domingo, 2 de abril de 2017

Relato 15: "Las memorias del ser"



No hallo forma de relatar este suceso sin poder huir al terror que provoca la rememoración de actos ligados a experiencias horribles, las cuales no se desearían repetir. Si pudiese elegir, devolvería los segundos y alteraría aquellos abominables hechos: los ruines actos que despertaron en mí la impaciencia por querer detener mi corazón, y que me han llevado al extravío de la razón. Los sentimientos relativos al miedo me poseen y la calma no hay forma de que a mí llegue. Aquel que sea testigo de lo que cuento, ha de satisfacerse oyendo las desdichadas experiencias de un pobre hombre; mientras que, yo, Clark Smith, aquel pobre hombre, tras cada palabra, sufre más. Es algo que debo hacer; necesito expulsar toda esta tortura, para que otros lleguen a saber de ella y no morir siendo el único declarante ante los demás, cuando me hayan de señalar por estar entre la sombría y mórbida nostalgia de aquello.
La primera oportunidad que tuve de toparme con aquella cosa, fue en una noche de calma, que exaltaba la belleza de la naturaleza, mediante el silencio, que permitía percatarme de aquel hermoso paisaje, divisado desde la ventana de mi hogar. La noche era lo único que encontraba bello en mi vida, la tranquila y afable noche; la única cosa grata en mi existencia; la dulce y silenciosa noche que me arrullaba, deleitaba y calmaba con su silencio y oscuridad. En ella muere el martirio que aparece en el día, para así despedirme de una tortura más y recomenzar al siguiente día, esperando el regreso de la hermosa oscuridad.
Un brillo celeste me inquietó, captando mi atención. Una estrella que, por su lejanía, se veía como un blanco punto sin nada a destacar más que su color. Mis ojos se posaron sobre ella, no porque fuese distinta, sino porque se veía más cerca. Sonará absurdo el decir esto, teniendo en cuenta que están situadas  a años luz de la Tierra; pero desde ese momento, mi vida empezaría a ser alterada por culpa de aquellos actos distintos a la realidad. Me quedé varios minutos con aquella idea en mi cabeza, intentando darle una conclusión. Creo que no fue por voluntad propia, la estrella me había hipnotizado, haciendo que mi cerebro se concentrase solo en ella, en ella y en ninguna otra estrella, en ninguna otra luz.
Me dirigí a mi cama, luego de mucho tiempo hipnotizado por ese inusual astro.
Eran las tres de la madrugada cuando mi sueño se vio alterado por una sensación amarga, la sensación de que había alguien más; no cerca, pero estaba allí, percatado de mi presencia y yo de la suya. Abrí los ojos y… nada, no pasó nada. Luego, no pude volverlos a cerrar, no podía hacer nada. Estaba petrificado, inmóvil y sin libertad de movimiento, semejante a una estatua. Mis músculos no respondían y mi desesperación aumentaba por la agonía. Un destello entraba por mi ventana, era tan brillante como… como una estrella... Aunque un cuerpo de proporciones tan grandes, que se encuentra a millones de años luz, era atípico que tuviese tales proporciones; habría de ser mucho más grande. En verdad era una estrella, o algo así; y era aquella estrella que había cautivado mi atención. En estos momentos tomarán esto por algo absurdo y como un seceso sin lógica alguna que no estructuré, empero, más adelante entenderán y terminaran por darme la razón con respecto a que, aquel brillo era la misma estrella llamativa del éter. Aquel cometa incandescente se dirigía raudo hacia el mirador, ocasionando que me aterrase por la idea de que mi cuerpo iría a chocar con aquel otro cuerpo, terminando en una colisión funesta.
La estrella, al llegar a la ventana aumentó su brillo, se expandió y desapareció, como si hubiese explotado silenciosamente. Sin saber cómo, al ver el exorbitante brillo, quedé cegado, evitando ver el sufrimiento que me esperaría. Me quedé así por varios segundos, sin darme cuenta de lo que pasaba a mi alrededor. Seguía teniendo conciencia y percatándome de mi existencia, por ende, seguía viviendo. Al abrir los ojos, fue el comienzo de aquel sentimiento de horror que me perseguiría a partir de allí. Delante de mí, había una cabeza gigante, sin hombros ni pies, brillando fuertemente. Un gran brillo con rostro; una estrella con rostro…, un ser con forma de estrella y aspecto humano.
Su cara, su ruin y atroz cara, la cual no me atrevo a describir, pues el solo pensar en aquellas características faciales me provocan nefasto horror, me provocan querer cerrar mi imaginación, que me recuerda aquellas facciones perturbadoras; para no ahondar mucho en la funesta y colérica tragedia por ahora, diré que sus ojos eran tan fijos e inhumanos que no podía huir a la incomodidad y terror que causaban. Esos ojos penetrantes, fueron los encargados de congelar mis músculos. Su faz era de un azul celeste, resplandeciente. Me miraba, con la vista inclinada, haciendo que sus pupilas quedasen hacia arriba, y sus pestañas creasen sombras sobre la región ocular, ingeniando la mirada de un psicópata, de alguien malvado, encargado de realizarme un sinfín de torturas y trastornos. Sus meros ojos me carcomían el alma, incitándome a la desesperación. Mi mente empezó a recordarme varios sucesos de mi desgraciada vida: las muertes de mis seres queridos, mis vicios, mis intentos de suicidios y demás fragmentos que conforman mi desdichada y miserable existencia, que resulta ser un calabozo rodeado de dolor y sollozo. Aquellas nostalgias tan viles y luctuosas fueron provocadas por él; la rememoración de esos dolores que intentaba sepultar a diario, para guardar nuevos dolores, fueron resucitados por ese rostro enorme. Aquella cosa me obligaba a pensar en esas infernales desgracias. No había forma de huir a esas imágenes; estaba condenado, sin poder objetarme. Intenté llorar y ni siquiera eso podía hacer; solo lamentarme en silencio, mientras mi cuerpo era detenido por la aflicción y el temor.
Recuerdo esa noche más que todas las siguientes, pues fue el inicio del cataclismo. No sería correcto decir que “fue la llegada de él a mi vida”; más bien: fue la aparición de él en mi vida. Ya que, dicha cosa siempre había estado ahí, siempre había existido. Mi dolor lo alegraba, pues era consciente de lo que ocurría en mi cabeza; creaba esa atmosfera horrífica con gran fogosidad. A medida que más sufría, sus labios se iban alargando, generando una tétrica sonrisa. Su boca se abría hasta permitir ver su dentadura. Esa sonrisa era la de un asesino que disfrutaba cada herida que hacía en su víctima, ocasionando su lenta muerte, regocijándose a costa de las pesadumbres ajenas. La sonoridad de aquella risa era similar a sonidos demoniacos, ruidos tan atormentadores que podrían ser comparados con lamentos de almas ahogadas en el infierno, muertas por la condena y el dolor. Morir en ese momento hubiese sido una bendición, cualquier cosa que me alejase de esa hiriente mazmorra sería una dicha.
Tuve que esperar muchas horas –horas que parecían infinitas– para poderme alejar de aquel suceso. Cuando mi cerebro dejó de rememorar aquellas tragedias, el ser abrió la boca, emitiendo un lacerante grito, y desapareciendo al haber acabado su sonido. Aunque hubiese terminado ese tormento, en mi mente seguía otro. La desesperación y la angustiosa agonía tan punzocortantes, golpeaban mi quietud. No pude conciliar el sueño, no logré volver a cerrar más los ojos. El intentar dormir era una inservible forma de engañar al terror.
Ese día falté al trabajo, pues no tenía forma de pensar en ello, solo podía pensar en la visita de aquella entidad. ¿Cómo era posible eso? Siendo yo un simple hombre carente de felicidad en mi vida, habitante de la ignorancia, sin interés por nada; siempre he permanecido en mi estrecha zona de lamentación, ¿por qué yo y no otro? ¿Qué había hecho para merecer tal suceso tan alejado de la realidad, más horrible que la realidad misma? ¡Los sentimientos de congojo que sentí fueron verdaderos y verídicos! Tan dolorosos como mi vida. Ese hecho era peor que cualquier otra cosa en este mundo, pese que aquello no pareciese originario de este mundo.
Llegó el mediodía y solo hasta esa hora mi cerebro retomó fuerzas; no obstante, eso no quitaba que me hubiese olvidado de aquella experiencia de la noche anterior. Todo me causaba pavor, la claustrofobia me invadía, no respiraba tranquilo estando en esa estrecha habitación que me recordaba la monstruosa cosa, traída desde el espacio exterior, la estrella portadora del horror que recayó en mí. Me vestí y fui a caminar, deteniéndome en una banca del parque.
El día era opaco, gracias a las nubes que se deslizaban por el cielo, provocando un clima helado. Ver las nubes me generaba terror, inclinar mi vista hacia el cielo me generaba terror, ya que me recordaba aquello. Sabía que al alzar la vista, estaba viendo hacia la ubicación de aquel atroz torturador. Al voltear a ver a las personas mi pánico evolucionó: veía en la cara de las personas la figura de aquel ser. Todos en mi entorno eran iguales, con aquel abominable rostro. Los sentimientos me abrumaron y mi calma se vio perturbada por la claustrofobia, provocada por la terrible atmosfera que me rodeaba, donde todo era relativo al horrible ser, al horrible rostro, a la lúgubre experiencias y a mis deplorables memorias.
Hui del lugar, mientras todos giraban su cara hacia mí. Me veían con esos mismos ominosos ojos que se enmarcaban en mis emociones. Era perseguido por aquellos ojos que me torturaban durante mi transcurso a casa. Oía distintas voces que me susurraban cosas horribles, recalcándome mis errores y dolores; recordándome cada una de las desdichas de mi miserable vida.
“Maldita escoria, que jamás en su vida alguien ha llegado a sentir afecto por él”; “tu vida no vale nada, más que una mera miseria, a cambio de que te mueras”; “es por ello que nunca serás feliz”; “la vida es solo una obra de tragedia”; “ahorra tiempo y acaba con esto”. Me rememoraban las peores de mis experiencias, torturándome. Esas voces tenían un dueño, o alguien que las guiase…, era aquella cosa ajena a este mundo. Me decía eso y muchas cosas más, tan horríficas que, ni siquiera en el infierno serian oídas tales cosas como esas; lo peor era que, todo eso de lo que hablaban, era cierto: soy una abominable fealdad, desterrada por la miseria y la desdicha, sin fuente de felicidad o éxito alguno en esta desgracia de existir.
Me tropecé varias veces, junto a numerosos incidentes que casi acaban en tragedia, especialmente por la carretera.
Me dirigí a vertiginoso paso hacia mi apartamento; al llegar al edificio no me atreví ni a ver al portero; ni siquiera saludé. Cualquier mirada o presencia la ignoraba, intentando omitir el contacto o interacción con lo que sabía que si llegaba a ver me aterraría –más de lo que ya estaba–. Me encerré, desahuciado en cólera, sin saber qué respuesta darle a todo esto o qué hacer frente la situación. No pensaba en nada más que no fuese el dolor del recuerdo. Mis ideas y razonamiento no encajaban, dejándome a la deriva, extraviado en la angustia, rodeado por la desesperanza y el pesimista pánico.
Oí sonidos en mi puerta, pero los ignoré. Los sonidos solo me molestaban y alteraban mis intentos de quietud. A cada toque que percibía, les gritaba que se largaran.
Dieron las seis y caí dormido, más que por sueño, fue por desesperación.
Dieron las tres de la madrugada y me desperté, asimismo que la noche anterior. Ha de ser predecible lo que ocurrirá a continuación. Sí, volvió la entidad cósmica, que la primera vez. Mi cuerpo cayó de la misma forma en aquella parálisis, deteniendo mis músculos a cualquier acto de queja u objeción. Los mismos procesos de martirio, solo que, para esta vez había omitido la escena de los recuerdos. No me hizo recordar mi pasado. Me habló sobre el futuro, mostrándome lo que sería del mañana, por culpa del presente en el que me martirizaba; valiéndose del pasado para aterrarme. Todo ello continuaría y no cesaría.
Por primera vez, la abominable estrella me habló:  
–Desgraciado hombre, que la humanidad lo conoce por Clark Smith. Aquel desdichado que su vida jamás ha logrado comprender, pues se siente muerto mientras habita en un mundo infeliz, que para él es una condena, donde el único sentido es el sufrir cotidiano. Aquel cuya vida jamás tendrá dicha tan grande como para poder considerarse contento. El hombre que desde ahora, gracias a mí, todos los días recordará cada una de sus tormentas y abrumadores fantasmas del pasado.  
»Provengo de un lugar lejano del cosmos; en la cuna de las nebulosas, siendo yo un cuerpo cósmico, no moriré. Me transformaré en una supernova cuando lo desee, la naturaleza y ciclo de existencia no tienen efecto en mí, puesto que, soy incomprensible y ajeno a las leyes de este mundo. Soy más viejo que el universo mismo y soy dueño de las experiencias de cada uno de los humanos. No hay mejor satisfacción y placer que la tortura humana: el ver cómo estas criaturas se agobian en su absurda existencia, porque no aguantan con todos sus errores, llegando a un cataclismo, el cual es provocado gracias a ellos mismos. Yo solo me encargo de dar paso a dichos recuerdos, ya que es el pasado quien los atormenta, incluso más que yo. Soy como aquel rey estratega, encargado de armar, entrenar y crear el ataque, mas no ha de combatir, mientras ve cómo sus peones asesinan y pelean por él.
»Podrás gritar, podrás correr y demás. Intentarás huir, claro que sí, mas solo hallaras recompensa muriendo. Solo en la muerte es que se encuentra el descanso y la satisfacción de la calma. Desde cualquier lugar del basto cosmos, estaré ahí, para atormentarte. Me divierto a base de los sufrimientos de los hombres, desde su llegada al mundo. No he encontrado mejor entretención que ellos y su aflicción. Al ser tan antiguo, tengo conocimiento sobre cada una de las anécdotas de cada  hombre, por lo que albergo enormes experiencias para torturar a toda la humanidad. No todos son tan maleables, por ende, no a todos consigo atormentar con tal éxito. Aquellos que han llevado mayores desgracias durante su existir, son la jugosidad con la cual me doy gusto a diario. Criaturas abatidas como tú, que no saben más que sufrir y lamentarse. Yo lo veo todo y sé toda la historia de las criaturas y seres de este mundo. Mis poderes son más extensos y opulentos de lo que podrías llegar a imaginar. Entre las civilizaciones humanas, recurro solo al mero recuerdo. Todos tus días serán un infeliz homenaje a tus tragedias, donde, en cada respiración, en cada día, en cada noche y en cada sueño, se te recordará toda tu historia. Solo lo negativo es lo que has de rememorar; en cada minuto me encargaré de que tomes memoria de todas las desgracias que conforman tu pasado, mientras me deleito y regocijo, viéndote retorcerte y estremecerte, presa de la tortura impuesta por mí, mientras caes a mayor profundidad con el pasar de las memorias y de los días, en ese pozo de depresión irremediable. Conformo una parte de ti y de toda la humanidad: sus recuerdos. Todo por lo que has pasado, yo lo he de conocer más que tú. Sin embargo, la nostalgia y la desdicha es lo único que veras; más de allí nunca lograrás apreciar. Mientras yo exista el dolor y la tristeza existirán. A diario me verás, y a diario me recordaras, durante el transcurso de tu vivir, el cual se sentirá como una muerte consiente.
Terminó sus palabras y luego hizo una risa gutural, atroz y escalofriante, que, de no ser por mi imposibilidad de mover los músculos, mi cuerpo se hubiese sacudido entre escalofríos temerosos. Desapareció del sitio y en mi mente apareció, junto a mi pasado lúgubre y desgarrador.


Ya han transcurrido semanas desde que surgió el umbral del horror, del horror infinito y quebrador. Fue aquel ser venido desde las lejanías del espacio-tiempo, que me vigilaba desde mi nacimiento, esperando hasta que llegase el momento en que pudiese sufrir más, en que mi madurez me permitiese percatarme de que mi vida era una obra trágica, donde yo era aquel protagonista que sufría, sin ver una recompensa al final, solo sufrir. Tal vez a eso fue que vine a este mundo: a comprobar por mí mismo la agonía y desgarradora experiencia que implica el absurdo e incomprensible proceso de existir.  
He aguatado mucho; ya no puedo más. No tenéis idea de cuán duro y complejo es vivir con esta pena. Mi único deseo es por fin descansar, por lo que, recurriré al método más fácil del descanso: la muerte. La pasible y tranquila muerte, donde se hallan las respuestas a todos los lamentos. En las lejanías del vivir, en el óbito, es donde conseguiré la calma y la felicidad que tanto deseo, aunque puede que no logre llegar a presenciar o percibir dicha felicidad… Espero y mis letras escritas en este documento no se pierdan en el olvido y ojalá alguien se tope con ellas. Ojalá y esta advertencia informen a alguien, o al menos, que no sea solo yo el único testigo de aquella desgracia.
Cada día que pasa es una infinita oscuridad, llena de penas y aflicciones. Anhelo descansar, quiero algo de luz, alejarme de esa oscuridad. Si la vida no me ha de dar dichas, la muerte me ha de dar satisfacción. Digo adiós a mis recuerdos y a aquel demoniaco, cruel y caótico ser, quien fue mi verdugo. El verdugo de la poca gota de tranquilidad que me quedaba, incitándome a evaporarme y acabar con todo esto.
La crueldad de aquel, proveniente de las arcaicas estrellas, es exorbitante. El pasado es una pesadilla que siempre estuvo ahí, pero que ahora no estará más. De mí solo ha de quedar el polvo y la historia sobre cómo sufrí aquella tormenta, donde el recuerdo era mi tortura y el celeste ser mi asesino, siendo yo rehén de los fantasmas del lamentable ayer.


FIN.

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