Escribo
las letras presentes en esta carta, lleno de lágrimas en mis ojos, con el
corazón desbastado, y las emociones alteradas. No sé ni qué pensar o qué
emoción expulsar; no sé si sentirme triste, feliz, confundido, desahuciado, o
de cualquier otra forma de comportamiento humano, que exprese un sentimiento. Creo
que lo mejor es poner fin a esto, pues si me encierro en la terca idea de
seguir en este sufrimiento y este dilema emocional, no lograré más que quedar esclavo
de la locura, mientras intento ser feliz, y en mi cabeza se desata una insólita
tertulia entre mis sentimientos, por intentar tomar control de mí y alejarme de
la razón. No puedo más, me entrego a la muerte. He decido poner este barco a
navegar con destino hacia un mundo mejor, un mundo en el que quizás nada
exista, ni siquiera yo; empero, que al menos implica el orden de mi ser. Antes
de renunciar a aquello que me apega al mundo de los mortales, quiero dejar
escrita mi historia en este trozo de papel, que probablemente alguien
encontrará en un incierto futuro, escrita por una mente vacilante, despojada de
la quietud y armonía mental.
Aquellos
años de júbilos e infortunios entrelazados, que viví junto a la bella Verónica,
podrían volver en cualquier momento, aun así no lo deseo. La verdad es que ya
me repudia y asquea el solo pensar en este bucle interminable, como lo son los frecuentes
reencuentros con Verónica. Sé que es extraño el pensar que un hombre que ame
tanto a alguien, demuestre desprecio por un reencuentro que muchos anhelarían;
en especial tratándose de un regreso de entre el mundo de los fallecidos. Es
que no lo soporto, cada vez que ella vuelve siempre lo estropeo; por más inconsciente
que sean los hechos, ella termina muriendo por culpa mía. Y su muerte siempre
me atormenta.
La
primera vez que la vi caer, presa de la parca que venía a concluir el ciclo de
vida humano, fue a consecuencia de mi descuido, siendo apuñalada por la
enfermedad. La enfermedad que era capaz de ocasionar la muerte si no se trataba
con cuidado, y por desgracia yo no era capaz de darle aquel minucioso cuidado
que se merecía un ángel como Verónica.
No
se puede negar que existía una relación febril de los problemas de Verónicas
con los míos, que de alguna forma la acercaban a la desgracia, matándome
también a mí. No quitándome la vida como define ese término, me refiero a una
muerte que es más profunda que lo material, me mataba por dentro, carcomiéndome,
haciéndome sentir muerto. Recurría constantemente al trago como compañero en mi
soledad, cuando me lamentaba, usando este método para el desahogo de la
incertidumbre y agonía causada por los numerosos problemas de mi desdichada
vida. Lo hacía lejos de Verónica, pues no me gustaba que me viese así. El
alcohol era lo único que satisfacía mis penas, no lo hacía por completo, pero
era lo más cercano que tenía a la hora de buscar alivio. Muchas veces no tenía
para pagarlo, y sin embargo acudía a él. Se había convertido en mi inevitable
vicio, desde el primer momento en que me acerqué a él, y por más veces que le prometía
a Verónica que no lo usaría más, volvía a caer, seducido por la acumulación de
problemas. En el fondo sabía que ello no me beneficiaba, y me causaba una vida
aún más dura, por culpa de mi necedad, empero, era mi único remedio. Cuando
estás cerca de una muerte anunciada por ti mismo, logras aceptar todo aquello
en que te equivocaste, por más cerrado que te mostrases en épocas anteriores;
por ello afirmo que aquello no era lo correcto, hoy lo reconozco. ¡Fui un
idiota en ese aspecto! Por favor, pido que no se me juzgue por eso, no perdáis
tiempo, porque no valdría la pena, pues no tendría cambio alguno en mí. Mi
inconsistencia e incapacidad, serían castigadas; lo pagaría muy caro. Fue
entonces cuando Verónica agonizaba en mis brazos y escupía sangre por montones,
que salía de su boca en un descontrol inmenso, que perdería yo toda pizca de contento.
Al llegar el médico, tenía esperanzas de una noticia sobre su recuperación o un
tratamiento que tuviese que aplicársele, para que mejorase. Aquella llegada del
doctor solo me profirió dolor y desolación de alegrías. Verónica había muerto,
y yo tenía gran culpa, era el autor intelectual y mayor hiriente, desarrollador
de su fallecimiento,
Su
entierro se realizó en el hogar donde convivíamos y nos amábamos. Su ataúd
estaba en el cuarto principal de la casa, que era a la vez la cocina, ya que
era un espacio muy pequeño. Era lo máximo a lo que podíamos ajustarnos, con mi
débil paga y grandes deudas. La caja estaba abierta, dejando ver su atractiva
figura. Su cuerpo estaba cubierto de un traje de seda blanca y suave, y su
bello y pálido rostro estaba al
descubierto. No podía hacer nada más que quedarme sentado frente a ella,
mirando un punto fijo, pensativo y deplorable, reflexionando sobre lo malo que
había hecho y mi nefasta pobreza, que estaba llena de deudas y una amarga ansiedad
hacia el trago, la cual, en ese momento, estaba cobrándomelo muy caro con la
perdida de mi esposa. ¡Dios, porqué fui tan inconsciente y terco!
Todos
los allí presente –quienes, no eran muchos, pues no fuimos la pareja
más conocida de la ciudad, ni de lejos–, me ofrecían sus condolencias y pésames.
No podía rechazarlas, así que, con una cara que expresaba lamentación, le daba
las gracias a cada uno, entre tanto que, no hacía más que estar en el mismo
sitio y en la misma posición. El silencio hondaba en la habitación a granel, de
manera incómoda, ayudando al desarrollo de una atmosfera funesta, enmarcada por
la pérdida de Verónica. A la hora, cuando no había nada más que decir o hacer,
los últimos hombres se marcharon. Supongo que habían resistido mucho y era
obvio que se habían quedado hasta ese momento para demostrar la pena y tratar
de postrarse dignos y caballerosos.
En
un ataque de cólera, gimiendo y sollozando, comencé a destruirlo todo, hasta
que la locura me poseyó y controlado por la irritación irracional, decidí
incendiar por completo la casa. Estaba harto, todo me recordaba a Verónica;
todas las cosas que cargaba entre mis recuerdos, que me lastimaban cada vez que
las traía a mis memorias. Regué gasolina por todo el sector, en cada una de las
piezas, y especialmente en la aquella caja horrible, la cual sería mejor que
fuese incinerada a terminar colonizada por los gusanos, y que los carroñeros se
diesen un festín con los inertes restos de Verónica. Tiré un fosforo sobre el
piso húmedo, que se encargó de esparcir el fuego por todas las zonas de aquella
creación próxima a su devastación.
Divisé
mi hogar, que me traía a mi imaginación deplorables pensamientos, marcados cada
vez más por la atmosfera. Un grito logró inquietarme, era un sonido proveniente
del cuarto donde estaba Verónica, proveniente de su ataúd… Corrí, en un ataque
de anhelos y sorprendentes expectativas, pero mi camino, lleno de curiosidad,
se vio alterado por culpa de los restos materiales, que estando en el piso, me
hicieron perder el control, al tener la torpeza de no esquivarlos y resbalarme,
cayendo cerca de la caja donde yacía Verónica, haciendo que el ataúd cayera al
piso, muy cerca de mí. Maldije con todos mis ánimos en se instante –¿a qué o
quién? –. No lo sé, quizás fuese, quizás solo fuese como forma de alivio, al
igual que el alcohol…; no tengo origen o causa firme, bien argumentada sobre
porqué lo hice, simplemente recurrí a ello sin antes pensar.
Mi
corazón se llenó de pavor y por poco y llega a detenerse, al sentir una mano
situada sobre mi hombro, y al instante oír la dulce voz de Verónica. ¿Era ella en
verdad? ¿O sería mi mente acercándose a las alucinaciones por culpa de la
nostalgia?
–Howard,
soy yo. ¿No me ves? ¿No me sientes?
-Pe…
pe… –tartamudeé, con gran asombro y temor, ante la resurrección de mi amada–, es
que, es imposible. ¡Tú estás muerta!
–Pero
he vuelto, no temas. Nada malo pasará. He logrado volver de aquello que llaman
el más allá.
–Oh,
bella Verónica, doy gracias a quien quiera que haya sido el causante de esta
nueva oportunidad. Tal vez fue aquel a quien proclaman como creador los demás,
sea quien sea. Ya verás que no te volveré a descuidar.
La
intenté sacarla de la casa que ardía en llamas; entre mis brazos la conducía
camino hacia afuera. Por desgracia, no pude. Bastó con haber parpadeada para
que ella hubiese desaparecido. Al abrir los ojos, en cuestión de segundos,
inexplicablemente, estaba yo fuera de la casa, sin ella. Y oía un grito, el
mismo grito del momento anterior, perteneciente a Verónica. Todavía seguía
encerrada entre aquella prisión ardiente. Por más que quise no pude socorrerla.
Antes de lograr entrar, vi cómo la choza se venía abajo, quedando reducida a
escombros. Me maldije a mí mismo, a aquella angosta casa, e incluso, a quien se
suponía, era el responsable de que ella regresara, y tuviera aquel final, ya
que pudo traerla de otro mundo, mas no pudo sacarla de aquella mazmorra, sino
que la condenó a morir en medio de la tortura del fuego. Maldito lo material,
maldito sea el dinero que condena a los pobres que no logran construir una vida
plena, por culpa de la peste llamada dinero, que solo logra corromper al
hombre; maldito el mundo entero.
Al
terminar mis quejas llenas de furor, me hallaba en una cama malherido.
–¿Qué
ha pasado? –Murmuré confundido, esperando que alguien me respondiese.
–Cálmate,
no te esfuerces –respondió ante mi intriga Verónica, quien para mi sorpresa y
alegría, estaba frente a mí, como si nada hubiese pasado–. La casa, para
malaventura de nosotros, se ha incendiado. Lo bueno es que logramos salir
ilesos del desastre.
–Juraría
que había ocurrido de otra forma. Aunque, ¿cómo logramos sobrevivir a aquel
acontecimiento, querida?
–Eso
no importa ahora. Descansa. Para fortuna nuestra, mi tía nos dejó albergarnos
aquí por un tiempo, aprovechando sus vacaciones.
Verónica
puso fin a la conversación mediante esas últimas palabras, seguida de una
reconfortante sonrisa.
Al
parecer mi cerebro me había jugado una mala pasada. Sería capaz de jurar sobre
mi vida misma, que el incidente con la muerte de Verónica y todo lo demás
conectado a ello, eran, reales…, de cierto modo, desde una u otra comprensión. De
nada serviría insistir en busca a alguien que me diese la razón, pues nadie lo
haría; mejor me reservaba todas esas hipótesis para mí, y con ayuda de mi mente,
en soledad, daría explicación y razonamiento a todo esto –pensé–.
Al menos Verónica y yo estábamos bien; más pobres que antes, aunque con salud.
Aquel
incidente extraño sería la puerta que daría paso a la enorme ciudad, donde se
albergaba el caos, angustia y confusión, alimentada por el trastorno que se
desarrollaba cada vez más entre mis pensamientos.
Cada
vez eran mayores los hechos de este tipo. Empecé a tener constantes situaciones
tan angustiantes y confusas, en las que Verónica terminaba entregada a los
brazos de la muerte, y como siempre, por culpa mía. Tal vez todo solo fue
casualidad, tal vez todo era una ilusión, tal vez la culpa no siempre era mía,
o ¿por qué no?, ya ondeaba yo cerca al mundo de la perdida de la cordura. Qué más
da, el daño estaba hecho y las torturas que me provocaba la vida no paraban,
logrando lo que creo que era su objetivo: torturarme. Me encontraba en un bucle
sin salida, en el cual, tras cada repetición, había factores distintos, alterando
los medios, pero siempre llegando al mismo fin. ¿Habría de ser un castigo por
mi repugnante vida de borracho y pobre hombre, que lo único que tenía para
mantener a su esposa, que según él, tanto “amaba”, era el amor, porque más allá
de eso, jamás llegaría a brindarle una vida mejor? Aquella pobre mujer estaba
condenada, junto a aquel maldito alcohólico.
Cada
vez sentía más cómo todos me odiaban, sentía la discriminación y cuando alguien
me brindaba un sentimiento que no fuese de antipatía, esa acumulación de
repugnancia y agobio, desencadenando la paranoia en mí, llegué a sentirme abrumado…,
raro…; cada vez que Verónica me brindaba algo distinto que nadie me brindaba,
afecto y confianza. Siempre lo había hecho, aunque, desde aquellos sucesos era
diferentes, desde aquellos sucesos, en lugar de alegrarme, me martirizaba. Pido
por favor que no se me repugne en este momento, pero con estos vaivenes en mi
existencia, como lo eran los funestos regresos de Verónica, me conducía poco a
poco a la perdida de dicha. Al ella morir, yo lo hacía también, y empezábamos
de nuevo y reviviéramos ambos; no solo ella, también yo y mis experiencias, a
pesar de que fuese ella quien se suponía que moría. Como una especie de
reencarnación, albergando los recuerdos del pasado completamente desemejante,
encerrados en un Deja-vú.
Tanta
fue mi paranoia y agobiante horror por las situaciones que, un día llegué a
matarla por voluntad propia. Esa vez lo había hecho con grandes ganas, pues
estaba harto de que, sin querer hacerle daño, al final siempre acababa
haciéndoselo; así que esta vez sí se lo haría por voluntad propia. Ya había
perdido la cordura, ya no me podía controlar, ya era ese bucle quien me
dominaba. Sé que suena loco, sin embargo, aquella maldita rueda que siempre
terminaba en el mismo punto, no había forma de retener su resultado. Me
entregué a mi destino inevitable, quizás así sería diferente; quizás así ella no
volvería y me dejaría descansar; no obstante, sabría que eso también me agobiaría,
hasta la muerte de mi ser.
Un
día, alcoholizado con gran frenesí y enorme alteración, entré en un torbellino
de desesperación y comencé a esparcir espavientos, quejándome de todo lo que
había pasado desde el inicio de este encarcelamiento. Mi vida se había vuelto
una monotonía, con variaciones que hacían sino llevarme a la demencia. La
monotonía de caer siempre en la misma situación: la muerte, la muerte de quien
una vez fue mi amada, quien alegraba mi vida, y ahora era la causante de mis
pesadillas, pesadillas mientras estaba despierto.
Tomé
el cuchillo de la cocina. Ella salió preocupada por los ruidos, me miró
aterrada, preguntándome qué me pasaba. Yo, fríamente, títere del enojo que
controlaba mis decisiones, le grité diciéndole que estaba cansado de todo. Me
dirigí hacía Verónica, la sujeté por la espalda y le clavé el cuchillo sin
compasión. Mi rabia no se apiadó de sus gritos y lamentos; solo me importaba
desquitarme; desquitar todos esos bramidos que había en mi cabeza, de los
cuales ella era la culpable.
Al
terminar el crimen, estallé en carcajadas de triunfo, complacido por la acción.
¿O habrían sido gritos de locura? Cuando la ira se esfumó de mi cerebro y volví
a la realidad, vi el cuerpo de Verónica tirado en el piso, lleno de sangre. Me
incliné hacia ella, la sujeté en mis brazos y comencé a llorar por lo que había
hecho. Culpar al alcohol en ese momento sería una excusa patética, ahora que
había conseguido el objetivo ya no lo quería. Suena paradójico, si se toma en
cuenta los minutos antes de mis sollozos. Pese a que no me crean, era como si me
encontrara en otro lado cuando eso estaba ocurriendo, cuando le estaba
asesinando, pero… si presencie todo eso… Mas Howard, no habría hecho algo así;
se hubiese detenido; ni siquiera hubiese pensado en algo así. Hasta lo estaba
disfrutando cuando veía su sangre chorrear, mientras retiraba el arma de su
cuerpo. Creo que, ese que hizo aquel acto atroz, ya no era Howard, no era yo.
Sin duda alguna, no estaba cuerdo, había
perdido toda pizca de racionalidad; me había vuelto un loco; al menos, según la
definición que había creado la humanidad sobre “loco”.
Levanté
el cadáver de mi amada, para llevarlo al patio y enterrarlo allí. Estaba muy
cansado, mi cuerpo no tenía fuerzas para llevarla hasta afuera de la casa. Además,
la conciencia era lo que más me pesaba. Solo logré llegar hasta el segundo
cuarto. Me devolví hacia la cocina, donde tuvo acto la matanza de Verónica y de
mi razón. Había mucha sangre esparcida en el piso. Me hice una herida en el
pecho, pues no había sentido que buscarle a mis acciones; simplemente era mi cerebro
sin cordura, aunque, creo que sería acertado decir que lo hice como desahogo de
mis penas. Al no tener alcohol, busqué una forma de desahogo distinta, que implicara
hacerme daño. Esta vez el daño era más explícito, provocando un dolor físico,
peor que el mal que puede llegar a provocar aquel líquido corrompedor del
hombre. ¿O podría ser “corrompido por el hombre”?. Luego de efectuar aquel
corte en mi estómago, el cual no logró matarme, mas sí hacerme desmallar,
cerrando los ojos, caí en el sueño.
Regresé
al mundo del despertar, o quizás en realidad empecé a soñar, mas no despertar.
El hecho es que mis ojos se abrieron de nuevo. ¿Habría llegado esta pesadilla a
su fin?
Frente
a mí, se hallaba un gran charco de sangre. Mi alegría Se materializó, después
de tantos eones de zozobra; una extraña felicidad combinada con tonos de
desdicha y desamor; una ocasión agridulce, por la cual ameritaba brindar. Volvería
a mis días de paz. Verónica ya no estaría para acompañarme en dichos días. Era mejor
así. Por fin descansaría para siempre, tanto ella como yo. En mi estómago
seguía aquella herida, seca esa vez. Me puse de pie y fui hacia la salida. Una
voz me hizo parar; ya iniciaba a alterarme y a maldecir todo. Era evidente, y
demás que el lector ya se habrá de imaginar de quién le estoy hablando. El
dueño de aquella voz…, mejor dicho: la dueña… Sí, era ella.
–Cariño,
¿estás bien? En cuanto llegué, te hallé aquí, tirado en el piso, y con aquella
herida. ¿Quién y por qué, quiso acerté daño?
–¡Maldigo
mi existencia! –No pude evitar bramar, por más cruel que eso sonara y más a
Verónica, pero su forma de expresarse era tan cínica, como siempre al revivir…,
como si nada hubiese pasado.
No
pude huir del infierno repetitivo. No lo podía creer. En ese momento, me decidí
en que las cosas no pararían de esa forma; después de todo, era siempre ella
quien se iba y volvía, pues, era yo quien en todo momento seguía intacto…
–¡Tú
deberías estar muerta! ¡Hace mucho tiempo deberías haberlo estado! ¡Y no! Vuelves
y vuelves, atormentándome. ¿Acaso lo haces para castigarme, mostrándome la poca
buena vida que te di, y cómo te hería sin notarlo? ¿O es alguien o algo más,
que esta fuera de nuestro entendimiento? Si tú no logras morir y quedarte así,
en un tiempo eterno, entonces seré yo quien deba llegar a aquel lugar, donde el
pasado completo quede como algo inexistente. ¡Seré yo quien diga adiós a la
vida! No tiene sentido esta monotonía aflictiva.
Verónica,
confundida, intentó calmarme. La había aterrado; aquellas expresiones, llenas
de dolor y paranoia, que me corrompieron, resultaron hirientes para ellas. A
mis ojos no les importó eso; lo que les importó, a ellos y a mí, fue el
cerrarlos, de manera perpetua.
Me
encerré en el cuarto más pequeño. Tomé pluma y papel. Sí señores, el papel que
más tarde pasaría a ser mi carta de suicidio, contándoles a aquellos
desconocidos que ahora se hacen descubridores de esto, mi triste historia. Más
que triste… creo que hay muchos sentimientos más que abarcan esta desventura
enigmática. Aquel sentimiento es el primero que se me viene a la mente; no
ondearé, matándome la cabeza en busca de adjetivos; pues nada de eso importa. Después
de la muerte lo mundano pierde importancia, quedando en el olvido global.
Espero
que, al cerrar los ojos, esta vez no sea yo quien regrese, como Verónica, repitiendo
la historia en sentido opuesto, ocasionando así un desquite que no fue
planeado. Confío en que aquello no pasará, pues yo soy opuesto a Verónica: una
peor persona; en cambio ella es sana y de un corazón noble, alejada de los
males de la humanidad. Ella no se merece tal sufrimiento, posiblemente esto
solo fue un sueño o algo que no tiene porqué estar conectado o ser relativo con
la realidad. ¿Quién sabe? El hecho es que esto se acaba ya, y soy yo quien da
fin a todo esto.
Habiendo
escrito estos últimos renglones, anuncio aquí, en este papel, mi despedida. Tomo
una soga y le hago un fuerte nudo, colgándola en el techo, quedando situada
sobre una butaca. Me situaré sobre ella y mi pútrido cuerpo será devorado por
los gusanos en un futuro. Sin poder confirmar la veracidad de estos sucesos,
solo puedo decir: adiós tormentosa pesadilla; al menos esta vez no será Verónica
quien haya de volver.
Howard Ubago Arias.
FIN.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario