viernes, 24 de noviembre de 2017

Relato 41: "Tres condenados"


–Espero que la inexperiencia no esté contigo ahora, muchacho –dijo uno de los dos guardias posados frente a la enorme puerta. Alto, de tez morena y cara mesurada–. ¿De dónde me dijiste que vienes?  
–De Smish Brown, señor –le respondió el joven, de piel blanca y cabello castaño. Sujeta sus manos, confuso, preparándose para su tarea–. Trabajé allí dos años y me trasladaron acá.
–Ah, recuerdo mis primeros años de trabajo. No es fácil, pero a medida que avanzas te forjas. Espero que estés en ello.     
–¿Por qué están aquí estos hombres?
–Intento de asesinato. Los tres fueron sorprendidos segundos antes de que lograsen clavarle el puñal a quien habían secuestrado, sin pedir recompensa a cambio. Quién sabe qué se les cruzaba por su mente.
–¿Y por ello se les aisló de tal forma?
-La verdad no estoy muy enterado sobre ello. Lo poco que sé es superficial: su condena y nada más. Podrá haber casos peores, mas es nuestro deber.  
-Ocho años…
–Sí, muchacho –le respondió el de mayor grado, sereno, dirigiéndose a abrir la puerta–. Ochos años encerrados en esta celda especial, sin derecho a la luz y comida una vez al día, la cual se les suministra por este pequeño espacio –señala una rendija pequeña cerca a la puerta.  
–No ha de ser sencillo sobrevivir así.   
-Quizás y hasta estén muertos. Aunque no lo creo. Entra tú primero y dame los resultados.
El guardia de menor edad ingresó al cuarto. Estaba oscuro, sin el menor destello de sonido posible. El mutismo reinante infundía el complemento para el horror que inspiraba el lúgubre lugar. Encendió la linterna. Paredes mohosas, abolladas por golpes desesperantes, que describían antiguas exasperaciones impactadas contra esa pared, que conservaba la historia de la pesadumbre vivida por los prisioneros en aquellos ocho años. A la derecha, se dibujaban arañones en el piso. Se sorprendió, asustado, al hallar sangre seca junto a los rayones. Con la linterna buscaba entre las tinieblas a los condenados y no los encontraba. Sin saber qué hacer, llamó a su superior. Le reportó, siendo innecesario, pues él comprobó por su cuenta la confusión que yacía en la mazmorra.  
–¡Qué demonios –expresó el superior–, qué demonios ocurrió aquí! ¡Y dónde están los renegados!
-¿Cree qué…? 
–¡Imposible! Ni el más astuto podría huir, por más que intente hasta excavar, pues el metal que rodea el entorno es muy profundo y rígido ¡Imposible, imposible estando bajo condiciones tan miserables!   
Dirigieron la linterna hacia oriente y occidente, topándose con el mismo color de siempre. Para mayor preocupación descubrieron que el rojizo seco pululaba en numerosas zonas. En la atmósfera, aún vivía el sonido lacerante del pobre a quien perteneció esa sangre en el pasado, en ecos de evocación, como si la intuición les quisiese decir algo, que no lograba terminar de formar. El moreno encontró telas naranjadas, rasgadas y carcomidas. Maldijo al aire, desorientado cada vez más. Su subordinado le calmó, atónito.
Ambos se quedaron estupefactos al ver que, en un rincón, subyacente en la débil tierra que excavó, habían huesos; huesos humanos. Estaban perdidos, con las emociones revueltas, en un caldero donde se elevaban el miedo, el desconcierto y el agobio. La enorme puerta fue cerrada por el viento, que ululó al haberlos encerrados.   
Germinó un gruñido, el cual fue captado por el guardia de tez morena. Cuando este volteó su cabeza en alerta, para descubrir la fuente, se quedó extraviado en el inmenso negro. El otro, quien descubrió los restos, al elevar por casualidad su linterna hacia el techo que se explaya hacia delante, halló una extraña figura, semejante a algún animal antropomórfico. Tarde le advirtió a su superior. La criatura se abalanzó sobre el moreno, agarrándole por el cuello.  
Mientras le sujetaba, buscando a encallar sus dientes salvajemente sobre la gruesa piel morena del atrapado, el joven apuntaba hacia ella. Inseguro, se quedaba tirando, en busca de una puntería de la cual carecía, presa del pánico.   
–¡Dispara, maldita sea!      
Ante el colérico grito de su jefe su dedo disparó la pistola, sin saber cómo. No obstante, el plomo fue a dar, no hacia el agresor, sino hacia la víctima. Por el impacto de la herida incrustada en su pecho, se desplomó al piso, quedando inconsciente en pocos segundos, arrullado por el dolor. El sonido asustó a la criatura, retirándose al instante. Cuando el superior cerró los ojos, el muchacho, apesadumbrado, confundido y extraviado en la incertidumbre de la mórbida y horripilante situación, se quedó clavado ahí, inmutado por el terror.  
La criatura se tiró sobre el sobreviviente. Le derribó al instante. Esta, tenía cabellos largos que le cubrían la cara, espalda y gran parte de su pecho. Al abrir la boca, sus dientes no eran muy afilados, similares a la dentadura humana. Pudo inferior esa conclusión, avalado por la comprobación, el miserable joven, tras, al pasar su mirada rauda por sus pies, descubrir un pedazo de tela naranja que colgaba del tobillo de aquel monstruo. Entonces, sintió las garras de aquel hombre deshumanizado, clavándose en su piel, acompañado de sus dientes, mientras se retorcía sin salvación, enmarcando la agonía en sus lamentos, observando los huesos que había encontrado antes, sabiendo cuál sería el destino que le esperaba, acompañando a los condenados.  
El guardia de rostro mesurado, despertó al oír los alaridos plañideros del subalterno, que moría lentamente, como si de un despertador se tratase, aguardando a ser condenado también por el caníbal.      


FIN. 

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