miércoles, 5 de abril de 2017

Relato 16: "Sombras funestas"


Desde que el hombre vino al mundo, lo primero que se impuso ante su llegada, para que ocurriese con el mero efecto de existir, es una cosa, lo primordial en el ciclo de vida: la conclusión, o sea, la muerte. Sí, porque la vida no es vida si la muerte no actuase para cerrar dicha etapa y poner punto final a la percepción de este mundo. Y resulta increíble que no se ha podido aún, en pleno siglo XXI, afirmar sobre cómo o qué se ve al morir; qué ha de ocurrirnos; si iremos a dar a otro lugar u otro mundo, o si, simplemente dejaremos de existir.
El protagonista de esta historia, es capaz de dar inquietante información sobre este interrogante tan ambiguo. El desgraciado que le toca dar el paso a morir es un pobre niño, que, siendo una criatura inocente, libre de cualquier mal, sin ser todavía corrompido por la sociedad o por sí mismo, tuvo que ceder ante la dolorosa muerte. Y fue dolorosa, porque, aunque el fallecer puede ser algo tranquilo para algunos, o un sinónimo de descanso, para él no, puesto que pasó por la zozobra antes de ello.

Jimmy, el hijo único de una familia humilde, de condiciones económicas y de vida paupérrimas, se haya enfermo. Es uno de los victimarios afligidos por la peste. En el pueblo de Smish Brown, que es donde residen, la comunidad ha sido declarada en estado de peste. Transcurridos más de cinco meses del origen de los hechos, es cuando el niño de ocho años viene a contraer la enfermedad. Tiempo suficiente para que la cólera y el febril abatimiento envolviesen a los habitantes, sintiéndose ellos frustrados por culpa de la enfermedad que cubre a la ciudad. Saben que la estadía en el mundo se les ve afectada por la situación, y que en cualquier momento la epidemia podría darles de baja; como si no fuese suficiente la tortuosa soledad y paranoia que impone el alejamiento durante los tiempos de desasosiego.   
–Mami, creo que voy a morir –le dijo con voz débil a su madre.
–Eso no pasará. Tú te recuperarás y a la vez nos harás recuperarnos a nosotros.
El padre no pronunciaba ninguna palabra; ni siquiera miraba seguido a su hijo. Observaba a través de la ventana, hacia el cielo, y de vez en cuando volteaba a verlo, como buscando una señal para seguir con esperanzas; algo en el cielo que le indicase que todo iba a mejorar. Pero él sabía muy bien que se necesitan más que esperanzas y fe para lograr resolver problemas tan delicados, como aquellos por los que atravesaba su querido descendiente.
–Max, di algo por favor; siquiera algo alentador o motivador. Es tu hijo quien puede llegar a morir antes que nosotros. Cosa que sería demasiado doliente en caso que ocurriese.
–Así es; mas no puedo. No puedo decir algo que no me nace, porque sé que le estaría mintiendo y dando falsas esperanzas al chico y a ti y a mí, para que después terminemos todos desilusionados. No concibo dar felicidad a base de mentiras. Cosa que es peor que la cruel verdad.
–Cómo es posible que seas de tal forma, en medio de un suceso que se quedará marcado en nuestros recuerdos como un momento luctuoso.
–No, Luz. Entiéndeme, no quiero crear ilusiones que después podrían romperse. Eso no quiere decir que no anhele que nuestro hijo se recupere. Sinceramente, el futuro es incierto y, a pesar de ser borroso, se ve trágico.  
Luz comenzó a sollozar e iba a refutarle a su esposo, mediante quejas y alaridos, expresando su aflicción y enojo con él por no mostrarse tan adolorido como ella, de no ser por los murmullos de Jimmy, que llamaron la atención de ambos. Se dirigieron hacia el pequeño y este les comenzó a expresar palabras que se volvían circunloquios, por culpa de la tos y la respiración agitada. Lo que quería expresarles era que lo ayudasen.
Los padres insistían, esperando más explicaciones. Después de que él lograse calmarse y ordenar sus palabras, les dijo:
–Lo veo, madre. Ayúdenme. Papi, dime que esto no es verdad –el chiquillo gritó con gran pánico, provocando igual sentimiento en los padres. Estos estaban abrumados por no saber qué hacer–. Dile a esa figura negra que se vaya. ¡Por favor, mamá, papá!
Los mayores le preguntaban por aquel a quien se refería como “figura negra”. El niño gritaba desesperado, mientras la cara de terror que había en él se transportaba al rostro de sus progenitores. La madre intentaba calmarlo y simultáneamente el padre buscaba a aquel que el niño mencionaba, si habría de haber alguien más en la casa. El escepticismo de Max no le permitió pensar en que, tal vez, aquella figura, era algo más que mundano.
Minutos posteriores, el chiquillo cesó con sus alaridos, mas no con su temor. Permaneció callado, con los ojos pasmados por lo que había presenciado y que los padres no comprendían. Estuvo de esa forma durante varias horas más, hasta que tuvo que ceder al sueño, gracias a la enfermedad. De no haber sido por esta, la vigilia no lo hubiese abandonado y podría haber permanecido despierto y perturbado por mucho tiempo más.
Desde esa ocasión, los padres no se despegaban ni un segundo del perturbado; siempre atentos a él, y, por más que buscaban respuestas, Jimmy no conseguía darlas, por culpa de su estado de salud, o tal vez por algo más… Lo indiscutible es que había sufrido con lo que vio aquella noche, lo cual, pudo haber sido una ilusión provocada por la fiebre. Por lo que, aún no era tiempo apropiado para que el pequeño se expresase sobre aquel suceso.
Habían pasado tres días desde el misterioso hecho y no había noticias nuevas sobre algo similar. En esa noche, los padres, debido a la casualidad, se ausentaron por cierto tiempo de la habitación, dejando al niño con la soledad. Este descansaba placido en su cama, hasta que lo oyeron ulular con gran pena.
–¡Él es malo papi!, él y sus amigos –les imploró en cuanto entraron al cuarto.
Le interrogaron, aprovechando que se encontraba menos agitado que la primera vez. El chico solo hablaba sobre sombras y cosas relacionadas a la muerte. Esto creó angustia en sus progenitores. Su madre lo consolaba llorando junto a él y su esposo. Este, igual de afligido, buscaba detalles sobre tales rarezas funestas que describía el chico.
–¿Esto lo hiciste tú? –le preguntó Max, al coger un dibujo que se hallaba a los pies de la cama.
–Sí. Lo retraté mientras estaba parado en la puerta y me hablaba sobre él y sobre…
Jimmy no logró terminar la frase. Un sueño avasallador lo tomó sin permitirle presentirlo, desmayándose. Sus cuidadores corrieron en su ayuda. Max, más que la decaída inesperada, lo que le inquietaba, era aquello de lo que hablaba su hijo; después de todo, sabía que el enfermo se despertaría después. De esos sucesos no tenía especulaciones suficientes como para poder dar conclusiones. El dibujo estaba pintado con crayones de manera muy torpe, pero que lograban dar imaginación a lo que había trazado en el papel: era el cuarto. Junto a la puerta, estaba dibujada una figura pintada por completo con negro.
Cuando el contagiado se recobró de la decaída, les relató a sus cuidadores todo lo que había visto y a lo que se debían tales cosas. Lo que su padre deseaba conocer.
–Ellos son malos. Al inicio solo vi a uno y luego a otro. Pero son muchos más; hay más de ellos que personas, aunque parecen personas. Tienen figura de un hombre corriente. Son como sombras, sombras viles y atroces. Se llaman “Jazar”, cada uno de ellos. Lo sé porque él me lo dijo. Todo esto me lo contó durante el retrato que le estaba haciendo. A veces me habla en sueños, me dice cosas malas, sobre la muerte y sobre la miseria humana; las cuales son horribles. Esto tiene una razón, y es lo que más triste me pone –se detuvo para llorar. Pequeñas lágrimas recorrieran su delicada piel. Cuando iba a poner su brazo sobre los ojos para secar las lágrimas, su papá lo hizo por él, y junto a la mujer, lo alentaron a continuar. Después que ya no le salían más lágrimas, retomó la anécdota–. Casi siempre envían a uno de ellos, hay casos en los que vienen varios. El motivo es porque ellos son los que se llevan a las personas. Como me dijo ese Jazar: son los heraldos de la muerte; encargados de llevarse las energías de las personas y estas acaben su estadía en el mundo de los vivos. Es por eso que los puedo ver. No siempre se dejan apreciar; tan solo cuando se les antoja. A veces duran más tiempo en llevarse a alguien, según el dolor que se tenga a la hora de morir; puesto que ellos aparecen durante el periodo de sufrimiento, en el umbral del fallecer. A veces dicho periodo dura mucho tiempo. Lo que quiere decir que ya tengo asegurada la muerte. Se dictó mi final. No quiero morir. ¿Por qué, porqué tal cosa? Ayuda padres.
Las últimas palabras fueron pronunciadas con hiperventilación, que interrumpía las frases, creando tartamudeo, ambages…, para que luego prosiguieran los gemidos. Los pobres encargados de cuidar del pequeñín y que le vieron nacer y crecer, ahora deberían verlo morir. La madre negaba todo ello, cerrándose por una falacia que ella misma creaba, intentando ignorar la verdad; escapando a la realidad y creer que las cosas saldrían bien, a pesar de que no fuese a suceder así. El padre, cabizbajo, no pudo pensar en ese momento en nada más que abrumarse, mientras las lágrimas emergían de sus ojos a ritmo lento –no porque no quisiese que las cosas mejorasen, sino porque no se le ocurría nada más racional que lamentarse y dejar que los sentimientos relativos a la zozobra lo tomasen, pues ese momento se merecía su llanto y dichas emociones.
Pasaban los días y las sombras que el menor veía volvían. La desdicha aumentó cuando el padre también contrajo la peste. Luz, desde ese día, engendró en su cerebro la idea existencial de que, una vez sus dos seres más queridos se fuesen, su vida ya no tendría atribuciones que le diesen valor a su existencia. Un día, a las cinco de la madrugada, el menor llamó a Max y a Luz para comunicarles algo nefasto:
–Hoy he de morir. La sombra me lo dijo –aseguró con voz llorosa.  
La madre se echó al piso a gemir y quejarse de su vivir y de la injusticia que había realizado la peste con su motor de vida primordial e irremplazable.
–Gracias a los dos –continuó el joven enfermo–. Lamentablemente no pude tener más tiempo para apreciarlos más, que tanto me amaron y ayudaron. Amo a los dos por igual –la tos y el lloriqueo interrumpieron la charla. Después de breves segundos, retomó-. En poco tiempo cerraré los ojos. Al nacer, una de las condiciones era esta, morir; y hoy se me dicta mi adiós.
El padre, estando apestado, tomó fuerzas, que eran guiadas por el dolor que generaba el amor familiar, porque hasta el amor, por más bueno que pueda llegar a ser, también genera dolor y desdicha. Se acostó en la cama del infeliz y con ayuda de Luz, lo sentó en su rodilla y este se recostó contra su pecho. Max comenzó a reflexionar sobre su vida y sobre su amado pequeño, que se moría. Sabía que a él, probablemente también le tocaría estar en el lugar del que se encobraba recostado sobre su cuerpo. Podría ser tarde o temprano, tal vez mañana o incluso ese mismo día.
Jimmy le dirigió palabras hermosas y de compasión a su mamá y besó en la mejilla al papá con gran ternura. Fue un beso luctuoso.
Max sonrió, mientras el llanto bajaba, circulando a través de esa sonrisa que deformaba el camino habitual del llorar.
–Ojalá hubiera un lugar más allá de la muerte, en el que nos volvamos a ver y solo exista la alegría.
–Es posible, papá –sonrió; la última sonrisa que se marcaria en su cuerpo biótico.
–Quién sabe. Descansa, hijo. Nos alegraste la vida –dijo Max, mientras, forzando sus fuerzas, acariciaba la cabeza de su retoño, calmándolo para que su dormir fuese más afable.
–Se está acercado –exclamó, Jimmy. Veía al Jazar acercándosele, con la mano extendida hacia su cabeza, robándole su ser, robándole su vida.
–Lo sé, Jimmy –pronunció su padre, mientras veía una sombra materializarse frente a él; comprendió que también había llegado su final. La sombra también extendió el brazo hacia su cabeza.  
–Te quiero, pa… -no pudo terminar de hablar el pequeño.
–Y yo a ti, Jimmy.
Ambos cerraron los ojos, para entregarse a las sombras; para entregarse a la muerte.

FIN.

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