Te
levantas en la madrugada, exhausto y con un dolor de cabeza que tiene alterado
tus sentidos, encerrándote en un círculo de confusión. No sabes por qué, pero
el sentimiento de incertidumbre se apodera de forma inexplicable de ti. No
recuerdas nada, ni de lo que presenciaste en el sector onírico, ni del día
anterior.
Buscas
entre la helada y sombría soledad brindada por la oscuridad, que rodea la
atmósfera de tu casa. El interruptor que da fin a esa falta de luz está perdido
entre el negro. Titiritando de frio, a tu cuerpo lo cubre un extraño escalofrío
que te incita a recular y a encerrarte en la nebulosidad, entre tus sabanas. Hoy
amaneciste demasiado paranoico y raro, tu calma explota, siendo vedada por un
confuso e inquietante instinto de preocupación. Sabes que algo no está bien,
pero no logros dar conclusión a aquel enigma que te tiene tan inquieto y
preocupado, como preso de la inexplicable intuición guiada por el miedo y el
estrés.
Ves
que hay un cuchillo en el piso, cerca de la cama, y está ensangrentado. Tu
mente se altera cada vez más y el pánico te hela la sangre. ¿Cómo llegó eso ahí
y porqué está en tu hogar? No lo sabes, y es lo que te provoca un segundo desequilibrio
en tu tranquilidad. Al acercarte a tu espejo, para ver tu rostro y tu cabello, el
cual esperas que esté enmarañado, junto a tu ropa, y lleno por tallados de la incómoda
y rudimentaria cama en la que duermes, te llevas una sorpresa mayor que el
suceso anterior. En tu espejo… donde se supone que tenía que haber algo, no hay
nada más que el fondo de tu cuarto. Nada más que eso, solo aquello. Por alguna
inexplicable razón, tu imagen no está, no la puedes visualizar. Quizás aquello
no tuviese explicación qué buscarle; simplemente no tienes reflejo. Desconcertado,
sitúas tus manos sobre tu cabeza y te alejas raudamente del extraño espejo, que
se había convertido en algo perturbador. Increíble cómo algo tan simple como un
reflejo o un espejo, pueden llegar a sembrar un miedo tan inmenso. Y el peor de
los desenlaces es el que te llevas al girar hacia donde duermes: en tu morada
de sueño y descanso, en ese lugar, inerte y pálido, está situado tu cuerpo, con
una notable herida entre el pecho, lleno de sangre, al igual que aquel
cuchillo, y por donde encajaría a la perfección el arma. En ese momento volteas
a ver tus manos: son mucho más pálidas que las de tu cuerpo superficial. Confundido,
perdido y aterrorizado, lanzas un grito de sufrimiento, al cual nadie responde.
Y después de llorar por bastante tiempo, lo comprendes: ya no estás en el mundo
de los vivos. Evidentemente era así, pues tu estructura, la cual no se podía
reflejar en el espejo y vio tu propio cadáver, empieza a deformarse, mientras comienzas
a ser transportado a otro lugar, quizás a otro mundo. Un sitio distinto y ajeno
al mundo de quienes aún existen.
Tu
familia te habría te extrañar, te habrían de llorar y rezar, aunque ya no te
encontraras con ellos. Ya era tarde para lamentarse. Ya no sirve para nada todo
eso, hacer lo que no se hizo mientras estabas vivos, solo por desahogo y con fin
de satisfacción propia para tranquilizar aquellos sentimientos de tristeza,
lamentos y rencores. No vale la pena, esos llantos y palabras quedan encerradas
en el anhelo del regreso del pasado. Puesto que, el amor, odio y tristeza son
sentimientos humanos, que no pueden atravesar la barrera mundana del hombre.
Terminó
tu existencia en esto a lo que llaman vida. Y lo peor fue que, al parecer,
fuiste tú mismo quien se encargó de ejecutar la terminación a aquel apreciado
estado lleno de utopías, definido como vida.

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