domingo, 2 de julio de 2017

Relato 30: "Tragedia y venganza"


Candy estaba feliz, celebrando junto a su hijo, su magnífica noche. Una noche inolvidable para la familia Zuluaga, debido a la dicha que otorga el saber que los años escolares, fueron bien invertidos; los esmeros se veían reflejados en la tan esperada graduación del primogénito, Miguel. Festejando junto a ella también estaba su hermana, verónica. Ese día, no solo sería alegría lo que irradiaría en su hogar. La conformación de la fortuna traía consigo la desgracia. La felicidad se vería opacada, al mutar en una congojosa experiencia.    
Suena el teléfono, entre gritos era difícil percatarse de las palabras emitidas. La mujer no colgó el teléfono siquiera: lo dejó caer, le faltaron pocos segundos para desplomarse ella igualmente. Miró la cara de su hijo y de Verónica, que la sostenían en ese momento. El pánico y las lágrimas, que demostraban la introducción a la aflicción, en la cual se había iniciado, le brotaban poco a poco por su piel. Entre tartamudeos y agitaciones les dice: “A… An… Antonio ha… Antonio…”. No lograba terminar la oración, el pronunciar esa lamentable y dolorosa palabra le es imposible. El solo pensar en ella le genera más lágrimas y más gemidos, esparciendo dolores y tristezas, los cuales creaban fácilmente la idea de un suceso aflictivo. El hijo le pregunta, confundida, en compañía de su hermana, qué tiene, qué le había ocurrido a Antonio, su esposo. Después de segundos marcados por el desahogo funesto, pronuncia la palabra “murió”. Con eso bastó para que el llanto iniciara y la pena se fuese formando en los rostros de los allí presentes. Una mera palabra puede causar diversos desenlaces y por desgracia, en esta ocasión, fue el verbo matar, el que generó el comienzo de aquella desdicha, marcada por la tribulación; el no percatarse del presente, y ahogarse en el pasado, recordándolo, con amargura, por culpa de la difícil situación, como lo es el enfrentar la defunción de un ser querido. Luego de tantos suspiros, volvieron a conectarse con el tiempo y se despegaron del momento que les marcaría para siempre. Devolvieron la llamada, para pedir detalles más minuciosos. Al día siguiente, fueron Candy y su hijo a ver el abiótico cuerpo Antonio. El mórbido rostro cicatrizado, producto de un accidente automovilístico, resultó pertenecer a él.  
Candy lloró y lloró la noche entera, sola en su cuarto. No quería ver ni a su hijo ni a su hermana; quería sufrir en soledad, intentando asimilar la situación y organizar el esquema de una vida sin su esposo. Parecia un sueño, fue tan repentino aquello, que era duro de digerir. Increíble que, un hombre con menos de cuarenta años, sano, humilde y trabajador, muriese tan rápido, tan sencillo: un día estaba con los vivos y al otro, simplemente ya se había ido, sin siquiera decir adiós, pues quién pensaría en despedirse, con tan poca experiencia en el mundo; quién se imaginaría que moriría estando en tan buenas condiciones. Pero qué más se iba hacer más que recomponerse: la muerte es lo único de lo que se puede tener certeza que ocurrirá, de ella ningún humano se salvará, y llega cuando más vivo se quiere estar.
***
El domingo fue el velorio del amado, que ahora era un extranjero. Fueron variedad de personas, el sujeto era muy querido y respetado por muchos. Comenzó en la tarde y fue efectuado hasta tardías horas. Dialogaron y rezaron, a pesar de que, Antonio, no fuese muy devoto, sí tenía claro que era católico, y por ende, se debía hacer su despido mediante los procedimientos de su religión. Los más allegados a Candy y Antonio la saludaron, unos la abrazaron y otros le tomaron la mano, mientras le dirigían palabras de ánimos y consuelo, expresando sus tristezas y condolencias, apoyándola en tal momento tan vacío de esperanzas. Aunque, ninguno era capaz de sentir el mismo dolor que Candy, por más que la alentaran, era ella quien más lo sentía, era ella la protagonista de aquel tormentoso invierno, helado por la agonía y el sufrir. Cuánto deseaba, cuánto imploraba, que se produjese cualquier hecho absurdo, que implicase el resurgir de su esposo; que se levantase de ese cajón y dijese que estaba vivo y que todo fue un falso recuerdo. Pero no ocurría, ni ocurriría. No podía romper las reglas de la muerte, al menos, no desde la ubicación de un simple humano, limitado y desconocedor del basto mundo. La memoria del difunto, no podía  corromperla, por el capricho de querer volverlo a ver. Las lágrimas ya no eran tan constantes durante el acto de velación: ya había expulsado tantas que le permitirían descansar durante aquellos momentos. No obstante, el sentimiento todavía persistía, invadiendo su pobre mente, atormentada por los hechos. Era fácil notar que había llorado; muchos habrían de hacer todas esas acciones, relativas a la infelicidad, en momentos donde se siente vacío y sin alma o sin razón o existir, mientras se busca algo, que le llene ese vacío y desdicha, que ocasiona la instintiva amargura, presente en la existencia.
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Llegó el lunes y al amanecer, Candy tuvo que despertar, para afrontar la dura vida, confirmando que su ilusión de que todo fuese falso, no se había cumplido. Empezaba la mañana y ya comenzaba a imaginar una distopía, donde la causa de aquel futuro caótico, era su marido.
Antes de llegar al cementerio, debía realizarse la misa del difunto, en la iglesia. Candy llegó temprano. Se sentó en las primeras bancas. Al empezar la misa, se condujo al ataúd, donde se encontraba Antonio, desde el Umbral de la capilla hasta el altar. Durante la liturgia, los más cercanos al difunto, aparte de Candy,  Verónica y Miguel, manifestaron lamentos, llenos de tristeza y nostalgia, rememorando el tiempo en que Antonio vivió y convivió con los demás. Lo alababan a nivel de amigo, jefe, familiar... Candy no derramó una sola gota durante la misa, se retuvo de hacerlo, pues estaba guardando los sollozos para el sepulcro. La madre del difunto, fue quien más lloró. Debido a, aquel dolor maternal, que la envolvió, al velar a su propio hijo, cuando  especulaba que fuese al revés.
Al acabar con los rezos, en la enorme catedral, con desdichas y taciturnos rostros que pululaban en la atmosfera del lugar, se trasladó el cuerpo de Antonio.
Llevaron al muerto hasta su respectiva tumba, donde el cadáver habría de ser encriptado por la tierra y el olvido. Debajo de esa lapida, sería el sitio donde se consumaría, descomponiéndose en la abrupta caja, que lo ocultaría hasta ser polvo y no quedar nada de él. Antes de ser sepultado, se les concedió a los familiares ver el rostro del fallecido por última vez, antes de que tuviesen que enquistar la resignación y las dolorosas memorias. Sobre la lápida, estaba escrito su nombre: “Antonio Zuluaga”. Vivió una buena vida, pero jamás se despidió.
Miguel fue el primero que corrió a ver el rostro de su padre: desfigurado, como resultado del funesto accidente automovilístico. La madre se arrodilló ante el pecho, para tocar su corazón. Bregaba auscultar los pensamientos de un muerto, con esperanzas de hallar algo que le diese una señal de vida y de alivio ante la cruel pesadilla; se oponía a aceptar la realidad. Y como era evidente: nada, solo un silencio por parte del victimario del óbito automovilístico. La anciana gemía con gran congojo, ahogando su felicidad. Candy fue la última en acercarse; iba a paso lento, como si aquel manantial ocular, le impidiera caminar. Lo que realmente le pesaba era la melancolía y tormenta que cargaba en ese momento. Al llegar, tocó el rostro de su amado, le expresó palabras de dolor y por último le pronunció un suave “te extrañaré”, opacado por los gemidos y los intentos banales de recejar las lágrimas. Creyó haber visto mover los ojos de su esposo, como si este aún siguiese con ella, aunque Candy sabía que nada de ello era real, por más que lo desease. Solo era su mente, jugando con sus quebrantados sentimientos.
Las siguientes noches a Candy le costaba conciliar el sueño. La vigilia cada día amentaba, por culpa de la soledad manifestada en la habitación. A veces creía oír la voz de su esposo, quejándose con ella. La mujer sabía que todo era de su conciencia simplemente; simplemente su cerebro, aprovechándose de su malaventura. Mas, no explicaba por qué eso, como si se sintiese culpable. ¿Por qué, si ella nunca le había hecho daño a su querido esposo?
***
Al quinto día del entierro, a Candy le pareció haber oído la voz de Antonio, como de costumbre últimamente. ¿Sería su alma en pena? Cerró los ojos, tratando de no prestar atención, pero le era difícil. Cada vez se oía más fuerte, estaba a punto de afirmar la realidad de los hechos, como algo más allá de la imaginación.
–¿Por qué lo hiciste Candy? Pensé que me ayudarías.
La sonoridad de esas palabras fue tan notable que rebasaban las ilusiones y las dudas sobre su veracidad. Candy volteó su mirada hacia la puerta de la habitación, y la sorpresa la congeló con gran terror.
–¿Y encima me ignorabas? No te hagas la que no me reconoces; aunque, si, cuando estaba cerca de aquella condena, lo hiciste, ya no me sorprende como la primera vez.
–Tú, tú… –gagueó asustada; el pánico le distorsionaba sus respuestas–. ¡Tú estás muerto! ¡Por qué yo! ¡Que hice para merecer tal tortura! Ya vete, sé que no es real.  
–¿Crees que esto es irreal? Yo te demostraré cómo lo real puede llegar a parecer ficción y las pesadillas se desatan tanto al dormir como al despertar. Maldita, me juraste lealtad y me haces esto.
–No entiendo, cómo es… ¿Y por qué me tratas así, Antonio?
–Me enterraron vivo; eso jamás se los perdonaré. Intenté hacer gestos, mas mi cuerpo me había engañado, producto de la Catalepsia. Sin embargo, era algo más que eso. ¡Y llegué a morir en verdad! No importa. He regresado de entre la tierra y los gusanos, e incluso del más allá.
–Fue, fue… un accidente. Pensé que era mentira, parecía…
–¿Falso? Pues, ya ves cómo deberíamos de dudar de aquello a lo que catalogan como verdadero y como falso. Ahora serás tú quien conozca la muerte. Sentirás lo que es estarse pudriendo en la soledad y las pestes. ¡Maldita ingrata!
Antonio se abalanzó hasta la cama, sobre la desgraciada; se posó sobre su vientre, situó sus manos alrededor del cuello y comenzó a ahorcarla sin compasión, en un acto de venganza. Instantes después del ataque, Candy dejaría de respirar y Antonio caería al piso, mientras sus cuerpos se iban transformando a paso lento en polvo. Antonio sonrió, tras de haber logrado su venganza. Luego cerró los ojos, para siempre. Esta vez ya no podría volver, no obstante, murió llevándose a su esposa consigo, cumpliendo su objetivo. 


FIN.

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