Cada
mañana al despertar, me veo al espejo y comienzo a meditar, allí, frente a mi
reflejo, porque sé que delante de mí mismo no tengo cómo engañarme. Me quedo de
pie durante largos minutos, reflexionando sobre mi vivir y sobre lo que podría
llegar a ser y lo que no es. Al terminar mi discurso frente al cristal, mi
cerebro recuerda lo que vivió la noche anterior, lo que recreó durante el sueño.
Solo en él es que logro recobrar fuerzas y esperanzas, viviendo alternas vidas,
obteniendo satisfacción y a veces desdicha, consiguiendo un perfecto equilibrio
que me anima a continuar; me anima más que el infierno en el que vivo al
despertar. En el mundo original, ajeno al onírico, experimento constantes
cataclismos, perdurando más el negro que el blanco y pese a buscar un gris,
siempre los tonos terminan sin brillo alguno. No es que esté lleno de puras
desgracias; no obstante, no hay comparación alguna entre las bellezas de ensueño
y la rutina.
Durante
mi estadía en los sueños, en algunas vidas soy un millonario, y aprovecho ese
momento para disfrutar de todos esos lujos que nunca obtendré, regocijándome
mediante la felicidad material, sin envidiar a los del poder o del dinero,
mientras recuerdo mi paupérrima existencia. Cada que entro a esa vida, que es
cada dos semanas aproximadamente, recorro la enorme mansión y a veces me gusta
ir a los casinos, y hacer uso de los lujos que poseo allí. Oh, qué delicia el
dinero cuando se tiene. Al mirarme en el espejo de esa mansión me veo con un
bigote canoso, largo, pocas cejas y con espaldas anchas, siempre de saco y
corbata.
En
otras ocasiones, me adentro al cuerpo de un vagabundo, con harapos viejos, de
cabellos enmarañados y emociones inestables, asechado por la miseria y la
agobiante pobreza, durmiendo en las calles, bajo las nubes, arropado por el
frío y el viento que me susurra en cada anochecer. Al pasar por las tiendas me
veo en las vitrinas de los negocios y logro analizarme. Tras ser presa del
hambre y la desesperación, terminó sollozando y quejándome, colérico.
En
otros, soy un estudiante, y disfruto tras cada ida a la universidad,
apropiándome de diversos conocimientos, deleitando mi cerebro con la filosofía,
la física, la literatura y demás temas que me resultan apasionantes. En otra
vida, soy el protagonista de una novela de romance, donde paso por un sinfín de
odiseas, provocadas por el amor, abarcando diversas dichas, desidias, angustias
y malaventuras, llenándome de varios sentimientos provocados por la
majestuosidad de los viajes oníricos.
He
llegado a ser un artista, lleno de ideas y ocurrencias, plasmándolas ya sea en
letras, en un pinturas, en canciones, esculturas, etc. También científico o
guerrero antiguo. He tenido extensas y variadas aventuras en cada uno de los
sueños que he tenido, y lo mejor es que recuerdo cada una de ellas a la
perfección, como si hubiesen sido reales, apegadas a mi realidad, sin escaparse
de ella, siendo algo más que simples ficciones creadas por los efectos de
dormir.
Admito
que he llegado a dudar sobre la inverosimilitud de ello, o a la vez llegar a
poder afirmar la veracidad de mis aventuras. Y estos interrogantes fueron
comprobados luego de aquella mañana en la que me desperté y me quedé clavado en
el espejo, inquietado, sin razón.
Ese fue el primer día en años que no tuve recuerdo alguno sobre lo que soñé, llevándome a sentirme raro desde el primer instante de conciencia. Me dispuse a sentarme al costado de la cama y me quedé pensando –no sé en qué o por qué–, hasta que un sonido me devolvió a la realidad. Miré hacia la pared derecha y la creí ver de un nuevo color, y la cama… tenía la misma apariencia que la mía, pero… era diferente, en algo, no sabría explicar pero había cambiado en algo. Me alejé de esas divagaciones y salí del cuarto. Al poner un pie en el pasillo, un frío de confusión me sacudió, llevando a incrementar mi absurda exasperación. Tenía miedo y extrañez, sin saber por qué; veía sombras o al menos creía verlas. Gritaba y gritaba, esperando respuestas o calma, y nada: nada ocurría y nada se inmutaba, persistiendo el angustioso silencio y la atmósfera de aprensión.
Al
llegar al espejo, ubicado junto a la salida, la calma volvió a mí –no por
completo, aunque sí una minúscula porción–. Al parame frente a él y contemplar
mi reflejo, varias voces me susurraron, en una sonoridad suave. Me quedé ahí,
viéndome a los ojos, sin moverme, con la mirada clavada en el reflejo de mis
pupilas. Solo hasta entonces me percaté por primera vez en mi vida de las ojeras,
de las cicatrices, de la infelicidad que tenía plasmadas en mi rostro. El
entorno tomó singular forma, alterándose los colores y el diseño del lugar, en
una mezcla de paisajes y colores amorfos, demasiados atípicos para ser descritos
acertadamente.
Detrás
de mí, las sombras que pensé haber visto, regresaron y fueron tomando forma
tridimensional. Se acercaban, como zombis persiguiendo a alguien vivo, siendo yo el
próximo a morir, para unirme a ese conjunto de seres tétricos. Me hablaron y
distinguí el tono de aquellas voces: era mi propia voz, pero en diferentes
matices. Posaron sus brazos sobre mis hombros, una a una, hasta que sus rostros
tomaron formas, generándome mayor horror. Me sorprendí y quise gritar al ver en
qué se transformaron, al contemplar a los seres que estaban a mis espaldas,
reflejándose en el espejo. Ellos eran yo, cada uno era la representación de las
diferentes vidas de los distintos sueños que llegué a tener. El rico, el mendigo,
el estudiante, todos ellos estaban allí, viéndome.
Ahora,
los bramidos emergieron de mi garganta y me dispuse a ser carcomido por la
exasperación. “Es esto otro sueño”, me dije. Sin embargo, cuando ellos me
tocaron y yo intenté romper el espejo, comprendí, y el horror del conocimiento
se apodero de mí, hundiéndome en esta aflicción de ensueño. Entendí que en
verdad aquello era un sueño… Era un sueño del cual no podría despertar más,
pues ahora me había encontrado con cada una de mis vidas, para estar junto a
ellos en una misma zona, en un mismo sueño, para yacer para siempre en las
moradas oníricas.
FIN.

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