—¡Esta
noche volverás conmigo! Esta noche volverás a la vida, volverás a respirar y
volverás a sufrir, ¡peor lo harás junto a mí! Pues no soy capaz de sufrir en
soledad, y te he de regresar para que me acompañes en mi dolor y yo en el tuyo.
Tenía
razón; sería esa la noche en que trajese a la difunta Brenda de entre la
muerte. La resurrección para él era posible, más posible y real que la propia
vida. Podrían decir que era un egoísta, un miserable, posesivo, paranoico y un
montón de adjetivos más para juzgar y arremeter sobre su idea insensata de
apegarse al pasado y no soportar el tortuoso presente, la tortuosa realidad.
Podría ser verdad todo lo que se decía sobre James.
Ante
su cerebro y convicción, no había ninguna ley o raciocinio que lo detuviese de
hacer tales hechos. Por más que estas y existiesen él tenía una realidad
alterna, en la que, valiéndose de lo surreal y la locura, reanimaría la materia
inerte. Sí, pues al igual que Víctor
Frankenstein, alteraría la materia inanimada. Muchos le habían dicho que
dejase ir a Brenda con los ángeles, pero no aceptaba, no era congruente para su
vivir. Creía —erróneamente— que necesitaba de su amada para sobrevivir ante la
desgracia. Así es el hombre cuando actúa irracional, dejándose llevar por el
tornado de la desesperación, termina creando caos, sin importarle nada más que
sí mismo.
—¡Se
equivocan todos! ¡Deberían prohibirles opinar sobre las vidas de los demás! Y
qué importa lo que diga la gente, solo importamos tú y yo. ¡Qué digan que estoy
loco! ¡Qué digan que estoy confundido! ¡Qué digan que estoy perdido! ¡Qué digan
lo que se les antoje! Ya verán quién ha de reírse al ver los resultados. Eso
es, juntos nos reiremos de ellos y su asombro al ver que la terquedad que
señalaban en mí, estaba en realidad en ellos, en su porfiada negación. Mis
esperanzas y esfuerzos han de triunfar sobre el rechazo y el desprecio de
ellos.
El
viento acariciaba la piel de la fallecida, mientras que, el doctor alistaba los
instrumentos a utilizar con su paciente.
—Hoy,
el frío y el silencio han de llamar a las estrellas y esta se reunirán en un
gran banquete con la luna, sentada esta en el centro, para observar la escena
del resurgimiento. En el mundo, en la Tierra, en este cementerio, rodeado de artefactos
científicos, se dará lugar a la reencarnación de ti, bella doncella, que me
dejaste. Me dejaste abatido ante esta tormenta, la cual no puedo domar yo solo;
por lo que has de volver y juntos le gritaremos a los tornados y a las nubes
que juntos estamos, que ni siquiera la muerte se interpondrá entre nosotros y
nuestra dicha.
Aunque
dijese “nosotros”, la oración correcta sería “ni siquiera la muerte se
interpondrá entre mi dicha”, ya que no sabía si la difunta deseaba regresar. Lo
hacía pensando en él y en nadie más. No quería darle dicha a ella en verdad,
sino a sí mismo. Creía que si él era feliz, ella también lo sería y que pensaban
lo mismo. Sin embargo, no era así, la felicidad de cada humano es diferente. Y
su egolatría y terquedad no le permitían notarlo. La exasperación desenfrenada,
causada por la muerte de una pasión, guiada por los angustiosos sentimientos,
le llevaría a un error enorme, que al percatarse de ello, quedaría hundido,
pagando por la ignorancia.
—¡Estupideces,
son todas estupideces! Aquel primero, que dijo que nadie escapa al sueño
profundo, fue un tonto pretensioso. Aquí estamos, ante la oscuridad y otros difuntos
que te tienen envidia en estos momentos; desearían esos cadáveres tener la
misma suerte que tú, amor mío. Solo tú te mereces tal bendición, porque solo tú
eres a quien amo y quien me ama y amará.
Luego
de tanto escarbar y sus uñas partir, debido a la excesiva fuerza, para llegar
hasta el ataúd, de nuevo forzó sus músculos y al no conseguir nada, tomó un
hacha y destrozó la madera mediante la brusca arma. Sacó a su esposa de la
caja. Su tez era más pálida, no obstante, sin importar el estado, seguía
irradiando belleza, vestida con tela blanca. Un traje con el que, pese a ser
luctuoso, ni Cleopatra lograría llevar tal excelencia, que adornaba y cubría su
cuerpo —o al menos eso era lo que decía la mente de james—. La abrazó y sacó
del pozo. La acostó en el césped húmedo.
Le
quitó el velo, y pudo apreciar mejor la belleza dibujada en su rostro, que aún
conservaba. Sin embargo, aquellos labios gruesos, habían perdido grosor. Sus
ojos, cerrados, como las puertas de su existencia. James, en ese momento lanzó
en gritos un monologo sobre el amor y cuán fascinante era. Aunque, aquello no
era amor, era una falacia.
Tocó
su pecho, donde estaba ubicado el corazón. Comenzó a hablar en un idioma ajeno
a lo humano y valiéndose de ello, de sus instrumentos y de su zozobra, en un
acto heteróclito de resurrección…, la despertó ¡Lo había conseguido!
—¡Has
vuelto a vivir!, y yo volví a vivir también: hemos renacido –vociferó, mientras
una sonrisa reconfortante en su rostro se moldeaba.
Su
mano detectaba los latidos del corazón de ella, que había vuelto a latir,
gracias a su locura y perseverancia, surreal e irracional. Elevó los brazos,
viendo hacia el cielo, regocijándose por su trabajo y quizás también,
agradeciendo.
Se
inclinó para sentir su respiración nasal, luego la besó, con gran satisfacción.
Cuando sus labios se tocaron, ella abrió los ojos. Sus pupilas ya no eran cafés,
como lo fueron alguna vez en su vida; ahora… eran blancas. No expresaban nada,
ni tristeza ni alegría; ningún sentimiento o pensamiento alguno; ninguna
muestra de vida… Entonces comprendió su fallo.
—¡No!
Cuán desgraciado soy, cuán desgraciados somos… ¡El proceso no se completó a la
perfección! Aún no.
Se
lamentaba y quejaba, costándole sostener la mirada, en un ataque de dualidad,
viendo a Brenda y después a la tierra, y después a Brenda…
—Pero
si sí estoy viva —era la voz de Brenda—. O, puede que no.
James
se sorprendió al oír las palabras de su amada.
—Tan
solo me falta una cosa —continuó ella— para completar mi resurgir.
—¡Oh,
dulce Brenda, dime qué es aquello que necesitas! Sería capaz de dar mi corazón
solo por verte respirar. Lo que desees te lo daré, lo que necesites lo buscaré;
lo que yo quiero es que seas feliz, y si tú lo eres, yo también lo soy.
—Quería
morir tranquila, James.
—Me
disculpo; aunque, con gran dolor debo negártelo. Entiéndeme, querida. Mis
esfuerzos ya no tienen detención. Solo la muerte podría frenarme, a menos que
consiguiese eludirla y revivir yo por mi propia cuenta, sin ayuda de otro vivo.
Por desgracia, soy un mortal y por ende, no puedo hacer eso, ni lo que me
pides.
Brenda
miró hacia el firmamento, más tarde hacia los ojos de su esposo. Bajó y subió
la mirada, reparándolo, como buscando algo. Luego suspiro y los cerró, haciendo
un gesto de decepción y desidia.
—Eso
es un error –le dijo ella, infeliz.
—No
lo es. El error está en tomar lo inusitado por malvado. A veces el pecado es
bueno; a veces la bondad resulta crear maldad. Así que, no me digas que es equívoco,
cuando es digno de admiració
—Si
eso crees, y no cedes, no puedes pedir perdón. Y tampoco te mereces la
compasión.
—No
digas tales cosas, cuando hago esto por ti y por mí. Mejor decidme qué es
aquello que impide tu regreso; decidme, hermosa equivocada, ciega de ingratitud
por la incomprensión y repentina ocasión, qué es lo que necesitas.
—Necesito
una vida, la vida de otro para yo poseer la de aquel que ocupará mi lugar. Y,
ya que no mereces tal don como lo es la vida, ameritas que te lo arrebate.
James
se extrañó. Cuando vio que la mujer cogía impulso para levantarse, retrocedió. Brenda se abalanzó sobre él, gritándole. Comenzó
a rasgar su ropa y arañar su cara, haciéndolo sangrar. James intentó defenderse,
mas no lo logró, la fuerza de la difunta era tan descomunal e inhumana, dejando
obsoleta su resistencia vana. El monstruo muerto en vida –pues actuaba como
tal, con las características de un monstruo–, le abrió su cuerpo y empezó a
destriparlo, hasta llegar a su corazón. Se lo arrancó y vio cómo James
intentaba cerrar los ojos, para entregarse a la parca; pero el dolor no lo dejaba,
el sufrimiento no le soltaba, impidiéndole descansar. Se retorcía y gemía. La
demoniaca mujer empezó a morder el corazón hasta tragárselo.
Brenda
agarró a james del cuello, ahorcándolo, y le dijo con voz leve:
–Ya
obtuve lo que hacía falta. Y cada uno está donde se merece. No te preocupes, yo
volveré a ese lugar, James.
Lo
soltó y ambos se desplomaron. Ella cayó sobre el césped y él fue a dar al interior
del hueco, sobre el ataúd, hiriéndose con los trozos de la madera.
Brenda
se levantó. Esta vez no estaba pálida y sus ojos recuperaron su color café. Había
recuperado su vida. En cambio, James, yacía inerte, rodeado por la madera. La
tierra fue cayendo sobre su cuerpo abiótico, sepultado por Brenda, que era
quien vivía.
FIN.

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