lunes, 29 de mayo de 2017

Relato 25: "Invierno febril"

En medio del bosque, en una pequeña cabaña, construida con maderas débiles, por brazos fuertes y corazones acabados, yace, en su lecho, el pequeño Isaac. Su padre, al costado de la cama, lo ve dormir, con incomodidad, mientras tiene pesadillas e intenta calmarlo, mas no logra hacerlo, porque ni siquiera él mismo está en calma, tras presenciar cómo su hijo se deteriora poco a poco, cerca de un febril final.
Luego de casi un año en ese estado, ambos saben que está cerca del fallecer… Después de muchos intentos y desesperos, por salvar la vida de su hijo, Pedro Domínguez, ha tocado el fondo de la exasperación y depresión, sintiendo gran dolor, incluso más que el enfermo. Siendo blanco de la confusión y la cólera provocada por el apego y amor hacia su hijo, es capaz de entregar cualquier cosa con tal de que él siga en pie; sería capaz de no respirar, si así Isaac logra seguir respirando. Pese a haber escasos doctores por esas zonas –pues la población es minúscula–, no ha conseguido remedio alguno que lo alivie. Recurrió a todos los métodos: la religión, los hechizos, la ciencia; y nada, ninguna opción le había servido; no había oración o Dios que tuviese misericordia y le escuchase, tampoco conjuro alguno que alterase su vida, y ni siquiera los doctores podían salvarlo. Nada lo alentaba, a ese paso perdería las esperanzas, puesto que, al no haber mejorías, no le servirían, más que para mentirse y perfumar la trágica realidad, a la cual la ignorancia no logra alterar.
La primavera era la época favorita del niño y la última que hubo no pudo disfrutarla, debido a la enfermedad. Se había perdido de la dicha de jugar en el jardín, viendo las nubes y las flores emerger, junto a su padre, mientras descubrían diferentes tipos de flores. Pedro le había prometido a Isaac que se curaría al acabar el invierno, para poder disfrutar de nuevo de la bella primavera y volver a jugar en el jardín, alejados de la zozobra. Esos planes se veían obstruidos, por una tragedia que parecía irremediable.
Un día, fuera de su casa, recostado en un árbol, sollozando, lo sorprendieron el médico y el cura. Le comunicaron la razón de su visita. El cura, formal y convencido, le habló sobre un antiguo remedio que podía ayudar al enfermo.   
—Allá, en las altas montañas, en la cima, durante el invierno nace la flor de Purifaz. Es una creación majestuosa de la naturaleza, siendo ignota para gran parte de la humanidad. Tiene poderes curativos excepcionales, que van más allá de cualquier pensamiento o cualquier ciencia, rebasando lo normal, capaz de lidiar hasta con la más peligrosa de las enfermedades o males. Estamos seguros de que, si ninguno de nosotros pudo amparar a su desdichado, ella, esa paradisíaca flor, seguro lo hará. Si desea que sobreviva, entonces búsquela. Dicha salvación nace y muere por estas fechas, manteniéndose viva hasta la primavera, pues cuando la nieve está por marcharse, la vida de estas también se esfuma, hasta que vuelva la gélida estación.      
Pedro les agradeció y se dispuso a emprender el viaje. Tuvo que hacerlo en soledad, ya que el recorrido era sumamente peligroso, llegando a rozar la muerte. Los tres hombres se ofrecieron a cuidar de Isaac mientras él emprendía su búsqueda, rogando porque las cosas saliesen bien, y tanto Isaac como Pedro volviesen a sonreír, una vez pasase esa febril infelicidad.
Al caer la Luna, se despidió de su hijo con un beso en la frente, prometiéndole que pronto volvería.  
—Les encomiendo a mi retoño, por favor bríndenle atención y afecto en mi ausencia. Díganle que regresaré antes de que acabe el invierno.  
—Aremos hasta lo que vaya más allá de nuestro alcance si es posible –le contestó el doctor, convencido de su promesa.
Pedro le estrechó la mano a cada uno y al darles la espalda no volvió a mirar atrás. Se perdió entre los árboles y la niebla. Cuando llegó a la hondonada de la montaña fijada, por primera vez miró hacia el cielo, viendo a las nubes surgir del color negro que iba adquiriendo el éter. Se quedó paralizado cinco segundos, apenas respirando y al retomar la línea recta hacia la cima, dijo: “Allí estás vieja flor, estás lejos, mas lejos llegaré”. Inhaló aire y tras cada paso repetía que no defraudaría a su hijo.
La noche lo arropó y tuvo que resguardarse en una cueva. Esculcó entre sus provisiones y mandó el primer bocado en todo el día. Observando el fuego imaginó su hogar: se vio a él, jugando con el pequeño Isaac, en aquel bello jardín. Una hora más tarde, al acabar con sus ilusiones, cerró los ojos y se entregó al sueño.
Así prosiguió durante cada amanecer, llevando consigo la misma rutina, sin parar, cansado, alentado únicamente por las esperanzas puestas en la felicidad de su progenitor, con tal de obtenerla, aun así fuese sobre su propia salud o sobre su vida propia.  
Pasados dieciséis días, por fin los anocheceres no lo agobiarían más y sus utopías no le causarían lágrimas de congojo; había llegado a la cima. Cuando se topó con una flor azul, y vio otra igual, y otra… una cadena extensa de ellas, estando a cuarenta metros del punto máximo, comprendió que ese era el lugar. Descargó sus materiales y recobró fuerzas, sacadas de la dicha que perturbó su extenuación; corrió con júbilo marcado en sus ojos, gritándole al Sol que lo había lograda. Se tiró sobre el inmenso y hermoso Edén que lo rodeaba y semejante a si estuviera haciendo ángeles de nieve sobre las flores, se sacudió, sin detener su euforia. Fue casi un milagro ese frenesí y ese impulso que bañaron su cansado cuerpo. El aroma de las flores acarició su olfato y lo condujo a los pasillos oníricos de la fantasía adyacente a la placidez, desfilando por ellos, acompañado de ese inigualable olor, el cual solo la naturaleza sería capaz de crear –aunque Pedro pensase que, ni siquiera la naturaleza sería capaz de forjar una obra de tal belleza, y menos en el planeta Tierra, postulando que esa especie de flores, deberían de ser provenientes de otro mundo, de otra realidad; de una zona más compleja que esta naturaleza, que este cosmos.
Sin saber cuánto tiempo había transcurrido durante su somnolencia, sin detenerse a reparar, arrancó varias de aquellas flores, sabiendo que eran las Plurifaz. Huyó, alterado, por haber tenido diversas visiones sobre su hijo, agonizando, cerca de la tumba. El recorrido de bajada le pareció más duradero y exasperante, demorándose el doble de tiempo que en la subida. El clima era desalentador, junto a sus fuerzas, que fueron reducidas, debido al forzado esfuerzo vano por querer ir más allá de lo que le permitía su organismo y la atmósfera. Hubo un punto en el que, por causa de la distancia, se dejó caer, para que la inercia lo ayudase a dar con el umbral de la montaña.
Y así ocurrió.
Con los ojos entreabiertos, bregando moverse, sin conseguirlo, moribundo, en medio de la opacidad, pudo distinguir una figura humana a lo lejos, acercándose. Cuando esta lo alcanzó, él ya había sido dominado por el agotamiento. Era el cura, quien se encargó de llevarlo hasta la cabaña al encontrarlo en tal estado.               
Cuando abrió los ojos, hallábase en la cama, cobijado hasta el cuello, con varios instrumentos médicos a sus pies. A su lado, tosiendo y llorando, Isaac lo vio y le sonrió.
—Has vuelto, padre –le dijo, afligido, lidiando por pronunciar insignificantes palabras y hasta por respirar.
Pedro Dominguez quiso responderle, pero sintió un ardor en su garganta que se lo impidió. Por lo que se limitó a devolverle la sonrisa, entregándose al llanto junto a él. El doctor ingresó al cuarto, precedido por el cura, serios y con jarra en mano. El cura sujetaba dos flores, con delicadeza y trato puntilloso.
—¿Tienen ya el remedio? –Les preguntó pedro. Ninguno le contestó.
—Aún sigue vivo, Randelf –le dijo el cura al médico. 
—Sí, pero ya casi fallece –le contestó el médico, como si Pedro no estuviese presente
—En ese caso… no nos serviría.
—Tienes razón. Su cuerpo deteriorado, así como está no sirve de mucho. Sin embargo, el del niño sí.  
Al oír ese dialogo, algo en Pedro le advirtió que ocurriría una catástrofe, y que en medio de ese alud luctuoso, su hijo estaría implicado y tal vez caería él también. Sabía que iba a morir, sabía que su cuerpo no daba para más. 
Oh, Padre Vincelt –exclamó Randelf–, por fin, después de muchos años, hay alguien que se atreve a subir hasta allá: ir por la ancestral flor de la longevidad, que logra otorgar cincuenta años de vida más, a costa de la vida de cualquiera que se inmole, sin importar su condición o salud.       ­
Pedro frunció las cejas y empuñó sus manos, intentando levantarse, sin conseguirlo, por culpa de la impotencia funesta que lo envolvía. Con su último aliento le dio ánimos a sus cuerdas vocales, lleno de cólera y desesperación; a modo de desahogo, les gritó:
¡Iscariote, mentirosos!  
Ese ruido despertó a Isaac, quien espabiló constante, confundido, hasta que se calmó. En cuanto se detuvo, se quedó viendo fijamente a su padre. Se acercaron los dos engañadores, con el “remedio” preparado, en las manos. Randelf sonrió y acarició la cabeza de Isaac. Pedro, mediante un gesto le manifestó su enojo y amenaza, pese a que no pudiese hacer algo.
—Es increíble que de tantas que trajo, tan solo dos hubiesen sobrevivido –comentó el Padre Vincelt. El niño sonrió, creyendo comprender lo que ocurría.
Trajeron la medicina, padre –le dijo Isaac, ingenuo–. Ahora nos recuperaremos y pasaremos la primavera felices –Pedro iba a negar con la cabeza, no obstante, al estar cerca de la muerte, pese al enorme dolor que tenía, más por su hijo que por él, sin poder hacer algo, acompañó al pequeño en su ignorancia y extendió sus brazos hacia él, logrando quedar abrazados, de manera milagrosa.
Los dos hombres le hicieron un chuzón en el brazo a cada uno, tras despojarlos de las cobijas. Introdujeron el cortante tallo de la flor por ahí y tanto el hijo como el papá comenzaron a sentir un ardor y la evolución del desánimo sofocante a una fatiga nefasta. Mientras, cerraban los ojos y los dos villanos sonreían, sintiendo sus cuerpos rejuvenecerse, a costa del de los enfermos acabados.  
Nos vamos a recuperar –le dijo Isaac a su padre, haciendo uso de su última gota de vida–. ¿Verdad, papá? ¿Al menos a tiempo para primavera?   
Isaac le vio cerrar los ojos. Sin embargo, Pedro todavía poseía segundos de respiración, por lo que le susurró, con un sonido tan bajo que solo el chiquillo pudo percibir.
—Sí, hijo. Podremos pasar la primavera juntos. Hacia ella vamos, Isaac, ya nos encontraremos en una primavera diferente, alejados de la maldad de este mundo.
Cerró también él sus ojos y el médico y el cura se asomaron a ver por la ventana, para celebrar sus execrables actos; Vieron el invierno desaparecer y la primavera asomarse simultáneamente. Los enfermos habían marchado, para disfrutar de una primavera más bella, llenos de felicidad, alejados de la enfermedad, en jardín alguno más allá de la vida.   


FIN.

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