El
joven Zandari tomó su guitarra, sonriente y melancólico a la vez; sombrero agarró
y elegante se vistió para a todos impresionar –y por todos, entiéndase que son
dos individuos, los cuales le importaban mucho más que el resto del mundo–.
Pisó el césped del parque y desde lejos los reconoció, allí, sentados junto a
la fuente. Los besó a cada uno y entonces se sentó al lado. La guitarra sobre
su rodilla, sonriente tocaba, y el canto florecía. El concierto comenzó con la
canción favorita de los tres y continuó con diversas sonoridades de balada que
les recordaban a antiguas épocas, febriles y felices. No despegaba su mirada de
los luceros de sus fanáticos y el concierto seguía y seguía. Esa bella mujer y
aquel inmaculado pequeñín se divertían mucho, quizás no se lo demostraban a Zandari,
pero él no necesitaba verlos para saber que sus almas se sacudían dichosas al
ritmo de la canción.
FIN.

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