LOS GRITOS DE LOS TORTURADOS
¿Alguna
vez han sentido deseos por conocer la muerte? ¿Por saber más sobre ella o tener
alguna conexión? Ese sentimiento de querer llegar hasta lo desconocido, en un
arriesgado intento de saber, lleno de desesperación. Pues ese es mi estado
actual; no me concibo ni me encuentro. No aguanto más, deseo emigrar a otro
sitio; ya sea una vida en otro mundo, en el más allá o en una inexistencia,
dando final a todo mi ser, a todo m existir, a todo mi sufrimiento. Porque eso
es mi vida actualmente: sufrimiento; solo afligirme. ¿Que por qué pienso así?
Porque he llegado al punto de la exasperación en que se busca dar conclusión al
problema, sin importar de qué manera ocurra. Todo sea por descansar. Los hechos
que me llevaron a tal agonía se presentaron como una culpa introducida por la
zozobra de los demás. Aunque, yo influí en la dicha zozobra.
Trabajé
durante diez años en un manicomio de Smish Brown. Los tratos hacia los enfermos
eran inhumanos. El lugar funcionaba gracias al gobierno, pero era un secreto.
Nadie más que los de cuello blanco y los trabajadores sabíamos de él, debido a
los hechos que se presentaban allí. En caso que se esparciese la noticia de que en el hospital se realizaban
torturas y experimentos con los pacientes, darían, no solo para clausura, sino,
incluso encarcelamiento (además, algunos ni siquiera sufrían alteraciones mentales).
Esto era un complot entre el gobierno y los pobres que vimos eso como una
oportunidad para sustentarnos, sin importarnos qué tan cruel pudiese resultar
el trabajo. Los pacientes que ingresaban, eran sometidos a diversos
experimentos y pruebas de proyectos secretos, llevando un trato y vida mísera.
Sin importar su estado mental, ante la ley y bajo la defensa de los derechos
humanos, no se merecían tales cosas; y eso es cierto. Nos llegaban hombres de
diferentes partes del país, a veces teníamos la sorpresa de toparnos con
extranjeros. Esa experiencia me marcó mucho; el ver y oír aquellos desgraciados
retorcerse, llorar y suplicar por sus vidas –aunque aquello no fuese digno de
llamarse vivir–. Y nosotros, los atormentábamos hasta verlos caer, muriendo
rodeados por la angustiosa pesadumbre, generada por nosotros, infundiendo en
ellos el miedo y el desasosiego.
El
centro pasó por un período de crisis, hasta que el gobierno decidió cerrarlo y
no patrocinarlo más, por conveniencia de ellos; la gente comenzaba sospechar de
la existencia de nuestro círculo. Estas indagaciones y suspicacias terminarían
afectándonos, por lo que destruyeron todo. Exterminaron a los enfermos, y a
nosotros nos recompensaron dándonos una vida nueva. Nos enviaron a distintas
ciudades, sustentándonos mientras conseguíamos trabajo, para que guardásemos
silencio.
Fue
así como llegué a otra localidad. Decidido a retomar la tranquilidad y vivir de
nuevo.
Cambiar
de rutina puede sonar muy alentador y apasionante. Una nueva oportunidad, un
nuevo génesis. En mi caso no era así. Nada afable pudo surgir, ya estaba
manchado por la maldición que me había dejado el contribuir en aquella malicia.
No hubo ningún génesis, tampoco éxodo; el cambio había significado un
apocalipsis, un martirio descomunal.
Cada
día y cada noche oía los gritos de aquellos desdichados. Mi mente recreaba,
guiada por la conciencia y la culpa, los alaridos de aquellos a quienes yo
abrumé, acabando con sus vidas. Ahora eran los recuerdos quienes me acongojaban
a mí.
Lo
peor era al dormir, que era donde se sentía más real. En mis sueños, mi
subconsciente recreaba aquellas atroces escenas de ellos, sufriendo, muriéndose
entre el dolor, mientras sus debilitados cuerpos se estremecían y estiraban sus
brazos implorando piedad, con los ojos cerrados, buscando esperanza en la
ceguedad. Sin embargo, por más que ignorasen la aflicción, ella seguía y no se
detenía (o más bien, “no nos deteníamos”), y morían, acabados, con su fe
agotada, a los pies de la tragedia. Y sus caras, tan desagradables, ya que
causaban en mí el sentimiento de miedo; miedo por ellos, miedo por mis acciones
y miedo por lo que era capaz de ocasionar el rememorar. En sus caras, estaban
expresados a la perfección todos los términos relativos al horror y la incertidumbre.
Verlos llorar me provocaba también llorar, oírlos gritar igual. Cada uno de
esos malaventurados, a los cuales contribuí en su defunción, aparecían en
aquella celda de tortura onírica. Jamás en mi vida había tenido tales
pesadillas, que equivalían al conjunto de los peores actos de mi vida. Cada vez
que despertaba lo hacía bañado en sudor.
Días
después:
Caminando
hacia mi casa, durante una noche de tribulación, los comencé a oír. Dieron las
siete y el primer grito emergió de la oscuridad. Oí un eco que se fue
extendiendo. Al principio, creí vanamente que fue imaginación, pero no lo fue.
Los seguía oyendo; sí, estaba seguro. Habían vuelto. Mi tranquilidad solo fue
un engaño efímero. Por más que hubiese comparado por mí mismo, aún existían,
aún gritaban y aún me sofocaban. No lo entendía, si no encontraba la fuente de
los murmullo ¿de dónde podían venir? ¿Quién los generaba? ¿De la nada? No era
posible.
Sonidos
por aquí y por allá. Caminaba a paso lento, puesto que, por cada ruido, sin
importar su insignificancia, me detenía, alterado por todo lo que presenciaban
mis pobres oídos. Maldecía el sentido de la audición; no había mayor desgracia
en mi cuerpo que el oído. Escuchaba chillidos desgarradores, como si las pobres
almas de los fallecidos me estuviesen gritando, con gran llanto.
Me
desesperé y la cólera e irritación se apoderaron de mí. No pensaba en otra cosa
más que no fuesen aquellos alaridos. Sonidos que parecían provenir del
infierno, o de algo peor que el infierno, algo tan tétrico y horrífico que su
mero pensamiento causaba pánico a cualquiera, y más a aquel infeliz que lo
presenciase, aquel que tomasen por víctima, y ese infeliz era yo. Tal vez esos
gritos no eran ciertos, y en realidad, eran efecto del trastorno provocado por
mis experiencias –me dije a mí mismo, bregando crear paz–. Decían mi nombre,
también palabras sobre la muerte, la tristeza y el tormento. Sentía que todo
eso que expresaban pasaba a mi cuerpo, como si estuviese sintiéndome igual,
uniéndome a ellos en su sufrir. Por más que me tiraba al suelo, revolcándome,
posando mi mano sobre mi cara, cerca de arrancarme los ojos, la boca, la piel y por más que golpease mis oídos,
similar a aquellos enfermos de antaño, estando en el lugar de ellos, no lograba
deshacerme del problema. Allí fue cuando mi tragedia llegó a su clímax.
Pasmado
por el temor, generado por las cenizas de mi pasado que volvían a encenderse,
quemando mi sosiego, corrí con gran confusión. No importaba hacia dónde, si
fuese mi casa o si fuese a cualquier otro espacio. Lo importante era huir, sin
importar que no hubiese techo dónde resguardarme y distraer mi cerebro,
intentando eludirlos. El abatimiento mutaba sin cesar, carcomiéndome por
completo y la sonoridad no cesaba. Aquellos lamentos llegaron a tener rostro:
vi al viento dibujar la cara de los pacientes del manicomio, que hoy volvían
para quejarse por todas sus tristeza. Acudían a mí, expresando sus angustias
generadas por las torturas y las infrahumanas condiciones de vida a las que los
sometía; para cobrar venganza, y mediante sus alaridos torturarme. Los vi ante
mí, estirando los brazos y suplicándome, recordándome todo aquello que hoy me
desbastaba. Sus alaridos hacían que mi conciencia me torturase, a base los
nefastos recuerdos de ellos.
Luego,
no pude más con aquellos gritos y sentí como si me hubiese desmayado. No
obstante, los sonidos, los lamentos, el martirio…, seguían. Era peor, ya que no
podía objetarme, sino brindar toda mi atención.
Finalmente,
oí mi voz exhalar tristeza y martirio. Fueron mis gritos los que sonaron junto
a los demás, uniéndose en el dolor,
acompañando a los desdichados, pues, al igual que ellos, yo también lo era
ya.
FIN.

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