sábado, 15 de abril de 2017

Relato 19: "Los gritos de los torturados"

LOS GRITOS DE LOS TORTURADOS



¿Alguna vez han sentido deseos por conocer la muerte? ¿Por saber más sobre ella o tener alguna conexión? Ese sentimiento de querer llegar hasta lo desconocido, en un arriesgado intento de saber, lleno de desesperación. Pues ese es mi estado actual; no me concibo ni me encuentro. No aguanto más, deseo emigrar a otro sitio; ya sea una vida en otro mundo, en el más allá o en una inexistencia, dando final a todo mi ser, a todo m existir, a todo mi sufrimiento. Porque eso es mi vida actualmente: sufrimiento; solo afligirme. ¿Que por qué pienso así? Porque he llegado al punto de la exasperación en que se busca dar conclusión al problema, sin importar de qué manera ocurra. Todo sea por descansar. Los hechos que me llevaron a tal agonía se presentaron como una culpa introducida por la zozobra de los demás. Aunque, yo influí en la dicha zozobra.
Trabajé durante diez años en un manicomio de Smish Brown. Los tratos hacia los enfermos eran inhumanos. El lugar funcionaba gracias al gobierno, pero era un secreto. Nadie más que los de cuello blanco y los trabajadores sabíamos de él, debido a los hechos que se presentaban allí. En caso que se esparciese la  noticia de que en el hospital se realizaban torturas y experimentos con los pacientes, darían, no solo para clausura, sino, incluso encarcelamiento (además, algunos ni siquiera sufrían alteraciones mentales). Esto era un complot entre el gobierno y los pobres que vimos eso como una oportunidad para sustentarnos, sin importarnos qué tan cruel pudiese resultar el trabajo. Los pacientes que ingresaban, eran sometidos a diversos experimentos y pruebas de proyectos secretos, llevando un trato y vida mísera. Sin importar su estado mental, ante la ley y bajo la defensa de los derechos humanos, no se merecían tales cosas; y eso es cierto. Nos llegaban hombres de diferentes partes del país, a veces teníamos la sorpresa de toparnos con extranjeros. Esa experiencia me marcó mucho; el ver y oír aquellos desgraciados retorcerse, llorar y suplicar por sus vidas –aunque aquello no fuese digno de llamarse vivir–. Y nosotros, los atormentábamos hasta verlos caer, muriendo rodeados por la angustiosa pesadumbre, generada por nosotros, infundiendo en ellos el miedo y el desasosiego.
El centro pasó por un período de crisis, hasta que el gobierno decidió cerrarlo y no patrocinarlo más, por conveniencia de ellos; la gente comenzaba sospechar de la existencia de nuestro círculo. Estas indagaciones y suspicacias terminarían afectándonos, por lo que destruyeron todo. Exterminaron a los enfermos, y a nosotros nos recompensaron dándonos una vida nueva. Nos enviaron a distintas ciudades, sustentándonos mientras conseguíamos trabajo, para que guardásemos silencio.
Fue así como llegué a otra localidad. Decidido a retomar la tranquilidad y vivir de nuevo.
Cambiar de rutina puede sonar muy alentador y apasionante. Una nueva oportunidad, un nuevo génesis. En mi caso no era así. Nada afable pudo surgir, ya estaba manchado por la maldición que me había dejado el contribuir en aquella malicia. No hubo ningún génesis, tampoco éxodo; el cambio había significado un apocalipsis, un martirio descomunal.
Cada día y cada noche oía los gritos de aquellos desdichados. Mi mente recreaba, guiada por la conciencia y la culpa, los alaridos de aquellos a quienes yo abrumé, acabando con sus vidas. Ahora eran los recuerdos quienes me acongojaban a mí. 
Lo peor era al dormir, que era donde se sentía más real. En mis sueños, mi subconsciente recreaba aquellas atroces escenas de ellos, sufriendo, muriéndose entre el dolor, mientras sus debilitados cuerpos se estremecían y estiraban sus brazos implorando piedad, con los ojos cerrados, buscando esperanza en la ceguedad. Sin embargo, por más que ignorasen la aflicción, ella seguía y no se detenía (o más bien, “no nos deteníamos”), y morían, acabados, con su fe agotada, a los pies de la tragedia. Y sus caras, tan desagradables, ya que causaban en mí el sentimiento de miedo; miedo por ellos, miedo por mis acciones y miedo por lo que era capaz de ocasionar el rememorar. En sus caras, estaban expresados a la perfección todos los términos relativos al horror y la incertidumbre. Verlos llorar me provocaba también llorar, oírlos gritar igual. Cada uno de esos malaventurados, a los cuales contribuí en su defunción, aparecían en aquella celda de tortura onírica. Jamás en mi vida había tenido tales pesadillas, que equivalían al conjunto de los peores actos de mi vida. Cada vez que despertaba lo hacía bañado en sudor.

Días después:
Caminando hacia mi casa, durante una noche de tribulación, los comencé a oír. Dieron las siete y el primer grito emergió de la oscuridad. Oí un eco que se fue extendiendo. Al principio, creí vanamente que fue imaginación, pero no lo fue. Los seguía oyendo; sí, estaba seguro. Habían vuelto. Mi tranquilidad solo fue un engaño efímero. Por más que hubiese comparado por mí mismo, aún existían, aún gritaban y aún me sofocaban. No lo entendía, si no encontraba la fuente de los murmullo ¿de dónde podían venir? ¿Quién los generaba? ¿De la nada? No era posible.
Sonidos por aquí y por allá. Caminaba a paso lento, puesto que, por cada ruido, sin importar su insignificancia, me detenía, alterado por todo lo que presenciaban mis pobres oídos. Maldecía el sentido de la audición; no había mayor desgracia en mi cuerpo que el oído. Escuchaba chillidos desgarradores, como si las pobres almas de los fallecidos me estuviesen gritando, con gran llanto.
Me desesperé y la cólera e irritación se apoderaron de mí. No pensaba en otra cosa más que no fuesen aquellos alaridos. Sonidos que parecían provenir del infierno, o de algo peor que el infierno, algo tan tétrico y horrífico que su mero pensamiento causaba pánico a cualquiera, y más a aquel infeliz que lo presenciase, aquel que tomasen por víctima, y ese infeliz era yo. Tal vez esos gritos no eran ciertos, y en realidad, eran efecto del trastorno provocado por mis experiencias –me dije a mí mismo, bregando crear paz–. Decían mi nombre, también palabras sobre la muerte, la tristeza y el tormento. Sentía que todo eso que expresaban pasaba a mi cuerpo, como si estuviese sintiéndome igual, uniéndome a ellos en su sufrir. Por más que me tiraba al suelo, revolcándome, posando mi mano sobre mi cara, cerca de arrancarme los ojos, la boca, la  piel y por más que golpease mis oídos, similar a aquellos enfermos de antaño, estando en el lugar de ellos, no lograba deshacerme del problema. Allí fue cuando mi tragedia llegó a su clímax. 
Pasmado por el temor, generado por las cenizas de mi pasado que volvían a encenderse, quemando mi sosiego, corrí con gran confusión. No importaba hacia dónde, si fuese mi casa o si fuese a cualquier otro espacio. Lo importante era huir, sin importar que no hubiese techo dónde resguardarme y distraer mi cerebro, intentando eludirlos. El abatimiento mutaba sin cesar, carcomiéndome por completo y la sonoridad no cesaba. Aquellos lamentos llegaron a tener rostro: vi al viento dibujar la cara de los pacientes del manicomio, que hoy volvían para quejarse por todas sus tristeza. Acudían a mí, expresando sus angustias generadas por las torturas y las infrahumanas condiciones de vida a las que los sometía; para cobrar venganza, y mediante sus alaridos torturarme. Los vi ante mí, estirando los brazos y suplicándome, recordándome todo aquello que hoy me desbastaba. Sus alaridos hacían que mi conciencia me torturase, a base los nefastos recuerdos de ellos.
Luego, no pude más con aquellos gritos y sentí como si me hubiese desmayado. No obstante, los sonidos, los lamentos, el martirio…, seguían. Era peor, ya que no podía objetarme, sino brindar toda mi atención.
Finalmente, oí mi voz exhalar tristeza y martirio. Fueron mis gritos los que sonaron junto a  los demás, uniéndose en el dolor, acompañando a los desdichados, pues, al igual que ellos, yo también lo era ya. 


FIN.

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