martes, 11 de abril de 2017

Relato 18: "Las muertes de Verónica"


Escribo las letras presentes en esta carta, lleno de lágrimas en mis ojos, con el corazón desbastado, y las emociones alteradas. No sé ni qué pensar o qué emoción expulsar; no sé si sentirme triste, feliz, confundido, desahuciado, o de cualquier otra forma de comportamiento humano, que exprese un sentimiento. Creo que lo mejor es poner fin a esto, pues si me encierro en la terca idea de seguir en este sufrimiento y este dilema emocional, no lograré más que quedar esclavo de la locura, mientras intento ser feliz, y en mi cabeza se desata una insólita tertulia entre mis sentimientos, por intentar tomar control de mí y alejarme de la razón. No puedo más, me entrego a la muerte. He decido poner este barco a navegar con destino hacia un mundo mejor, un mundo en el que quizás nada exista, ni siquiera yo; empero, que al menos implica el orden de mi ser. Antes de renunciar a aquello que me apega al mundo de los mortales, quiero dejar escrita mi historia en este trozo de papel, que probablemente alguien encontrará en un incierto futuro, escrita por una mente vacilante, despojada de la quietud y armonía mental.
Aquellos años de júbilos e infortunios entrelazados, que viví junto a la bella Verónica, podrían volver en cualquier momento, aun así no lo deseo. La verdad es que ya me repudia y asquea el solo pensar en este bucle interminable, como lo son los frecuentes reencuentros con Verónica. Sé que es extraño el pensar que un hombre que ame tanto a alguien, demuestre desprecio por un reencuentro que muchos anhelarían; en especial tratándose de un regreso de entre el mundo de los fallecidos. Es que no lo soporto, cada vez que ella vuelve siempre lo estropeo; por más inconsciente que sean los hechos, ella termina muriendo por culpa mía. Y su muerte siempre me atormenta.
La primera vez que la vi caer, presa de la parca que venía a concluir el ciclo de vida humano, fue a consecuencia de mi descuido, siendo apuñalada por la enfermedad. La enfermedad que era capaz de ocasionar la muerte si no se trataba con cuidado, y por desgracia yo no era capaz de darle aquel minucioso cuidado que se merecía un ángel como Verónica.
No se puede negar que existía una relación febril de los problemas de Verónicas con los míos, que de alguna forma la acercaban a la desgracia, matándome también a mí. No quitándome la vida como define ese término, me refiero a una muerte que es más profunda que lo material, me mataba por dentro, carcomiéndome, haciéndome sentir muerto. Recurría constantemente al trago como compañero en mi soledad, cuando me lamentaba, usando este método para el desahogo de la incertidumbre y agonía causada por los numerosos problemas de mi desdichada vida. Lo hacía lejos de Verónica, pues no me gustaba que me viese así. El alcohol era lo único que satisfacía mis penas, no lo hacía por completo, pero era lo más cercano que tenía a la hora de buscar alivio. Muchas veces no tenía para pagarlo, y sin embargo acudía a él. Se había convertido en mi inevitable vicio, desde el primer momento en que me acerqué a él, y por más veces que le prometía a Verónica que no lo usaría más, volvía a caer, seducido por la acumulación de problemas. En el fondo sabía que ello no me beneficiaba, y me causaba una vida aún más dura, por culpa de mi necedad, empero, era mi único remedio. Cuando estás cerca de una muerte anunciada por ti mismo, logras aceptar todo aquello en que te equivocaste, por más cerrado que te mostrases en épocas anteriores; por ello afirmo que aquello no era lo correcto, hoy lo reconozco. ¡Fui un idiota en ese aspecto! Por favor, pido que no se me juzgue por eso, no perdáis tiempo, porque no valdría la pena, pues no tendría cambio alguno en mí. Mi inconsistencia e incapacidad, serían castigadas; lo pagaría muy caro. Fue entonces cuando Verónica agonizaba en mis brazos y escupía sangre por montones, que salía de su boca en un descontrol inmenso, que perdería yo toda pizca de contento. Al llegar el médico, tenía esperanzas de una noticia sobre su recuperación o un tratamiento que tuviese que aplicársele, para que mejorase. Aquella llegada del doctor solo me profirió dolor y desolación de alegrías. Verónica había muerto, y yo tenía gran culpa, era el autor intelectual y mayor hiriente, desarrollador de su fallecimiento,
Su entierro se realizó en el hogar donde convivíamos y nos amábamos. Su ataúd estaba en el cuarto principal de la casa, que era a la vez la cocina, ya que era un espacio muy pequeño. Era lo máximo a lo que podíamos ajustarnos, con mi débil paga y grandes deudas. La caja estaba abierta, dejando ver su atractiva figura. Su cuerpo estaba cubierto de un traje de seda blanca y suave, y su bello y pálido rostro  estaba al descubierto. No podía hacer nada más que quedarme sentado frente a ella, mirando un punto fijo, pensativo y deplorable, reflexionando sobre lo malo que había hecho y mi nefasta pobreza, que estaba llena de deudas y una amarga ansiedad hacia el trago, la cual, en ese momento, estaba cobrándomelo muy caro con la perdida de mi esposa. ¡Dios, porqué fui tan inconsciente y terco!
Todos los allí presente quienes, no eran muchos, pues no fuimos la pareja más conocida de la ciudad, ni de lejos–, me ofrecían sus condolencias y pésames. No podía rechazarlas, así que, con una cara que expresaba lamentación, le daba las gracias a cada uno, entre tanto que, no hacía más que estar en el mismo sitio y en la misma posición. El silencio hondaba en la habitación a granel, de manera incómoda, ayudando al desarrollo de una atmosfera funesta, enmarcada por la pérdida de Verónica. A la hora, cuando no había nada más que decir o hacer, los últimos hombres se marcharon. Supongo que habían resistido mucho y era obvio que se habían quedado hasta ese momento para demostrar la pena y tratar de postrarse dignos y caballerosos.  
En un ataque de cólera, gimiendo y sollozando, comencé a destruirlo todo, hasta que la locura me poseyó y controlado por la irritación irracional, decidí incendiar por completo la casa. Estaba harto, todo me recordaba a Verónica; todas las cosas que cargaba entre mis recuerdos, que me lastimaban cada vez que las traía a mis memorias. Regué gasolina por todo el sector, en cada una de las piezas, y especialmente en la aquella caja horrible, la cual sería mejor que fuese incinerada a terminar colonizada por los gusanos, y que los carroñeros se diesen un festín con los inertes restos de Verónica. Tiré un fosforo sobre el piso húmedo, que se encargó de esparcir el fuego por todas las zonas de aquella creación próxima a su devastación.
Divisé mi hogar, que me traía a mi imaginación deplorables pensamientos, marcados cada vez más por la atmosfera. Un grito logró inquietarme, era un sonido proveniente del cuarto donde estaba Verónica, proveniente de su ataúd… Corrí, en un ataque de anhelos y sorprendentes expectativas, pero mi camino, lleno de curiosidad, se vio alterado por culpa de los restos materiales, que estando en el piso, me hicieron perder el control, al tener la torpeza de no esquivarlos y resbalarme, cayendo cerca de la caja donde yacía Verónica, haciendo que el ataúd cayera al piso, muy cerca de mí. Maldije con todos mis ánimos en se instante –¿a qué o quién? –. No lo sé, quizás fuese, quizás solo fuese como forma de alivio, al igual que el alcohol…; no tengo origen o causa firme, bien argumentada sobre porqué lo hice, simplemente recurrí a ello sin antes pensar.  
Mi corazón se llenó de pavor y por poco y llega a detenerse, al sentir una mano situada sobre mi hombro, y al instante oír la dulce voz de Verónica. ¿Era ella en verdad? ¿O sería mi mente acercándose a las alucinaciones por culpa de la nostalgia?
–Howard, soy yo. ¿No me ves? ¿No me sientes?
-Pe… pe… –tartamudeé, con gran asombro y temor, ante la resurrección de mi amada–, es que, es imposible. ¡Tú estás muerta!  
–Pero he vuelto, no temas. Nada malo pasará. He logrado volver de aquello que llaman el más allá.
–Oh, bella Verónica, doy gracias a quien quiera que haya sido el causante de esta nueva oportunidad. Tal vez fue aquel a quien proclaman como creador los demás, sea quien sea. Ya verás que no te volveré a descuidar.
La intenté sacarla de la casa que ardía en llamas; entre mis brazos la conducía camino hacia afuera. Por desgracia, no pude. Bastó con haber parpadeada para que ella hubiese desaparecido. Al abrir los ojos, en cuestión de segundos, inexplicablemente, estaba yo fuera de la casa, sin ella. Y oía un grito, el mismo grito del momento anterior, perteneciente a Verónica. Todavía seguía encerrada entre aquella prisión ardiente. Por más que quise no pude socorrerla. Antes de lograr entrar, vi cómo la choza se venía abajo, quedando reducida a escombros. Me maldije a mí mismo, a aquella angosta casa, e incluso, a quien se suponía, era el responsable de que ella regresara, y tuviera aquel final, ya que pudo traerla de otro mundo, mas no pudo sacarla de aquella mazmorra, sino que la condenó a morir en medio de la tortura del fuego. Maldito lo material, maldito sea el dinero que condena a los pobres que no logran construir una vida plena, por culpa de la peste llamada dinero, que solo logra corromper al hombre; maldito el mundo entero.
Al terminar mis quejas llenas de furor, me hallaba en una cama malherido.
–¿Qué ha pasado? –Murmuré confundido, esperando que alguien me respondiese.  
–Cálmate, no te esfuerces –respondió ante mi intriga Verónica, quien para mi sorpresa y alegría, estaba frente a mí, como si nada hubiese pasado–. La casa, para malaventura de nosotros, se ha incendiado. Lo bueno es que logramos salir ilesos del desastre.  
–Juraría que había ocurrido de otra forma. Aunque, ¿cómo logramos sobrevivir a aquel acontecimiento, querida?
–Eso no importa ahora. Descansa. Para fortuna nuestra, mi tía nos dejó albergarnos aquí por un tiempo, aprovechando sus vacaciones.
Verónica puso fin a la conversación mediante esas últimas palabras, seguida de una reconfortante sonrisa.
Al parecer mi cerebro me había jugado una mala pasada. Sería capaz de jurar sobre mi vida misma, que el incidente con la muerte de Verónica y todo lo demás conectado a ello, eran, reales…, de cierto modo, desde una u otra comprensión. De nada serviría insistir en busca a alguien que me diese la razón, pues nadie lo haría; mejor me reservaba todas esas hipótesis para mí, y con ayuda de mi mente, en soledad, daría explicación y razonamiento a todo esto pensé–. Al menos Verónica y yo estábamos bien; más pobres que antes, aunque con salud.
Aquel incidente extraño sería la puerta que daría paso a la enorme ciudad, donde se albergaba el caos, angustia y confusión, alimentada por el trastorno que se desarrollaba cada vez más entre mis pensamientos.
Cada vez eran mayores los hechos de este tipo. Empecé a tener constantes situaciones tan angustiantes y confusas, en las que Verónica terminaba entregada a los brazos de la muerte, y como siempre, por culpa mía. Tal vez todo solo fue casualidad, tal vez todo era una ilusión, tal vez la culpa no siempre era mía, o ¿por qué no?, ya ondeaba yo cerca al mundo de la perdida de la cordura. Qué más da, el daño estaba hecho y las torturas que me provocaba la vida no paraban, logrando lo que creo que era su objetivo: torturarme. Me encontraba en un bucle sin salida, en el cual, tras cada repetición, había factores distintos, alterando los medios, pero siempre llegando al mismo fin. ¿Habría de ser un castigo por mi repugnante vida de borracho y pobre hombre, que lo único que tenía para mantener a su esposa, que según él, tanto “amaba”, era el amor, porque más allá de eso, jamás llegaría a brindarle una vida mejor? Aquella pobre mujer estaba condenada, junto a aquel maldito alcohólico.
Cada vez sentía más cómo todos me odiaban, sentía la discriminación y cuando alguien me brindaba un sentimiento que no fuese de antipatía, esa acumulación de repugnancia y agobio, desencadenando la paranoia en mí, llegué a sentirme abrumado…, raro…; cada vez que Verónica me brindaba algo distinto que nadie me brindaba, afecto y confianza. Siempre lo había hecho, aunque, desde aquellos sucesos era diferentes, desde aquellos sucesos, en lugar de alegrarme, me martirizaba. Pido por favor que no se me repugne en este momento, pero con estos vaivenes en mi existencia, como lo eran los funestos regresos de Verónica, me conducía poco a poco a la perdida de dicha. Al ella morir, yo lo hacía también, y empezábamos de nuevo y reviviéramos ambos; no solo ella, también yo y mis experiencias, a pesar de que fuese ella quien se suponía que moría. Como una especie de reencarnación, albergando los recuerdos del pasado completamente desemejante, encerrados en un Deja-vú.
Tanta fue mi paranoia y agobiante horror por las situaciones que, un día llegué a matarla por voluntad propia. Esa vez lo había hecho con grandes ganas, pues estaba harto de que, sin querer hacerle daño, al final siempre acababa haciéndoselo; así que esta vez sí se lo haría por voluntad propia. Ya había perdido la cordura, ya no me podía controlar, ya era ese bucle quien me dominaba. Sé que suena loco, sin embargo, aquella maldita rueda que siempre terminaba en el mismo punto, no había forma de retener su resultado. Me entregué a mi destino inevitable, quizás así sería diferente; quizás así ella no volvería y me dejaría descansar; no obstante, sabría que eso también me agobiaría, hasta la muerte de mi ser.
Un día, alcoholizado con gran frenesí y enorme alteración, entré en un torbellino de desesperación y comencé a esparcir espavientos, quejándome de todo lo que había pasado desde el inicio de este encarcelamiento. Mi vida se había vuelto una monotonía, con variaciones que hacían sino llevarme a la demencia. La monotonía de caer siempre en la misma situación: la muerte, la muerte de quien una vez fue mi amada, quien alegraba mi vida, y ahora era la causante de mis pesadillas, pesadillas mientras estaba despierto.
Tomé el cuchillo de la cocina. Ella salió preocupada por los ruidos, me miró aterrada, preguntándome qué me pasaba. Yo, fríamente, títere del enojo que controlaba mis decisiones, le grité diciéndole que estaba cansado de todo. Me dirigí hacía Verónica, la sujeté por la espalda y le clavé el cuchillo sin compasión. Mi rabia no se apiadó de sus gritos y lamentos; solo me importaba desquitarme; desquitar todos esos bramidos que había en mi cabeza, de los cuales ella era la culpable.
Al terminar el crimen, estallé en carcajadas de triunfo, complacido por la acción. ¿O habrían sido gritos de locura? Cuando la ira se esfumó de mi cerebro y volví a la realidad, vi el cuerpo de Verónica tirado en el piso, lleno de sangre. Me incliné hacia ella, la sujeté en mis brazos y comencé a llorar por lo que había hecho. Culpar al alcohol en ese momento sería una excusa patética, ahora que había conseguido el objetivo ya no lo quería. Suena paradójico, si se toma en cuenta los minutos antes de mis sollozos. Pese a que no me crean, era como si me encontrara en otro lado cuando eso estaba ocurriendo, cuando le estaba asesinando, pero… si presencie todo eso… Mas Howard, no habría hecho algo así; se hubiese detenido; ni siquiera hubiese pensado en algo así. Hasta lo estaba disfrutando cuando veía su sangre chorrear, mientras retiraba el arma de su cuerpo. Creo que, ese que hizo aquel acto atroz, ya no era Howard, no era yo. Sin duda alguna, no estaba cuerdo,  había perdido toda pizca de racionalidad; me había vuelto un loco; al menos, según la definición que había creado la humanidad sobre “loco”.
Levanté el cadáver de mi amada, para llevarlo al patio y enterrarlo allí. Estaba muy cansado, mi cuerpo no tenía fuerzas para llevarla hasta afuera de la casa. Además, la conciencia era lo que más me pesaba. Solo logré llegar hasta el segundo cuarto. Me devolví hacia la cocina, donde tuvo acto la matanza de Verónica y de mi razón. Había mucha sangre esparcida en el piso. Me hice una herida en el pecho, pues no había sentido que buscarle a mis acciones; simplemente era mi cerebro sin cordura, aunque, creo que sería acertado decir que lo hice como desahogo de mis penas. Al no tener alcohol, busqué una forma de desahogo distinta, que implicara hacerme daño. Esta vez el daño era más explícito, provocando un dolor físico, peor que el mal que puede llegar a provocar aquel líquido corrompedor del hombre. ¿O podría ser “corrompido por el hombre”?. Luego de efectuar aquel corte en mi estómago, el cual no logró matarme, mas sí hacerme desmallar, cerrando los ojos, caí en el sueño.
Regresé al mundo del despertar, o quizás en realidad empecé a soñar, mas no despertar. El hecho es que mis ojos se abrieron de nuevo. ¿Habría llegado esta pesadilla a su fin?
Frente a mí, se hallaba un gran charco de sangre. Mi alegría Se materializó, después de tantos eones de zozobra; una extraña felicidad combinada con tonos de desdicha y desamor; una ocasión agridulce, por la cual ameritaba brindar. Volvería a mis días de paz. Verónica ya no estaría para acompañarme en dichos días. Era mejor así. Por fin descansaría para siempre, tanto ella como yo. En mi estómago seguía aquella herida, seca esa vez. Me puse de pie y fui hacia la salida. Una voz me hizo parar; ya iniciaba a alterarme y a maldecir todo. Era evidente, y demás que el lector ya se habrá de imaginar de quién le estoy hablando. El dueño de aquella voz…, mejor dicho: la dueña… Sí, era ella.
–Cariño, ¿estás bien? En cuanto llegué, te hallé aquí, tirado en el piso, y con aquella herida. ¿Quién y por qué, quiso acerté daño?
–¡Maldigo mi existencia! –No pude evitar bramar, por más cruel que eso sonara y más a Verónica, pero su forma de expresarse era tan cínica, como siempre al revivir…, como si nada hubiese pasado.
No pude huir del infierno repetitivo. No lo podía creer. En ese momento, me decidí en que las cosas no pararían de esa forma; después de todo, era siempre ella quien se iba y volvía, pues, era yo quien en todo momento seguía intacto…
–¡Tú deberías estar muerta! ¡Hace mucho tiempo deberías haberlo estado! ¡Y no! Vuelves y vuelves, atormentándome. ¿Acaso lo haces para castigarme, mostrándome la poca buena vida que te di, y cómo te hería sin notarlo? ¿O es alguien o algo más, que esta fuera de nuestro entendimiento? Si tú no logras morir y quedarte así, en un tiempo eterno, entonces seré yo quien deba llegar a aquel lugar, donde el pasado completo quede como algo inexistente. ¡Seré yo quien diga adiós a la vida! No tiene sentido esta monotonía aflictiva.
Verónica, confundida, intentó calmarme. La había aterrado; aquellas expresiones, llenas de dolor y paranoia, que me corrompieron, resultaron hirientes para ellas. A mis ojos no les importó eso; lo que les importó, a ellos y a mí, fue el cerrarlos, de manera perpetua.
Me encerré en el cuarto más pequeño. Tomé pluma y papel. Sí señores, el papel que más tarde pasaría a ser mi carta de suicidio, contándoles a aquellos desconocidos que ahora se hacen descubridores de esto, mi triste historia. Más que triste… creo que hay muchos sentimientos más que abarcan esta desventura enigmática. Aquel sentimiento es el primero que se me viene a la mente; no ondearé, matándome la cabeza en busca de adjetivos; pues nada de eso importa. Después de la muerte lo mundano pierde importancia, quedando en el olvido global.
Espero que, al cerrar los ojos, esta vez no sea yo quien regrese, como Verónica, repitiendo la historia en sentido opuesto, ocasionando así un desquite que no fue planeado. Confío en que aquello no pasará, pues yo soy opuesto a Verónica: una peor persona; en cambio ella es sana y de un corazón noble, alejada de los males de la humanidad. Ella no se merece tal sufrimiento, posiblemente esto solo fue un sueño o algo que no tiene porqué estar conectado o ser relativo con la realidad. ¿Quién sabe? El hecho es que esto se acaba ya, y soy yo quien da fin a todo esto.
Habiendo escrito estos últimos renglones, anuncio aquí, en este papel, mi despedida. Tomo una soga y le hago un fuerte nudo, colgándola en el techo, quedando situada sobre una butaca. Me situaré sobre ella y mi pútrido cuerpo será devorado por los gusanos en un futuro. Sin poder confirmar la veracidad de estos sucesos, solo puedo decir: adiós tormentosa pesadilla; al menos esta vez no será Verónica quien haya de volver. 

 Howard Ubago Arias.

FIN.

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