sábado, 22 de julio de 2017

Relato 33: "Vidas oníricas"

Cada mañana al despertar, me veo al espejo y comienzo a meditar, allí, frente a mi reflejo, porque sé que delante de mí mismo no tengo cómo engañarme. Me quedo de pie durante largos minutos, reflexionando sobre mi vivir y sobre lo que podría llegar a ser y lo que no es. Al terminar mi discurso frente al cristal, mi cerebro recuerda lo que vivió la noche anterior, lo que recreó durante el sueño. Solo en él es que logro recobrar fuerzas y esperanzas, viviendo alternas vidas, obteniendo satisfacción y a veces desdicha, consiguiendo un perfecto equilibrio que me anima a continuar; me anima más que el infierno en el que vivo al despertar. En el mundo original, ajeno al onírico, experimento constantes cataclismos, perdurando más el negro que el blanco y pese a buscar un gris, siempre los tonos terminan sin brillo alguno. No es que esté lleno de puras desgracias; no obstante, no hay comparación alguna entre las bellezas de ensueño y la rutina.
Durante mi estadía en los sueños, en algunas vidas soy un millonario, y aprovecho ese momento para disfrutar de todos esos lujos que nunca obtendré, regocijándome mediante la felicidad material, sin envidiar a los del poder o del dinero, mientras recuerdo mi paupérrima existencia. Cada que entro a esa vida, que es cada dos semanas aproximadamente, recorro la enorme mansión y a veces me gusta ir a los casinos, y hacer uso de los lujos que poseo allí. Oh, qué delicia el dinero cuando se tiene. Al mirarme en el espejo de esa mansión me veo con un bigote canoso, largo, pocas cejas y con espaldas anchas, siempre de saco y corbata.  
En otras ocasiones, me adentro al cuerpo de un vagabundo, con harapos viejos, de cabellos enmarañados y emociones inestables, asechado por la miseria y la agobiante pobreza, durmiendo en las calles, bajo las nubes, arropado por el frío y el viento que me susurra en cada anochecer. Al pasar por las tiendas me veo en las vitrinas de los negocios y logro analizarme. Tras ser presa del hambre y la desesperación, terminó sollozando y quejándome, colérico.
En otros, soy un estudiante, y disfruto tras cada ida a la universidad, apropiándome de diversos conocimientos, deleitando mi cerebro con la filosofía, la física, la literatura y demás temas que me resultan apasionantes. En otra vida, soy el protagonista de una novela de romance, donde paso por un sinfín de odiseas, provocadas por el amor, abarcando diversas dichas, desidias, angustias y malaventuras, llenándome de varios sentimientos provocados por la majestuosidad de los viajes oníricos.  
He llegado a ser un artista, lleno de ideas y ocurrencias, plasmándolas ya sea en letras, en un pinturas, en canciones, esculturas, etc. También científico o guerrero antiguo. He tenido extensas y variadas aventuras en cada uno de los sueños que he tenido, y lo mejor es que recuerdo cada una de ellas a la perfección, como si hubiesen sido reales, apegadas a mi realidad, sin escaparse de ella, siendo algo más que simples ficciones creadas por los efectos de dormir.  
Admito que he llegado a dudar sobre la inverosimilitud de ello, o a la vez llegar a poder afirmar la veracidad de mis aventuras. Y estos interrogantes fueron comprobados luego de aquella mañana en la que me desperté y me quedé clavado en el espejo, inquietado, sin razón.


Ese fue el primer día en años que no tuve recuerdo alguno sobre lo que soñé, llevándome a sentirme raro desde el primer instante de conciencia. Me dispuse a sentarme al costado de la cama y me quedé pensando –no sé en qué o por qué–, hasta que un sonido me devolvió a la realidad. Miré hacia la pared derecha y la creí ver de un nuevo color, y la cama… tenía la misma apariencia que la mía, pero… era diferente, en algo, no sabría explicar pero había cambiado en algo. Me alejé de esas divagaciones y salí del cuarto. Al poner un pie en el pasillo, un frío de confusión me sacudió, llevando a incrementar mi absurda exasperación. Tenía miedo y extrañez, sin saber por qué; veía sombras o al menos creía verlas. Gritaba y gritaba, esperando respuestas o calma, y nada: nada ocurría y nada se inmutaba, persistiendo el angustioso silencio y la atmósfera de aprensión.  
Al llegar al espejo, ubicado junto a la salida, la calma volvió a mí –no por completo, aunque sí una minúscula porción–. Al parame frente a él y contemplar mi reflejo, varias voces me susurraron, en una sonoridad suave. Me quedé ahí, viéndome a los ojos, sin moverme, con la mirada clavada en el reflejo de mis pupilas. Solo hasta entonces me percaté por primera vez en mi vida de las ojeras, de las cicatrices, de la infelicidad que tenía plasmadas en mi rostro. El entorno tomó singular forma, alterándose los colores y el diseño del lugar, en una mezcla de paisajes y colores amorfos, demasiados atípicos para ser descritos acertadamente. 
Detrás de mí, las sombras que pensé haber visto, regresaron y fueron tomando forma tridimensional. Se acercaban, como zombis persiguiendo a alguien vivo, siendo yo el próximo a morir, para unirme a ese conjunto de seres tétricos. Me hablaron y distinguí el tono de aquellas voces: era mi propia voz, pero en diferentes matices. Posaron sus brazos sobre mis hombros, una a una, hasta que sus rostros tomaron formas, generándome mayor horror. Me sorprendí y quise gritar al ver en qué se transformaron, al contemplar a los seres que estaban a mis espaldas, reflejándose en el espejo. Ellos eran yo, cada uno era la representación de las diferentes vidas de los distintos sueños que llegué a tener. El rico, el mendigo, el estudiante, todos ellos estaban allí, viéndome.                           
Ahora, los bramidos emergieron de mi garganta y me dispuse a ser carcomido por la exasperación. “Es esto otro sueño”, me dije. Sin embargo, cuando ellos me tocaron y yo intenté romper el espejo, comprendí, y el horror del conocimiento se apodero de mí, hundiéndome en esta aflicción de ensueño. Entendí que en verdad aquello era un sueño… Era un sueño del cual no podría despertar más, pues ahora me había encontrado con cada una de mis vidas, para estar junto a ellos en una misma zona, en un mismo sueño, para yacer para siempre en las moradas oníricas.  


FIN.  

sábado, 15 de julio de 2017

Relato 32: "Sangre azul"



Oyen un ruido que sirve de telón para la manifestación del horror. La cena, el punto único del día en el que hallan paz, es perturbada por la sonoridad de las balas y los gritos de las personas corriendo atemorizadas, desesperadas, intentado huir a una muerte impuesta por los desgraciados forasteros liberales, que llegaron al pueblo a acabar con la bonanza, arrasando con todo a su paso por mero capricho político, enmarcado por la maldad. 
Los tres se levantan, tirando la mesa y las sillas, en fila india hacia el sótano, a resguardarse. El padre, se asoma a la ventana, angustiado, comprobando que el terror que tanto los agobiaba y del cual estaban advertidos, había llegado al pueblo. Bajan las escolares y se encierran, tirados en el piso. La madre abraza a John, su retoño de diez años y este comienza a llorar. Tomás se estresa debido al lloriqueo del niño, pues aquello podría llamar la atención de los liberales. La mujer brega a consolar al niño, acariciándolo y mintiéndole, diciéndole “las cosas saldrán bien”, cuando ella sabe que, en realidad, están condenados a morir en nombre de la política.
El hombre pide silencio, colérico, tras oír la puerta ser forzada y después destruida. Escucha las hachas desbastar los muebles, junto a las paredes, y los tiros revoloteando. Puede sentir inclusive el hacha chocar con su piel, traumatizado por los nervios y el pánico; imagina la sangre roja caer del cuerpo de aquellos de sangre azul: la de los vecinos, y la de su esposa y su hijo, y también la de él mismo. Quiere llorar pero no llega al llanto, pues recordó que si lo hace, eso sería lamentable; podría atraerlos, y así, esas visiones de un futuro cercano y funesto se harían realidad, por culpa de la imprudencia de la demostrativa de su zozobra. John, vuelve a demostrar lágrimas, y con ellas gemidos. Tomás entiende que el pobre sufre y el líquido y ruido son producto de ese sufrimiento; mas, le reitera que no es prudente hacerlo en ese momento, sin importar lo mucho que estuviese muriéndose por culpa del temor y la tristeza de imaginar malaventura y muerte.  
La mujer da con una especie de pomo y al jalarlo ve que pertenece a una escotilla secreta. Ella le comunica aquella noticia a su esposo y este se alegra ante la situación, pues, de tal forma, estaría más camuflados e incógnitos. Esa noticia además de traer esperanzas vino acompañadas de susto. Los liberales no se habían detenido en su búsqueda y por ello estaban ahora dañando la puerta que va a dar con las escaleras del sótano. Exasperado, el hombre empujó a la fémina y con sus mayores fuerzas luchó hasta que logró abrir esa cerradura que llevaba años sin ser abierta, escondida. Cuando analizó las dimensiones que poseía la escotilla, su euforia impaciente fue detenida por el impacto del inesperado tamaño del espacio, que resultaba ser pequeño, cabiendo estrechamente– solo un adulto y quizás un niño.     
Finalmente surgió un pie de entre el piso de arriba. Y así fue avanzando hasta poder presenciar toda la figura de un hombre, al cual le siguieron otros dos. Al notarlo, el padre cerró de un portazo la escotilla. Su mujer le rogaba porque no muriese, ingenua e irracional ante la situación, sin pensar en que ahora su futuro no dependía de él sino del azar, puesto que se había sacrificado para que los liberales no matasen a sus dos seres queridos, inmolándose: su vida por la de sus dos familiares, quienes lloran mientras lo ven, desesperado, buscando un sitio dónde esconderse, en medio de aquella oscuridad que empezaba a adquirir luz, debido a las linternas de los usurpadores.
Decidió hacerse detrás de una columna, rodeado por cajas, tan silencioso que intentaba inclusive aguantar la respiración, para pasar ignoto ante ellos. El único sonido que percibía era el de su corazón, que latía a gran velocidad, guiado por la cólera y congojo que lo invadía.
Había llegado la conclusión: los liberales estaban cerca de los tres, a solo siete pasos del hombre. Esculcaban y golpeaba cualquier cosa que les inquietasen, comprobando si había alguien escondido en dicho lugar. En ese momento, fue como si el espacio se hubiese caído y el viento se congelase, llevando al desdichado conservador a un poso mental de intranquilidad emocional, sintiéndose muerto sin haber sucumbido aún. Sin embargo, ese pozo, al final resultó ser cierto, y cayó él en el interior, siendo enterrado por los asesinos: los conservadores patearon las cajas que lo cubrían y entonces la desgracia llegó, cuando vieron su cuerpo, en posición fetal, temblando, zozobrado, con la mirada del terror y la desdicha pasmada en sus pupilas.  Lo último que vio, fue, el gatillo expulsando la bala que acabó con su cráneo, con su existencia. Para su irónica suerte, su muerte le había impedido presenciar cómo acabarían con su hijo y con su esposa.
La mujer, abrazada con su hijo, al oír el plomo traspasar la carne de su amado, no pudo evitar abrir la boca, lanzando un minúsculo grito de dolor. Cuando se percató de su error fue tarde; aquella expulsión de sufrimiento irreflexivo los había condenado.     
Los despiadados conservadores se divirtieron jugando con el cadáver, mientras su inspección no terminaba, convencidos de que había más sujetos en la morada, aterrados, ocultos en zona cualquiera. Sin que su sed de devastación calmasen, los conservadores comenzaron a tirar hachazos contra las paredes, pisos y objetos. Al final, la impaciente espera de la mujer y el niño, venció sobre la búsqueda inútil de los asesinos de corazón liberal. No obstante, sin quedar estos contentos, optaron por incendiar la casa, a desahogo de su fracaso.  
Los pobres conservadores suspiraron, con lágrimas en los ojos, creyendo que habrían sobrevivido al mal, mas no fue así. Al oír el fuego propagarse y sentir la temperatura aumentar, comprendieron lo que ocurría. Fue entonces cuando, en un impulso de pánico, la dama, abrió la escotilla, saliendo de ella, sin importarle que los conservadores los descubriesen –aunque aquellos habían escapado, tras comenzar el fuego–. La desesperación terminó por matarlos antes que la candela, llevando a la madre a la resignación de una lamentable defunción. Sus esfuerzos por huir, quedaron reducidos a cenizas de un optimismo derrumbado por la cruel realidad inalterable. Por más ardor que sintiesen, por más calor que hubiese, por más escombros que cayesen, la madre no soltó a su hijo de sus brazos, y allí, junto al cadáver del padre, abrazados los tres, se sentaron a llorar, mientras la atmósfera adquiría cada vez más tonos sombríos y nefastos, muriendo juntos, entre el fuego, la miseria, desgracia y pesadumbre, con el único delito de haber sido conservadores, en medio de una sociedad donde las ideologías políticas regían el futuro de las personas.  
  

FIN.

viernes, 7 de julio de 2017

Relato 31: "Los otros hombres"


Muchos han de mostrarse pesimistas ante la veracidad de lo que he de contar; lo comprendo, debido a lo lejos y a la vez tan cerca, que se encuentra de la realidad tal acontecimiento tan tormentoso y fantástico. El lúgubre terror de aquella noche aún reside en mí y esa marca jamás se marchará, de la misma forma que aquel recuerdo nunca me abandonará.  
Cuánto temor, cuánta confusión y pesadumbre cuando, tras una noche de copas, al acabar la excitación y el gozo, emprendí marcha hacia mi casa, extraviándome en el vano camino que tomé, por culpa del excesivo licor ingerido, el cual durmió mi raciocinio e inteligencia. De milagro era consciente de que respiraba y me movía, sin distinguir muy bien las cosas que veía. Perdido en la carretera, sin saber siquiera adónde iba. El frío era arrasador, no había espacio para el miedo, gracias a dicho febril extravió mental. Empero, más adelante lograría tal emoción emerger, pese al alcohol.
Después de mucho caminar y de rogarle a los astros que me guiasen, di con una morada, de dimensiones chica y estado deteriorado. Impulsado por el desespero, ingresé a ella. Estaba desalojada y al parecer desde hacía mucho tiempo. Analicé la sala, sin lograr notar característica alguna en realidad, con la poca atención que podía brindar en medio de mi ebriedad. Me desplacé por el corredor, hasta llegar al baño, que quedaba al final. Durante esa caminata sentía cómo mis neuronas y mi consciencia iban renaciendo poco a poco.   
Regresé a la sala y me acosté en uno de los sillones, acabado e incómodo. Cerré los ojos y cuando, estando a pocos metros del valle onírico del placentero descanso, un ruido me interrumpió y me levantó, reticente y alarmado. Fue un sonido bajo y entrecortado, como un silbido que es interrumpido. Me dispuse a revisar los cuartos, susceptible a tener que defenderme contra cualquiera que haya irrumpido en el lugar. Entré al cuarto que quedaba de segundo hacia la derecha, y nada. La desconfianza comenzó a agobiarme cuando noté que este estaba vacío, sin ningún objeto en él. Pasando la linterna por las paredes de, el silbido volvió a sonar, me volteé raudo y alcancé a ver la sombra de aquel que había pasado por allí. Corrí, al regresar al pasillo volví a ver esa sombra, entrando a la cocina. A paso lento, con un destornillador de pala en mano como arma única –el cual cargaba siempre conmigo–, inquieto y perturbado. Mientars avanzaba por el pasillo, sin importar ese negruzco color que cubría la atmósfera, al ver hacia las paredes, con el rabillo del ojo, asustado, me pareció ver una figura y al girar, pude comprobar que a mis costados, en cada lado, había dos hombres, de iguales cualidades, quizás en verdad fuesen muy parecidos o quizás fuese por la oscuridad que se veían análogos. Lancé un grito y di un salto hacia delante, huyendo y cuando me levanté y giré la mirada hacia donde estaban, no los encontré. Esta vez la confusión aumentaba y dirigía mi vista hacia todas partes, exasperado al darme cuenta que ya no era uno, sino que eran dos, quienes estaban en la morada, junto a mí, atentando contra mi paciencia y tal vez también contra mi vida.  
Me encerré en el cuarto más cercano, no sin estudiarlo con la linterna. Me asusté de nuevo al ver que ese cuarto, igual que el otro, estaba vacío.  
Escuché otro silbido, no sabía si salir a buscar o salir a esconderme o quedarme simplemente donde estaba; aunque tarde o temprano tendría que salir. Con la linterna fui examinando el lugar. Mi pánico fue en aumento al ver en una esquina a otro hombre. Sin importar la paciencia y quietud que este expresaba, la intranquilidad me atrapó. Impulsado por el abatimiento me lancé sobre él con el destornillador, sin importarme lo que ocurriese después. Grité fervoroso y en su pecho le clavé el destornillador. Sonó un crack en el momento en que le penetró. Solo eso, eso y nada más: él ni se movió, se quedó así, viéndome y sin expulsar sangre siquiera. Parecía que hubiese sido yo a quien penetró el arma. Aquello me aterrorizó más. Olvidándome del destornillador, ante tal reacción, salí rápido, ahora con pocas esperanzas de sobrevivir, pues eran tres, y con los nervios coléricos y estresados. Terminé en la cocina, sabiendo que debía dirigirme directo hacia la salida.
Si eran tantos ¿por qué no venían a por mí? ¿A qué se debía tal comportamiento? ¿Buscaban tan solo espantarme o algo por el estilo? ¿O su método consistía primero en la tortura psicológica de la víctima, antes de proseguir a realizarle el mal que pretendieran a esta?  
La batería de mi linterna se acababa, para crecimiento de mi desgracia. Con ella, en la cocina, enfoqué a otra persona; tenía la misma camiseta del último individuo que vi y no había forma de que fuese el mismo, debido al tiempo que le hubiese llevado llegar antes que yo a dicho sector; además, tenía gran atención prestada a la entrada de la cocina. Al ladear mi linterna vi a otro, y poseía también la misma camisa azul y me pregunté si, en realidad no serían los mismo dos del pasillo.  
Acongojado, exasperado y agobiado, no se me ocurrió otra idea mejor que correr, sin importar lo que hubiese más allá del pasadizo. En cuanto di el primer paso, la batería de mi linterna murió, entregándome a las tinieblas, sacrificándome a la desgracia que resultaba quedarse ausente de luz, que me guiase en ese momento, desamparado de iluminación y de esperanzas o calma. Esforzándome, podía distinguir la silueta de los objetos, entre la oscuridad. Mientras atravesaba el corredor, vi dos siluetas posarse en el umbral de este, justo donde empezaba la sala. Pensé en virar hacia alguna habitación, pero había otros dos a mis costados y me fue imposible. Aunque yo corriese parecía que ellos fuesen volando, sin demostrar fuerzo en mi perseguida, yendo a mi misma distancia. Emprendí huida entonces hacia mis espaldas, cada vez más zozobrado por lo que imaginaba sobre mi destino, sin llegar a dar conclusiones concretas, pudiendo afirmar únicamente –con enorme convicción– que sería nefasto, demasiado nefasto. Mi paz murió cuando vi a otros dos esta vez al frente de mí, a ciertos metros de distancia. Parecía que corriesen hacia mí, pero sin moverse de su sitio.
Luego, otro hombre apareció a mi derecha; y luego otro a la izquierda, y otros dos en los costados, más adelante, hasta estar todo el pasillo conformado por un gran muro humano que me rodeaba, sin darme anhelos de ilusión. Me entregué a la resignante perdida y, sin poder hacer nada más que implorar piedad o recurrir al desahogo, lancé alaridos y lamentos, arrodillado ante ellos, malaventurado, esperando misericordia de quienes me rodeaban, perturbando en mi paciencia, la cual había mutado a horror. Los veía hacer movimientos, como si se acercasen, pero sin avanzar, confundiéndome y alterando, desesperándome y causando demencia en mí, exasperado ante tal agobio. ¿Lo hacían por verme sufrir, torturándome de tal forma tan singular? Me buscaba a desplazar hacia todos los lados, sin poder dar más de dos pasos, cayendo siempre en la imposibilidad de escape. Pese a estar el entorno cubierto por la oscuridad, podía distinguir sus facciones, viéndome con esos ojos taciturnos. No lograba enfocar a la perfección sus rostros, sin embargo, se me hacían todos muy similares, pensando en medio de ese caótico terror. que alguna vez había vista esa cara, que poseía cada uno de ellos. Entre llantos y gritos, impulsado por la acumulación de cólera, pesadumbre y tormento, corrí hacia la sala, abalanzándome sobre los que me bloqueaban el camino. Sin saber qué habría de pasar, imaginando que caería sobre ellos y luego entre todos me atraparían y golpearían… al hacerlo, caí directo al piso, como si los hubiese traspasado, semejantes a fantasmas. Miré hacia atrás y una insignificante porción de felicidad renació en mi interior, pudiendo crear ahora utopías sobre mi destino, al no ver a ninguno de aquella aglomeración, que hacía un momento me rodeaba.   
Presuroso, me dirigí hacia la puerta y cuando llegué a ella, un golpe me devolvió. Escuché un silbido extendido. Después, adolorido y casi dormido por el golpe, vi unas manos que me agarraron del cuello y después, entre una sonrisa demoniaca, alguien chocó su cabeza contra la mía. Cuando recibí ese estruendo pude sentir en mi cráneo, no el contacto de otra cabeza, sino el choque doloroso contra un duro cristal, cuyo impacto me privó al instante.
Desperté por la mañana, pocas horas después de que el sol se posase en el éter, que se veía tan desordenado ese día. Me toqué la frente y sentí gran ardor. Admiré la casa en la que había vivido tal experiencia tan horrífica y leí en un cartel, el cual no había notado en la noche: “Casa de los espejos. Clausurada. Prohibido el ingreso.”  
Horas después, al llegar a casa, fatigado y confundido, intenté darle un orden y explicación racional a ese absurdo caos que había sufrido. Estando en mi hogar, solo entonces pude ver las diversas heridas, que terminarían en cicatrices, las cuales obtuve tras ese choque. Quizás aquello fue imaginación o algo similar. Eso sería una forma sencilla de resumir esa experiencia. Pero no, yo sé que fue real, y, pese a mi ebriedad, no descarto tal veracidad. ¿Acaso este horror, marcado en mis recuerdos y mi semblante, que me acompaña hasta hoy y acompañará hasta la tumba, no es prueba de ello? En mi extravío por una respuesta, llegué a la conclusión que, es mejor dejar todo sin respuesta. Desde entonces ya no soy el mismo. Ya ni siquiera me miro al espejo, puesto que, la sonrisa demoniaca que veo, me regresa al recuerdo de esa atroz noche.  


FIN.

domingo, 2 de julio de 2017

Relato 30: "Tragedia y venganza"


Candy estaba feliz, celebrando junto a su hijo, su magnífica noche. Una noche inolvidable para la familia Zuluaga, debido a la dicha que otorga el saber que los años escolares, fueron bien invertidos; los esmeros se veían reflejados en la tan esperada graduación del primogénito, Miguel. Festejando junto a ella también estaba su hermana, verónica. Ese día, no solo sería alegría lo que irradiaría en su hogar. La conformación de la fortuna traía consigo la desgracia. La felicidad se vería opacada, al mutar en una congojosa experiencia.    
Suena el teléfono, entre gritos era difícil percatarse de las palabras emitidas. La mujer no colgó el teléfono siquiera: lo dejó caer, le faltaron pocos segundos para desplomarse ella igualmente. Miró la cara de su hijo y de Verónica, que la sostenían en ese momento. El pánico y las lágrimas, que demostraban la introducción a la aflicción, en la cual se había iniciado, le brotaban poco a poco por su piel. Entre tartamudeos y agitaciones les dice: “A… An… Antonio ha… Antonio…”. No lograba terminar la oración, el pronunciar esa lamentable y dolorosa palabra le es imposible. El solo pensar en ella le genera más lágrimas y más gemidos, esparciendo dolores y tristezas, los cuales creaban fácilmente la idea de un suceso aflictivo. El hijo le pregunta, confundida, en compañía de su hermana, qué tiene, qué le había ocurrido a Antonio, su esposo. Después de segundos marcados por el desahogo funesto, pronuncia la palabra “murió”. Con eso bastó para que el llanto iniciara y la pena se fuese formando en los rostros de los allí presentes. Una mera palabra puede causar diversos desenlaces y por desgracia, en esta ocasión, fue el verbo matar, el que generó el comienzo de aquella desdicha, marcada por la tribulación; el no percatarse del presente, y ahogarse en el pasado, recordándolo, con amargura, por culpa de la difícil situación, como lo es el enfrentar la defunción de un ser querido. Luego de tantos suspiros, volvieron a conectarse con el tiempo y se despegaron del momento que les marcaría para siempre. Devolvieron la llamada, para pedir detalles más minuciosos. Al día siguiente, fueron Candy y su hijo a ver el abiótico cuerpo Antonio. El mórbido rostro cicatrizado, producto de un accidente automovilístico, resultó pertenecer a él.  
Candy lloró y lloró la noche entera, sola en su cuarto. No quería ver ni a su hijo ni a su hermana; quería sufrir en soledad, intentando asimilar la situación y organizar el esquema de una vida sin su esposo. Parecia un sueño, fue tan repentino aquello, que era duro de digerir. Increíble que, un hombre con menos de cuarenta años, sano, humilde y trabajador, muriese tan rápido, tan sencillo: un día estaba con los vivos y al otro, simplemente ya se había ido, sin siquiera decir adiós, pues quién pensaría en despedirse, con tan poca experiencia en el mundo; quién se imaginaría que moriría estando en tan buenas condiciones. Pero qué más se iba hacer más que recomponerse: la muerte es lo único de lo que se puede tener certeza que ocurrirá, de ella ningún humano se salvará, y llega cuando más vivo se quiere estar.
***
El domingo fue el velorio del amado, que ahora era un extranjero. Fueron variedad de personas, el sujeto era muy querido y respetado por muchos. Comenzó en la tarde y fue efectuado hasta tardías horas. Dialogaron y rezaron, a pesar de que, Antonio, no fuese muy devoto, sí tenía claro que era católico, y por ende, se debía hacer su despido mediante los procedimientos de su religión. Los más allegados a Candy y Antonio la saludaron, unos la abrazaron y otros le tomaron la mano, mientras le dirigían palabras de ánimos y consuelo, expresando sus tristezas y condolencias, apoyándola en tal momento tan vacío de esperanzas. Aunque, ninguno era capaz de sentir el mismo dolor que Candy, por más que la alentaran, era ella quien más lo sentía, era ella la protagonista de aquel tormentoso invierno, helado por la agonía y el sufrir. Cuánto deseaba, cuánto imploraba, que se produjese cualquier hecho absurdo, que implicase el resurgir de su esposo; que se levantase de ese cajón y dijese que estaba vivo y que todo fue un falso recuerdo. Pero no ocurría, ni ocurriría. No podía romper las reglas de la muerte, al menos, no desde la ubicación de un simple humano, limitado y desconocedor del basto mundo. La memoria del difunto, no podía  corromperla, por el capricho de querer volverlo a ver. Las lágrimas ya no eran tan constantes durante el acto de velación: ya había expulsado tantas que le permitirían descansar durante aquellos momentos. No obstante, el sentimiento todavía persistía, invadiendo su pobre mente, atormentada por los hechos. Era fácil notar que había llorado; muchos habrían de hacer todas esas acciones, relativas a la infelicidad, en momentos donde se siente vacío y sin alma o sin razón o existir, mientras se busca algo, que le llene ese vacío y desdicha, que ocasiona la instintiva amargura, presente en la existencia.
***
Llegó el lunes y al amanecer, Candy tuvo que despertar, para afrontar la dura vida, confirmando que su ilusión de que todo fuese falso, no se había cumplido. Empezaba la mañana y ya comenzaba a imaginar una distopía, donde la causa de aquel futuro caótico, era su marido.
Antes de llegar al cementerio, debía realizarse la misa del difunto, en la iglesia. Candy llegó temprano. Se sentó en las primeras bancas. Al empezar la misa, se condujo al ataúd, donde se encontraba Antonio, desde el Umbral de la capilla hasta el altar. Durante la liturgia, los más cercanos al difunto, aparte de Candy,  Verónica y Miguel, manifestaron lamentos, llenos de tristeza y nostalgia, rememorando el tiempo en que Antonio vivió y convivió con los demás. Lo alababan a nivel de amigo, jefe, familiar... Candy no derramó una sola gota durante la misa, se retuvo de hacerlo, pues estaba guardando los sollozos para el sepulcro. La madre del difunto, fue quien más lloró. Debido a, aquel dolor maternal, que la envolvió, al velar a su propio hijo, cuando  especulaba que fuese al revés.
Al acabar con los rezos, en la enorme catedral, con desdichas y taciturnos rostros que pululaban en la atmosfera del lugar, se trasladó el cuerpo de Antonio.
Llevaron al muerto hasta su respectiva tumba, donde el cadáver habría de ser encriptado por la tierra y el olvido. Debajo de esa lapida, sería el sitio donde se consumaría, descomponiéndose en la abrupta caja, que lo ocultaría hasta ser polvo y no quedar nada de él. Antes de ser sepultado, se les concedió a los familiares ver el rostro del fallecido por última vez, antes de que tuviesen que enquistar la resignación y las dolorosas memorias. Sobre la lápida, estaba escrito su nombre: “Antonio Zuluaga”. Vivió una buena vida, pero jamás se despidió.
Miguel fue el primero que corrió a ver el rostro de su padre: desfigurado, como resultado del funesto accidente automovilístico. La madre se arrodilló ante el pecho, para tocar su corazón. Bregaba auscultar los pensamientos de un muerto, con esperanzas de hallar algo que le diese una señal de vida y de alivio ante la cruel pesadilla; se oponía a aceptar la realidad. Y como era evidente: nada, solo un silencio por parte del victimario del óbito automovilístico. La anciana gemía con gran congojo, ahogando su felicidad. Candy fue la última en acercarse; iba a paso lento, como si aquel manantial ocular, le impidiera caminar. Lo que realmente le pesaba era la melancolía y tormenta que cargaba en ese momento. Al llegar, tocó el rostro de su amado, le expresó palabras de dolor y por último le pronunció un suave “te extrañaré”, opacado por los gemidos y los intentos banales de recejar las lágrimas. Creyó haber visto mover los ojos de su esposo, como si este aún siguiese con ella, aunque Candy sabía que nada de ello era real, por más que lo desease. Solo era su mente, jugando con sus quebrantados sentimientos.
Las siguientes noches a Candy le costaba conciliar el sueño. La vigilia cada día amentaba, por culpa de la soledad manifestada en la habitación. A veces creía oír la voz de su esposo, quejándose con ella. La mujer sabía que todo era de su conciencia simplemente; simplemente su cerebro, aprovechándose de su malaventura. Mas, no explicaba por qué eso, como si se sintiese culpable. ¿Por qué, si ella nunca le había hecho daño a su querido esposo?
***
Al quinto día del entierro, a Candy le pareció haber oído la voz de Antonio, como de costumbre últimamente. ¿Sería su alma en pena? Cerró los ojos, tratando de no prestar atención, pero le era difícil. Cada vez se oía más fuerte, estaba a punto de afirmar la realidad de los hechos, como algo más allá de la imaginación.
–¿Por qué lo hiciste Candy? Pensé que me ayudarías.
La sonoridad de esas palabras fue tan notable que rebasaban las ilusiones y las dudas sobre su veracidad. Candy volteó su mirada hacia la puerta de la habitación, y la sorpresa la congeló con gran terror.
–¿Y encima me ignorabas? No te hagas la que no me reconoces; aunque, si, cuando estaba cerca de aquella condena, lo hiciste, ya no me sorprende como la primera vez.
–Tú, tú… –gagueó asustada; el pánico le distorsionaba sus respuestas–. ¡Tú estás muerto! ¡Por qué yo! ¡Que hice para merecer tal tortura! Ya vete, sé que no es real.  
–¿Crees que esto es irreal? Yo te demostraré cómo lo real puede llegar a parecer ficción y las pesadillas se desatan tanto al dormir como al despertar. Maldita, me juraste lealtad y me haces esto.
–No entiendo, cómo es… ¿Y por qué me tratas así, Antonio?
–Me enterraron vivo; eso jamás se los perdonaré. Intenté hacer gestos, mas mi cuerpo me había engañado, producto de la Catalepsia. Sin embargo, era algo más que eso. ¡Y llegué a morir en verdad! No importa. He regresado de entre la tierra y los gusanos, e incluso del más allá.
–Fue, fue… un accidente. Pensé que era mentira, parecía…
–¿Falso? Pues, ya ves cómo deberíamos de dudar de aquello a lo que catalogan como verdadero y como falso. Ahora serás tú quien conozca la muerte. Sentirás lo que es estarse pudriendo en la soledad y las pestes. ¡Maldita ingrata!
Antonio se abalanzó hasta la cama, sobre la desgraciada; se posó sobre su vientre, situó sus manos alrededor del cuello y comenzó a ahorcarla sin compasión, en un acto de venganza. Instantes después del ataque, Candy dejaría de respirar y Antonio caería al piso, mientras sus cuerpos se iban transformando a paso lento en polvo. Antonio sonrió, tras de haber logrado su venganza. Luego cerró los ojos, para siempre. Esta vez ya no podría volver, no obstante, murió llevándose a su esposa consigo, cumpliendo su objetivo. 


FIN.