y no hay rastro alguno de paz, debido
a ese sentimiento que poseyó el cuerpo, y a la vez entiende que no existen
palabras suficientes para describir sucesos de ese tipo, es quien ha de
imaginar los niveles que sobrepasa experiencias de tales grados tan
mortificadores, como las que intento y mi cerebro no me permite describir a la
perfección. A veces se llega a caer en la exageración, puede que para algunos sea
ese mi caso, mas yo creo que no. Quien quiera me ha de creer, no obligo a
nadie. Lo entenderé, pues yo mismo todavía no compilo en mi mente todo ese
horror.
El
comienzo de dichas perplejidades, fue una noche en que la Luna y las estrellas
estaban firmemente posicionadas en el cielo, deleitando mis ojos,
transmitiéndome paz. De repente, la estrella más cercana a la Luna me susurró; también
aumentó su brillo, pudiendo decirse que era más luminosa que las demás. Sentía
que ese astro me llamaba, queriéndome decir algo. Pensé que aquello era obra
del cansancio y el sueño, por lo que busqué descanso en el dormir. ¡Idiota de
mí! Si tan solo no hubiese dormido, no habría ocurrido aquello, si tan solo
hubiese mejor optado por quedarme, rechazar el sueño mundano y caer en el sueño
existencial, sin volver a despertar, me hubiese ahorrado tantas aflicciones,
tantas culpas, tantos problemas.
Rozando
las tres de la madrugada, fui despertado por una luz que cubría con su brillo
el cuarto completo. Abrí mis ojos y entonces lo vi…: vi a ese demonio, que se
ocultaba bajo facciones humanas y la estructura de una estrella, la misma que
me susurró... Tras el impulso involuntario de la reacción al asombro, quise
moverme pero mis músculos fueron detenidos por una incomprensible e inalterable
parálisis en mi cuerpo, pudiendo mover solo la zona ocular.
En
ese momento, entre mis memorias comenzaron a desfilar anécdotas, plagadas de
penas y desgracias, los cuales fueron semejantes a un raudo y cruel corte en mi
corazón, recibiendo el mayor sufrimiento posible, emergente de un pasado
revivido en mi cerebro, de manera involuntaria. Poco después, comprendería
porqué se habían generado tales recuerdos… Aquella estrella logró traerme todas
esas memorias, consiguiendo perturbar en mi subconsciente.
No
poseía más que la mera cabeza –si es que era merecedor
de tal sustantivo, siendo una gran rareza celeste–, flotando, sin extremidades, cuello o torso alguno, con rasgos faciales
humano; era una mezcla entre blanco y azul, con destellos de iguales colores.
Luego
de verme sufrir sin poder, demostrarlo mediante gestos, y resignándome al
miserable y tortuoso sufrimiento entre el silencio, pronunció las primeras
palabras, revelándome que haría eso mismo cada fecha, provocándome a que odiase
mi existencia más de lo que ya lo hacía, y que desde el cielo me vería,
riéndose de mí.
Desde
entonces, los días no serían más que una cárcel, en la que no se distinguiría
entre el Sol y la Luna, entre el azul y el negro celeste, quedando reducido el
mundo y mi existencia, a un mar en el que me ahogaba, entre las aguas de la tristeza,
la melancolía y el dolor. En cada segundo recordaba los peores momentos de mi
vida, pues esa era su labor: atormentaba al desdichado que visitaba, mediante
sus errores, fracaso y angustias de antaño, alimentándose de ese dolor que le
deleitaba y nutria.
¡Oh,
maldigo el instante en que nací, condenándome al sufrimiento, pues eso es mi
vida, el lamento y la miseria, sin poder hacer nada más allá de la decisión de
él, el omnipresente y despiadado ser, habitante del cosmos!
Los vecinos comentan que
un día vieron a Nemrad ser poseído por la cólera, corriendo, lanzado
espavientos y alaridos al viento, gritándole a las nubes y alejarse de los
demás cada vez que los miraba a la cara. A la semana fue que tomó inicio la
situación en la que se enfoca esta narración: la construcción de la torre de
Nemrad. Su hogar pasaría de ser una miserable choza a una oblonga creación.
Era mediodía y los
pueblerinos se acercaron a la casa de Nemrad, donde Nemrad expresó su discurso,
con voz fuerte y dramática, donde contaba que iba a construir una enorme torre,
para acabar con esos villanos que desbastaban el destino de la humanidad;
destruir a los astros brillantes, divisibles en la noche.
Se le mofaron y
humillaron, con fuertes carcajadas. Nemrad no comprendía porqué lo trataban de
tal forma si les prevenía de un futuro cruel y les revelaba algo de lo cual él
era el único conocedor, advirtiéndoles de la ignota maldad que poseen ciertos
cuerpos cósmicos, poseedores de conciencia y vida, capaces de influir en las
vidas de cada uno de los habitantes de la Tierra. Ante tal peyorativo acto,
decidió no brindarles más consejos a tales ingratos que se tomaron su
exposición y planeación de su obra como un chiste, del cual se aprovecharon
para deleitarse.
–¡Malditos ignorantes,
cegados por el ingenuo conformismo de lo que toman por cierto! –Les gritó,
mientras ellos no paraban con sus risas–. ¡Yo lo presencié con! Las estrellas
me susurraron el trágico final de mí y de los demás. Ellos son maldad disfraza
por belleza. Descubrí la forma de acabar con algunos…; es por ello que
construiré una enorme torre, hasta llegar a acercarme a las coordenadas
correctas y extinguir con aquel flechazo a ese ser maligno. Aquel que desee
contribuir a la destrucción de esa gran maldad su ayuda será bien acogida.
Su discurso no sirvió de
nada ante la posición de la gente, por lo que se calló, resignándose a convivir
entre una sociedad que no estaba preparada para recibir acercamientos al
horror, hasta que estuviesen tan cerca como él lo estuvo aquella noche. Los
dejó que se burlasen de lo que tomaban por inverosímil y se dispuso a construir
su obra.
Día tras día ponía
bloques, hasta que consiguiese ese vasto tamaño que necesitaba para realizar su
proyecto. Y día tras día la gente murmuraba sobre él y su pérdida de razón.
Cuentan que por el día
trabajó con gran sudor e irritación, y ni siquiera se le veía comer; en cambio,
de noche, en el interior de su casa, se escuchaban los peores alaridos,
enmarcados por el dolor y el sufrimiento, los cuales podrían ser comparados con
los lamentos de un alma ardiendo en las angustiosas llamas del infierno,
revolcándose de gran dolor.
Al mes, luego de haber
superado los doscientos metros, levantó
su vista hacia el cielo. Erguido, con una voz característica del esclavo que se
revela, se dirigió hacia el cielo, pareciendo que hubiese alguien allá arriba
que lo estuviese oyendo, y gritó:
–¡Oíd bien, maldito ser
demoniaco, emergente de los eones previos al origen del mundo y del congojo
humano! ¡Prestad minuciosa atención a esto que oyes desde tu ruin morada,
ubicada en la frontera de este universo! ¡Puede que no seas tan fácil de
desplomarte! ¡Puede que yo muera antes que tú! ¡Sin embargo, cuando esté viendo
a los ojos a la tétrica muerte, me jactaré de decir que, pese a morir en la
tortura, me atreví a darte muerte, y así será, maldito esperpento, desbastador
de alegrías!
Nadie respondió a su
llamado. Aun así, después de todo, Nemrad no esperaba que lo hicieran; dicha
respuesta quizás nunca llegase; sin embargo, al salir las estrellas sabría si
al menos se le prestó atención… si aquel ser no lo ignoró.
Cayó el Sol y su contraparte
lo reemplazó, para traer consigo a las estrellas más remotas; el cielo estaba ornamentado
con un sinfín de puntos blancos, más de lo habitual, en aquella ocasión. Nemrad
divisaba, buscando a una en especial. Al no encontrarla, abandonó el mirador y
bajó hasta el piso primero, para más tarde regresar.
Aguardando en el piso
inicial, dieron las doce en punto y se dispuso a subir. Ya no quedaba ninguna
luz, a parte del satélite natural, hasta que… ¡la vio! ¡El gigante celeste que rastreaba
apareció! Siendo la única estrella en ese momento situada en el firmamento,
llamó en segundos la atención de Nemrad. Cuando la observó fijamente, el dolor
de cabeza lo invadió…, el dolor de la nostalgia y de los recuerdos…, el
agobiante y rutinario dolor de la zozobra provocada por el ser a quien
observaba desde lejos.
Se tiró de rodillas y se golpeó
la cabeza, colérico y aciago. Desde allí, en el piso, revolcándose, le gritó a
esa estrella distante.
–¡Disfruta torturándome,
porque sé qué hacer para detener esta absurda condena! Conozco tu debilidad,
desgraciado ser y verás que los ojos vas a cerrar, si es posible junto a…
Sus palabras se vieron
interrumpidas por un bramido, que casi acaba con sus cuerdas vocales y el
sollozó materializado en sus facciones.
Tomó el arco y con enorme
convicción, la flecha salió disparada y se no se volvió a ver, cree Nemrad que
se perdió entre las nubes. Aunque la idea de que haya ido más allá de la exosfera
suena absurda. Los que observaron esa flecha dirigirse hacia el firmamento
afirman que tomó una velocidad impresionante, resultando irreal que un hombre
hubiese lanzado tal anomalía, y que dicha cosa no volviera a ser vista, junto
con quien la tiró –más adelante…
Página cinco del libro
atribuido a Nemrad:
“A
mi tristeza han llegado ciertas gotas de poder, brindándome fuerzas para
continuar. Y cuando pensaba en apagar las luces, me topé con la fuente de luz
que extinguiese mis problemas. Luego de muchos estudios, logré dar con la poción
que daría fin a ese ser. No sé si ese veneno sea verosímil, mas, si no lo
sentencio a las pruebas jamás lo sabré. Podrá ser fantasía disfrazada de
anhelos, podrá ser un suicidio, podrá ser inútil; no me importa; sería capaz de
dar mi corazón por deshacerme de esto, y es algo que no dudaría en hacer;
pudiendo deshacerme de esto y de él, no me importa si sale mal.
Tocaré
el cielo, y una vez allí, sentado junto a las nubes, lo miraré a los ojos; le
demostraré que no es invencible y que su muerte está dictada por un mortal que
se cansó de morir día tras día entre la desdichada existencia, corrompida por
las memorias de un pasado infeliz. Su suerte será infeliz, y me encargaré de
que nadie pueda llegar a verlo, para que no corran con la misma desgracia que
tengo en mis hombros. Seré el salvador de muchos, sin importar que muera
cansado ante los esfuerzos. Solo me queda trabajar y aguardar al día de su
defunción; hasta entonces, las estrellas me seguirán repugnando y no podré
estar satisfecho.”
Al realizar su hazaña,
Nemrad vio cómo ese destello pequeño se iba apagando poco a poco hasta quedar la Luna solitaria. Descendió unos
cuantos pisos, posándose en uno de los balcones, estando a una distancia que se
le pudiese oír abajo, dijo con gran júbilo:
–¡Han muerto las
estrellas! ¡Han muerto los fantasmas del ayer!
La gente se fue uniendo a
la curiosidad, quedando el pueblo entero en reunión. Entonces él les reiteró,
afirmando que ya no deberían preocuparse por el sufrimiento nostálgico, al
menos no por seres externos al globo terráqueo.
–El mal se ha ido, tienen
derecho a planear sus utopías sin que corran riesgos de que al mirar al cielo,
alguien allá, a la distancia, les disuelva esas esperanzas entre las cenizas
del agobiante pasado.
La gente intercambió miradas,
poco a poco los murmullos pasaron a gritos, tratando a Nemrad de demente e
idiota, o una miserable alma sin cordura alguna. Esos insultos, menosprecios y burlas,
enfurecieron a Nemrad; una rabia con tonos de tristeza. El analizar cuánto se
esforzó por encontrar un bien general y ver tales resultados, lo alteró... Pero
Nemrad cometió el error de creer que los demás veían el mundo como él. Solo él
tenía revelación sobre la realidad y la había comprendido. Ellos, ingenuos e
inexpertos, encerrados en la ignorancia de lo existente ajeno al planeta, definieron
ese nuevo concepto incomprensible por absurdo.
Esta vez, Nemrad se
dejaría apoderar por un impulso de desesperación irracional. Poseído por su
frustración, estalló en irritación y comenzó a arrojarles piedras y escombros a
las personas, mientras les gritaba.
–¡Malagradecidos! ¡Me
pagáis de tal forma! ¡Idiotas, que no logran ver el mal que habita fuera de lo
bello! ¡Ojalá ellos vuelvan y los torturen!
Entre muchos quejidos
más, se dejó controlar por la exasperación y cometer actos que lo hacían
merecedor del adjetivo “loco”.
Cuando la gente se
dispersó, él siguió lamentándose, desenfrenado, durante varios minutos, hasta
que el cansancio y la confusión lo controlaron. Se encerró en su casa. Desde la
noche siguiente, se cuenta que fue esa la primera de muchas en que no se oyeron
sonidos extraños de su casa.
Desde aquella ocasión,
aborrecería a sus vecinos, pasando a odiar a la humanidad, incluyéndose a sí
mismo, debido a esa ingratitud y repugnancia que los hacían mecedores del odio,
impulsado por esa actitud y pensamientos aborrecibles, sabiendo que él mismo compartía
ciertas cosas del resto.
Los siguientes días nadie
vio a Nemrad salir de su casa, ocurriendo lo mismo día tras día desde entonces.
Lo más inquietante es que, además de Nemrad, las estrellas tampoco aparecían…
Desde aquella noche en la que Nemrad entró en demencia, donde se le vio por
última vez, ningún habitante de Sodor volvió a ver una estrella en el cielo. Comenzaron
a creer verosímil lo que había dicho Nemrad sobre la muerte de las estrellas.
¿Era posible que un simple mortal hubiese flechado a esos astros tan distantes,
dándoles muerte? Sonaba muy absurdo, pero ante las dualidades y desesperación
por no encontrar una respuesta, los confundidos pueblerinos consideraron cierta
la profecía de Nemrad y creyeron que, de alguna manera, si Nemrad tenía la
culpa de ello, también tenía el antídoto.
La mayoría apuntaban a que aquello era señal de catástrofes cercanas, en las
que vivirían tragedias oscuras, ausentes de luces y esperanzas, pues creían que
las estrellas participaban en el destino de ellos y estas, al no estar, su
suerte sería lúgubre; agobiados por no encontrar respuestas a tal caos. Ahora,
las noches eran oscuras en su totalidad y más duraderas de lo normal, sin nada
qué contemplar al ver el cielo; bajaron las mareas, produciéndose grandes
sequias y muriendo diversas especies marinas que conformaban la alimentación
del pueblo; los artistas, los astrólogos y cualquier habitante que buscase
felicidad al ver el éter, entraron en depresión.
A la semana, se convocó a
una reunión con todos los habitantes de Sodor. Decidieron armar una muchedumbre
e ir a invadir el hogar de Nemrad, para que solucionase tales catástrofes.
Puesto el plan en marcha,
dieron las ocho, y al ver que Nemrad no respondía a los llamados y súplicas,
decidieron entrar por la fuerza: dañaron la puerta e inspeccionaron cada sector
de la morada minuciosamente y…, nada. El tan buscado no estaba allí y al
parecer no lo estaba desde hacía una semana, pues jamás se le vio salir en todo
ese tiempo. ¿Cómo era posible que Nemrad no estuviese? ¿A dónde había ido?
Los desdichados entraron
en pánico, desesperándose por el paradero de aquel hombre que mató a las
estrellas. Necesitaban que los astros reviviesen, y hasta que ese sujeto
intrigante no apareciese, la vida sería oscura, sin fe que los salvase de
hundirse en la zozobra y la desesperación.
El día y la noche se
confundían entre sí, siendo una mezcla homogénea donde el resultado era
putrefacto, desalentador, enmarcado por las tinieblas. Análoga a la tonalidad
del éter, así mismo era el ánimo de los Sodores, desahuciados de cualquier luz
celestial.
La agobiante opacidad continuó
sin cambio alguno durante mucho tiempo. Varios meses después, o quizás incluso
el año –o mucho más–, hubo una novedad que le revivió el alma a los
desgraciados. Dicen que cuando eso sucedió, era el aniversario de la
desaparición de Nemrad.
Estando la fría atmósfera
cubierta por las sombras, alguien gritó, llamando a todos hacia la casa del
ausente Nemrad. Dijo que había oído ruidos provenientes de allí. Caminaban en
manada, a metros de llegar, vieron una figura entrar a la torre. Una chispa de
esperanzas ciegas iluminó a cada uno, por lo que corrieron para descubrir la
identidad de aquel intruso extranjero.
–Creo estar seguro de
quién es aquel extraño, igual que ustedes –expresó el hombre que convocó a la
muchedumbre.
Se cansaron de implorarle
al singular personaje, así que prosiguieron a irrumpir y descubrirlo. Unos
rodearon la torre y otros entraron, sin dejarle posibilidad al misterioso de
que escapase. Se sorprendieron al notar que la construcción no había cambiado mucho
desde la última ocasión en que la visitaron, tal vez tenía hasta mejor calidad.
Los del interior, estaban
encolerizados por no encontrar nada, hasta que fueron seducidos por un alarido
lleno de sufrimiento que oyeron, proveniente de los más altos pisos. Sin
detenerse a organizarse, corrieron hacia la sonoridad, esperando dar con algo
excepcional.
Al llegar al penúltimo
piso de la torre, el horror los hizo huir luego de haber contemplado aquello a
lo que uno de ellos narró de la siguiente manera:
“Vimos…, vimos a Nemrad. Los
gritos eran suyos, lo vimos retorciéndose y maldiciendo, lleno de lágrimas y
espavientos, atormentado por un dolor incomprensible y también…, también… No,
algo que si lo digo, sé que no han de creerme, aunque es real, ¡yo y mis
compañeros lo vimos y no dudamos de su veracidad! Un ser, una entidad…, algo…
similar a una cabeza, tan brillante semejante a una estrella, flotando,
riéndose con una risa hiriente y facciones tétricas. Cuando vimos eso, el
terror se apoderó de nosotros y al ver a la cabeza dirigir sus ojos hacia donde
estábamos, acompañamos al desahuciado Nemrad en sus gritos, después intentamos
huir, mas no sé por qué, pero solo yo logré salir; cuando iba por la mitad de
la torre, no vi a ninguno de ellos detrás de mí y al percatarme de ello fue que
caí, fracturándome, sobreviviendo de milagro, hasta que conseguí arrastrarme”.
Simultáneamente, mientras
ocurrían esos hechos, los que rodeaban la torre cuentan que no notaron nada, a
excepción de los gritos y sollozos, mas no observaron ningún brillo tan
deslumbrante similar al que se describía en el testimonio anterior. Al escuchar
esos sonidos, iban a entrar para ver qué ocurría, sin embargo no les fue
posible.
Cuentan los testigos que
vieron salir a uno de los que se habían aventurado a entrar –siendo él el único
sobreviviente y quien dice haber visto a Nemrad, dueño del testimonio anterior–,
y en esas, surgió un temblor que los hizo correr. Más adelante vieron la vasta
torre sucumbir, quedando ultimada en escombros y cenizas de ladrillo.
El temblor acabó al cesar
el derribo de la morada de Nemrad y en esas, uno de ellos vio hacia el cielo, y
descubrió un pequeño punto que se fue haciendo más grande: era una estrella,
que parecía que estuviese naciendo, mientras se dibujaba en el oscuro
firmamento. La angustia e intriga de la multitud fue cambiada por alegría,
gracias a ese pequeño punto esperanzador, que les devolvió una sensación que tenían
tiempo sin sentir.
Levantaron las manos,
señalando al cielo, alabando a ese creador de júbilo en sus corazones y se
arrodillaron ante el firmamento, eufóricos. Transcurrió la dicha y la lluvia
los visitó. No le prestaron atención al agua, incluso los animó más. Y así como
se regó la noticia de que Nemrad desapareció, de que Nemrad había asesinado a
las estrellas, y que Nemrad había regresado a su torre…, así mismo divulgaron
la grata noticia de que la noche había recuperado sus luces.
Al buscar entre los
escombros, hallaron el cuerpo de los otros que habían entrado al lugar, quienes
murieron sin conseguir salir a tiempo. Sin embargo…, Nemrad…, a él no se le
vio. Movieron y movieron los restos y no lo vieron jamás.
Nunca más se llegó a
saber de aquel de hombre llamado Nemrad, extraño, quien fue capaz de crear caos
inigualable en el pueblo y quién sabe si también en las demás partes donde
estuvo todo ese tiempo, antes de aquella noche en que cayó su construcción, desde
donde mató a los astros alguna vez. Lo único que hallaron relativo a Nemrad,
fue un libro, el cual fue afectado
también por el cataclismo, quedando sobrevividas menos de veinte páginas. Ellas
fueron vitales para formar este ensayo y estudiar ese hecho. Por desgracia, lo
que hay en ellas no son tan interesante como nos gustaría: nada sobre sus
viajes y pocas descripciones sobre ese ser y sobre sus noches, sus pesadillas,
lo que los astros le decían y sus problemas emocionales, su irracional
depresión y demás. Puede ser que esos escritos no sean de Nemrad, mas,
basándose en la lógica conveniente, se cree que lo más probable es que sí.
Dicen que en cada
aniversario de la catástrofe de la torre, en esa noche no sale ninguna
estrella, ni siquiera la Luna, y que la oscuridad se hace más extensa, desde
ese día hasta la actualidad. Hay quienes creen que Nemrad aún sigue vivo,
porque a veces sueñan con él y también, cada diez años –alrededor–, dicen ver a
un extraño rondar por las calles del pueblo y acercarse a donde alguna vez
quedaba el hogar de Nemrad, creando especulaciones ricas a la creatividad de
los agobiados y curiosos.
La historia de Nemrad
prevalece hasta hoy y prevalecerá, gracias a la tradición oral, siendo eterno,
no solo porque se crea que aún vive, sino, porque su recuerdo perdura como las
estrellas. Y es gracias a ello que hemos logrado dedicarnos al estudio de sus
memorias, de su historia, y a la elaboración de este ensayo, que, pese a no ser
el más detallado, sí es hasta ahora, el primero en el que se reconoce el recuerdo
de un hombre que agobió a millones, y que fue capaz de desafiar a los astros,
poseído por la exasperación provocada por la zozobra y una tortura la cual él
adjudicaba a un ser cósmico, proveniente de las estrellas, que hasta el día de
hoy es un misterio incomprensible, al igual que su vida. Quizás las estrellas
se apaguen y aun así no volvamos a ver a Nemrad, o tal vez ya murió, o es
posible que haya de regresar, para acabar con aquello que revivió. Afirmarlo o
negarlo resulta igual de errado, pues son conjeturas, sin importar la razón,
puesto que la racionalidad queda obsoleta ante tales hechos que escapan a lo
entendible y rebasan la fantasía. Por el momento solo queda aguardar o morir en
la ignorancia, sin saber sobre el paradero de Nemrad y significado de sus
profecías, de sus aflicciones y de ese ser (o esos seres) proveniente de las lejanías del
espacio-tiempo.
FIN.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario