No
creo poder resistir este sufrimiento de imposibilidad. Ver cómo mi vida va
decayendo. Y no por culpa mía. Mi esencia, independiente de mi cuerpo material,
se desgasta con el transcurrir del tiempo, con el transcurrir del dolor y con
el transcurrir de aquella mancha que opacó mi cotidianidad y me arrebató la
felicidad.
La
primera vez que la vi, un sentimiento de terror me poseyó. Aunque ella me vio
primero, pues siempre había existido, incluso mucho antes que yo; pero, no fue
hasta aquel día luctuoso que se manifestó ante mis sentidos. En una noche
lluviosa, cuando la luna apenas estaba llegando al firmamento, retrasada para
unirse al conjunto de astros visibles en el cielo. Aquella noche, pude conocer
el prefacio del horror incontrolable por el humano, el cual carcome el ser, sin
salvación alguna y sin esperanzas que, no harían otra cosa más que alargar el
sufrimiento, sin servir en verdad.
Me
encontraba acostado en mi cama, soñando con hermosos atardeceres, cuando,
emigré del ensueño a la realidad, despertado por un sombrío aire de invierno,
que sigilosamente profesaba la llegada de algún mal foráneo. Entre meditabundos
pestañeos, llegué a recuperar la concentración y en lo primero que fije mi
vista fue la ventana. A través de esta se dibujaban luctuosas gotas, que
transmitían a mi mente nuevas ideas nostálgicas para mis sueños. Mas dichos
pensamientos no llegaron a ser, producto de una inquietante mancha negra, se
asomaba por el cristal. A lo lejos, un óvalo negro se vislumbraba claro en el
vidrío, sin razón de presencia relevante. Sin razón también, apresó mi
atención, de una forma muy considerable. Qué había en aquello, que domó mi
cerebro y curioso, pareciendo que de un fenómeno sorprendente se tratase, fui a
posarme en la ventana, como hipnotizado. Quise abrirla y a la vez no quise, una
parte de mí me detenía, encontrándome en un complejo dual en el que el miedo y
el asombro me regían, sin recurrir al raciocinio, guiado por estas dos
sensaciones, que resultaban opuestas y por ello tenían una disputa en mi mente,
para dominarme. Mientras el asombro me llevaba a los impulsos de salir e ir a
apreciar más de cerca aquella singularidad, el miedo bregaba retenerme y
resguardarme en mi habitación, alterando mis nervios. Ninguno quería desistir,
y yo, marioneta de ellos dos, no era consciente de lo que ocurría; no lo
suficiente para intervenir en la dualidad. Me encontraba abstraído en otro
mundo, perdido, no sé dónde, pero perdido.
Al
final, no resistí tal conflicto y terminé colapsando, cuando, al mis manos
abrir la ventana, el miedo consiguió ultimar el futuro de esa situación y al
piso caí, volviendo a los sectores de ensueño; empero, sin llegar a soñar: mera
oscuridad me acogió durante aquellos instantes de olvido, descanso y
aislamiento.
Desperté
cinco minutos antes de que la alarma sonase. Tuve tiempo para buscar recuerdos
que no hallaba, sobre lo ocurrido antes de mis pupilas ser privadas de la luz. No
triunfé en mis vanos intentos y ese vacío me agobió durante el resto del día,
queriendo encontrar memorias.
Salí
de casa, frustrado y desconcertado. Caminaba por la calle, con una extraña
sensación de confusión y ansiedad, proveniente de una fuente ignota. La mañana
era lluviosa, cuyas gotas inspiraba fatiga y desencanto por la cotidianidad,
junto a las aglomeradas nubes que oprimían mis esperanzas de calidez. De
repente, en medio de aquel paisaje desalentador, algo invadió la realidad, algo
inusual que me causó terror y angustia. Al verle, supe sin recordarlo que era eso
o él. Bastó verle para saber que ya hacía parte de antaño: aquel círculo negro
que flotaba en la lejanía de las tinieblas, generador de tales emociones en mí.
Estaba, como la primera vez, a lo lejos, inalcanzable… A medida que yo
avanzaba, parecía que este también caminase, pues seguía a la misma distancia,
intocable y sin posibilidad de ser rozado por mis manos.
El
atormentador óvalo me observaba y me seguía. ¿O debería mejor decir que era yo
quien lo seguía a él? Sin saber dónde estaba en verdad, sin saber si era un
espejismo y sin saber su causa de ser, no podía huir a su manifestación; era
imposible. Tuve que resignarme al singular horror que ocasionaba su obstrucción
en mi visión. Me acompañó hasta la universidad e inclusive, estando en clases,
por momentos creía verlo dentro del salón. Si antes no podía afirmar seguro su
realidad, ahora que aparecía por momentos, se me era mayor la duda sobre su existencia.
¿Sería real o sería un invento de mi angustia, o acaso un fantasma onírico?
Durante
toda la tarde, aquella cosa me distrajo de la concentración que requería mi
rutina educativa. No fue un día muy grato.
Al
salir de la universidad, cayó el sol, despojado por la luna y este arrastró
consigo a mi paciencia y estabilidad. El sosiego se marcharía con el cantar de
la luna lúgubre, quien, mediante sus pululantes estrellas y el silbido del
viento, me amordazarían, privándome de paz; estas, ayudaron a aquella
horripilante mancha negra, para que me encolerizara.
El
camino era lóbrego e inspiraba horror, un horror ignoto, singular,
indescriptible y absurdo. Comencé a caminar con mayor velocidad y fui así en
aceleración hasta que, llegado a un punto, tras oír susurros sombríos, terminé
corriendo, cual esclavo que huye hacia la libertad. Mi libertad era el regazo
de mi hogar, donde pensé, estaría a salvo; pero me equivocaba. Mi corazón latía
raudo, sudaba gélido y mis nervios estallarían.
Al
llegar a casa, abrí la puerta, desesperado, sin saludar a nadie, directo a
encerrarme en mi cuarto. ¿Por qué lo hice, si ninguna persona me seguía, si ninguna
persona me susurraba? No; ¡sí pasaba algo! Solo que no era una persona. No, no
era un humano: ¡era aquella maldita mancha, la cual me agobió y perturbó de tal
forma que, ya me causaba fobia el solo traerla a mis recuerdos! ¿Por qué tal
reacción si era una mancha? Una mera mancha, una mera alucinación tal vez. No,
no, no era así; la mancha sí era… ¡era real, al igual que aquel sentimiento
sinsentido de pánico, incontrolable, que con cada segundo se explayaba!
Cerré
con llave la habitación, y la ventana… el lugar donde la había visto por
primera vez, a la cosa que me seguía y acosaba, anormalmente. Cerré aquella
trinchera de exasperación; la exasperante ventana la tapé con numerosos
objetos, los primeros que encontré a mi disposición.
Mi
madre tocó a la puerta, preocupada y yo la eché, implorándole soledad. Esto le preocupó
más; empero accedió a mi petición de aislamiento. No lo entendía, todo era tan…
surreal en aquel momento, siendo el reflejo de la realidad normal, o pareciendo
normal. Y digo “el reflejo”, puesto que lo que mis padres veían como regular y
por lo que se preocupaban, ya que resultaba típico para ellos, aquel panorama,
aquel día, no era verdadero; era falso y mis ojos eran los únicos capaces de
percibir la realidad –en la que habitaba la mancha negra, la agobiante mancha–.
Sentí como si mi alrededor me envolviese y el techo se fuese a desplomar,
angustiado y claustrofóbico. Intenté buscar consuelo en el olvido del ensueño y
mientras cerraba mis ojos y bregaba ser atrapado por el sueño, en clamor de que
este me sacase de ese calabozo de angustia.
Me
daba palabras de calma a mí mismo, en voz alta y llegado un tiempo, mi voz se
confundió con otra voz extranjera, semejante, pero más ronca. Esta imitaba mis
palabras y al ver que me detuve, cognoscente de su presencia, se burló con enormes
carcajadas. El ruido aumentó hasta asemejarse a risas de brujas quemándose en hogueras,
mientras se retuercen en el dolor y de este se burlan.
Sabía
a quién pertenecía aquella sonoridad. No cabía la menor duda. Quise gritarle
que se largase, que me dejase en paz. No fui capaz; mi voz era retenida por el
mido y cuando abría la boca mi lengua ni se inmutaba, congelado mi cuerpo,
igual que mi razón.
Golpes
tocaron las paredes, dando la impresión de que fusen a derribarlas, en especial
las ventanas. Fuertes estruendos recaían en estas y por una suerte ilógica, no
sucumbían ante la presión. Los golpes y las risas fueron en aumentos,
perturbando más y más la poca cordura que me quedaba. Mis tímpanos colapsarían
ante la magnitud de tal tortura, junto a mi corazón.
Retrocediendo
de arrodillado, busqué un rincón en busca de refugio, el cual no encontraría y
que de hacerlo sería inútil. Quien golpeaba las paredes y ventanas no querían
acabar con ellas; quería la la mera diversión, a costa de mi desesperación. Pasados
alrededor de diez minutos, los estragos cesaron y quien los hacía finalmente se
presentó.
El
cristal lanzó un brillo grisáceo, que se musitó entre los objetos y luego, el
brillo tomó forma tridimensional: una negra mancha llana se encontraba frente a
mí. Al verla, mis ojos se quedaron fijos, concentrados por el suspensivo y
tensionado pánico que petrificaba mi cuerpo.
La
mancha, la horrífica mancha, cambió su estructura y pasó de su molde original a
adquirir figura humana, semejante a una sombra tridimensional. Esta, pese a no
tener ojos, siendo una silueta de un profundo color negro en todo el cuerpo, se
quedó frente a mí. Pude después hallar en ella unos ojos invisibles, los cuales
reflejaban maldad e infernal demencia, muy alejada de lo humano, con los cuales
se adentraba en lo más profundo de mi ser, sembrando en este exorbitantes
emociones relativas a la confusión y el desespero.
Paró
de tal manera durante al menos quince minutos; quince minutos de puro dolor y congojo,
cuya manifestación no se lograba dar en germinación de lágrimas, por culpa del
shock en el que me hallaba. Miserable tanto tiempo estuve, hasta que la silueta
–que había dejado de ser una mancha–, se dirigió hacia mí y, a pocos
centímetros, posando su mano sobre mi pecho, me desmayé, como en las otras
ocasiones, parando en un sector de ensueño vacío.
Cuando
abrí los ojos, lo primero que hice fue gritar, gritar con mi alma enmarcada en
aquellos alaridos despojadores de sufrimientos, provocados por… algo que no se
encontraba en el espacio. La locura y la pesadumbre fueron quienes me
despertaron.
Mis
padres irrumpieron en mi habitación, atónitos, anhelando explicaciones mías.
–Hijo
–dijo mamá, con voz aguda–, ¿qué ha ocurrido?
No
respondí, tal vez porque no me nacía responder o tal vez porque algo me impedía
hacerlo.
–Hijo
–reiteró mi padre–, por favor respóndenos, hijo…
En
ese momento, inmóvil y hierático, sin querer hablar, alguien habló por mí, como
si me hubiese poseído. Mientras pronunciaba palabras contra mi voluntad, vi en
frente mío a la figura oscura.
–No
lo sé. No recuerdo mucho, creo que fue una pesadilla –les dije; aunque no fui
yo quien habló en realidad… Había sido la perturbadora silueta y lo peor es
que, avasalladora se encontraba delante de mí, y yo, haciéndoles señas a mis
padres y apuntando hacia ella, para que la descubrieran, me decían que no había
nada. Entonces, desgraciado y acongojado, entendí que para ellos no había nada,
solo para mí, solo existía en mi mundo, puesto que solo yo era infeliz y solo
yo podía ver la forma de la infelicidad, la cual resultaba invisible para
ellos.
La
pena me invadió y evitar llorar no pude, implorando consuelo en el llanto. En
nada más podía encontrar consuelo y mucho menos en el regazo de mis padres, ya
que nadie veía a la oscura aflicción que me atormentaba. Sentí sus brazos
rodeándome, mas no me detenía; sollozaba con mayor intensidad, al pensar que
entre aquellos brazos caritativos podían encontrarse también los negruzcos de
aquella maldita cosa.
El
tiempo transcurrió y consigo el temor y aquella tribulación. Cada mañana al
despertar, cada tarde en la universidad, cada noche en mi hogar, en cada
borrascoso minuto veía a aquel forastero, que había llegado a mi vida para
convertirla en una sórdida tragedia. Tuve que convivir con ese desgraciado,
aguantando verlo en cada instante, y él, taciturno, sin hacer nada más que
observarme y crear en mi mente horripilantes pensamientos relativos al terror.
No podía ocultar mis pesarosas emociones. Ya no demostraba júbilo alguno en mi
existir –y creo que todos mis allegados lo notaron–. No era capaz de sonreír;
lo único posible era llorar y gritar.
Sin
embargo, tras semanas en esa situación, cerca de acostumbrarme a aquella
tempestad, un cambio más se dio en ese individuo peculiar. La silueta no
terminaba con sus mutaciones: ahora tenía brazos más detallados: delgadas, al
igual que los pies; y su cabello, parecido al mío, muy parecido…, conservando
el mismo color negro. Comprendí lo que ocurría y me acongojaba al imaginar el
futuro. La silueta cada vez adquiría mayores detalles físicos y muy similares a
mí.
La
noche en que noté aquello sucumbí a un profundo lamento, afligido por el rumbo
de mi destino. ¿Cuándo se iría esa cosa? ¿Cuándo se marcharía este dolor y volvería
mi vida a la normalidad? ¿Era posible que no pasase y tuviese que convivir con
el sufrimiento hasta morir? ¿Tendría acaso que hacer eso para poder descansar,
tendría que morir, siendo esta la única opción para recuperar la paz que antaño
existía? ¿Por qué yo, por qué, pobre hombre desdichado corría con esta
desgracia en mis hombros? ¿Qué acto tan execrable realicé para esto merecer? No
era justo, ¡mi tribulación no era justa! ¡Dónde podría encontrar un hedonismo
que me abstrajese de esta odisea!
Mientras
me lamentaba, él escuchaba, y se divertía, ufanándose a merced de su victoria.
Le rogué que se marchase; le imploré de rodillas qué debía hacer u ocurrir para
que me olvidara. A mi interrogante entonces respondió con una de sus últimas
alteraciones; una de las más mórbidas alteraciones que tuvo.
Temblando,
temeroso y absorto, arrodillado, como si de un dios se tratase, le admiré a esa
asquerosa silueta cómo mutaba. Se retorcía, pero indiferente, sin demostrar ningún
sentimiento en su voz o en su faz, la cual comenzaba a emerger de entre su negra
cabeza, creándosele un rostro; sus brazos adquirían venas y bellos; en su pecho
se dibujaban pectorales, ombligo y
bello. Estaba finalmente pasando de ser una heteróclita sombre a algo inhumano;
pero que aun así tenía apariencia humana, sin llegar a serlo en realidad.
Cuando vi su rostro… ¡oh qué horror el que se enmarcaba en su condenado rostro!
¡Qué desgracia el conocer aquel rostro,
que me llevó a sentirme más miserable! ¡Lo más doloroso es recordar tal semblante!
¡Aquel malvado, que en un principio fue una mancha, ahora pasó a ser una copia
perfecta de mí! Mi corazón quiso detenerse en cuanto la transformación se
completó, pasmado y desconcertado, anhelando huir de ese lugar y no verle más;
mi conciencia quería también escapar, con tal vergüenza que no sería capaz de
volver a ver siquiera al molde original, al este pararse frente a un espejo,
para apreciar toda su desdicha. ¡Qué horror! ¡Qué nefasta depresión me absorbió
tras tal congojo!
El
foráneo ser se hallaba desnudo delante de mí, indiferente y tranquilo. No
obstante, yo advertía una sonrisa diluida detrás de aquellos labios que
demostraban apatía.
Sentí
que todo el cosmos había caído sobre mí, destruyendo mi alma, sin poseer
pensamientos qué pensar, o sueños qué soñar, o aire qué respirar. Mi
cotidianidad había entrado en coma por un momento y me quedé allí, confundido,
apreciando a dicho ser, y dicho ser me apreciaba. El agobio retenían mis
pupilas, para que no muriesen en el sueño –aunque el sueño no se asomaba–. Creo
que duré varias horas en ese estado y después, sin saber cómo ni cuándo, me
hallaba en el salón de clases. Todo había acabado en un parpadeo. Bastó un
único parpadeo para que, sin explicación, regresase a la cotidianidad.
Todo
era como antes, como la primera vez en que me crucé con aquella mancha: en
lugar de ser el miedo quien me dominaba, era la ansiedad. ¿Sería posible? ¿Se
habría ido la mancha? No podía responder eso; además, mi intuición me musitaba
que él todavía existía. Aquel día me sentí raro, como si fuese invisible ante
los demás.
Llegué
a casa. Me senté en la mesa a comer en familia. Cuando tenía la cuchara a la
altura de la boca, la dejé caer, asombrado. El agobio había vuelto; sentía el
cielo sobre mis espaldas y el sol quemándome la piel, ardiente e intenso;
también, carroñeros devorando mi piel y hasta desmembrándome. El dolor físico y
psicológico era indescriptible.
–¡Marcharte
y deja de atormentarme, vil monstruo; cosa inhumana! –le grité, sin verlo,
sabiendo que estaba ahí. Mis padres no hicieron gesto alguno–. ¡Desaparece,
maldito! –al decir esto, apareció, sentado en la mesa, frente a mí, sonriente.
Su sonrisa era vil y horrenda, de alguien que inspiraba el mayor de los males a
quien lo apreciase. Y seguía siendo igual, igual que mí.
En
ese momento pareció que el tiempo se hubiese detenido, a excepción de nosotros
dos. Él se levantó de la silla, y caminó hasta donde me encontraba. Yo no podía
moverme. Me quedé sentado, contemplándole, esperando misericordia, anhelante de
un desenlace feliz.
–¿Quieres
que me marche? –dijo el ser, mientras seguía sonriendo, con aquella mirada
perversa–. Bien, pues así será. Para ello, debo adquirir una mejor forma –movió
la cabeza de arriba abajo, como analizándome–. Mi esencia necesita un regazo
material y real, donde yace el agobio y la angustia, mientras que tú deseas la liberación
de todos esos males. Así será –al decir esto, posó sus manos sobre mi frente y
estalló en carcajadas. Sentí sus delicadas manos que resultaron como un
calmante. Simultáneamente, mi cuerpo iba desapareciendo, como cenizas llevadas
por el viento, esfumándose poco a poco.
Cuando
recuperé el conocimiento quise llorar, pero no pude; ni siquiera me pude quejar
o lamentar. Nada podía hacer más que contemplar el transcurrir de la
cotidianidad; una cotidianidad a la cual ya no pertenecía, donde no era más que
un forastero; una esencia foránea, que no llegaba a interactuar en la realidad,
como si esta fuese un espejo donde habían numerosos reflejos y no podía
traspasar. Vi a mis padres, felices, comiendo en la mesa y en el medio de
ellos, sentado, estaba mi cuerpo. Y no diré que era yo quien estaba sentado, puesto
que lo que se veía era solo mi materia, de la cual había sido despojado por un
extranjero y donde yacía ahora una esencia diferente: la esencia de aquello,
que en un principio fue una mancha, luego una sombra y luego una copia mía y
ahora era el original, reemplazando mi lugar.
Nada
podía hacer. Había quedado condenado a observar a ese ser feliz y satisfecho,
cada día, y ver cómo convivía con mis amigos, familiares y conocidos. Ver
también cómo suplantaba mi vida, mientras, poco a poco la iba moldeando a su
gusto, y yo veía lo que alguna vez me perteneció; lo que alguna vez fue mi
existencia. A diario le contemplé, hasta morir. Sin embargo, hasta la muerte le
pertenecía ahora. El día de concluir con el ciclo existencial, al verle cerrar
los ojos para siempre, no fue él quien murió; sino que, fui yo quien murió.
FIN.