La intimidante y atroz sangre
corría de modo exorbitante, aumentando el pánico y confusión entre la
conciencia de Jacqueline. Lo que había comenzado como una pequeña herida,
provocada por el odio y el rencor, había desatado un incontrolable torbellino
de ira, guiado solo por los sentimientos de desprecio, que iría a dar a un
terrible final, en que, tanto Jacqueline como su madre, Jessica, acabarían perdidas,
entre la locura y la decadencia. En el caso de la primera, su daño sería tanto
físico como mental; además, fue quien empezó a desatar aquellos deplorables cambios.
Pobre, presa de la decadencia mental, pero en el fondo lo disfrutaba. No tenía
control de sus acciones, mas no sentía culpa alguna por lo que habían causado
ella y sus problemas.
La atmósfera en la cual se
encontraba, instantes antes de que colapsara su pasividad, era la de un entorno
común ante la percepción de un ser humano. Luego, su percepción se convirtió en
la encarnación de las peores pesadillas que pudiese presenciar: el daño hacia
los demás y hacia sí misma. Y lo peor era que, no podía decidir entre si
hacerlo o no. Simplemente se ejecutaron los hechos, sin la menor reflexión
sobre los actos realizables.
De la palma de su brazo izquierdo
surgió sangre en pocas dosis; no había cómo conectar aquella herida con una
explicación razonable, no recordaba haber hecho algo que le produjese aquel
derrame. Tal vez hubiera sido algún golpe que no hubiese alcanzado a percibir,
sino hasta ver el líquido rojo emigrar de su cuerpo. En cuestión de segundos,
todo su eje, en el piso, estaba manchado por sangre: la misma sangre que se explayaba
incontrolablemente por todo el cuarto. No había lógica que se pudiese aplicar a
esa situación; si toda esa sangre hubiese venido de su cuerpo, ya habría caído,
desmayada, por tanta pérdida de sangre. El líquido singular se esparcía por
todo el sector, alejándose del razonamiento y atravesando las normas de la
realidad, convirtiéndose en algo irreal y aterrador. Todo estaba lleno de
sangre: las paredes, el piso, muebles y demás materiales que se albergaban en
la zona donde se desarrollaba la acerba pesadilla. Su realidad, había sido
infectada, por el miedo que producía aquella fobia descomunal que le tenía a la
sangre. Sus nervios y el corazón, estaban acelerados, alterados.
El sudor le recorría su piel; sus
pupilas no se movían, y no lograba espabilar, tensionada por la contaminación
sanguínea del lugar. Iba a caer consumida por el horrible infierno que se
desataba alrededor. Intentaba huir, pero no había hacia dónde, la sangre estaba
esparcida por todos lados, llegando a tapar hasta la más minúscula esquina,
haciendo que el cuarto fuese un cuadrado rojo, donde dicho color se manifestaba
cada vez más en mayor cantidad. Era un rio que no paraba y la consumiría,
ahogándose entre la sangre.
El grito de su madre fue lo que
la salvó de morir entre la soledad, aunque sabía que su madre no podía hacer
nada para salvarla. Fue a buscarla. Oía su voz rogando y suplicando por perdón.
Jacqueline gritó en su búsqueda. Jessica estaba detrás de ella, desesperada,
arrodillada, y con las manos extendidas hacia ella, haciendo gestos de ruegos.
¿Cómo había llegado allí?, ¿en qué momento entró y por dónde? No importaba, tal
vez no hubiese explicación, pues ya nada tenía sentido alguno. Todo parecía
ficción, una ficción mórbida y destructora de la razón. La madre, en llantos
que no paraban, le imploraba que se detuviese, y que volviese a la realidad,
que sus problemas mentales y emocionales ya habían llegado muy lejos. Y por
razones que solo ellas dos conocían, Jacqueline caminó hacia ella, y sonreía,
una sonrisa llena de malicia, con ojos que demostraban la pérdida del control
mental.
Posó sus manos sobre el cuerpo de
su madre –las sentía más pesadas de lo normal, como si cargase algo en ellas–. Este
se empezaba a llenar de sangre; simultáneamente, las manos de la chica estaban ensangrentadas
también. Su líquido, al contrario que en su madre, no alcanzaba a cubrir su
cuerpo por completo, no pasaba de las manos y el pecho. La chica, al tocarle el
cráneo, en este surgió una herida, de forma casi que espontanea, pues Jaqueline
solo la había palpado. Tal vez el contacto y el surgimiento de la hendidura al
unísono, fue casualidad. Jessica empezaba a hacerse una con la sangre que
envolvía el sector; todo su cuerpo estaba lleno de dicho líquido y la rozadura
cada vez se hacía más notable, entre más tiempo la mano de la muchacha
permanecia sobre la ubicación del corte. Cuando la quitó, de la cisura
emigraban potentes chorros de sangre.
La perspectiva de las dos mujeres
era distinta: la mamá decía que aquello estaba mal, mas Jacqueline creía que
era “perfecto”. Se podría pensar que quizás no era Jacqueline quien hablaba,
quizás solo fuese una parte de su cerebro, que había tomado poderío y se había apoderado
de su control y estabilidad. Esa parte maligna que todos poseemos, pero que
muchos logramos controlar. Sin embargo, en cualquier momento esa parte, descontrolada,
podría desatar su presencia y desenvolverse en nosotros, condenándonos así a desencadenar
las características de la maldad humana, ante las cuales la humanidad se ha
referido como viles, psicópatas, locas, etc. Aunque, no se debe estar loco para
actuar así, no se requiere de una enfermedad para llegar a ese estado. Podemos
perder fácilmente el control de nosotros mismos, mas nos logramos estabilizar. No
importa, igual todos perderemos la cordura algún día. Y la pobre muchacha ya
había llegado a ese vórtice deplorable, la locura se había apoderado de todo su
ser. Por ende, su visión del mundo que le rodeaba, tomaba una forma diferente a
la de la mayoría de las personas. Cuando ya el crimen estaba hecho, su mente
cambiaria de nuevo la atmosfera, volviéndola a como estaba antes de que fuese
la sangre quien predominara en el sitio.
Había vuelto a la realidad, tal y
como la conocemos o como creemos que es. Lo surreal se había alejado, volviendo
a la aburrida perspectiva que veía a diario.
¡Su madre estaba muerta! La causa
del deceso, fue una ciclópea rozadura funesta, situada en la cima de su cabeza,
provocada por un hacha. Jacqueline sostenía el arma en sus manos, con su ropa llena
de salpicaduras de sangre. Sus manos poseían el mismo líquido rojizo. Su mente
se había encargado de distorsionar el paisaje, mientras ejecutaba aquella horrible
acción, como lo es el asesinato, guiada por la alteración, corrompida por el
odio y la maldad producida por la desorientación irracional. Minutos después,
volvió al paisaje ensangrentado, en el que había estado momentos atrás junto a
su víctima... Esta vez Jessica no estaba, y era Jacqueline quien tenía el
cuerpo lleno de sangre, junto a heridas que se manifestaban de forma espontánea,
en diversas zonas de su cuerpo; hasta que regresó a la realidad. De inmediato
cayó al piso y su corazón dejó de latir. Cerró sus ojos, mientras la sangre
chorreaba de su pecho y su graneo a granel, esparciéndose, y con el arma a un
lado. Se encontraría con su mamá, en un nuevo mundo. Un mundo donde no existe
la locura ni el rencor, donde lo mundano no tiene importancia; un lugar… donde
lo imposible y ficticio puede tomar forma real.
FIN.
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La enorme y distante
luna brillaba intensamente alumbrando entre la oscuridad del cielo, en una
atmosfera llena de silencio, con solo desolación y de vez en cuando, unos que
otros árboles a la vista. Perdido, sin tener idea siquiera de en dónde me
encontraba, estaba desesperado por hallar al menos un techo seguro donde
protegerme de la negra y misteriosa noche, teniendo como compañía solo a las
estrellas y los insectos que se divisaban.
Entre el desespero y cansancio
por haber recorrido varias horas sin premio alguno, después de un extenso
tiempo, que me hacía creer que no hubiese nadie ni nada más en el mundo, salvo yo
y aquellos escasos árboles, la oscuridad y demás cosas a las que hice mención
anteriormente, mis ojos lograron percibir a lo lejos un palacio, escondido
entre una pila de árboles, que al acercarme me di de cuenta que dichos árboles,
hacían parte del jardín de aquella construcción. Era un castillo lúgubre y
enigmático. Daba la impresión de que tuviera muchos años de existencia como
para haber albergado a varias generaciones, por su aspecto tan acabado en las
torres y las paredes. Sin duda alguna, su dueño debía ser alguien quien le daba
igual el estado superficial de los objetos; pero era muy distintos con lo
biótico, ya que, en cambio, la jardinería del patio, era esplendida y bien
cultiva. Se me era difícil creer que la naturaleza sola se encargase de
albergar tal belleza y viveza en aquellos cultivos: arboles, flores, esculturas
verdes y demás. Lo que confirmaba mi hipótesis de que alguien debía estar
cuidando de ellas, es decir, que alguien debía habitar en el castillo.
Abrí la enorme reja,
que estaba sin seguro y rechinaba fuerte e irritantemente; el acero que la
componía estaba demasiado acabado y oxidado. Al desplazarme entre el camino que
conectaba entre la reja a la puerta principal, mis ojos se deleitaron con la
bella vista que podían otorgar aquellas bellezas plantadas: arboles de todo
tipo, y en todos los tamaños, flores y plantas magnificas. Era incongruente el
que un hogar tan esperpento y viejo tuviese tan preciosas plantas. El jardín
era lo único que daba una vista deleitable y salvaba de decir que aquello era
un horripilante y desagradable lugar; puesto que, pintaban las pinceladas de
hermosura suficiente para olvidarse de lo feo que era la estructura física de
lo que alguna vez –quizás– fue un portentoso lugar.
Al desplegar la puerta,
me percaté de un brillo que provenía de una de las habitaciones del sitio,
confirmando mi teoría de que el hogar todavía tenía habitantes en él. De
inmediato alcé la voz y grité, haciéndome notar, para que los inquilinos se
diesen cuenta de mi llegada y no entrar en silencio, como si buscase pasar
inadvertido; pues se asustarían, o pensarían que había algún intruso con
intenciones malas. O, hasta en el peor de los casos, ser víctima de un golpe aciago,
provocado por el miedo, siendo este ejecutado con motivos de defensas. Nadie
respondió a mi voz, y al terminar mis últimos ruidos, la blanca luz se apagó,
quedando en completa oscuridad, al igual que en el exterior, bajo la luz de la
luna. Esta vez, ni siquiera la luna estaba para alumbrarme. Seguí vociferando,
para ver si así conseguía, por lo menos llamar la atención –cosa que, creo que
desde que pisé el sitio había logrado–, sin embargo todo seguía en un silencio
que provocaba pavor, mientras más tiempo pasaba.
Avanzaba calmoso,
abriéndome paso entre la negra ambientación del espacio, dando solo la vista de
un profundo e inalterable negro, acompañado de una calma que no se inmutaba por
ninguna otra voz más que la mía. Por más que clamaba, nadie respondía a mi alboroto.
Logré llegar al cuarto, después de un tranquilo y lento recorrido, como
consecuencia de la falta de iluminación del sitio. Mala hora para no llevar
ningún objeto que transmitiese luz, con que ayudarme. Giré hacia todos los
lados, hasta encontrar el botón que encendía las luces de la habitación; el
cual se apagó apenas lo encendí. Al intentar encenderlo de nuevo, este ya no
respondía. Fue una voz la que me sacó de mi confusión y estrés entre la soledad
y desconfianza.
–¿Qué desea usted, caballero?
–Pronunció una voz desconocida que me alteró, provocándome sudor por culpa de
la sorpresiva aparición.
Al voltear, me topé con
una lámpara de aceite encendida, la cual, la sostenía una mano. La mano se
elevó, hasta dar con el rostro de un hombre, iluminado por el aparato.
–Gracias al cielo. Discúlpeme
por entrar así a su hogar. No se preocupe, no vine con ningún fin malévolo o
deshonroso. Ando perdido y su palacio fue con lo único que me logré topar, para
resguardarme de la noche.
–Descuide, no vengo a
juzgarlo; lo comprendo. A menudo llegan aquí personas extraviadas, baldragas. Mi esposa y yo, con gusto los recibimos.
El hombre me invitó a
pasar a la sala. Era un anciano, su edad ondeaba los setenta u ochenta años. Su
cabeza carecía de cabello, y el poco cuero cabelludo que tenía, estaba blanquecido
por canas; bajo y de caminado encorvado. Su esposa, igualmente vieja, pero
dulce y de misma forma agradable, me ofreció comida. Yo no pude negar, el
hambre que poseía en ese momento era mucha, después de haber caminar largas
horas, perdido a las afueras del pueblo, sin comida, bebida o guía alguna. El
anhelo de encontrar algo más allá de la angustia y desesperación, no dejaba más
que cansancio, ansiedad y por supuesto, hambre.
Mi curiosidad no logró
detenerse, no pude evitar reparar minuciosamente el interior del castillo.
Había un montón de cuadros, candelabros, esculturas y demás; las habitaciones
eran muy elegantes y reconfortantes. Aunque, evidentemente, tanto por fuera
como por adentro, el lugar llevaba consigo la evidencia de su antigüedad. Solo
que, en su interior estaba mejor organizado y era notable que recibía una
ordenada limpieza; mas, eso no le quitaba su aspecto misterioso e intrigante.
Había algo en ese lugar que desestabilizaba mi calma, tenía algo que me perturbaba, pero no lograba
llegar a saber qué; por supuesto que ese raro castillo, debía de esconder algo.
-Vi que tiene un jardín
muy hermoso, es espléndido su cuidado y la belleza que posee. –les dije, con
muestras de reverencia y respeto.
–Muchas gracias, ¿don…?
–Respondió el hombre, preguntando por mi nombre.-
-Edgar, señor.
–Mi esposa siempre se
ha sentido atraída por la jardinería, adora sus plantas. Cada una de las cosas
que se hallan en su jardín, se ha encargado de cuidarlas puntillosamente, desde
que tenemos el castillo como hogar. Sin embargo, la parte superficial y exterior
del hogar, por desgracia, no es así, pues estamos ya viejos y no podemos o
agrada, estar tan detallistas en ello, fosándonos de tal forma; es muy tedioso.
El jardín, es algo que, sin importar la edad, la voluntad de mi esposa hacia
él, nunca se acabará.
–A
menudo se extravía gente por aquí, llenas de baticor –expresó
la mujer– y siempre la recibimos muy bien. Nos complace ayudar a los demás,
señor, Edgar.
–Muchas gracias, es un
gusto enorme el que me atiendan de tal manera aquí. No se preocupen por mi estadía,
solo estaré hasta mañana, y me iré junto con el sol, a las seis ya me
encontraré afuera.
–No –insistió la
anciana–, quédate más tiempo, es lo mejor. Por estas fechas se avecina el
invierno y no es muy conveniente para ti. Falta mucho para llegar al primer
pueblo. Por nosotros no habrá será colérico, sino alacre.
No objeté más ante la
petición de los esposos. Me sentiría cómodo al quedarme aquí unos días más. Le
pregunté el nombre a la pareja de ancianos, pero al hacerlo el hombre esquivo
mi pregunta afanándonos para ir a dormir, debido a la hora, impidiéndome
inquirir.
---------------II---------------
Al día siguiente, me
desperté y lo primero que hice fue saludar al señor, junto a su esposa,
siguiendo inquieto por la identidad de ellos. Supuse que debería conformarme
con saber que me estaban dando posada en su casa y nada más. El anciano me habló sobre un
viaje que haría con su mujer a un lugar no muy lejano de aquí, por razones que
no comprendí. Les pedí si me podrían llevar con ellos, para así no molestarlos
más y quedar cerca a algún pueblo, pero se negó. Según él, alguien debía cuidar
del palacio, podría ocurrir algo si nadie estuviese aquí. No pude negarme al
estar de huésped y tuve que asentir a cumplir su petición.
Quise salir al jardín,
a observar las bellezas que estaban situadas allí, más hermoso que cualquier
otro jardín de este curioso planeta. Mi deseo fue detenido por una puerta que
estaba bastante ajustada, la única forma de pasar seria derribándola, y eso no
era debido. No cabía en mi mente una orden de ideas que diesen a una conclusión
sobre el porqué los señores me hubiesen dejado encerrado –al menos no una conclusión
honrada–; pudo haber ser descuido de ellos. Debido a mi sospecha sobre el
palacio, mi nerviosismo y temor se exteriorizaron, producto de un murmullo
proveniente del último cuarto del castillo. No había recorrido hasta allí, pero,
debido a mi histerismo por seguridad, me asomé cautelosamente a ver el generador
de aquellos sonidos.
Al asomar mi vista,
cubierta por la pared que me cubría de ser descubierto fácilmente, pude dar con
los productores del sonido. Para mi sorpresa, eran los ancianos, dueños del
castillo. Me contuve de hacer ruido, para descubrir la razón de su engaño,
encubierto bajo la mentira de aquel viaje. Abrieron la puerta del cuarto, el
espacio estaba muy oscuro y logre escabullirme entre él sin que ellos se enterasen.
Había muchos objetos, y un sinfín de extraños símbolos, trazados por todas
partes, pertenecientes a algún grupo desconocido para la humanidad, pues jamás
había visto, en toda mi existencia, símbolo similar. Eran demasiado extraños, y
con total convicción, digo que eran ignotos para cualquier hombre en este
planeta. Tan singulares e indescifrables, que, ningún ser humano lograría
imaginar algo semejante a ello: aquellas líneas y círculos que conformaban los
símbolos, eran tan incomprensibles, que no ofreceré definición sobre ellos, más
que los adjetivos de: inhumanos, insólitos y misteriosos. Al girarme,
intentando evadir cualquier cosa que llamase la atención, para huir intrigado y
aterrado por lo que había presenciado, una mano se posó sobre mi frente con
elevada temperatura. Mi visión se iba cerrando, durmiéndome, quedando solo el
recuerdo de una extraña voz expulsando palabras extravagantes y sin sentido
entre los conceptos humanos.
---------------III---------------
Me recapacité en un
sitio sin iluminación. Había más voces en ese mismo espacio, era evidente que
me hallaba rodeado por más cuerpos, que debían ser de humanos, de humanos vivos...
Todos alterados, confundidos y aterrados. Alguien retiró el enorme techo que
nos cegaba la luminosidad. No hicieron salir de entre la oscuridad donde nos hallábamos.
Era de noche, y estábamos a la intemperie, en una zona desolada, que parecía
tan antigua como la vida terrestre misma. Toda la zona agrícola estaba estropeada
y podrida, marchitada por completo, sin esperanzas de vida nuevas. El sitio
estaba iluminado por antorchas grandes, encendidas mediante el fuego que
iluminaba en gran cantidad el lugar. Nos sacaron de aquella prisión estrecha
por la fuerza, tratándonos como animales, sin piedad o delicadeza alguna; a mí
y a todos los demás que estaban encerrados junto a mí; con los brazos atados
mediante fuertes nudos y los pies encadenados. Luego nos ataron a todos,
formando una enorme pila de individuos enlazados; por suerte, cuerpos con vida.
Los aparente responsable de esto, que nos rodeaban a todos los que estábamos
atados como esclavos, no llevaban ropa, todos ellos estaban desnudos. Parecía
alguna especie de extraño y anacrónico ritual. Los calatos, parecían locos
psicópatas e insensibles. Había un gran número de miembros allí, era una enorme
secta.
El anciano que me había
albergado en su casa, el muy desgraciado estaba entre los integrantes de aquel
culto. Le grité e insulté, exigiendo explicaciones sobre tal acto tan desquiciado,
mas éste solo se quedó en silencio, ignorándome. Minutos más tarde comenzó a
hablar.
–Queridos hermanos, preparaos
para el acmé de la ceremonia. Una vez más, nos encontramos en anagnórisis, para
realizar el proceso de rejuvenecimiento, que nos mantiene en la eternidad;
sobreviviendo a millones de años, desde los comienzos de la vida en este
planeta, en el que alguna vez fueron otras especies y criaturas diferentes a
los humanos quienes lo habitaban y dominaban. Como cada cincuenta años, nos reencontramos
para hacer reverencia y petición al más grande y más poderoso, único señor,
máximo a todo lo mundano. Dios de la vida, Biodus, el soberano y eterno sabio.
Me percaté al instante
de que, claramente esto era un culto. Aquel nombre era el perteneciente a la
deidad que daba sentido a este culto y que alababan, reuniéndose cada cincuenta
años, para adorar y rendirle tributo. Todavía no entendía qué importancia
teníamos todos los que estábamos presos de nuestra libertad en toda esta ceremonia.
El hombre se puso en el
centro de un dibujo trazado en el suelo, el dibujo era el mismo símbolo que
observé en su casa. Comenzó a pronunciar palabras en un idioma alejado a todo
lo humano, y alzó su brazo derecho. Al hacerlo, el resto de los desvestidos le
siguieron en el acto y levantaron la mano, mientras repetían las palabras que líder
de la arcana tertulia recitaba. Para mí eran ilógicas y herméticas. Algo que
fue fácil de notar para mi visión, fue que, en las palmas de cada uno de los
miembros del rito, estaba trazado el logo que se encontraba dibujado en el
piso. Tal parecía que era el logo del ritual, o quizás del dios mismo.
Cuando finalizó el discurso,
el hombre salió del cirulo. Dentro de la circunferencia, un brillo se empezó a
materializar y un líquido, negro como el petróleo surgió de entre la nada, en
el interior del enorme círculo. Una figura empezó a surgir del oscuro líquido,
mientras iba ascendiendo hasta divisarse su altura completa. Medía más de dos
metras, era atroz e inquietante. El viento y humo que trajo consigo, al dispersarse
dejó ver su forma superficial, despertando en mí el más oscuro y penetrante de
los sentimientos relativos al miedo.
El tenebroso ser tenía
un rostro mórbido, que recordaba a un cráneo. Su cabello enmarañado cabello era
largo hasta más debajo de sus pies. Sus ojos, esos esplendidos ojos azules,
capaces de cegar a cualquier incauto que no conozca sus demás cualidades y se
deje guiar solo por esos excepcionales ojos. Eran únicos e incomparables. Su
piel era escamosa y gruesa, salvo en las palmas de las manos, que tenían el
aspecto de unas manos humanas, con cinco dedos, uñas blancas y comunes como
cualquier otras manos humanas. Era lo único de su estructura que se asemejaba a
un humano. Su vientre estaba conformado por un material que mi vaga mente logró
comparar con granito. Extraño y perturbador en todos los sentidos. El líquido
negro que estaba en el suelo durante su materialización, se esfumó, siendo
reemplazado por algo que parecía ser lava, y se moldeó hasta quedar convertida
en agua. Gracias a un cambio espontaneo. El ser giraba su cabeza en busca de
algo, o alguien, taciturno e inexpresivo. Detuvo su vista por un momento ante
nosotros, los que estábamos presos conformando el gran conjunto de cuerpos. El viejo
que había hablado minutos antes –quien aparentemente era el líder de esta secta–,
lo llamó el ser, alejándolo de nosotros.
– Biodus, mi señor. Nos
inclinamos ante su presencia.
La criatura inhumana se
dirigía hasta el anciano, que estaba a pocos pies de él aA medida que se
desplazaba, aquella agua se iba evaporando, y todo lo que estuviese bajo sus
pies, o alrededor, cobraba vida: el acabado y machito pasto revivía.
El ser comenzó a hablar
en un idioma extraño, que, probablemente sería el mismo que habían usado los decrépitos
antes. Segundos después, fue el anciano líder quien habló en español.
Acto seguido, el ser
alzó sus manos, inclinándolas hacia el frente; los demás hicieron lo mismo. El
enigmático personaje hizo un estruendoso golpe al juntar sus dos manos. Un
destello de luz iluminó toda el área. Cuando la luz se fue, también lo hizo la
vejez de todos los miembros del culto. Aquellos que eran vejetes, ¡ahora eran
jóvenes!
En ese momento
comprendí el sentido de esta reunión, de esta oscura secta desconocida por la
humanidad, y la razón de la presencia de aquella cosa.
Estos ancianos conformaban
una secta ancestral, más antigua que la especie humana. Eran una raza de seres
provenientes de otra parte del cosmos ajena a la tierra. Veneraban a aquella
criatura, porque les daba larga vida, otorgándoles juventud. Desde los
comienzos de la humanidad, durante la creación de las primeras moléculas de
vida terrestres, ellos ya estaban en el planeta tierra. Vieron nacer y
evolucionar al hombre, y fueron cambiando de apariencia junto a nosotros, según
los obligase la evolución y época por la que la humanidad estuviese pasando,
camuflándose así ante los humanos, permaneciendo ocultos ante los ojos terrícolas,
desde los tiempos primigenios de la tierra. Quién sabe cuán cantidad tan
exorbitante de años de vida han de tener aquellas criaturas alienígenas. De no
ser por ese ídolo, al que veneraban, se hubiesen extinguido hace muchos años,
pues su periodo de vida promedio no pasaba de los noventa, a menos que fuese
alterada, deformando las leyes naturales que rigen el orden de la vida de los
seres existentes del universo. Aquella deidad va más allá de todas esas leyes
que rigen el universo, él va más allá de todo eso. No es de este mundo y tiene
poderes capaces de desobedecer cualquier norma de nuestro extenso mundo, está
por arriba de todo lo imaginable. La antigua especie se reúne cada cincuenta
años para venerar a este dios, y así este les pagase con el rejuvenecimiento
que anhelaban para lograr sobrevivir, sin importar cuantos eones de años
pasasen. Ellos solo debían pagarle con respeto, el culto y ofrendas para
complacerlo, y para ello se aprovechaban de su manjar favorito. Llevaban
humanos como tributos, para ser devorados por él. Una enorme pila de cuerpos,
complacientes del capricho de aquel horripilante ser; de esa forma ellos
obtendrías su recompensa y lograrían existir por muchos milenios más, quizás
hasta la extinción del mismo hombre. Desgraciadamente yo había caído presa, y
hacía parte de los desdichados capturados que usarían para aquel acto de
inmolación tan desalmado y horrendo. No me quedaba más que gritar en busca de
un desahogo de tanto dolor por culpa de aquella oscura secta longeva, y hacer
parte del festín del despiadado dios eterno y desalmado.
FIN.
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