En el parque Providence, había un
castillo inflable, el cual estaba próximo a ser inaugurado. Tras varios días y
noches, bajo la luz de los astros, y la soledad y la calidez del día y la
lobreguez de las noches, perduró allí, intacto, hasta la fecha de su estreno.
Muchas madres hacían fila para llevar a sus retoños a esa atracción, pensando
que de esa forma los muchachos y ellas se alegrarían.
El castillo inflable no era uno
más de esos juegos sencillos que pudiese haber en el espacio. Era más que eso, destacando
por su singularidad. Media doce metros de alto y seis metros de ancho, y seis y
medio de profundidad, siendo una construcción monumental a comparación de las
otras del sector. De deprimentes colores, y asemejando la estructura de un
palacio tanto en el exterior como en su interior. En la parte alta del frente
yacía la cara de un pequeño con una especie de corona blanca, que daba un
extraño toque de misterio.
Betzy, a diferencia de las demás,
no quería tal cosa. Aquello le inspiraba desconfianza y hasta terror. Aquella
tarde de mayo, mientras llevaba a Daniel de la mano, no pudo evitar pasar por
donde estaba aquel gigantesco castillo. Al pequeño la imagen de eso le asombraba,
y llevado por la curiosidad y sed de diversión, le rogó mil veces a su madre, hasta
que esta cedió ante sus numerosas súplicas –sin perder la reticencia–. Lo dejó
ir a jugar en esa “cosa extravagantemente aterradora”.
Formando, seguía una escaza gota
de aquella idea de recelo viva en su interior. Ver a los demás montar a sus
hijos en eso, como si fuese un simple carrusel. Quizás sí lo fuese y en
realidad todo fuese psicosis exagerada de ella, guiada por la exasperante
sospecha, que resulta ser vana. Las demás mujeres, las cuales estaban a su lado,
le transmitieron pasividad. Intentó pensar que aquello resultaría ser una mera
experiencia divertida, para Daniel; no obstante, ese recelo no se marchaba y ni
se marcharía… por cuanto hiciesen.
–¡Pasen, pasen al castillo de la
diversión! –decía el encargado y organizador del negocio, mientras recibía el
dinero–. Cinco dólares por quince minutos. ¿Quiénes adentrarán a sus pequeños?
Una vez encomendado al
organizador, Betzy decidió irse a buscar asiento, donde hubiese sombra, pero
cerca del sitio, para poder vigilar a su hijo.
Pasaron cinco minutos y solo se
oían carcajadas y gritos risueños. Daniel se contentaba con cada vuelta y
corrida que daba a través del palacio, saltando sin rumbo alguno. Luego,
pasaron ocho minutos y entonces el miedo volvió a tomar materialización. Betzy
fue poniéndose nerviosa e intranquila, hasta que llegados los nueve minutos,
sintió una punzada en su corazón y, tras ese descanso, se explayó de él y se
dirigió al castillo. Caminaba a paso lento, debido a un malestar inexplicable.
La atmósfera se había tornado de un acongojante gris febril. Su vientre le
dolía, aun así continuaba; estaba en una abstracción, donde lo único
verdaderamente importante y de preocupación era esa atracción, esa tétrica
atracción, responsable de esos dolores que sentía en el momento. El cielo
giraba alrededor suyo, sin poder distinguir entre las nubes y el cielo azul, cuyo
color mutaba a gris. No reconocía a casi nadie; con esfuerzos localizaba el
castillo y al organizador. Dolor, mucho dolor, cuánto dolor causaba esa agonía
de avanzar, avasallada por la pesadumbre, tanto física como mental. Ese monstruo
inflable era el responsable. Sí, lo sabía y no tenía duda, y lo peor era que
dicho monstro estaba muy cerca de su niño, incluso más que ella.
Estaba segura que ya habían pasado
los quince minutos –incluso más–, puesto que se duró mucho su recorrido, el
cual resultó ser una travesía febril. ¿Por qué no detenían el juego? ¡Debían
detenerlo! ¿No veían que ya se había acabado el tiempo y por cada segundo
transcurrido, la pobre sufría, sin siquiera poder ver cómo se encontraba el
pequeño Daniel?
Entre tantos gritos plañideros de
infantes desdichados, y alaridos que se creaban en su mente, abrumándola más,
al fin llegó al castillo. Posada en la entrada, luchando contra las aflicciones
que retenían su cuerpo, restándole considerablemente fuerzas, intentó entrar,
mas no pudo. Sus ganas y esperanzas no eran suficientes para penetrar esa
mazmorra. Los gritos no cesaban, igual que sus sollozos. En medio de esa
aglomeración sonora, distinguió la voz de Daniel, quien le imploraba ayuda.
Ella, agobiada ante la imposibilidad, no podía hacer nada más que echarse a
llorar, mientras le prometía al niño ayudarlo.
– ¡Daniel, Daniel, resiste Daniel!
–repetía al pequeñín.
De repente, ese castillo comenzó
a estrecharse. Los niños corrían por todas las zonas del interior, desesperados
por salir. Unos en la entrada, obstaculizándola, sin conseguir penetrar esa
especie de puerta invisible que los separaba de la realidad, apresándolos en la
horrífica fantasía que yacía en el interior. Otros, trepando bregaban llegar a
la cima del palacio, para quizás después, tirarse desde lo alto, o quizás solo
por correr y desahogar esa agonía durante la huida. Voceríos y gemidos
inundaban la atmósfera, la cual, cada vez se tornaba más gris y más estrecha.
Betzy hacía miles espavientos,
sin lograr hacer algo en realidad. Volteaba a ver hacia todas las direcciones y
nadie le ayudaba. Era como si los demás estuviesen ciegos o no les importase lo
que ocurría.
– ¡No ven la atrocidad que está
ocurriendo ahí adentro!
Pero no, al parecer ellos no
veían tal atrocidad o no les importaba.
–Por favor, que alguien haga
algo. ¡Ayúdenme, por Dios!
Sin importar cuántos lamentos
expulsara, cuánta misericordia pidiese, estaba ella sola frente a una adversidad
trágica, que no le permitía actuar, solo admirar el vil caos.
Esa execrable mazmorra
continuaba, cada vez a mayor velocidad, estrechándose. Todos los niños quedaron
demasiado juntos, aprisionados, chocando los cuerpos unos contra otros. El
palacio titiritaba mientras seguía con su reducción. Y siguió de tal manera,
hasta que al final no quedaron más que restos de masas deformes, rodeadas de
sangre, esparcida por todo el espacio, entre ese cataclismo de cuerpos
desmembrados. Una imagen bastamente horripilante, mórbida y luctuosa, sin
poderse describir el grado de terror y zozobra que expresaba tal escena.
La pobre y malaventurada Bezty,
la pobre e ignorante Betzy, no pudo más que echarse a llorar; llorar con
intenso dolor, sintiendo un sufrimiento análogo al de los inocentes que
murieron atrapados en ese calabozo. No podía despegar de sus recuerdos esas
atroces imágenes, ni los melancólicos gemidos de Daniel, aquel que ya solo era
materia inerte, desmembrada en forma caótica.
¡Quién le devolvería a su hijo!
¡Quién le quitaría esa herida imborrable que yacía en su ser! ¡Maldito era ese
demoniaco castillo, responsable de tal masacre! ¡Malditas también las personas
que estaban en el parque y no salían de su indiferencia, ni socorrían a quienes
sufrían allí adentro!
Un ruido la sacó de su abstracta lamentación.
Alzó la mirada y contempló el palacio, que había quedado angostado y manchado
de sangre, con nauseabundo olor y lleno de cadáveres, renacer: este iba
retomando su forma originaria, desapareciendo la sangre, los cuerpos y demás,
hasta quedar como antes, perfecto.
La mujer gritó, agobiada por esa
rememoración de dolor. Se tiró sobre el castillo y luego rebotó por la reacción
del choque, directo al piso. Las lágrimas cubrieron su visión, mientras se
desmallaba, para pasar a sufrir en el sueño, acabada por el congojo. Lo último
que vio, fue al organizador posarse en la entrada, atendiendo a padres, quienes
ingresaban a sus hijos al castillo inflable, expresando la misma frase, cínico
y alegre: “¡Pasen, pasen al castillo de la diversión! Cinco dólares por quince
minutos. ¿Quiénes adentrarán a sus pequeños?”
FIN.

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