viernes, 11 de agosto de 2017

Relato 35: "Pesadumbre en la habitación"



La noche melancólica proclama el momento como luctuoso, mediante sus alaridos lluviosos y sus decantaciones emocionales, mediante la luna afligida, que sirve de faro para las lágrimas celestiales que se materializan con fervor sobre el hogar de la familia Rivas. Oh, cuánto dolor, cuánta aflicción, cuántas ilusiones devastadas recorren la atmósfera, enmarcadas en las facciones de los desdichados que velan al difunto, Pablo Rivas.  
En la casa se encontraban Roberto y Luisa, hijos de Pablo; y Estefany, la desdichada esposa del difunto, quien era la que más lloraba y más sufría, por su debilidad de resignación. Pobre y malaventurada Estefany, quien pactó con su esposo protegerse el uno al otro, mas ella no pudo cumplir, por culpa de la muerte, quien irrumpió y se llevó aquellas promesas y aquellas alegrías que alguna vez perduraron y hoy se marchitaban.  
Los intercambios de palabras eran pocos y por lo general, relativos a la tragedia. Nadie durmió en toda la noche, pero tampoco hicieron algo novedoso o entretenido para mantenerse despiertos. La zozobra fue el único estimulante que les impedía dormir, puesto que desde aquel día no volverían a soñar.   
Dieron las doce del día siguiente. No había desayunado, por lo que todos debían volver a la cotidianidad –sin alejarse de la tristeza, ya que esta era imposible de expulsar por entonces–. Cada uno lo hizo, menos Estefany, quien se quedó sentada en la mecedora, cerca al ataúd, viendo en cada momento el rostro pálido de su amado.  
Por voluntad de Pablo, se le veló en su cuarto, donde dormía junto a Estefany. Ello hizo más sencillo que la mujer se quedase allí; pudo haber estado incluso en otra casa y aun así no hubiese abandonado el lugar. La pesadumbre la tenía apresada, semejante a una araña que atrapa a su presa con los gruesos hilos de su telaraña, siendo Estefany presa de la pena. En el fondo era ella misma quien quería quedarse apresada; ello le brindaba paz, una paz caótica y dolorosa, aunque al final era lo que quería, por ende, pese a hacerle mal, también le hacía bien.  
Pasada una hora, Luisa llegó con un tazón de sopa en la mano, ofreciéndoselo a Estefany; sin embargo esta no lo recibió. La desidia le impedía aceptar cualquier escaso nutriente para su cuerpo que conllevase un esfuerzo muscular, por más mínimo que resultase; salvo el del lamento. El lamento era la única acción que toleraba su cuerpo hasta entonces. Luisa le rogó mil veces y no consiguió que su pobre madre le admitiese la comida. Tuvo que resignarse a dejarlo en la cocina enfriándose.  Sus hijos entendían por qué no comía, lo entendían muy bien. Pese a que no querían verla de tal forma, debían aceptar su voluntad de apatía.  
De igual manera ocurrió en la noche. La pobre no se despegó del lado de su marido, casi sin espabilar. La indiferencia hacia su entorno y existencia seguía firme, encadenada a ella por la aflicción. Le insistieron, rogaron, recalcar y no consiguieron más que desgana, cuya preocupación les causaba.  
Los crepúsculos avanzaron y a ellos los acompañaron la actitud de Estefany. De vez en cuando le llevaban agua y era eso lo único que ingería, a medias. Roberto bregó charlar mucho con ella para que comiese y después convencerla de abandonar el cuarto y abandonar la mentira, y a Pablo... Al inicio al menos le oía, con las mismas expresiones de melancolía, empero, al llegar al punto en que le hablaba sobre Pablo, esta desistió y exasperada lo echó. Aquello le irritó hasta tal punto que se encerró en la habitación y más nunca volvió a abrir la puerta, ni siquiera para recibir agua. Tuvieron que darle la comida (que consistía en granos de arroz y agua) en una botella de plástico delgada, por medio de un hueco estrecho que había en la pared, arrojándosela. Roberto t Luisa, sospechaban que a veces no comía durante largos periodos.   
–¡Él no ha muerto! –gritaba constante, repitiendo las mismas frases cada vez que querían hablarle o ingresar–. ¡Déjenos en paz!    
Los familiares pensaron que se había vuelto loca, perdiendo a esa mujer que en el pasado fue tan feliz y jocosa. Les dolía mucho el ser protagonistas del cambio de aquel ser amado, el cual nunca creyeron ver en tales condiciones, sin ser ella misma consiente de aquellas alteraciones. Y, al ellos comprenderlo y analizarlo a diario, les hería cada día, cada avance de demencia, sin solución alguna; resignación, solo resignación y lamentación era a lo que podían acudir.
Pasado un mes ya no tenía caso el dialogo o el imaginar una utopía en la que Estefany abriese la puerta, y llegase a abrazarlos y todos se juntasen a reír y lagrimear. La cólera en el hogar aceleró cuando, una vez, Luisa, al pasar por el cuarto, le pareció oír un ruido extraño y posó su oído sobre la puerta. Sí, tenía razón: había un ruido extraño, era la voz de su madre. Se asombró al escucharla, pareciendo que hablase con alguien más que estuviese presente adentro:
–Ay, Roberto y Luisa no me creen –decía, desconsolada–. Quizás crean que me estoy volviendo loca, o que lo estoy. No me importa, pues quieren que te olvide y no pasará; no te preocupes, no pasará. Yo te esperaré y ambos esperaremos el tiempo indicado que se nos dicte.  
Anonadada y desconsolada se sintió, al notar que su madre imaginaba que hablaba en verdad con Pablo. Oh, pobre y miserable Estefany, que bajo la demencia y la soledad recurría a tal acto. Luisa se alejó del umbral para evitar imprudencia.
“Debemos hacer algo –pensó Luis–. En parte está así por nuestra culpa”. Buscó a su hermano y le contó lo escuchado. Este demostró consternación. Se puso a indagar en ideas o soluciones al problema y no dio con nada. Angustiado ante la imposibilidad de alivio, una opción que le acompañaba desde hacía mucho –por la cual no deseaba optar–, revivió y tuvo que acudir a ella, sin mayor remedio.     
–Debemos derribar esa puerta, Luisa –le expresó–. Eso fue lo que debimos haber hecho desde el principio.
–¡No! –le contradijo Luisa–. No podemos irrumpir, aquello la haría sentir peor. ¿No vez que atentaríamos contra su privacidad y…? 
–¿Qué importa aquello? No vez cómo está. Debemos hacer algo.
–Créeme que yo también quisiera poder hacer algo que ayudase, e igual me choco ante la desesperante imposibilidad, similar a ti, hermano. Pero, dime, Roberto, si acaso sería justo que, estando mamá como está, faltásemos al respeto a su anhelo, sabiendo que esa locura es su elixir de vida. A mí también me duele verla en esas condiciones. Aun así, ¿dime qué podemos hacer? Ya no hay regreso, y lo mejor es que le respetemos su derecho a ser feliz, pese a que nuestra pesadumbre surja mediante el brote de su alegría, siendo ella ignorante ante la realidad de que aquello le lastima. Mas, pese a ser una dicha falsa, si es dicha al final, ignorando su realidad, vale la pena otorgarle esa consolante felicidad. Es doloroso para nosotros; aunque al menos ella sonríe. Piensa, hermano.    
Roberto quiso refutarle. Su querer no pasó de eso y ante la comprensión se resignó. Ambos llegaron al acuerdo mutua, y entre ambos sostendrían a su madre, hasta que la demencia acabase con ella –o con ellos–, aceptándole ese capricho, olvidándose de ellos y pensando más en ella –quizás erróneamente, o quizás fuese lo mejor después de todo–. Sabían que la demencia resultaría sucumbiendo a su malaventurada madre. ¿Cuándo? No podrían afirmar, ojalá fuese tarde, muy tarde, era lo único que opinaban. 
El tiempo no se detuvo y tampoco la demencia de la anciana y menos sus monólogos, con los cuales combatía la soledad y la desesperación que por momentos la atrapaban, exclamando gritos y llantos, rogando por piedad a Pablo y este pareciese que siempre consiguiese calmarla, puesto que tras los ruidos plañideros cesar, ella le daba las gracias a un sujeto, al cual manifestaba cariño. ¿Quién más sino su esposo?    
Una mañana, luego de varios sufrimientos, había llegado el día, el día del luctuoso final, en el que el pesar de todos acabaría, empezando quizás uno nuevo. Esa mañana, con la llegada del invierno, donde el gélido viento sacudía las cosas y estremecía cualquier cuerpo, fuese animado o no, inspirando turbaciones y malaventura. Luisa, junto al umbral de la habitación donde se encontraba Estefany, iba a dejarle una botella de agua, cuando la escuchó hablar. Esto no era algo innovador, sin embargo, lo inquietante subyacía en el tono de la voz de ella y lo que expresaba. Estaba impaciente, hablando constante sobre un abandono, sobre una marcha.
“¿Se habrá resignado y curado?”, se preguntó Luisa, positiva y anhelante. Corrió en la búsqueda de su hermano y cuando lo encontró, ambos arrimaron a oír el monologo de Estefany. Luisa seguía oyendo la misma idea, cerrada en la ilusión de que estaba a punto de cambiar. Sin embargo, para Roberto no. Él veía un panorama diferente, se le hacía extraño tal cambio, si nada más ayer le habían llevado agua y hasta los insultó. “No, ha de ser imposible; raro”, dijo Roberto.  
–Mamá –llamó Luisa a la puerta–, queremos…, queremos saber si estás bien. ¿Deseas salir?
Nadie respondió a su llamado. Un mutismo incómodo y sobrecogedor rodeó la atmósfera, por lo que la muchacha reiteró sus intenciones.
–Por favor, mamá –y el silencio continuó.   
Ambos esperaron, durante minutos. Luisa no perdía la ilusión; su intuición le dictaba que existía un cambio próximo a realizarse y ella era alguien que creía mucho en lo dictado por la intuición. Aquello la llevó a conservar su disposición, pese al patetismo de Roberto. Él se disponía a marcharse tras tanta espera, cuando, al oír un ruido, Luisa lo detuvo y le hizo recostar su oído en la madera y prestar atención.    
–¡Pablo! –gritó Estefany–. ¡Pablo, oh Pablo! ¡Ay, querido, no sabes cuánta falta me hacía verte así!
–Esto ya es el clímax: alucinaciones –expresó Roberto, desanimado. Luisa frunció el ceño, triste, en forma de desacuerdo y cólera. 
–Pero, Pablo, cómo puedes decirme eso. ¿Por qué, querido? ¡No! ¡Por qué! Decidme en qué fallé –la voz de Estefany cambió, horrorizada y confundida–. ¡No, Pablo! ¡Por favor, te suplico! –Lanzó diversos gritos de miseria y horror más.  
Los hermanos se aterraron y, exasperados, se dispusieron a tumbar la puerta.
–¡Qué te pasa, mamá! –gritaron–. ¿Quién intenta herirte? ¡Déjala en paz, desgraciado!     
Alaridos, llantos y lamentos sonaron lacerantemente con gran intensidad, los cuales rodearon toda la atmósfera, engendrando el horripilante canto de la muerte y de la desgraciada pesadumbre en ese momento, atormentando la paciencia de los individuos que estaban afuera de la habitación, quienes tenían las peores imaginaciones sobre lo que podría desatarse ahí dentro.  
De repente, escucharon una voz nueva. Era de hombre, aunque no podía pertenecer a Pablo, ya que esta era más ronca y distorsionada que la de él. Esta creaba pesadillas con tal solo oírla, por lo tétrica y enigmática, tan estentórea como los estruendosos truenos, capaces de sobresaltar por el escalofrío que transmiten en su resonar. Estefany imploraba consideración, llorando desesperada.
Roberto y Luisa bregaban y no lograban pasar, era como si la madera fuese metal color café en realidad.
–¡No, por favor! ¡No me hagas esto, no quiero que las cosas se den de esta forma! Pablo, esto no era lo que habíamos acordado. ¡Tú no eres Pablo, demoniaco ser! –Estefany iba a vociferar un “no, empero su pronunciación fue interrumpida. Segundos después, en su lugar, un indescriptible y horrido grito fue expulsado, tan intenso que pareció que sus cuerdas vocales hubiesen muerto después de tal sonoridad tan inhumana.  
La cólera y la agonía devoraron a los hermanos y gracias a ello, Roberto terminó destruyendo la puerta, a punta de bruscos golpes. Sin embargo, fue en vano, puesto que lograron su cometido tras haber finalizado ese periodo de voceríos y sollozos.  
Cuando entraron, pasmados, desconcertados, vieron el cuarto, estropeado caóticamente. Aterrados y afligidos, observaron a Estefany, quien estaba en el ataúd, pálida e inerte, con facciones de horror petrificadas en su rostro, y heridas por todo su cuerpo, mientras que del cadáver de Pablo no encontraron rastro alguno.    

FIN.


sábado, 5 de agosto de 2017

Relato 34: "El castillo inflable"

En el parque Providence, había un castillo inflable, el cual estaba próximo a ser inaugurado. Tras varios días y noches, bajo la luz de los astros, y la soledad y la calidez del día y la lobreguez de las noches, perduró allí, intacto, hasta la fecha de su estreno. Muchas madres hacían fila para llevar a sus retoños a esa atracción, pensando que de esa forma los muchachos y ellas se alegrarían.
El castillo inflable no era uno más de esos juegos sencillos que pudiese haber en el espacio. Era más que eso, destacando por su singularidad. Media doce metros de alto y seis metros de ancho, y seis y medio de profundidad, siendo una construcción monumental a comparación de las otras del sector. De deprimentes colores, y asemejando la estructura de un palacio tanto en el exterior como en su interior. En la parte alta del frente yacía la cara de un pequeño con una especie de corona blanca, que daba un extraño toque de misterio.   
Betzy, a diferencia de las demás, no quería tal cosa. Aquello le inspiraba desconfianza y hasta terror. Aquella tarde de mayo, mientras llevaba a Daniel de la mano, no pudo evitar pasar por donde estaba aquel gigantesco castillo. Al pequeño la imagen de eso le asombraba, y llevado por la curiosidad y sed de diversión, le rogó mil veces a su madre, hasta que esta cedió ante sus numerosas súplicas –sin perder la reticencia–. Lo dejó ir a jugar en esa “cosa extravagantemente aterradora”.   
Formando, seguía una escaza gota de aquella idea de recelo viva en su interior. Ver a los demás montar a sus hijos en eso, como si fuese un simple carrusel. Quizás sí lo fuese y en realidad todo fuese psicosis exagerada de ella, guiada por la exasperante sospecha, que resulta ser vana. Las demás mujeres, las cuales estaban a su lado, le transmitieron pasividad. Intentó pensar que aquello resultaría ser una mera experiencia divertida, para Daniel; no obstante, ese recelo no se marchaba y ni se marcharía… por cuanto hiciesen.   
–¡Pasen, pasen al castillo de la diversión! –decía el encargado y organizador del negocio, mientras recibía el dinero–. Cinco dólares por quince minutos. ¿Quiénes adentrarán a sus pequeños?
Una vez encomendado al organizador, Betzy decidió irse a buscar asiento, donde hubiese sombra, pero cerca del sitio, para poder vigilar a su hijo.  
Pasaron cinco minutos y solo se oían carcajadas y gritos risueños. Daniel se contentaba con cada vuelta y corrida que daba a través del palacio, saltando sin rumbo alguno. Luego, pasaron ocho minutos y entonces el miedo volvió a tomar materialización. Betzy fue poniéndose nerviosa e intranquila, hasta que llegados los nueve minutos, sintió una punzada en su corazón y, tras ese descanso, se explayó de él y se dirigió al castillo. Caminaba a paso lento, debido a un malestar inexplicable. La atmósfera se había tornado de un acongojante gris febril. Su vientre le dolía, aun así continuaba; estaba en una abstracción, donde lo único verdaderamente importante y de preocupación era esa atracción, esa tétrica atracción, responsable de esos dolores que sentía en el momento. El cielo giraba alrededor suyo, sin poder distinguir entre las nubes y el cielo azul, cuyo color mutaba a gris. No reconocía a casi nadie; con esfuerzos localizaba el castillo y al organizador. Dolor, mucho dolor, cuánto dolor causaba esa agonía de avanzar, avasallada por la pesadumbre, tanto física como mental. Ese monstruo inflable era el responsable. Sí, lo sabía y no tenía duda, y lo peor era que dicho monstro estaba muy cerca de su niño, incluso más que ella.  
Estaba segura que ya habían pasado los quince minutos –incluso más–, puesto que se duró mucho su recorrido, el cual resultó ser una travesía febril. ¿Por qué no detenían el juego? ¡Debían detenerlo! ¿No veían que ya se había acabado el tiempo y por cada segundo transcurrido, la pobre sufría, sin siquiera poder ver cómo se encontraba el pequeño Daniel?   
Entre tantos gritos plañideros de infantes desdichados, y alaridos que se creaban en su mente, abrumándola más, al fin llegó al castillo. Posada en la entrada, luchando contra las aflicciones que retenían su cuerpo, restándole considerablemente fuerzas, intentó entrar, mas no pudo. Sus ganas y esperanzas no eran suficientes para penetrar esa mazmorra. Los gritos no cesaban, igual que sus sollozos. En medio de esa aglomeración sonora, distinguió la voz de Daniel, quien le imploraba ayuda. Ella, agobiada ante la imposibilidad, no podía hacer nada más que echarse a llorar, mientras le prometía al niño ayudarlo.  
– ¡Daniel, Daniel, resiste Daniel! –repetía al pequeñín.  
De repente, ese castillo comenzó a estrecharse. Los niños corrían por todas las zonas del interior, desesperados por salir. Unos en la entrada, obstaculizándola, sin conseguir penetrar esa especie de puerta invisible que los separaba de la realidad, apresándolos en la horrífica fantasía que yacía en el interior. Otros, trepando bregaban llegar a la cima del palacio, para quizás después, tirarse desde lo alto, o quizás solo por correr y desahogar esa agonía durante la huida. Voceríos y gemidos inundaban la atmósfera, la cual, cada vez se tornaba más gris y más estrecha.  
Betzy hacía miles espavientos, sin lograr hacer algo en realidad. Volteaba a ver hacia todas las direcciones y nadie le ayudaba. Era como si los demás estuviesen ciegos o no les importase lo que ocurría. 
– ¡No ven la atrocidad que está ocurriendo ahí adentro!
Pero no, al parecer ellos no veían tal atrocidad o no les importaba.
–Por favor, que alguien haga algo. ¡Ayúdenme, por Dios!
Sin importar cuántos lamentos expulsara, cuánta misericordia pidiese, estaba ella sola frente a una adversidad trágica, que no le permitía actuar, solo admirar el vil caos.  
Esa execrable mazmorra continuaba, cada vez a mayor velocidad, estrechándose. Todos los niños quedaron demasiado juntos, aprisionados, chocando los cuerpos unos contra otros. El palacio titiritaba mientras seguía con su reducción. Y siguió de tal manera, hasta que al final no quedaron más que restos de masas deformes, rodeadas de sangre, esparcida por todo el espacio, entre ese cataclismo de cuerpos desmembrados. Una imagen bastamente horripilante, mórbida y luctuosa, sin poderse describir el grado de terror y zozobra que expresaba tal escena.  
La pobre y malaventurada Bezty, la pobre e ignorante Betzy, no pudo más que echarse a llorar; llorar con intenso dolor, sintiendo un sufrimiento análogo al de los inocentes que murieron atrapados en ese calabozo. No podía despegar de sus recuerdos esas atroces imágenes, ni los melancólicos gemidos de Daniel, aquel que ya solo era materia inerte, desmembrada en forma caótica.
¡Quién le devolvería a su hijo! ¡Quién le quitaría esa herida imborrable que yacía en su ser! ¡Maldito era ese demoniaco castillo, responsable de tal masacre! ¡Malditas también las personas que estaban en el parque y no salían de su indiferencia, ni socorrían a quienes sufrían allí adentro!  
Un ruido la sacó de su abstracta lamentación. Alzó la mirada y contempló el palacio, que había quedado angostado y manchado de sangre, con nauseabundo olor y lleno de cadáveres, renacer: este iba retomando su forma originaria, desapareciendo la sangre, los cuerpos y demás, hasta quedar como antes, perfecto.



La mujer gritó, agobiada por esa rememoración de dolor. Se tiró sobre el castillo y luego rebotó por la reacción del choque, directo al piso. Las lágrimas cubrieron su visión, mientras se desmallaba, para pasar a sufrir en el sueño, acabada por el congojo. Lo último que vio, fue al organizador posarse en la entrada, atendiendo a padres, quienes ingresaban a sus hijos al castillo inflable, expresando la misma frase, cínico y alegre: “¡Pasen, pasen al castillo de la diversión! Cinco dólares por quince minutos. ¿Quiénes adentrarán a sus pequeños?”


FIN.