Candy estaba feliz,
celebrando junto a su hijo, su magnífica noche. Una noche inolvidable para la
familia Zuluaga, debido a la dicha que otorga el saber que los años escolares,
fueron bien invertidos; los esmeros se veían reflejados en la tan esperada
graduación del primogénito, Miguel. Festejando junto a ella también estaba su
hermana, verónica. Ese día, no solo sería alegría lo que irradiaría en su
hogar. La conformación de la fortuna traía consigo la desgracia. La felicidad
se vería opacada, al mutar en una congojosa experiencia.
Suena el teléfono, entre
gritos era difícil percatarse de las palabras emitidas. La mujer no colgó el
teléfono siquiera: lo dejó caer, le faltaron pocos segundos para desplomarse
ella igualmente. Miró la cara de su hijo y de Verónica, que la sostenían en ese
momento. El pánico y las lágrimas, que demostraban la introducción a la aflicción,
en la cual se había iniciado, le brotaban poco a poco por su piel. Entre
tartamudeos y agitaciones les dice: “A… An… Antonio ha… Antonio…”. No lograba
terminar la oración, el pronunciar esa lamentable y dolorosa palabra le es
imposible. El solo pensar en ella le genera más lágrimas y más gemidos, esparciendo
dolores y tristezas, los cuales creaban fácilmente la idea de un suceso
aflictivo. El hijo le pregunta, confundida, en compañía de su hermana, qué
tiene, qué le había ocurrido a Antonio, su esposo. Después de segundos marcados
por el desahogo funesto, pronuncia la palabra “murió”. Con eso bastó para que
el llanto iniciara y la pena se fuese formando en los rostros de los allí
presentes. Una mera palabra puede causar diversos desenlaces y por desgracia,
en esta ocasión, fue el verbo matar, el que generó el comienzo de aquella desdicha,
marcada por la tribulación; el no percatarse del presente, y ahogarse en el
pasado, recordándolo, con amargura, por culpa de la difícil situación, como lo
es el enfrentar la defunción de un ser querido. Luego de tantos suspiros,
volvieron a conectarse con el tiempo y se despegaron del momento que les
marcaría para siempre. Devolvieron la llamada, para pedir detalles más minuciosos.
Al día siguiente, fueron Candy y su hijo a ver el abiótico cuerpo Antonio. El mórbido
rostro cicatrizado, producto de un accidente automovilístico, resultó
pertenecer a él.
Candy lloró y lloró la
noche entera, sola en su cuarto. No quería ver ni a su hijo ni a su hermana;
quería sufrir en soledad, intentando asimilar la situación y organizar el esquema
de una vida sin su esposo. Parecia un sueño, fue tan repentino aquello, que era
duro de digerir. Increíble que, un hombre con menos de cuarenta años, sano,
humilde y trabajador, muriese tan rápido, tan sencillo: un día estaba con los
vivos y al otro, simplemente ya se había ido, sin siquiera decir adiós, pues
quién pensaría en despedirse, con tan poca experiencia en el mundo; quién se
imaginaría que moriría estando en tan buenas condiciones. Pero qué más se iba
hacer más que recomponerse: la muerte es lo único de lo que se puede tener
certeza que ocurrirá, de ella ningún humano se salvará, y llega cuando más vivo
se quiere estar.
***
El domingo fue el velorio
del amado, que ahora era un extranjero. Fueron variedad de personas, el sujeto era
muy querido y respetado por muchos. Comenzó en la tarde y fue efectuado hasta
tardías horas. Dialogaron y rezaron, a pesar de que, Antonio, no fuese muy devoto,
sí tenía claro que era católico, y por ende, se debía hacer su despido mediante
los procedimientos de su religión. Los más allegados a Candy y Antonio la saludaron,
unos la abrazaron y otros le tomaron la mano, mientras le dirigían palabras de ánimos
y consuelo, expresando sus tristezas y condolencias, apoyándola en tal momento
tan vacío de esperanzas. Aunque, ninguno era capaz de sentir el mismo dolor que
Candy, por más que la alentaran, era ella quien más lo sentía, era ella la
protagonista de aquel tormentoso invierno, helado por la agonía y el sufrir. Cuánto
deseaba, cuánto imploraba, que se produjese cualquier hecho absurdo, que implicase
el resurgir de su esposo; que se levantase de ese cajón y dijese que estaba
vivo y que todo fue un falso recuerdo. Pero no ocurría, ni ocurriría. No podía romper
las reglas de la muerte, al menos, no desde la ubicación de un simple humano, limitado
y desconocedor del basto mundo. La memoria del difunto, no podía corromperla, por el capricho de querer
volverlo a ver. Las lágrimas ya no eran tan constantes durante el acto de
velación: ya había expulsado tantas que le permitirían descansar durante
aquellos momentos. No obstante, el sentimiento todavía persistía, invadiendo su
pobre mente, atormentada por los hechos. Era fácil notar que había llorado; muchos
habrían de hacer todas esas acciones, relativas a la infelicidad, en momentos donde
se siente vacío y sin alma o sin razón o existir, mientras se busca algo, que
le llene ese vacío y desdicha, que ocasiona la instintiva amargura, presente en
la existencia.
***
Llegó el lunes y al
amanecer, Candy tuvo que despertar, para afrontar la dura vida, confirmando que
su ilusión de que todo fuese falso, no se había cumplido. Empezaba la mañana y
ya comenzaba a imaginar una distopía, donde la causa de aquel futuro caótico,
era su marido.
Antes de llegar al
cementerio, debía realizarse la misa del difunto, en la iglesia. Candy llegó
temprano. Se sentó en las primeras bancas. Al empezar la misa, se condujo al
ataúd, donde se encontraba Antonio, desde el Umbral de la capilla hasta el altar.
Durante la liturgia, los más cercanos al difunto, aparte de Candy, Verónica y Miguel, manifestaron lamentos,
llenos de tristeza y nostalgia, rememorando el tiempo en que Antonio vivió y
convivió con los demás. Lo alababan a nivel de amigo, jefe, familiar... Candy
no derramó una sola gota durante la misa, se retuvo de hacerlo, pues estaba
guardando los sollozos para el sepulcro. La madre del difunto, fue quien más
lloró. Debido a, aquel dolor maternal, que la envolvió, al velar a su propio
hijo, cuando especulaba que fuese al
revés.
Al acabar con los rezos,
en la enorme catedral, con desdichas y taciturnos rostros que pululaban en la
atmosfera del lugar, se trasladó el cuerpo de Antonio.
Llevaron al muerto hasta
su respectiva tumba, donde el cadáver habría de ser encriptado por la tierra y
el olvido. Debajo de esa lapida, sería el sitio donde se consumaría,
descomponiéndose en la abrupta caja, que lo ocultaría hasta ser polvo y no
quedar nada de él. Antes de ser sepultado, se les concedió a los familiares ver
el rostro del fallecido por última vez, antes de que tuviesen que enquistar la
resignación y las dolorosas memorias. Sobre la lápida, estaba escrito su
nombre: “Antonio Zuluaga”. Vivió una buena vida, pero jamás se despidió.
Miguel fue el primero que
corrió a ver el rostro de su padre: desfigurado, como resultado del funesto
accidente automovilístico. La madre se arrodilló ante el pecho, para tocar su
corazón. Bregaba auscultar los pensamientos de un muerto, con esperanzas de
hallar algo que le diese una señal de vida y de alivio ante la cruel pesadilla;
se oponía a aceptar la realidad. Y como era evidente: nada, solo un silencio
por parte del victimario del óbito automovilístico. La anciana gemía con gran
congojo, ahogando su felicidad. Candy fue la última en acercarse; iba a paso
lento, como si aquel manantial ocular, le impidiera caminar. Lo que realmente
le pesaba era la melancolía y tormenta que cargaba en ese momento. Al llegar,
tocó el rostro de su amado, le expresó palabras de dolor y por último le pronunció
un suave “te extrañaré”, opacado por los gemidos y los intentos banales de
recejar las lágrimas. Creyó haber visto mover los ojos de su esposo, como si este
aún siguiese con ella, aunque Candy sabía que nada de ello era real, por más
que lo desease. Solo era su mente, jugando con sus quebrantados sentimientos.
Las siguientes noches a
Candy le costaba conciliar el sueño. La vigilia cada día amentaba, por culpa de
la soledad manifestada en la habitación. A veces creía oír la voz de su esposo,
quejándose con ella. La mujer sabía que todo era de su conciencia simplemente;
simplemente su cerebro, aprovechándose de su malaventura. Mas, no explicaba por
qué eso, como si se sintiese culpable. ¿Por qué, si ella nunca le había hecho
daño a su querido esposo?
***
Al quinto día del
entierro, a Candy le pareció haber oído la voz de Antonio, como de costumbre
últimamente. ¿Sería su alma en pena? Cerró los ojos, tratando de no prestar
atención, pero le era difícil. Cada vez se oía más fuerte, estaba a punto de
afirmar la realidad de los hechos, como algo más allá de la imaginación.
–¿Por qué lo hiciste
Candy? Pensé que me ayudarías.
La sonoridad de esas
palabras fue tan notable que rebasaban las ilusiones y las dudas sobre su
veracidad. Candy volteó su mirada hacia la puerta de la habitación, y la
sorpresa la congeló con gran terror.
–¿Y encima me ignorabas?
No te hagas la que no me reconoces; aunque, si, cuando estaba cerca de aquella
condena, lo hiciste, ya no me sorprende como la primera vez.
–Tú, tú… –gagueó asustada;
el pánico le distorsionaba sus respuestas–. ¡Tú estás muerto! ¡Por qué yo! ¡Que
hice para merecer tal tortura! Ya vete, sé que no es real.
–¿Crees que esto es
irreal? Yo te demostraré cómo lo real puede llegar a parecer ficción y las
pesadillas se desatan tanto al dormir como al despertar. Maldita, me juraste
lealtad y me haces esto.
–No entiendo, cómo es… ¿Y
por qué me tratas así, Antonio?
–Me enterraron vivo; eso
jamás se los perdonaré. Intenté hacer gestos, mas mi cuerpo me había engañado,
producto de la Catalepsia. Sin
embargo, era algo más que eso. ¡Y llegué a morir en verdad! No importa. He
regresado de entre la tierra y los gusanos, e incluso del más allá.
–Fue, fue… un accidente.
Pensé que era mentira, parecía…
–¿Falso? Pues, ya ves cómo
deberíamos de dudar de aquello a lo que catalogan como verdadero y como falso.
Ahora serás tú quien conozca la muerte. Sentirás lo que es estarse pudriendo en
la soledad y las pestes. ¡Maldita ingrata!
Antonio se abalanzó hasta
la cama, sobre la desgraciada; se posó sobre su vientre, situó sus manos
alrededor del cuello y comenzó a ahorcarla sin compasión, en un acto de
venganza. Instantes después del ataque, Candy dejaría de respirar y Antonio
caería al piso, mientras sus cuerpos se iban transformando a paso lento en
polvo. Antonio sonrió, tras de haber logrado su venganza. Luego cerró los ojos,
para siempre. Esta vez ya no podría volver, no obstante, murió llevándose a su esposa
consigo, cumpliendo su objetivo.
FIN.

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