En
medio del bosque, en una pequeña cabaña, construida con maderas débiles, por
brazos fuertes y corazones acabados, yace, en su lecho, el pequeño Isaac. Su
padre, al costado de la cama, lo ve dormir, con incomodidad, mientras tiene pesadillas
e intenta calmarlo, mas no logra hacerlo, porque ni siquiera él mismo está en
calma, tras presenciar cómo su hijo se deteriora poco a poco, cerca de un
febril final.
Luego
de casi un año en ese estado, ambos saben que está cerca del fallecer… Después
de muchos intentos y desesperos, por salvar la vida de su hijo, Pedro Domínguez,
ha tocado el fondo de la exasperación y depresión, sintiendo gran dolor,
incluso más que el enfermo. Siendo blanco de la confusión y la cólera provocada
por el apego y amor hacia su hijo, es capaz de entregar cualquier cosa con tal
de que él siga en pie; sería capaz de no respirar, si así Isaac logra seguir
respirando. Pese a haber escasos doctores por esas zonas –pues la población es
minúscula–, no ha conseguido remedio alguno que lo alivie. Recurrió a todos los
métodos: la religión, los hechizos, la ciencia; y nada, ninguna opción le había
servido; no había oración o Dios que tuviese misericordia y le escuchase,
tampoco conjuro alguno que alterase su vida, y ni siquiera los doctores podían
salvarlo. Nada lo alentaba, a ese paso perdería las esperanzas, puesto que, al
no haber mejorías, no le servirían, más que para mentirse y perfumar la trágica
realidad, a la cual la ignorancia no logra alterar.
La
primavera era la época favorita del niño y la última que hubo no pudo disfrutarla,
debido a la enfermedad. Se había perdido de la dicha de jugar en el jardín,
viendo las nubes y las flores emerger, junto a su padre, mientras descubrían
diferentes tipos de flores. Pedro le había prometido a Isaac que se curaría al
acabar el invierno, para poder disfrutar de nuevo de la bella primavera y
volver a jugar en el jardín, alejados de la zozobra. Esos planes se veían
obstruidos, por una tragedia que parecía irremediable.
Un
día, fuera de su casa, recostado en un árbol, sollozando, lo sorprendieron el
médico y el cura. Le comunicaron la razón de su visita. El cura, formal y
convencido, le habló sobre un antiguo remedio que podía ayudar al enfermo.
—Allá,
en las altas montañas, en la cima, durante el invierno nace la flor de Purifaz.
Es una creación majestuosa de la naturaleza, siendo ignota para gran parte de
la humanidad. Tiene poderes curativos excepcionales, que van más allá de
cualquier pensamiento o cualquier ciencia, rebasando lo normal, capaz de lidiar
hasta con la más peligrosa de las enfermedades o males. Estamos seguros de que,
si ninguno de nosotros pudo amparar a su desdichado, ella, esa paradisíaca
flor, seguro lo hará. Si desea que sobreviva, entonces búsquela. Dicha
salvación nace y muere por estas fechas, manteniéndose viva hasta la primavera,
pues cuando la nieve está por marcharse, la vida de estas también se esfuma,
hasta que vuelva la gélida estación.
Pedro
les agradeció y se dispuso a emprender el viaje. Tuvo que hacerlo en soledad,
ya que el recorrido era sumamente peligroso, llegando a rozar la muerte. Los
tres hombres se ofrecieron a cuidar de Isaac mientras él emprendía su búsqueda,
rogando porque las cosas saliesen bien, y tanto Isaac como Pedro volviesen a sonreír,
una vez pasase esa febril infelicidad.
Al
caer la Luna, se despidió de su hijo con un beso en la frente, prometiéndole
que pronto volvería.
—Les
encomiendo a mi retoño, por favor bríndenle atención y afecto en mi ausencia.
Díganle que regresaré antes de que acabe el invierno.
—Aremos
hasta lo que vaya más allá de nuestro alcance si es posible –le contestó el doctor,
convencido de su promesa.
Pedro
le estrechó la mano a cada uno y al darles la espalda no volvió a mirar atrás.
Se perdió entre los árboles y la niebla. Cuando llegó a la hondonada de la
montaña fijada, por primera vez miró hacia el cielo, viendo a las nubes surgir
del color negro que iba adquiriendo el éter. Se quedó paralizado cinco
segundos, apenas respirando y al retomar la línea recta hacia la cima, dijo:
“Allí estás vieja flor, estás lejos, mas lejos llegaré”. Inhaló aire y tras
cada paso repetía que no defraudaría a su hijo.
La
noche lo arropó y tuvo que resguardarse en una cueva. Esculcó entre sus
provisiones y mandó el primer bocado en todo el día. Observando el fuego
imaginó su hogar: se vio a él, jugando con el pequeño Isaac, en aquel bello
jardín. Una hora más tarde, al acabar con sus ilusiones, cerró los ojos y se
entregó al sueño.
Así
prosiguió durante cada amanecer, llevando consigo la misma rutina, sin parar,
cansado, alentado únicamente por las esperanzas puestas en la felicidad de su
progenitor, con tal de obtenerla, aun así fuese sobre su propia salud o sobre
su vida propia.
Pasados
dieciséis días, por fin los anocheceres no lo agobiarían más y sus utopías no le
causarían lágrimas de congojo; había llegado a la cima. Cuando se topó con una
flor azul, y vio otra igual, y otra… una cadena extensa de ellas, estando a cuarenta
metros del punto máximo, comprendió que ese era el lugar. Descargó sus
materiales y recobró fuerzas, sacadas de la dicha que perturbó su extenuación;
corrió con júbilo marcado en sus ojos, gritándole al Sol que lo había lograda.
Se tiró sobre el inmenso y hermoso Edén que lo rodeaba y semejante a si
estuviera haciendo ángeles de nieve sobre las flores, se sacudió, sin detener
su euforia. Fue casi un milagro ese frenesí y ese impulso que bañaron su
cansado cuerpo. El aroma de las flores acarició su olfato y lo condujo a los
pasillos oníricos de la fantasía adyacente a la placidez, desfilando por ellos,
acompañado de ese inigualable olor, el cual solo la naturaleza sería capaz de
crear –aunque Pedro pensase que, ni siquiera la naturaleza sería capaz de
forjar una obra de tal belleza, y menos en el planeta Tierra, postulando que
esa especie de flores, deberían de ser provenientes de otro mundo, de otra
realidad; de una zona más compleja que esta naturaleza, que este cosmos.
Sin
saber cuánto tiempo había transcurrido durante su somnolencia, sin detenerse a
reparar, arrancó varias de aquellas flores, sabiendo que eran las Plurifaz. Huyó,
alterado, por haber tenido diversas visiones sobre su hijo, agonizando, cerca
de la tumba. El recorrido de bajada le pareció más duradero y exasperante,
demorándose el doble de tiempo que en la subida. El clima era desalentador,
junto a sus fuerzas, que fueron reducidas, debido al forzado esfuerzo vano por
querer ir más allá de lo que le permitía su organismo y la atmósfera. Hubo un
punto en el que, por causa de la distancia, se dejó caer, para que la inercia
lo ayudase a dar con el umbral de la montaña.
Y
así ocurrió.
Con
los ojos entreabiertos, bregando moverse, sin conseguirlo, moribundo, en medio
de la opacidad, pudo distinguir una figura humana a lo lejos, acercándose.
Cuando esta lo alcanzó, él ya había sido dominado por el agotamiento. Era el cura,
quien se encargó de llevarlo hasta la cabaña al encontrarlo en tal estado.
Cuando
abrió los ojos, hallábase en la cama, cobijado hasta el cuello, con varios
instrumentos médicos a sus pies. A su lado, tosiendo y llorando, Isaac lo vio y
le sonrió.
—Has
vuelto, padre –le dijo, afligido, lidiando por pronunciar insignificantes
palabras y hasta por respirar.
Pedro
Dominguez quiso responderle, pero sintió un ardor en su garganta que se lo impidió.
Por lo que se limitó a devolverle la sonrisa, entregándose al llanto junto a
él. El doctor ingresó al cuarto, precedido por el cura, serios y con jarra en
mano. El cura sujetaba dos flores, con delicadeza y trato puntilloso.
—¿Tienen
ya el remedio? –Les preguntó pedro. Ninguno le contestó.
—Aún
sigue vivo, Randelf –le dijo el cura al médico.
—Sí,
pero ya casi fallece –le contestó el médico, como si Pedro no estuviese
presente
—En
ese caso… no nos serviría.
—Tienes
razón. Su cuerpo deteriorado, así como está no sirve de mucho. Sin embargo, el
del niño sí.
Al
oír ese dialogo, algo en Pedro le advirtió que ocurriría una catástrofe, y que
en medio de ese alud luctuoso, su hijo estaría implicado y tal vez caería él
también. Sabía que iba a morir, sabía que su cuerpo no daba para más.
—Oh, Padre Vincelt –exclamó Randelf–, por fin,
después de muchos años, hay alguien que se atreve a subir hasta allá: ir por la
ancestral flor de la longevidad, que logra otorgar cincuenta años de vida más,
a costa de la vida de cualquiera que se inmole, sin importar su condición o
salud.
Pedro
frunció las cejas y empuñó sus manos, intentando levantarse, sin conseguirlo,
por culpa de la impotencia funesta que lo envolvía. Con su último aliento le
dio ánimos a sus cuerdas vocales, lleno de cólera y desesperación; a modo de
desahogo, les gritó:
Ese
ruido despertó a Isaac, quien espabiló constante, confundido, hasta que se
calmó. En cuanto se detuvo, se quedó viendo fijamente a su padre. Se acercaron
los dos engañadores, con el “remedio” preparado, en las manos. Randelf sonrió y
acarició la cabeza de Isaac. Pedro, mediante un gesto le manifestó su enojo y
amenaza, pese a que no pudiese hacer algo.
—Es
increíble que de tantas que trajo, tan solo dos hubiesen sobrevivido –comentó el
Padre Vincelt. El niño sonrió, creyendo comprender lo que ocurría.
—Trajeron la medicina, padre –le
dijo Isaac, ingenuo–. Ahora nos recuperaremos y pasaremos la primavera felices
–Pedro iba a negar con la cabeza, no obstante, al estar cerca de la muerte,
pese al enorme dolor que tenía, más por su hijo que por él, sin poder hacer algo,
acompañó al pequeño en su ignorancia y extendió sus brazos hacia él, logrando
quedar abrazados, de manera milagrosa.
Los
dos hombres le hicieron un chuzón en el brazo a cada uno, tras despojarlos de
las cobijas. Introdujeron el cortante tallo de la flor por ahí y tanto el hijo
como el papá comenzaron a sentir un ardor y la evolución del desánimo sofocante
a una fatiga nefasta. Mientras, cerraban los ojos y los dos villanos sonreían,
sintiendo sus cuerpos rejuvenecerse, a costa del de los enfermos acabados.
—Nos vamos a recuperar –le dijo Isaac a su padre,
haciendo uso de su última gota de vida–. ¿Verdad, papá? ¿Al menos a tiempo para
primavera?
Isaac
le vio cerrar los ojos. Sin embargo, Pedro todavía poseía segundos de respiración,
por lo que le susurró, con un sonido tan bajo que solo el chiquillo pudo
percibir.
—Sí,
hijo. Podremos pasar la primavera juntos. Hacia ella vamos, Isaac, ya nos
encontraremos en una primavera diferente, alejados de la maldad de este mundo.
Cerró
también él sus ojos y el médico y el cura se asomaron a ver por la ventana,
para celebrar sus execrables actos; Vieron el invierno desaparecer y la primavera
asomarse simultáneamente. Los enfermos habían marchado, para disfrutar de una
primavera más bella, llenos de felicidad, alejados de la enfermedad, en jardín
alguno más allá de la vida.
FIN.

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