viernes, 17 de marzo de 2017

Relato 13: "Sangre"

SANGRE

La intimidante y atroz sangre corría de modo exorbitante, aumentando el pánico y confusión entre la conciencia de Jacqueline. Lo que había comenzado como una pequeña herida, provocada por el odio y el rencor, había desatado un incontrolable torbellino de ira, guiado solo por los sentimientos de desprecio, que iría a dar a un terrible final, en que, tanto Jacqueline como su madre, Jessica, acabarían perdidas, entre la locura y la decadencia. En el caso de la primera, su daño sería tanto físico como mental; además, fue quien empezó a desatar aquellos deplorables cambios. Pobre, presa de la decadencia mental, pero en el fondo lo disfrutaba. No tenía control de sus acciones, mas no sentía culpa alguna por lo que habían causado ella y sus problemas.
La atmósfera en la cual se encontraba, instantes antes de que colapsara su pasividad, era la de un entorno común ante la percepción de un ser humano. Luego, su percepción se convirtió en la encarnación de las peores pesadillas que pudiese presenciar: el daño hacia los demás y hacia sí misma. Y lo peor era que, no podía decidir entre si hacerlo o no. Simplemente se ejecutaron los hechos, sin la menor reflexión sobre los actos realizables.
De la palma de su brazo izquierdo surgió sangre en pocas dosis; no había cómo conectar aquella herida con una explicación razonable, no recordaba haber hecho algo que le produjese aquel derrame. Tal vez hubiera sido algún golpe que no hubiese alcanzado a percibir, sino hasta ver el líquido rojo emigrar de su cuerpo. En cuestión de segundos, todo su eje, en el piso, estaba manchado por sangre: la misma sangre que se explayaba incontrolablemente por todo el cuarto. No había lógica que se pudiese aplicar a esa situación; si toda esa sangre hubiese venido de su cuerpo, ya habría caído, desmayada, por tanta pérdida de sangre. El líquido singular se esparcía por todo el sector, alejándose del razonamiento y atravesando las normas de la realidad, convirtiéndose en algo irreal y aterrador. Todo estaba lleno de sangre: las paredes, el piso, muebles y demás materiales que se albergaban en la zona donde se desarrollaba la acerba pesadilla. Su realidad, había sido infectada, por el miedo que producía aquella fobia descomunal que le tenía a la sangre. Sus nervios y el corazón, estaban acelerados, alterados.
El sudor le recorría su piel; sus pupilas no se movían, y no lograba espabilar, tensionada por la contaminación sanguínea del lugar. Iba a caer consumida por el horrible infierno que se desataba alrededor. Intentaba huir, pero no había hacia dónde, la sangre estaba esparcida por todos lados, llegando a tapar hasta la más minúscula esquina, haciendo que el cuarto fuese un cuadrado rojo, donde dicho color se manifestaba cada vez más en mayor cantidad. Era un rio que no paraba y la consumiría, ahogándose entre la sangre.
El grito de su madre fue lo que la salvó de morir entre la soledad, aunque sabía que su madre no podía hacer nada para salvarla. Fue a buscarla. Oía su voz rogando y suplicando por perdón. Jacqueline gritó en su búsqueda. Jessica estaba detrás de ella, desesperada, arrodillada, y con las manos extendidas hacia ella, haciendo gestos de ruegos. ¿Cómo había llegado allí?, ¿en qué momento entró y por dónde? No importaba, tal vez no hubiese explicación, pues ya nada tenía sentido alguno. Todo parecía ficción, una ficción mórbida y destructora de la razón. La madre, en llantos que no paraban, le imploraba que se detuviese, y que volviese a la realidad, que sus problemas mentales y emocionales ya habían llegado muy lejos. Y por razones que solo ellas dos conocían, Jacqueline caminó hacia ella, y sonreía, una sonrisa llena de malicia, con ojos que demostraban la pérdida del control mental.  
Posó sus manos sobre el cuerpo de su madre –las sentía más pesadas de lo normal, como si cargase algo en ellas–. Este se empezaba a llenar de sangre; simultáneamente, las manos de la chica estaban ensangrentadas también. Su líquido, al contrario que en su madre, no alcanzaba a cubrir su cuerpo por completo, no pasaba de las manos y el pecho. La chica, al tocarle el cráneo, en este surgió una herida, de forma casi que espontanea, pues Jaqueline solo la había palpado. Tal vez el contacto y el surgimiento de la hendidura al unísono, fue casualidad. Jessica empezaba a hacerse una con la sangre que envolvía el sector; todo su cuerpo estaba lleno de dicho líquido y la rozadura cada vez se hacía más notable, entre más tiempo la mano de la muchacha permanecia sobre la ubicación del corte. Cuando la quitó, de la cisura emigraban potentes chorros de sangre.   
La perspectiva de las dos mujeres era distinta: la mamá decía que aquello estaba mal, mas Jacqueline creía que era “perfecto”. Se podría pensar que quizás no era Jacqueline quien hablaba, quizás solo fuese una parte de su cerebro, que había tomado poderío y se había apoderado de su control y estabilidad. Esa parte maligna que todos poseemos, pero que muchos logramos controlar. Sin embargo, en cualquier momento esa parte, descontrolada, podría desatar su presencia y desenvolverse en nosotros, condenándonos así a desencadenar las características de la maldad humana, ante las cuales la humanidad se ha referido como viles, psicópatas, locas, etc. Aunque, no se debe estar loco para actuar así, no se requiere de una enfermedad para llegar a ese estado. Podemos perder fácilmente el control de nosotros mismos, mas nos logramos estabilizar. No importa, igual todos perderemos la cordura algún día. Y la pobre muchacha ya había llegado a ese vórtice deplorable, la locura se había apoderado de todo su ser. Por ende, su visión del mundo que le rodeaba, tomaba una forma diferente a la de la mayoría de las personas. Cuando ya el crimen estaba hecho, su mente cambiaria de nuevo la atmosfera, volviéndola a como estaba antes de que fuese la sangre quien predominara en el sitio.
Había vuelto a la realidad, tal y como la conocemos o como creemos que es. Lo surreal se había alejado, volviendo a la aburrida perspectiva que veía a diario.    

¡Su madre estaba muerta! La causa del deceso, fue una ciclópea rozadura funesta, situada en la cima de su cabeza, provocada por un hacha. Jacqueline sostenía el arma en sus manos, con su ropa llena de salpicaduras de sangre. Sus manos poseían el mismo líquido rojizo. Su mente se había encargado de distorsionar el paisaje, mientras ejecutaba aquella horrible acción, como lo es el asesinato, guiada por la alteración, corrompida por el odio y la maldad producida por la desorientación irracional. Minutos después, volvió al paisaje ensangrentado, en el que había estado momentos atrás junto a su víctima... Esta vez Jessica no estaba, y era Jacqueline quien tenía el cuerpo lleno de sangre, junto a heridas que se manifestaban de forma espontánea, en diversas zonas de su cuerpo; hasta que regresó a la realidad. De inmediato cayó al piso y su corazón dejó de latir. Cerró sus ojos, mientras la sangre chorreaba de su pecho y su graneo a granel, esparciéndose, y con el arma a un lado. Se encontraría con su mamá, en un nuevo mundo. Un mundo donde no existe la locura ni el rencor, donde lo mundano no tiene importancia; un lugar… donde lo imposible y ficticio puede tomar forma real.  
FIN.

Si desea oír esta historia narrada en vídeo, puede hacerlo haciendo click aquí. 

  

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