La
miseria ha pululado desde tempranas épocas en mi vida. En mi infancia quedé
huérfano y en la calle, culpa de la desgracia que me arrebató a mis padres, la
felicidad y mi inocencia, obligándome a desarrollar un carácter lamentable y
débil para poder enfrentarme a las adversidades, combatiéndolas mediante el
llanto. Trabajaba en cosas forzosas que me recompensaban ingratamente. Esto
hizo que mi decadencia ardiese y terminé en el abismo de la búsqueda de
desahogo por medio de actos execrables.
Cuando
crucé la etapa de la adolescencia, me harté de la tristeza; empero, sin poder
deshacerme de ella, porque era incondicional, como una marca de nacimiento que
sabía, me acompañaría hasta el día en que me despidiese de todo, incapaz de
ingresar al sueño luctuoso, porque solo en él el congojo es callado. Quería
escapar de ella. No lo lograba. Por lo cual, recurrí al odio como bálsamo de
las nubes que me opacaban. Pasé a desarrollar intenso rencor inexplicable hacia
aquellos que veía, caminaban felices por las calles: unos, tomados de la mano
con su pareja mientras se besaban; otros, con sus hijos, animándoles y hablándoles
de las cosas bellas con las que se toparían a medida que crecieran, engañando a
esos pequeños ingenuos; u otros que, en soledad como yo, pero que aun así,
conseguían caminar derecho y elevar la vista hacia el cielo, retando a las
nubes y a la luna, porque guardaban consigo una dicha que yo no comprendía y
que jamás había llegado a tocar a mi morada. Quizás, porque mi puerta, a
diferencia de las demás, era más horrible y penosa. ¡Narcisistas que presumen
de tener casitas tan ornamentadas! Y en cambio, mi corazón es una devastación
que enmarca los recuerdos de dolores eternos.
Era
tan miserable todo, hasta las cosas que la gente consideraba bellas. No
entendía el júbilo que inundaba los ojos de los demás al ver un partido de
futbol, al leer un libro, al ver a sus parejas, o al contar las estrellas. Era
aquello tan ignoto para mis ojos privados de majestuosidad, opacados por las
tinieblas de la aflicción. Anhelaba que ese sufrimiento se esfumase y pasase a
regocijarme con aquellos feos llenos de bellezas, que caminaban a diario
delante de mí. A veces pensaba que muchos no eran merecedores; en cambio yo,
victimita del azar que me condenó a las tormentas, mientras los demás volaban
en sobre esas nubes tormentosas, que explayaban rayos sobre mi paz abatida. Sin
embargo, mis anhelos no eran oídos por el mismo azar que me condenó. La única
forma de fallecer, era que yo mismo interviniese en mi inercia existencial. Me
faltaba el valor de realizar tal acto que sobrepasaba mi cobardía, por ese
deseo y miedo que tenía a conocer el hades.
Me
irritaba aquella imposibilidad, por lo que un día, desesperado decidí que si yo
no podía ser feliz, ¿por qué demonios otros sí? No lo merecían, debía
arrebatarle a alguien su alegría. Podría no poseer el valor para marcharme, mas
no me abrumaba el acabar con otro feliz indigno.
Me exasperaron hasta más no poder esas personas que caminaba
risueños por la misma calle que yo, sin respetar mi zona gris sobre la que
sollozaba. Cada día y cada noche, durante la infecciosa cotidianidad,
desfilaban por la calle, mientras, tirado en el piso, recostado contra la pared
de algún negocio o contra un árbol o un monumento, les tenía que apreciar.
Aunque
había cierto sujeto que logró colarse entre mis pensamientos, ya que lo veía
siempre, como si quisiese humillarme con su presencia adornada por finas ropas,
peinado brillante y facciones satisfactorias. Su imagen, producto de la
reiteración rutinaria, se almacenó en mis pensamientos y fue por ello que
decidí, era aquel condenado era el que debía privar de sus fortunas
inmateriales. Conocería primero que mí aquel sueño, el cual yo deseaba soñar;
empero, sería una carga menos, al no hallarlo más en mis despertares. Aquel que
me recordaba mi desgracia y avivaba el dolor en mi ser, con sus pedantes pasos
frente a mis ojos entristecidas y mis cejas coléricas.
Fue
en una noche, en la que el frío era nefasto y las estrellas se habían ocultado,
como si supiesen el destino de aquel desdichado feliz y no quisiesen presenciar
el horror a punto de desatarse, por un rencor anidado desde hacía meses, en las
profundidades de la tristeza de un envidioso. Le esperé en una banca del parque
habitual, por donde ese hombre pasaba, sin importar el color del cielo.
Acostumbraba pasar cuando sonaba la penúltima campana de la iglesia y ahí estaba
yo, ansioso, calculando que llegase la sonoridad que dictaría el momento de la
fatalidad.
El
alarido del reloj se explayó en el aire y entonces empuñé con fuerzas y afán el
puñal. Vislumbraba de izquierda a derecha la atmósfera, en busca de mi víctima.
Comenzaba a encolerizarme, cuando presentí pasos de unos pies largos. Mi
intuición me susurró que era a quien esperaba. Le buscaba con la mirada y no
daba con él, hasta que asomé a mi derecha. A quince metros de mi ubicación, iba
él, caminando junto a los estanques, como siempre, dichoso y pedante, vestido
de traje gris, peinado con los cabellos hacia atrás, para que su frente alzada
se distinguiese y con la mirada clavada hacia delante, meneando sus brazos cual
bailarín que anima al público, con aquella sonrisa que solo él sabía hacer,
resaltador del brillo de sus limpios dientes. El odio y la ira tomaron mis
acciones, como si mis titiriteros fuesen. Corrí hacia él, y cuando estaba a
tres pasos suyos, volteó su rostro, aterrado. Le tomé por el cuello y le enseñé
el arma, posándoselo sobre su garganta, acariciándole con él, queriendo que su
cuello sintiese la misma excitación que sentía mi mano cuando el puñal tocaba. Asustado,
me mostraba aún sus brillantes dientes, corriendo a través de su boca agitado
aire, que me comunicaba su preocupación. ¡Ah y sus azules ojos, que presumían
de majestuosidad, estaban más abiertos que nunca, con gotas de angustia en
ellos! Por primera vez, sentí satisfacción, al ver a ese maldito con la
confusión y pena plasmadas en su semblante, mientras buscaba suplicarme,
detenido por el miedo.
–Al fin te encontré,
maldito. Llevo esperando este suceso hace años. ¡No sabes cuán feliz me harás
al arrebatarte tu felicidad!
Bregó por lanzarme
palabras de lástima. No se lo permití. Antes de que sus desazogados labios,
expresan palabra alguna lograsen, le hundí la hoja con fervor, sobre su pecho, hiriendo
su corazón, en venganza por, él y la ciudad, haber herido el mío primero.
Entonces, aquellos labios fueron sellados y los destellos azules de su iris,
fueron apagaron por la oscuridad funesta.
La noche gritó, bramando
en el viento, el cual atrajo lluvias, cuando, dejé caer su cadáver en un
estanque. En el agua del mismo, vi mi reflejo, por fin alegra, donde se
dibujaban rasgos de dicha infinita e incontrolable, que despertaron mis ojos
cafés, los cuales, antes solo soñaban. Antes de que las gotas cayesen del
firmamento, exclamé hacia la noche, que lloraba:
–¡Oh, qué alegría me
brinda este despojo de rencores! Pero sé que el bienestar que me acompaña hoy
me abandonará mañana, cuando emanen del pasado las tormentosas visiones de las
culpas pasadas. ¡Ojalá pudiese yo poseer el mismo gozo que poseyó en su vida
este hombre!
Suplicando
estas utopías, sin poder evitar seguir pensando en la muerte, ya no por
depresión, sino al contrario, por entusiasmo, producto de mi meta lograda, pues
era algo que jamás dejaría de agobiar mi mente, me acosté en el césped, protegido
por un borde de la fuente, que servía como atrofiado techo para cubrirme de la
lluvia. Me entregué al sueño, por primera vez con poca zozobra.
En
mis sueños, creyendo que vería hermosos paisajes, me encontré con pesadillas,
que revivían aquella escena aborrecible, haciéndome sentir terror y
arrepentimiento por mi propia obra. Ello no me dejó dormir bien.
Al
despertar, el chispazo del sol impactó contra mi frente, como si me advirtiese
que iba a ser un día lleno de luz, a diferencia de los otros, en los que había
luz pero esa luz no alcanzaba a destellar en mis enmudecidos ojos. Me levanté y
exhalé, disponiéndome a caminar por el parque y sinrazón observar la
naturaleza, semejante a los demás, quienes eran felices caminando frente a mí.
Era hoy yo quien caminaba, y eso era extraño. Imaginé que al despertar, el
recuerdo de mi crimen, me perturbaría hasta volver a dormir y me exasperarían
las agobiantes memorias germinadas por el remordimiento de mi consciencia. Pero
no. Todo lo contrario. Estaba feliz, y por primera vez me atrevía a usar tal
término para describir mi estado de ánimo; era sorprendente tal mutación en mi
cotidianidad. ¿Sería acaso por la satisfacción de mi meta alcanzada? ¿La sangre
de ese hombre me bastó para saciar mi sed de júbilo? Quizás fuese por unos
cuantos minutos; empero, me sentía como un volcán a punto de explotar, sin
poder contener tanto gozo en mí, pues al ver las nubes y descubrirlas,
comprobar que era más que angustiante gris, mi corazón se excitó y al cielo
grité, presumiendo esa sensación de conformidad.
¿Qué me había pasado? No
sabía cómo responder; tampoco quería hacerlo. «Al diablo con el azar –dije–
junto con el congojo de antaño« ». Era feliz hoy, y eso era lo único real,
contradictorio a los planes ya trazados de la existencia conmigo y contra los
sueños que me ataban las utopías. Ellas lograban brotar de entre el olvido y
por la majestuosidad de la serenidad, me hacían sonreír. ¡Tanto dolor me
generaba el torcer mi boca en busca de una risa y ahora, de forma natural, una
extensa sonrisa se explayaba sobre mi rostro!
Era
como si fuese un hombre nuevo. Los recuerdos que tenía sobre aquel parque, por
el que a diario caminaba de la mano de la miseria, comenzaban a diluirse en el
lejano olvido. Era yo quien desfilaba frente a las personas, quienes lloraban
acurrucadas en los bancos, viéndome, mofándome de ellos indirectamente con el
presumir de dicha.
Dejé
el espacio y me aventuré a las calles de la ciudad. Las recorrí en anhelos de
placeres innovadores, con los cuales pudiese enjuagar mi renacida alma, que
ululaba ansiosa de pasiones mundanas. Jamás había tenido esa clase de
pensamientos; aunque, aquello no detuvo a mi cerebro. Dando la impresión de que
conociese el camino, entré a diversos lugares. Las cosas habían mutado tan
rápido; mi pobreza y mi aflicción se habían marchitado cuando la piel de aquel
hombre alegre, también se marchitó. Le había robado su júbilo cuando lo despojé
de la vida, ya que no se la merecía y en cambio yo, premiado por el azar, que
ayer me había maldecido a una longeva pesadumbre, conocía las emociones que él
pasaba delante de mis llorosos ojos, al pasar por el parque, ególatra y
arrogante.
Visité
diversos lugares, donde era saciado el deseo mundano de los avariciosos
derrochadores de risas, como los de mi clase; los excéntricos ricos que se burlaban
de los desgraciados condenados a la abatidora vida, burlándose hasta en las
noches, en cada noche, recordándoles, mediante la melancolía, lo patéticos que
eran y la imposibilidad de su suerte, la cual los había abandonado en este
mundo, penoso para ellos, pero apasionante para nosotros los megalómanos.
Intentaba
ver a esa vida, que hacía días me retenía, para pensar en mi fortuna; no
obstante, no me era posible, ya que había desaparecido. Nunca la había tenido y
la tristeza era algo que no conocía, ni tenía que envidiarle al más
insignificante de los humanos, según mi mente, que me mantenía concentrado solo
en el presente, donde era un hedonista lujurioso, enalteciendo cada día más su
ego y enterraba los restos de aquella remota nostalgia.
Veía
a la luna y en ella hallaba brillo; veía a las mujeres y en ellas hallaba
placeres; veía el dinero y en él hallaba avaricia; veía a los pobres del parque
y en ellos hallaba diversión. De aquel individuo que dormía en las calles y
envidiaba a cualquier otro que no fuese él; de ese desdichado, solo quedaba el
reflejo vislumbrado en las fuentes del parque, puesto que ni siquiera las
memorias.
Una
noche, como todas las demás, cuando la campana de la iglesia cantó su penúltima
estrofa, pasé por el parque, apesadumbrado por el alcohol y con momentos
dichosos recorriendo mi mente. Paseaba cerca de las bellas fuentes, que
conmovía mi ser, distrayéndome en las acrobacias del agua provenientes de
estas, al caminar. Sin embargo, cuando me asomaba por la fuente central, el
viento comenzó a soplar con furia y las nubes advertían lluvia. La luna me
había susurrado que una tragedia se acercaba, por lo cual mi corazón se
aceleró. Confundido, caminé rápido, con la vista concentrada en el frente, sin
virar hacia los costados. El viento rugió y las nubes se aglomeraron, sin
llorar todavía, cuando, de la nada, alguien apareció a mi derecha. Me agarró colérico del saco negro.
Se quedó un tiempo observándome fijo a los ojos, cuyo azul se apagaba por el
miedo. Me enseñó un puñal y en ese momento, mi aire se detuvo, horripilado por
saber lo que me esperaba y aun así, queriendo suplicar un perdón inalcanzable; pero,
de mi boca no salía palabra alguna, a excepción de sonidos inentendibles, que
expresaban el horror que me atrapaba entonces.
Me
dirigió ciertas palabras de exasperación, las cuales no entendí, quedándome
solo con un rencor nebuloso para mí, que se reflejaba en sus palabras y en sus
horrorosos ojos cafés. Estos atrapaban todo el repudio y furia en su alma; se dirigían
hacia mis ojos azules, que decaían. Y el hades los arropó, cuando, aquel hombre,
me clavó el puñal, hasta que sucumbí al sueño donde no existe el sufrimiento.
FIN.

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