Richard
Oxford odia su trabajo, no porque lo encuentre ingrato, soporífero, o por el
sueldo o el anhelo de aspirar a una profesión mejor; es por el hecho de que
mientas labora, durante los últimos días los males y aflicciones emergen a
deprimirlo y agobiarlo, llevándolo a dudar de la valoración sobre su puesto en
el cementerio o hasta de su puesto en la existencia. El pobre ha sido turbado
de paz por culpa de los extraños sucesos de los que sido el único testigo
mortal.
No
siempre fue así; antes, Richard, iba con actitud positiva, no de un sujeto que
adore bastante su trabajo porque este le brinda enorme gozo, pero al menos, no
le provocaba desagrado ni aburrimiento, había ocasiones diversas en las que
hasta se marchaba con sonrisas duraderas a su hogar.
Lástima
que esa noche, esa exasperante e intranquila noche de abril, bajo las nubes lúgubres
y los astros que radiaban indiferentes ante la mirada constante del hombre
hacia el cielo, buscando paz, como pidiendo una señal divina de placidez,
llegaría el final de la agonía. El frío era detenido ante su cuerpo, debido a
la impaciencia, que lo privaba de cualquier emoción ajena al miedo, en una
horripilante abstracción. Pensar que la agonía se acabaría brindaba algo de
satisfacción, a la vez duda, debido a lo trágico que sería esta; aun así,
resulta común el hallar bonanza gracias a la tragedia, que priva todo dolor
cuando esta impacta certeramente y en su totalidad, devastando los problemas…
Dieron
las diez y el viento comenzó a transportar los primeros sonidos, intentando
persuadir al pobre Richard. La oscuridad daba paso a la desesperación, por
culpa del entorno tétrico en el que se encontraba. El hombre bregó ignorar aquello
y seguir con su trabajo; la ornamentación y arreglo de aquellas tumbas, del
terreno… no se harían solos, y menos si el miedo persistía durante el trabajo.
Pasaron
treinta minutos y Richard había logrado rechazar esas tormentas fónicas. Es
cierto que por ratos quería ceder y lanzar el grito más fuerte que hubiese
expresado en su vida y desahogar su terror y esa locura, a la cual estaba por
acercarse si seguía con esa cotidianidad miserable, que no hacía más que
herirlo y consumir su vida, a mayor ritmo con el pasar de las noches.
Dieron
las once, y los gemidos y llamados no se detenían. Ahora, a ellos, se unieron
la pronunciación de un español perfecto, por una voz ronca, desgarrada y
terrorífica que tras tanta insistencia, siempre terminaba helándole la sangre y
como de costumbre, lograba que a los minutos, Richard, destruyera su vana y
artificial serenidad.
–Richard
Oxford –pronunció su nombre dicha voz.
A
los minutos se formó un coro y Richard no pudo más con esa mentira que ni él se
creía. Lanzó el primer alarido y entonces dio paso al umbral del final. Aquello
lo decepcionó; al instante no se percató de tal desilusión, pues el pánico no
le permitía pensar. Se había prometido resistir esa noche, y que por primera
vez los muertos no se reirían de él –porque así pasaba, o al menos así sentía
él que pasaba; os fallecidos se deleitaban bajo la tierra, y se mofaban del espectáculo
cómico que les daba mediante su enorme espanto–. No pudo cumplirlo, no logró
aguantar ni siquiera la última noche –había jurado que esa sería su última
asistida al cementerio y por ello quería verse ganador y sosegado por una vez,
tras tantos años de espavientos y laceraciones–.
Siguió
en ese absurdo juego de congojo, lanzando llantos, gritos, y demencia, buscando
dicha.
Dieron
las once y media, el suelo se unió a la tortura, generando leves terremotos que
le generaban más cólera. De esa forma imaginaba que los cadáveres fuesen a
emerger de entre sus tumbas y después realizarle las peores torturas físicas, después
de haberlo martirizado demasiado psicológicamente ya.
El
griterío y los estruendos eran la receta perfecta para la paranoia y
acercamiento al enloquecimiento de aquel desdichado.
Dieron
las once y cuarenta, Richard secó sus lágrimas y calló su garganta, y los oídos
se tapó. En medio de la odisea, pensó en la ilusión de marcharse con la frente
y la paz en alto, diciéndose que la jornada aún no acababa y tenía tiempo para
cumplir su promesa. Obvio es, que, un desahuciado con tales penas, no lograría
volver a la razón en tan poco tiempo; le llevó largos minutos –análogos a horas,
en su mente–. Y gracias a una singular fuerza que acogió a su ser, milagrosa y
sobrenatural, en pie se puso y su labor continuó.
Era
difícil, mas no se detuvo. El miedo seguía allí, reducido detrás de ese golpe
de valor. La atmósfera era menos opaca y más misericordiosa. Quizás en realidad
estuviese igual de borrascosa que antes y todo fuese un cambio mental o quizás,
en realidad, nunca estuvo tempestuosa. Ante los ojos del renacer de las
esperanzas, qué importaba aquello.
Solo
le faltaba un quehacer para finalizar: la exhumación de cierto individuo, a
petición de una familia de apellidos que no recordaba, y bajo justificaciones
que tampoco recordaba. Pero, bueno, qué importaba, se lo ordenaron y tenía que
cumplir con su deber, sin reprochar u opinar.
“Esta
jornada y ya. No habrá de ser engorroso”, se decía, pensando en que la última
misión podría renacer el pánico, pues debía acercarse a esas tumbas que tantos
sustos le causaban, más de lo habitual.
Caminando
lento, viendo hacia las diferentes lapidas y a veces volteando hacia los árboles
y hacia el éter, con esa fuerza de valor que todavía lo acompañaba, mas, por
culpa de aquella última labor, era susceptible a quebrarse, eclipsada por la
inseguridad que lo alcanzaba a rozar.
Para
su desgracia, al sitio donde se dirigía, era de done creía que nacían los
sonidos en cada noche. Y la inseguridad, luego de acercarse tanto, lo tocó
suave, quitándole una dosis minúscula de valor. No obstante, la exasperación
reencarnaba poco a poco, porque sabía que tarde o temprano conseguiría poseerlo
de nuevo; aquel chispazo jubiloso era una mera luz cuyo resplandor era efímero.
Se
dispuso a clavar la pala contra la tierra y comenzar a cavar. A ritmo delicado,
preocupado, puesto que el valor se esfumaba. Cuando llegó al final, topándose
con el ataúd del fallecido, tiritó con gran descontrol. Abrió el cajón y… nada:
con nada se topó; inclusive parecía que la caja estuviese nueva, sin usar,
intacta; la tierra y los insectos no habían hecho efecto alguno en la corteza.
Su
corazón empujó acelerados latidos contra su pecho, temeroso de detenerse. Dicha
agitación tan exasperante fue como una señal de que habría una tragedia
próxima, en la cual el desahuciado Richard Oxford sería protagonista.
Intrigado
por el terror y el misterio que yacía en ese ataúd vacío, sin restos algunos
que extraer, de su bolsillo cayó un papel: era la carta de la familia que había
pedido la exhumación del difunto familiar.
Los
ojos se le paralizaron, estupefacto, con las emociones enmarañadas tras leer la
carta. Esta vez el texto era mucho más corto; era diferente:
“No queremos que te vayas, nos divertimos mucho contigo aquí, por lo que preferimos invitarte, para que al estar más cerca, vuestros gritos y facciones nos alegren más.
Con gran ansia de horror, vuestros amigos del
Cementerio.”
Tensionado
y confundido, su cerebro le dijo que corriera y escapara, muy lejos de aquella
mazmorra. ¡Al diablo si no cumplía con su promesa estúpida de marcharse con
frente en alto! Se rindió ante el miedo, controlado por las emociones
infundidas por ese demoniaco cementerio que tanto había llegado a despreciar,
causante de sus pesadillas en la realidad –realidad la cual parecía una obra de
horripilante fantasía.
Al
alzar su cabeza hacia el firmamento, luchando por trepar y salir del hueco, sus
esperanzas fueron derrumbadas, al caerse, quizás por torpeza o quizás por ese
algo sobrenatural en medio de la tumba. Vio el cielo despejado, como su fe por
marcharse de ese lugar. Una lágrima emergió de sus luceros y su boca abrió
anchamente, con un alarido lacerante, que pudo ser oído hasta por los cuervos
que estuviesen a más de dos kilómetros, preparados para graznar y merodear por
el panteón cuando él fuese enterrado.
Antes
de quedar atrapado, el cementerio le permitió ver cómo se gravaba, por obra del
viento gélido, en su lápida: “Aquí yace, el humilde sepulturero, Richard Oxford.”
Tras
ser escrito su nombre en la lápida, la tapa de madera dio contra su cara,
privándolo de poder admirar su desgracia, con el terror enmarcado en su
semblante. Sus facciones perdurarían hasta más allá del horror en vida; y luego la tierra lo cubrió. Al amanecer,
nadie volvió a ver el rostro de Richard Oxford, pero sí su tumba, donde yace,
sin que nadie se enterrase de su misteriosa y repentina “defunción”.
FIN.

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