viernes, 7 de julio de 2017

Relato 31: "Los otros hombres"


Muchos han de mostrarse pesimistas ante la veracidad de lo que he de contar; lo comprendo, debido a lo lejos y a la vez tan cerca, que se encuentra de la realidad tal acontecimiento tan tormentoso y fantástico. El lúgubre terror de aquella noche aún reside en mí y esa marca jamás se marchará, de la misma forma que aquel recuerdo nunca me abandonará.  
Cuánto temor, cuánta confusión y pesadumbre cuando, tras una noche de copas, al acabar la excitación y el gozo, emprendí marcha hacia mi casa, extraviándome en el vano camino que tomé, por culpa del excesivo licor ingerido, el cual durmió mi raciocinio e inteligencia. De milagro era consciente de que respiraba y me movía, sin distinguir muy bien las cosas que veía. Perdido en la carretera, sin saber siquiera adónde iba. El frío era arrasador, no había espacio para el miedo, gracias a dicho febril extravió mental. Empero, más adelante lograría tal emoción emerger, pese al alcohol.
Después de mucho caminar y de rogarle a los astros que me guiasen, di con una morada, de dimensiones chica y estado deteriorado. Impulsado por el desespero, ingresé a ella. Estaba desalojada y al parecer desde hacía mucho tiempo. Analicé la sala, sin lograr notar característica alguna en realidad, con la poca atención que podía brindar en medio de mi ebriedad. Me desplacé por el corredor, hasta llegar al baño, que quedaba al final. Durante esa caminata sentía cómo mis neuronas y mi consciencia iban renaciendo poco a poco.   
Regresé a la sala y me acosté en uno de los sillones, acabado e incómodo. Cerré los ojos y cuando, estando a pocos metros del valle onírico del placentero descanso, un ruido me interrumpió y me levantó, reticente y alarmado. Fue un sonido bajo y entrecortado, como un silbido que es interrumpido. Me dispuse a revisar los cuartos, susceptible a tener que defenderme contra cualquiera que haya irrumpido en el lugar. Entré al cuarto que quedaba de segundo hacia la derecha, y nada. La desconfianza comenzó a agobiarme cuando noté que este estaba vacío, sin ningún objeto en él. Pasando la linterna por las paredes de, el silbido volvió a sonar, me volteé raudo y alcancé a ver la sombra de aquel que había pasado por allí. Corrí, al regresar al pasillo volví a ver esa sombra, entrando a la cocina. A paso lento, con un destornillador de pala en mano como arma única –el cual cargaba siempre conmigo–, inquieto y perturbado. Mientars avanzaba por el pasillo, sin importar ese negruzco color que cubría la atmósfera, al ver hacia las paredes, con el rabillo del ojo, asustado, me pareció ver una figura y al girar, pude comprobar que a mis costados, en cada lado, había dos hombres, de iguales cualidades, quizás en verdad fuesen muy parecidos o quizás fuese por la oscuridad que se veían análogos. Lancé un grito y di un salto hacia delante, huyendo y cuando me levanté y giré la mirada hacia donde estaban, no los encontré. Esta vez la confusión aumentaba y dirigía mi vista hacia todas partes, exasperado al darme cuenta que ya no era uno, sino que eran dos, quienes estaban en la morada, junto a mí, atentando contra mi paciencia y tal vez también contra mi vida.  
Me encerré en el cuarto más cercano, no sin estudiarlo con la linterna. Me asusté de nuevo al ver que ese cuarto, igual que el otro, estaba vacío.  
Escuché otro silbido, no sabía si salir a buscar o salir a esconderme o quedarme simplemente donde estaba; aunque tarde o temprano tendría que salir. Con la linterna fui examinando el lugar. Mi pánico fue en aumento al ver en una esquina a otro hombre. Sin importar la paciencia y quietud que este expresaba, la intranquilidad me atrapó. Impulsado por el abatimiento me lancé sobre él con el destornillador, sin importarme lo que ocurriese después. Grité fervoroso y en su pecho le clavé el destornillador. Sonó un crack en el momento en que le penetró. Solo eso, eso y nada más: él ni se movió, se quedó así, viéndome y sin expulsar sangre siquiera. Parecía que hubiese sido yo a quien penetró el arma. Aquello me aterrorizó más. Olvidándome del destornillador, ante tal reacción, salí rápido, ahora con pocas esperanzas de sobrevivir, pues eran tres, y con los nervios coléricos y estresados. Terminé en la cocina, sabiendo que debía dirigirme directo hacia la salida.
Si eran tantos ¿por qué no venían a por mí? ¿A qué se debía tal comportamiento? ¿Buscaban tan solo espantarme o algo por el estilo? ¿O su método consistía primero en la tortura psicológica de la víctima, antes de proseguir a realizarle el mal que pretendieran a esta?  
La batería de mi linterna se acababa, para crecimiento de mi desgracia. Con ella, en la cocina, enfoqué a otra persona; tenía la misma camiseta del último individuo que vi y no había forma de que fuese el mismo, debido al tiempo que le hubiese llevado llegar antes que yo a dicho sector; además, tenía gran atención prestada a la entrada de la cocina. Al ladear mi linterna vi a otro, y poseía también la misma camisa azul y me pregunté si, en realidad no serían los mismo dos del pasillo.  
Acongojado, exasperado y agobiado, no se me ocurrió otra idea mejor que correr, sin importar lo que hubiese más allá del pasadizo. En cuanto di el primer paso, la batería de mi linterna murió, entregándome a las tinieblas, sacrificándome a la desgracia que resultaba quedarse ausente de luz, que me guiase en ese momento, desamparado de iluminación y de esperanzas o calma. Esforzándome, podía distinguir la silueta de los objetos, entre la oscuridad. Mientras atravesaba el corredor, vi dos siluetas posarse en el umbral de este, justo donde empezaba la sala. Pensé en virar hacia alguna habitación, pero había otros dos a mis costados y me fue imposible. Aunque yo corriese parecía que ellos fuesen volando, sin demostrar fuerzo en mi perseguida, yendo a mi misma distancia. Emprendí huida entonces hacia mis espaldas, cada vez más zozobrado por lo que imaginaba sobre mi destino, sin llegar a dar conclusiones concretas, pudiendo afirmar únicamente –con enorme convicción– que sería nefasto, demasiado nefasto. Mi paz murió cuando vi a otros dos esta vez al frente de mí, a ciertos metros de distancia. Parecía que corriesen hacia mí, pero sin moverse de su sitio.
Luego, otro hombre apareció a mi derecha; y luego otro a la izquierda, y otros dos en los costados, más adelante, hasta estar todo el pasillo conformado por un gran muro humano que me rodeaba, sin darme anhelos de ilusión. Me entregué a la resignante perdida y, sin poder hacer nada más que implorar piedad o recurrir al desahogo, lancé alaridos y lamentos, arrodillado ante ellos, malaventurado, esperando misericordia de quienes me rodeaban, perturbando en mi paciencia, la cual había mutado a horror. Los veía hacer movimientos, como si se acercasen, pero sin avanzar, confundiéndome y alterando, desesperándome y causando demencia en mí, exasperado ante tal agobio. ¿Lo hacían por verme sufrir, torturándome de tal forma tan singular? Me buscaba a desplazar hacia todos los lados, sin poder dar más de dos pasos, cayendo siempre en la imposibilidad de escape. Pese a estar el entorno cubierto por la oscuridad, podía distinguir sus facciones, viéndome con esos ojos taciturnos. No lograba enfocar a la perfección sus rostros, sin embargo, se me hacían todos muy similares, pensando en medio de ese caótico terror. que alguna vez había vista esa cara, que poseía cada uno de ellos. Entre llantos y gritos, impulsado por la acumulación de cólera, pesadumbre y tormento, corrí hacia la sala, abalanzándome sobre los que me bloqueaban el camino. Sin saber qué habría de pasar, imaginando que caería sobre ellos y luego entre todos me atraparían y golpearían… al hacerlo, caí directo al piso, como si los hubiese traspasado, semejantes a fantasmas. Miré hacia atrás y una insignificante porción de felicidad renació en mi interior, pudiendo crear ahora utopías sobre mi destino, al no ver a ninguno de aquella aglomeración, que hacía un momento me rodeaba.   
Presuroso, me dirigí hacia la puerta y cuando llegué a ella, un golpe me devolvió. Escuché un silbido extendido. Después, adolorido y casi dormido por el golpe, vi unas manos que me agarraron del cuello y después, entre una sonrisa demoniaca, alguien chocó su cabeza contra la mía. Cuando recibí ese estruendo pude sentir en mi cráneo, no el contacto de otra cabeza, sino el choque doloroso contra un duro cristal, cuyo impacto me privó al instante.
Desperté por la mañana, pocas horas después de que el sol se posase en el éter, que se veía tan desordenado ese día. Me toqué la frente y sentí gran ardor. Admiré la casa en la que había vivido tal experiencia tan horrífica y leí en un cartel, el cual no había notado en la noche: “Casa de los espejos. Clausurada. Prohibido el ingreso.”  
Horas después, al llegar a casa, fatigado y confundido, intenté darle un orden y explicación racional a ese absurdo caos que había sufrido. Estando en mi hogar, solo entonces pude ver las diversas heridas, que terminarían en cicatrices, las cuales obtuve tras ese choque. Quizás aquello fue imaginación o algo similar. Eso sería una forma sencilla de resumir esa experiencia. Pero no, yo sé que fue real, y, pese a mi ebriedad, no descarto tal veracidad. ¿Acaso este horror, marcado en mis recuerdos y mi semblante, que me acompaña hasta hoy y acompañará hasta la tumba, no es prueba de ello? En mi extravío por una respuesta, llegué a la conclusión que, es mejor dejar todo sin respuesta. Desde entonces ya no soy el mismo. Ya ni siquiera me miro al espejo, puesto que, la sonrisa demoniaca que veo, me regresa al recuerdo de esa atroz noche.  


FIN.

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