sábado, 15 de julio de 2017

Relato 32: "Sangre azul"



Oyen un ruido que sirve de telón para la manifestación del horror. La cena, el punto único del día en el que hallan paz, es perturbada por la sonoridad de las balas y los gritos de las personas corriendo atemorizadas, desesperadas, intentado huir a una muerte impuesta por los desgraciados forasteros liberales, que llegaron al pueblo a acabar con la bonanza, arrasando con todo a su paso por mero capricho político, enmarcado por la maldad. 
Los tres se levantan, tirando la mesa y las sillas, en fila india hacia el sótano, a resguardarse. El padre, se asoma a la ventana, angustiado, comprobando que el terror que tanto los agobiaba y del cual estaban advertidos, había llegado al pueblo. Bajan las escolares y se encierran, tirados en el piso. La madre abraza a John, su retoño de diez años y este comienza a llorar. Tomás se estresa debido al lloriqueo del niño, pues aquello podría llamar la atención de los liberales. La mujer brega a consolar al niño, acariciándolo y mintiéndole, diciéndole “las cosas saldrán bien”, cuando ella sabe que, en realidad, están condenados a morir en nombre de la política.
El hombre pide silencio, colérico, tras oír la puerta ser forzada y después destruida. Escucha las hachas desbastar los muebles, junto a las paredes, y los tiros revoloteando. Puede sentir inclusive el hacha chocar con su piel, traumatizado por los nervios y el pánico; imagina la sangre roja caer del cuerpo de aquellos de sangre azul: la de los vecinos, y la de su esposa y su hijo, y también la de él mismo. Quiere llorar pero no llega al llanto, pues recordó que si lo hace, eso sería lamentable; podría atraerlos, y así, esas visiones de un futuro cercano y funesto se harían realidad, por culpa de la imprudencia de la demostrativa de su zozobra. John, vuelve a demostrar lágrimas, y con ellas gemidos. Tomás entiende que el pobre sufre y el líquido y ruido son producto de ese sufrimiento; mas, le reitera que no es prudente hacerlo en ese momento, sin importar lo mucho que estuviese muriéndose por culpa del temor y la tristeza de imaginar malaventura y muerte.  
La mujer da con una especie de pomo y al jalarlo ve que pertenece a una escotilla secreta. Ella le comunica aquella noticia a su esposo y este se alegra ante la situación, pues, de tal forma, estaría más camuflados e incógnitos. Esa noticia además de traer esperanzas vino acompañadas de susto. Los liberales no se habían detenido en su búsqueda y por ello estaban ahora dañando la puerta que va a dar con las escaleras del sótano. Exasperado, el hombre empujó a la fémina y con sus mayores fuerzas luchó hasta que logró abrir esa cerradura que llevaba años sin ser abierta, escondida. Cuando analizó las dimensiones que poseía la escotilla, su euforia impaciente fue detenida por el impacto del inesperado tamaño del espacio, que resultaba ser pequeño, cabiendo estrechamente– solo un adulto y quizás un niño.     
Finalmente surgió un pie de entre el piso de arriba. Y así fue avanzando hasta poder presenciar toda la figura de un hombre, al cual le siguieron otros dos. Al notarlo, el padre cerró de un portazo la escotilla. Su mujer le rogaba porque no muriese, ingenua e irracional ante la situación, sin pensar en que ahora su futuro no dependía de él sino del azar, puesto que se había sacrificado para que los liberales no matasen a sus dos seres queridos, inmolándose: su vida por la de sus dos familiares, quienes lloran mientras lo ven, desesperado, buscando un sitio dónde esconderse, en medio de aquella oscuridad que empezaba a adquirir luz, debido a las linternas de los usurpadores.
Decidió hacerse detrás de una columna, rodeado por cajas, tan silencioso que intentaba inclusive aguantar la respiración, para pasar ignoto ante ellos. El único sonido que percibía era el de su corazón, que latía a gran velocidad, guiado por la cólera y congojo que lo invadía.
Había llegado la conclusión: los liberales estaban cerca de los tres, a solo siete pasos del hombre. Esculcaban y golpeaba cualquier cosa que les inquietasen, comprobando si había alguien escondido en dicho lugar. En ese momento, fue como si el espacio se hubiese caído y el viento se congelase, llevando al desdichado conservador a un poso mental de intranquilidad emocional, sintiéndose muerto sin haber sucumbido aún. Sin embargo, ese pozo, al final resultó ser cierto, y cayó él en el interior, siendo enterrado por los asesinos: los conservadores patearon las cajas que lo cubrían y entonces la desgracia llegó, cuando vieron su cuerpo, en posición fetal, temblando, zozobrado, con la mirada del terror y la desdicha pasmada en sus pupilas.  Lo último que vio, fue, el gatillo expulsando la bala que acabó con su cráneo, con su existencia. Para su irónica suerte, su muerte le había impedido presenciar cómo acabarían con su hijo y con su esposa.
La mujer, abrazada con su hijo, al oír el plomo traspasar la carne de su amado, no pudo evitar abrir la boca, lanzando un minúsculo grito de dolor. Cuando se percató de su error fue tarde; aquella expulsión de sufrimiento irreflexivo los había condenado.     
Los despiadados conservadores se divirtieron jugando con el cadáver, mientras su inspección no terminaba, convencidos de que había más sujetos en la morada, aterrados, ocultos en zona cualquiera. Sin que su sed de devastación calmasen, los conservadores comenzaron a tirar hachazos contra las paredes, pisos y objetos. Al final, la impaciente espera de la mujer y el niño, venció sobre la búsqueda inútil de los asesinos de corazón liberal. No obstante, sin quedar estos contentos, optaron por incendiar la casa, a desahogo de su fracaso.  
Los pobres conservadores suspiraron, con lágrimas en los ojos, creyendo que habrían sobrevivido al mal, mas no fue así. Al oír el fuego propagarse y sentir la temperatura aumentar, comprendieron lo que ocurría. Fue entonces cuando, en un impulso de pánico, la dama, abrió la escotilla, saliendo de ella, sin importarle que los conservadores los descubriesen –aunque aquellos habían escapado, tras comenzar el fuego–. La desesperación terminó por matarlos antes que la candela, llevando a la madre a la resignación de una lamentable defunción. Sus esfuerzos por huir, quedaron reducidos a cenizas de un optimismo derrumbado por la cruel realidad inalterable. Por más ardor que sintiesen, por más calor que hubiese, por más escombros que cayesen, la madre no soltó a su hijo de sus brazos, y allí, junto al cadáver del padre, abrazados los tres, se sentaron a llorar, mientras la atmósfera adquiría cada vez más tonos sombríos y nefastos, muriendo juntos, entre el fuego, la miseria, desgracia y pesadumbre, con el único delito de haber sido conservadores, en medio de una sociedad donde las ideologías políticas regían el futuro de las personas.  
  

FIN.

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