martes, 20 de junio de 2017

Relato 29: "Corazón reanimado"



—¡Esta noche volverás conmigo! Esta noche volverás a la vida, volverás a respirar y volverás a sufrir, ¡peor lo harás junto a mí! Pues no soy capaz de sufrir en soledad, y te he de regresar para que me acompañes en mi dolor y yo en el tuyo.
Tenía razón; sería esa la noche en que trajese a la difunta Brenda de entre la muerte. La resurrección para él era posible, más posible y real que la propia vida. Podrían decir que era un egoísta, un miserable, posesivo, paranoico y un montón de adjetivos más para juzgar y arremeter sobre su idea insensata de apegarse al pasado y no soportar el tortuoso presente, la tortuosa realidad. Podría ser verdad todo lo que se decía sobre James.  
Ante su cerebro y convicción, no había ninguna ley o raciocinio que lo detuviese de hacer tales hechos. Por más que estas y existiesen él tenía una realidad alterna, en la que, valiéndose de lo surreal y la locura, reanimaría la materia inerte. Sí, pues al igual que Víctor Frankenstein, alteraría la materia inanimada. Muchos le habían dicho que dejase ir a Brenda con los ángeles, pero no aceptaba, no era congruente para su vivir. Creía —erróneamente— que necesitaba de su amada para sobrevivir ante la desgracia. Así es el hombre cuando actúa irracional, dejándose llevar por el tornado de la desesperación, termina creando caos, sin importarle nada más que sí mismo.
—¡Se equivocan todos! ¡Deberían prohibirles opinar sobre las vidas de los demás! Y qué importa lo que diga la gente, solo importamos tú y yo. ¡Qué digan que estoy loco! ¡Qué digan que estoy confundido! ¡Qué digan que estoy perdido! ¡Qué digan lo que se les antoje! Ya verán quién ha de reírse al ver los resultados. Eso es, juntos nos reiremos de ellos y su asombro al ver que la terquedad que señalaban en mí, estaba en realidad en ellos, en su porfiada negación. Mis esperanzas y esfuerzos han de triunfar sobre el rechazo y el desprecio de ellos.   
El viento acariciaba la piel de la fallecida, mientras que, el doctor alistaba los instrumentos a utilizar con su paciente.  
—Hoy, el frío y el silencio han de llamar a las estrellas y esta se reunirán en un gran banquete con la luna, sentada esta en el centro, para observar la escena del resurgimiento. En el mundo, en la Tierra, en este cementerio, rodeado de artefactos científicos, se dará lugar a la reencarnación de ti, bella doncella, que me dejaste. Me dejaste abatido ante esta tormenta, la cual no puedo domar yo solo; por lo que has de volver y juntos le gritaremos a los tornados y a las nubes que juntos estamos, que ni siquiera la muerte se interpondrá entre nosotros y nuestra dicha.  
Aunque dijese “nosotros”, la oración correcta sería “ni siquiera la muerte se interpondrá entre mi dicha”, ya que no sabía si la difunta deseaba regresar. Lo hacía pensando en él y en nadie más. No quería darle dicha a ella en verdad, sino a sí mismo. Creía que si él era feliz, ella también lo sería y que pensaban lo mismo. Sin embargo, no era así, la felicidad de cada humano es diferente. Y su egolatría y terquedad no le permitían notarlo. La exasperación desenfrenada, causada por la muerte de una pasión, guiada por los angustiosos sentimientos, le llevaría a un error enorme, que al percatarse de ello, quedaría hundido, pagando por la ignorancia.  
—¡Estupideces, son todas estupideces! Aquel primero, que dijo que nadie escapa al sueño profundo, fue un tonto pretensioso. Aquí estamos, ante la oscuridad y otros difuntos que te tienen envidia en estos momentos; desearían esos cadáveres tener la misma suerte que tú, amor mío. Solo tú te mereces tal bendición, porque solo tú eres a quien amo y quien me ama y amará.
Luego de tanto escarbar y sus uñas partir, debido a la excesiva fuerza, para llegar hasta el ataúd, de nuevo forzó sus músculos y al no conseguir nada, tomó un hacha y destrozó la madera mediante la brusca arma. Sacó a su esposa de la caja. Su tez era más pálida, no obstante, sin importar el estado, seguía irradiando belleza, vestida con tela blanca. Un traje con el que, pese a ser luctuoso, ni Cleopatra lograría llevar tal excelencia, que adornaba y cubría su cuerpo —o al menos eso era lo que decía la mente de james—. La abrazó y sacó del pozo. La acostó en el césped húmedo.
Le quitó el velo, y pudo apreciar mejor la belleza dibujada en su rostro, que aún conservaba. Sin embargo, aquellos labios gruesos, habían perdido grosor. Sus ojos, cerrados, como las puertas de su existencia. James, en ese momento lanzó en gritos un monologo sobre el amor y cuán fascinante era. Aunque, aquello no era amor, era una falacia.  
Tocó su pecho, donde estaba ubicado el corazón. Comenzó a hablar en un idioma ajeno a lo humano y valiéndose de ello, de sus instrumentos y de su zozobra, en un acto heteróclito de resurrección…, la despertó ¡Lo había conseguido!
—¡Has vuelto a vivir!, y yo volví a vivir también: hemos renacido –vociferó, mientras una sonrisa reconfortante en su rostro se moldeaba.
Su mano detectaba los latidos del corazón de ella, que había vuelto a latir, gracias a su locura y perseverancia, surreal e irracional. Elevó los brazos, viendo hacia el cielo, regocijándose por su trabajo y quizás también, agradeciendo.
Se inclinó para sentir su respiración nasal, luego la besó, con gran satisfacción. Cuando sus labios se tocaron, ella abrió los ojos. Sus pupilas ya no eran cafés, como lo fueron alguna vez en su vida; ahora… eran blancas. No expresaban nada, ni tristeza ni alegría; ningún sentimiento o pensamiento alguno; ninguna muestra de vida… Entonces comprendió su fallo.
—¡No! Cuán desgraciado soy, cuán desgraciados somos… ¡El proceso no se completó a la perfección! Aún no.
Se lamentaba y quejaba, costándole sostener la mirada, en un ataque de dualidad, viendo a Brenda y después a la tierra, y después a Brenda…
—Pero si sí estoy viva —era la voz de Brenda—. O, puede que no.
James se sorprendió al oír las palabras de su amada.
—Tan solo me falta una cosa —continuó ella— para completar mi resurgir.  
—¡Oh, dulce Brenda, dime qué es aquello que necesitas! Sería capaz de dar mi corazón solo por verte respirar. Lo que desees te lo daré, lo que necesites lo buscaré; lo que yo quiero es que seas feliz, y si tú lo eres, yo también lo soy.  
—Quería morir tranquila, James.    
—Me disculpo; aunque, con gran dolor debo negártelo. Entiéndeme, querida. Mis esfuerzos ya no tienen detención. Solo la muerte podría frenarme, a menos que consiguiese eludirla y revivir yo por mi propia cuenta, sin ayuda de otro vivo. Por desgracia, soy un mortal y por ende, no puedo hacer eso, ni lo que me pides.
Brenda miró hacia el firmamento, más tarde hacia los ojos de su esposo. Bajó y subió la mirada, reparándolo, como buscando algo. Luego suspiro y los cerró, haciendo un gesto de decepción y desidia.  
—Eso es un error –le dijo ella, infeliz.
—No lo es. El error está en tomar lo inusitado por malvado. A veces el pecado es bueno; a veces la bondad resulta crear maldad. Así que, no me digas que es equívoco, cuando es digno de admiració
—Si eso crees, y no cedes, no puedes pedir perdón. Y tampoco te mereces la compasión.
—No digas tales cosas, cuando hago esto por ti y por mí. Mejor decidme qué es aquello que impide tu regreso; decidme, hermosa equivocada, ciega de ingratitud por la incomprensión y repentina ocasión, qué es lo que necesitas.   
—Necesito una vida, la vida de otro para yo poseer la de aquel que ocupará mi lugar. Y, ya que no mereces tal don como lo es la vida, ameritas que te lo arrebate.  
James se extrañó. Cuando vio que la mujer cogía impulso para levantarse, retrocedió.  Brenda se abalanzó sobre él, gritándole. Comenzó a rasgar su ropa y arañar su cara, haciéndolo sangrar. James intentó defenderse, mas no lo logró, la fuerza de la difunta era tan descomunal e inhumana, dejando obsoleta su resistencia vana. El monstruo muerto en vida –pues actuaba como tal, con las características de un monstruo–, le abrió su cuerpo y empezó a destriparlo, hasta llegar a su corazón. Se lo arrancó y vio cómo James intentaba cerrar los ojos, para entregarse a la parca; pero el dolor no lo dejaba, el sufrimiento no le soltaba, impidiéndole descansar. Se retorcía y gemía. La demoniaca mujer empezó a morder el corazón hasta tragárselo.
Brenda agarró a james del cuello, ahorcándolo, y le dijo con voz leve:
–Ya obtuve lo que hacía falta. Y cada uno está donde se merece. No te preocupes, yo volveré a ese lugar, James.  
Lo soltó y ambos se desplomaron. Ella cayó sobre el césped y él fue a dar al interior del hueco, sobre el ataúd, hiriéndose con los trozos de la madera.
Brenda se levantó. Esta vez no estaba pálida y sus ojos recuperaron su color café. Había recuperado su vida. En cambio, James, yacía inerte, rodeado por la madera. La tierra fue cayendo sobre su cuerpo abiótico, sepultado por Brenda, que era quien vivía.  

FIN.


sábado, 17 de junio de 2017

Relato 28: "El canto de Zandari"

El joven Zandari tomó su guitarra, sonriente y melancólico a la vez; sombrero agarró y elegante se vistió para a todos impresionar –y por todos, entiéndase que son dos individuos, los cuales le importaban mucho más que el resto del mundo–. Pisó el césped del parque y desde lejos los reconoció, allí, sentados junto a la fuente. Los besó a cada uno y entonces se sentó al lado. La guitarra sobre su rodilla, sonriente tocaba, y el canto florecía. El concierto comenzó con la canción favorita de los tres y continuó con diversas sonoridades de balada que les recordaban a antiguas épocas, febriles y felices. No despegaba su mirada de los luceros de sus fanáticos y el concierto seguía y seguía. Esa bella mujer y aquel inmaculado pequeñín se divertían mucho, quizás no se lo demostraban a Zandari, pero él no necesitaba verlos para saber que sus almas se sacudían dichosas al ritmo de la canción.   


El sol pisó el firmamento y entonces el espectáculo se acabó. Se despidieron y cada uno volvió a la triste cotidianidad, esperando anhelantes el nuevo anochecer, para el viejo Zandari poderles cantar y con la melodía de su guitarra revivirlos, sin importar que no pudiese comprobar la asistencia de aquel par que ama su canto y su melodía, como cada día desde la fecha luctuosa, pues ni siquiera la muerte es capaz de detener el canto de Zandari.  


FIN.

viernes, 16 de junio de 2017

Relato 27: "El cementerio de Richard Oxford"



Richard Oxford odia su trabajo, no porque lo encuentre ingrato, soporífero, o por el sueldo o el anhelo de aspirar a una profesión mejor; es por el hecho de que mientas labora, durante los últimos días los males y aflicciones emergen a deprimirlo y agobiarlo, llevándolo a dudar de la valoración sobre su puesto en el cementerio o hasta de su puesto en la existencia. El pobre ha sido turbado de paz por culpa de los extraños sucesos de los que sido el único testigo mortal. 
No siempre fue así; antes, Richard, iba con actitud positiva, no de un sujeto que adore bastante su trabajo porque este le brinda enorme gozo, pero al menos, no le provocaba desagrado ni aburrimiento, había ocasiones diversas en las que hasta se marchaba con sonrisas duraderas a su hogar.
Lástima que esa noche, esa exasperante e intranquila noche de abril, bajo las nubes lúgubres y los astros que radiaban indiferentes ante la mirada constante del hombre hacia el cielo, buscando paz, como pidiendo una señal divina de placidez, llegaría el final de la agonía. El frío era detenido ante su cuerpo, debido a la impaciencia, que lo privaba de cualquier emoción ajena al miedo, en una horripilante abstracción. Pensar que la agonía se acabaría brindaba algo de satisfacción, a la vez duda, debido a lo trágico que sería esta; aun así, resulta común el hallar bonanza gracias a la tragedia, que priva todo dolor cuando esta impacta certeramente y en su totalidad, devastando los problemas…
Dieron las diez y el viento comenzó a transportar los primeros sonidos, intentando persuadir al pobre Richard. La oscuridad daba paso a la desesperación, por culpa del entorno tétrico en el que se encontraba. El hombre bregó ignorar aquello y seguir con su trabajo; la ornamentación y arreglo de aquellas tumbas, del terreno… no se harían solos, y menos si el miedo persistía durante el trabajo.   
Pasaron treinta minutos y Richard había logrado rechazar esas tormentas fónicas. Es cierto que por ratos quería ceder y lanzar el grito más fuerte que hubiese expresado en su vida y desahogar su terror y esa locura, a la cual estaba por acercarse si seguía con esa cotidianidad miserable, que no hacía más que herirlo y consumir su vida, a mayor ritmo con el pasar de las noches.  
Dieron las once, y los gemidos y llamados no se detenían. Ahora, a ellos, se unieron la pronunciación de un español perfecto, por una voz ronca, desgarrada y terrorífica que tras tanta insistencia, siempre terminaba helándole la sangre y como de costumbre, lograba que a los minutos, Richard, destruyera su vana y artificial serenidad.
–Richard Oxford –pronunció su nombre dicha voz.       
A los minutos se formó un coro y Richard no pudo más con esa mentira que ni él se creía. Lanzó el primer alarido y entonces dio paso al umbral del final. Aquello lo decepcionó; al instante no se percató de tal desilusión, pues el pánico no le permitía pensar. Se había prometido resistir esa noche, y que por primera vez los muertos no se reirían de él –porque así pasaba, o al menos así sentía él que pasaba; os fallecidos se deleitaban bajo la tierra, y se mofaban del espectáculo cómico que les daba mediante su enorme espanto–. No pudo cumplirlo, no logró aguantar ni siquiera la última noche –había jurado que esa sería su última asistida al cementerio y por ello quería verse ganador y sosegado por una vez, tras tantos años de espavientos y laceraciones–.
Siguió en ese absurdo juego de congojo, lanzando llantos, gritos, y demencia, buscando dicha.
Dieron las once y media, el suelo se unió a la tortura, generando leves terremotos que le generaban más cólera. De esa forma imaginaba que los cadáveres fuesen a emerger de entre sus tumbas y después realizarle las peores torturas físicas, después de haberlo martirizado demasiado psicológicamente ya.
El griterío y los estruendos eran la receta perfecta para la paranoia y acercamiento al enloquecimiento de aquel desdichado.  
Dieron las once y cuarenta, Richard secó sus lágrimas y calló su garganta, y los oídos se tapó. En medio de la odisea, pensó en la ilusión de marcharse con la frente y la paz en alto, diciéndose que la jornada aún no acababa y tenía tiempo para cumplir su promesa. Obvio es, que, un desahuciado con tales penas, no lograría volver a la razón en tan poco tiempo; le llevó largos minutos –análogos a horas, en su mente–. Y gracias a una singular fuerza que acogió a su ser, milagrosa y sobrenatural, en pie se puso y su labor continuó.   
Era difícil, mas no se detuvo. El miedo seguía allí, reducido detrás de ese golpe de valor. La atmósfera era menos opaca y más misericordiosa. Quizás en realidad estuviese igual de borrascosa que antes y todo fuese un cambio mental o quizás, en realidad, nunca estuvo tempestuosa. Ante los ojos del renacer de las esperanzas, qué importaba aquello.
Solo le faltaba un quehacer para finalizar: la exhumación de cierto individuo, a petición de una familia de apellidos que no recordaba, y bajo justificaciones que tampoco recordaba. Pero, bueno, qué importaba, se lo ordenaron y tenía que cumplir con su deber, sin reprochar u opinar.
“Esta jornada y ya. No habrá de ser engorroso”, se decía, pensando en que la última misión podría renacer el pánico, pues debía acercarse a esas tumbas que tantos sustos le causaban, más de lo habitual.    
Caminando lento, viendo hacia las diferentes lapidas y a veces volteando hacia los árboles y hacia el éter, con esa fuerza de valor que todavía lo acompañaba, mas, por culpa de aquella última labor, era susceptible a quebrarse, eclipsada por la inseguridad que lo alcanzaba a rozar.
Para su desgracia, al sitio donde se dirigía, era de done creía que nacían los sonidos en cada noche. Y la inseguridad, luego de acercarse tanto, lo tocó suave, quitándole una dosis minúscula de valor. No obstante, la exasperación reencarnaba poco a poco, porque sabía que tarde o temprano conseguiría poseerlo de nuevo; aquel chispazo jubiloso era una mera luz cuyo resplandor era efímero.  
Se dispuso a clavar la pala contra la tierra y comenzar a cavar. A ritmo delicado, preocupado, puesto que el valor se esfumaba. Cuando llegó al final, topándose con el ataúd del fallecido, tiritó con gran descontrol. Abrió el cajón y… nada: con nada se topó; inclusive parecía que la caja estuviese nueva, sin usar, intacta; la tierra y los insectos no habían hecho efecto alguno en la corteza.  
Su corazón empujó acelerados latidos contra su pecho, temeroso de detenerse. Dicha agitación tan exasperante fue como una señal de que habría una tragedia próxima, en la cual el desahuciado Richard Oxford sería protagonista.  
Intrigado por el terror y el misterio que yacía en ese ataúd vacío, sin restos algunos que extraer, de su bolsillo cayó un papel: era la carta de la familia que había pedido la exhumación del difunto familiar.
Los ojos se le paralizaron, estupefacto, con las emociones enmarañadas tras leer la carta. Esta vez el texto era mucho más corto; era diferente:

“No queremos que te vayas, nos divertimos mucho contigo aquí, por lo que preferimos invitarte, para que al estar más cerca, vuestros gritos y facciones nos alegren más.
Con gran ansia de horror, vuestros amigos del
Cementerio.”
    
Tensionado y confundido, su cerebro le dijo que corriera y escapara, muy lejos de aquella mazmorra. ¡Al diablo si no cumplía con su promesa estúpida de marcharse con frente en alto! Se rindió ante el miedo, controlado por las emociones infundidas por ese demoniaco cementerio que tanto había llegado a despreciar, causante de sus pesadillas en la realidad –realidad la cual parecía una obra de horripilante fantasía.
Al alzar su cabeza hacia el firmamento, luchando por trepar y salir del hueco, sus esperanzas fueron derrumbadas, al caerse, quizás por torpeza o quizás por ese algo sobrenatural en medio de la tumba. Vio el cielo despejado, como su fe por marcharse de ese lugar. Una lágrima emergió de sus luceros y su boca abrió anchamente, con un alarido lacerante, que pudo ser oído hasta por los cuervos que estuviesen a más de dos kilómetros, preparados para graznar y merodear por el panteón cuando él fuese enterrado.
Antes de quedar atrapado, el cementerio le permitió ver cómo se gravaba, por obra del viento gélido, en su lápida: “Aquí yace, el humilde sepulturero, Richard Oxford.”  
Tras ser escrito su nombre en la lápida, la tapa de madera dio contra su cara, privándolo de poder admirar su desgracia, con el terror enmarcado en su semblante. Sus facciones perdurarían hasta más allá del horror en vida;  y luego la tierra lo cubrió. Al amanecer, nadie volvió a ver el rostro de Richard Oxford, pero sí su tumba, donde yace, sin que nadie se enterrase de su misteriosa y repentina “defunción”.   


FIN.

lunes, 5 de junio de 2017

Relato 26: "Los Ciegos"


El despertador sonó a las 6:00 a. m., abrí los ojos y comencé el día, como dictaba la rutina. Volteé a ver la biblioteca, extrañado, con un ignoto sentimiento, quizás de angustia, quizás de melancolía o quizás de terror… sin saber que esa sería la última vez que la vería. Me bañé y vestí, sorprendiéndome al no sentir a mi familia durante el transcurso. Bajé al comedor y desayuné cereales, esperando a los demás. Y no ocurría cambio alguno. Ese mutismo incómodo terminó absorbiendo mi paz, llevándome a buscarlos.     
¡Mamá! ¡Papá! —grité y nadie respondió.
“¿Qué estará pasando?”, me pregunté. Al entrar al cuarto de mis padres mamá sació mi curiosidad y a la vez me alarmó, por su aparición repentina.
—¿Por qué no habían despertado? —le pregunté. Se quedó unos segundos en silencio, hasta que pronunció a voz lenta:
—Es que no era hora, Álvaro.    
Fui a encender la bombilla y mi madre me detuvo. Se limitó a retenerme el brazo y luego seguir su camino hacia la cocina. En cuanto lo hizo, mi padre se levantó y la siguió. Me confundió aquel comportamiento, ninguno me había saludado. Ni siquiera había podido repararlos o verles las caras, por lo que me dirigí hacia ellos, algo desorientado, algo enojado.
—¿Qué les pa…? —voltearon a verme al unísono y mi voz fue obstruida por el miedo.
Sus ojos… no estaban.
Mi voz regresó, pero no para continuar la frase bosquejada, sino para lanzar un horrible alarido, congelándose mi raciocinio y tranquilidad.
—No estás arreglado para la Ceremonia de la Reoculación –expresó mamá.  
No contesté, congelado todavía. Una parte de mi razón me dijo que ellos no era mi familia, por lo que escapé de la inmovilización y corrí a encerrarme en mi cuarto. Intenté teorizar sobre lo que acababa de ver: mis padres estaban… ¿muertos?, ¿vivos?, ¿transformados en otra cosa? Aquella falta de luceros expresaban cualquier cosa… menos humanitarismo; donde se suponía que deberían estar, no había ni cuencas vacías u oscuras, ni un óvalo o algo que expresase el espacio incompleto; su zona ocular estaba rellenada por piel; tampoco tenían cejas. La ventana de sus almas había sido repellada por epidermis.
Pasados diez minutos de agonía e intranquilidad, encerrado en mi olvido del mundo, desesperado, después de lanzar mil conjeturas y mentirme dos mil veces, diciendo que todo era un sueño, escuché la puerta ser abierta y luego cerrada.
Descendí y comprobé que habían salido. Sin saber qué acción realizar o qué pensamiento pensar miré por la ventana a las personas pasar, desahogando mi dolor en la admiración del exterior. Aquello aumentó el terror en mí, al ver que, al igual que mi familia, los demás tampoco tenían ojos, cegados por la piel sobrepuesta. Además noté otra coincidencia: las personas marchaban al mismo ritmo, pareciendo que fuesen en una manifestación o algo similar. Lo más destacable fue la idea de que cada uno parecieran seres sin conciencia, que se desplazaban solo por atracción, guiados por algo o alguien. No expresaban ni vida ni conciencia, y de no ser por su materialización, podría decirse que eran seres inexistentes, o seres imaginados…, disfrazados como hombres.
Mi corazón dejó de latir y mi sistema sanguíneo se detuvo cuando uno me volteó a…; volteó para dirigir lo que, supongo, debería mencionar como “mirada”, mas no sería exacto, debido a sus características. Caí privado por el pánico, abandonando la ventana. Aquello, me hizo entender que ellos no podían ser seres humanos; serían algo peor que una persona o cualquier cosa existente en este mundo. Imaginar que mis padres estaban marchando entre esa multitud, bajo las mismas condiciones que ellos, me congojó.             
No sabía si gritar, si encerrarme en un mutismo horripilante o indagar sobre esa anormalidad en la que me encontraba. Opté por la última opción, sin abandonar el temor a conocer la verdad que subyacía en esa singularidad. Al aguardar y asegurarme de que la manifestación pasó en su totalidad, decidí salir.
Con cautela, cerré la puerta; giraba yo hacia derecha e izquierda, abrumado, percatándome puntillosamente de que no corriese peligro de ser descubierto por alguno de esos seres que se cubrían con morfología humana.  
Las calles estaban desiertas, pobladas solo por el viento gélido que se explayaba por ellas y las desanimadas nubes grisáceas posadas en el firmamento. El suspenso aumentaba mientras caminaba y seguía sin toparme con figura alguna de ser animado. Caminé hasta que por fin di con el grupo de Sin-ojos.
Preocupado por no ser como ellos, anhelando que no me descubriesen o reaccionasen de forma agresiva ante mis diferencias, los imité, para pasar desapercibido y así llegar hasta donde quería o hasta donde ellos se dirigían –lo cual acababa siendo lo mismo–, sin importarme que fuese lo que quisiese o no; el paradero de ellos era lo único importante en ese momento.     
Peregrinaba comportándome igual, logrando así mi objetivo. Al inicio sentía la inquietud y la atención prestada en mí, aunque esta sensación fue eliminada tras pasar el tiempo y acoplarme a la perfección. Bregué avanzar demás, pero sabía que si lo hacía se notaría mi desesperación, y la resistencia ante mis miedos; habrían sido en vano, terminando en un trágico final, el cual no podía ni imaginar el nivel de horripilación. Buscaba a mis familiares con la mirada, creyendo poder reconocerlos por sus espaldas.  
Me pareció identificar a mi padre después de veinte minutos y la exasperación por la incapacidad de aproximarme me irritaba, luchando por no demostrar tales sentimientos. No me quedó de otra que resignarme y continuar con esta absurda marcha hasta que llegase a su acabamiento.
Pasadas cerca de dos horas de recorrido por fin se habían detenido. Estábamos ubicados en un extenso espacio, sin haber ni un mero vehículo. Todos “miraban” —si se me permite decirlo así— hacia la misma dirección, enfocando un enorme edificio, en el cual había una gran pantalla en negro. Me abrí paso entre la muchedumbre y por vez primera noté que habían más como yo, poseedores todavía de sus luceros; eran pocos, sin embargo, los escasos veinte se comportaban igual que la mayoría. Sonó una campana que hizo un eco prolongado. Mientras se manifestaba el sonido, los Sin-ojos se ubicaron de forma tal que formaron un pasillo, dejándome el camino como para que avanzase, mientras estaban taciturnos e inmóviles, semejantes a estatúas, pareciendo que estuviesen esperando a que yo caminase por ese sendero, que conducía hacia la pantalla, donde me esperaba el pequeño grupo conformado por los individuos que aún tenían vista.        
Nervioso, avancé, meditabundo, titiritando, pudiendo apenas estar de pie. Fingía que los ignoraba y no sabía que estuviesen ahí, caminando viendo hacia el piso, mientras me acompañaba el terror y la confusión en mis hombros. Al llegar a mi destino, me uní a la masa de “normales”. Los interrogué, anhelando respuestas, mas nadie contestó; se quedaron callados e inmóviles.
Quedé cegado por unos segundos por el brillo que emitió la pantalla, hasta que el color que había mutado a blanco deslumbrante se convertía en un rostro flotante, con un paisaje gris a sus espaldas. El rostro inclinó su mirada hacia los desdichados que estábamos abajo de él, retirados de la aglomeración mayor, dueños de nuestros ojos aún.
—¡Ustedes! —pronunció el rostro, dirigiéndose a nosotros. No pude evitar temblar ante tal situación—. Hoy han de inmolarse por el avance de la oligarquía esencial, para poder conseguir el avance. Hoy se unirán a vuestros compañeros; serán todos iguales, siendo el uno reflejo del otro. Harán parte de este todo vacío —se detuvo al analizarme, sin yo darme cuenta, y comprendió que había algo diferente en mí—. ¡Tú! —gritó, y en esas los demás se dirigieron hacia mí, rodeándome. Aquello me llevó a una mayor alteración de mi  exasperación, preocupado por lo que podría pasar o por lo que no habría de pasar—. No te has unido a la sociedad… ¡Vamos, no tengas miedo y acompáñanos! —Él notó mi reticencia y elevó el tono de su voz—. ¿Por qué no quieres? Igual siempre han sido así, solo que ahora lo comprendieron y por ello ya no comprenden nada; no es malo estar ciego, pues así no ves la fealdad.       
Algo en mi interior me llevó a soslayar, abriéndome paso entre los cuerpos que servían de muros, en un evento milagroso. Esto provocó la vasta cólera del individuo de la pantalla; lanzó un potente alarido y sonidos singulares, indicándoles que me persiguiesen.  
Me oculté en una casa deshabitada. Era seguro que sus dueños estarían en la marcha, buscándome… Desde ahí, en el interior, podía oír los pasos de los Sin-ojos buscándome en las calles, pues ni siquiera expresaban palabra alguna, ni ruido más que el de sus pies al desplazarse. Con discreción exploré la morada. Terminé en el tercer y último piso, desde donde podía divisar el punto en el que me encontraba minutos atrás. Allí seguía aquel rostro malévolo y bajo él, inmóviles, los otros individuos con ojos. Observé, con gran detalle, desde las sombras de mi ubicación, la peor escena que pude haber presenciado:
—Hoy acaba un ciclo y comienza otro, comienzan a ser conscientes de un ciclo en el que siempre vivieron —decía él, pudiéndolo oír desde donde estaba. No comprendía el significado que subyacía en sus palabras—. Entréguense a mí y únanse a la humanidad, no tengáis miedo. Es maravilloso ser ciego, pues así no ven la fealdad. Ahora, sean felices, que así yo también lo seré.     
Al decir aquello, ocurrió el umbral del caótico horror: el individuo abrió la boca, y entonces de entre ella emigró una especie de viento azulado, que iba a dar hacia los ojos de los hipnotizados. Luego, el viento intercambió su dirección, yendo ya desde el ojo de los pobres hipnotizados con destino hacia el interior de ese monstruo. Mientras ocurría tal atrocidad, los luceros de esos hombres iban desapareciendo poco a poco, hasta quedar iguales que los de los demás.  
—Vuestro ser se ha unido ahora al mío; gracias a ello no tendrán más problemas ni angustia, pues yo me encargaré de ellos.   
Algo me aturdió en ese momento y el razonamiento sobre lo sucedido aterrizó en mi cerebro, causándome la agonía provocada por la adquisición del conocimiento. Ese rostro, ese demoníaco ser, ese inhumano sin corazón ¡les robaba su esencia! ¡E hizo eso con cada uno de los habitantes, dejando la falta de ojos como sello del robo! Era el causante del comportamiento hierático de las personas, condenándolos a ese infierno en el cual, gracias a la ignorancia, y a la ceguera, no eran conscientes del dolor y mentira en la que vivían. Resultaba horripilante el observar que mientras ocurría esa extracción del Ser ellos, se relajaban, plácidamente, acomodados entre esa pérdida de identidad, siendo aquella desintegración un bálsamo que los rejuvenecía y acababa con sus aflicciones, pero pareciendo a la vez más viejos: muertos vivientes.                   
Una inesperada desidia retuvo mi cuerpo y me llevó a cerrar los parpados y después pasar de la realidad al negro de la inconciencia y despertar en el espacio del sueño. Estudié el entorno en el cual yacía: era un sector negro por completo, sin estar seguro siquiera si tenía los pies sobre el piso o si levitaba. El silencio fue perturbado por la voz de aquel rostro de la pantalla.
—¡Oh, ingenuo hombre! ¿Por qué te resiste, si sabes que al final caerás aquí?  
Cuando dijo aquello, bajo mis pies, como si estuviese sobre una extensa claraboya, surgió la ciudad, en un ambiente grisáceo, con cada una de las personas caminando. Veía cómo unos imitaban a otros y cómo algunos se divertían tras hacerse daño. Unos cuantos se destacaban por no hacer las cosas que hacía la mayoría. Cuando los demás los descubrieron, los perseguían y ultrajaban, insultándolos, obligándolos a hacer algo a lo cual se resistían. Al final, tras muchos alegatos, los sujetos tuvieron que entregarse a la multitud y su apariencia cambió espontáneamente, uniéndose a la comunidad, perdiendo aquella peculiaridad.
—¿Ves? Sin importarlo, la oscuridad siempre manchará a los puros —me dijo de nuevo la voz del rostro, intentando persuadirme o quizás enseñarme algo—. Mira porqué todos quieren perder sus ojos.    
Los habitantes de la ciudad fueron atraídos por una especie de brillo, que los reunía en un mismo punto; a posteriori, dicho brillo se esfumó y en esas, la cólera se desató en los individuos de ese mundo: comenzaron a lanzar espavientos, lágrimas y alaridos; dementes poseídos por la rabia y la desesperación, tras la ausencia de aquel brillo. Los unos se miraban a los ojos de los otros y más tarde procedían a golpearse. Otros, en vez de golpearse a sí mismo, golpeaban a los demás. Algunos hacían locuras peores, indescriptibles, buscando forma inexistente de callar la misteriosa agonía que los sacudía. Entre la chusma descontrolada, reconocí a mis padres. Inclinaron su mirada hacia el cielo y creo que me distinguieron, pues se arrodillaron y se quedaron viéndome fijamente a los ojos, mientras el llanto evolucionaba más. Vi en sus ojos, enmarcados por la tristeza y el agobio existencial, la explicación de aquellos males y exasperaciones, en esos ojos donde yacían el dolor y la miseria.   
—Oh, pobre gente, inocente; y otros no tanto —interrumpió la voz del rostro—. Algunos no tienen la culpa, e igual recaen entre los condenados, quizás porque era inevitable o quizás porque ellos mismos los buscaron, uniéndose a las masas para controlar el congojo o solo por capricho.   
—¡Eres un monstruo! ¡Les robas la vida a los desahuciados! —le contesté, irritado, olvidándo mi miedo.    
—No…, Álvaro. Yo no soy el culpable; al contrario, soy su salvador.
Mientras pronunciaba esas palabras su rostro iba formándose de entre la nada, y cuando se manifestó por completo hizo una breve pausa, durante la cual me dirigió una mirada gélida, que penetró hasta lo más profundo de mi espíritu.  
—Miradlos, cómo la infelicidad y dualidad los atrapa en esa existencia sinsentido a la que están sometidos —durante su discurso estábamos observando a la población. En la ciudad se había manifestado una nueva luz, esta vez con tono de colores muy vivos. Los hombres la persiguieron, bregando a tocarla. Al conseguir tocarla, la esencia de ellos moría, volviéndose Sin-ojos. Y solo entonces, cuando abandonaban su esencia, lograban calmarse, y por primera vez los vi sonreír. Algunos no demostraban tanto el sentimiento; sin embargo, al ver a los demás, se unían a la banda de aquellos, que existían sin tener existencia. Encontré a mamá y a papá, quienes al tocar la luz y despojarse de su Ser, voltearon hacia mí, sin poder verme. Esta vez la melancolía no se reflejaba en ellos, pues esta no tenía dónde ser reflejada o donde manifestar o esparcirse. La luz ahora era la que iba adquiriendo tonos grises, como si la pesadumbre hubiese sido transportada a ella. Empero, cuando todos le dieron la espalda a la luz, esta se expandió y reemplazó ese color de pena de la atmósfera por uno de dicha, y vi a las multitudes alzar los brazos, para pasar a aplaudirles a la luz, que se elevaba sobre sus cabezas y luego desparecía, aunque solo en el plano de ellos, ya que actuaban de forma que no la percibía. Continuaron con su rumbo de seres privados de sentimientos y razón, mas yo seguía viéndola, por más que hubiese explotado segundos antes, y creo que aquel despiadado que estaba junto a mí también lo hacía    
—Y es así como al quitarles lo que tanto los atormentan que consiguen la paz.
—Esto no es paz; es ignorancia y apegarse al popularismo, ingenuamente. ¡Es entregar el sentido humano a costa de unas cuantas dosis de satisfacción!    
—¡No, Álvaro! ¿Por qué en lugar de ser rebelde no te unes a tu familia? Entregad vuestros ojos y así no serás consiente de tanta maldad y de tantos infortunios. No es malo estar ciego, pues así no ves la fealdad. 
Su rostro, por fin, fue adquiriendo un cuerpo. Al terminar la transformación se acercó a mí, sin poder yo moverme. Me agarró de las cienes y expresando acrimonia, presente en sus emociones, me gritó. Creí que intentaba absorber mi Ser. Dijo:
—¡Todos caen en el hueco sin necesidad de que se les empuje! Ahora es tu turno. No será malo estar ciego, pues así no verás la fealdad.  

***

Aterrado, desperté de aquel atosigante sueño. El despertador sonó a las 6:00 a. m. y al ponerme de pie comencé la existencia, tras el regreso al umbral, esta vez en una nueva cotidianidad. Mi madre me saludó y después de eso fuimos a marchar, estando ahora yo unido a esa aglomeración de dichosos. Fue un bonito día, sin conocer la fealdad. ¡Oh, todo alrededor era bello!, y todos éramos iguales, todos queríamos lo mismo; y nadie…, nadie podía ver.    


FIN.