Desde
hacía semanas, Enrique Alborán intentaba recordar aquel sueño que tuvo en una
singular noche, donde, por primera vez en su vida la calma se manifestó con
total serenidad y el agobio que le perseguía desde la realidad a sus ensueños,
se había esfumado, como si el sufrimiento nunca hubiese existido y todo hubiese
quedado reducido a ese instante de tranquilidad.
Como
un recordatoria de su mala suerte, cuando despertó de él, al instante lo
olvidó. Lo único que guardaba consigo era la sensación que había contraído mientras
dormía. Sin embargo, no lograba evocar las imágenes que veía o los sonidos que
oía o las cosas que tocaba en aquel asilo onírico. Pese a la confusión,
guardaba la sensación satisfactoria, como diminuta estela de lo que conoció y
que ahora le angustiaba por no poder traerlo de vuelta.
“Era
algo indescriptible –decía Enrique–. Sin importar que mis sentidos no conservan
nada, mi corazón sí. Este fue el más beneficiado, y no creo que haga falta que
volviese a soñar con el mismo paisaje o con la misma sonoridad; lo único
necesario es aquella serenidad, que no puede igualarse con nada en este mundo.
Era como una especie de cielo, bañado por agua bendita y poblado por ángeles
que cantan melodías de viento jubiloso, mas ni siquiera este símil llega a
igualar la majestuosidad de aquella experiencia. ¡Qué desdichado soy! ¡Conocí
la dicha en una noche y bastó esa misma noche para que marchase! ¡Ojalá
volviese aquel sueño! ¡Ojalá al menos pudiese recordarlo, para que mi mente
lograse crear una copia de este!”
Enrique
Alborán llevaba una vida apesadumbraba, llena de complejidades, por culpa de
factores relativos a la existencia, como el trabajo, la melancolía, la angustia
existencial, la frustración por su presente y los anhelos derrumbados sobre su
futuro opacado por la desgracia… Esas cargas se acumulaban y desembocaban en
sus sueños cuando, durmiendo, bregaba por paciencia, creyendo que allí
encontraría alegría, puesto que escapaba de la tortuosa realidad. Empero, el
pobre era tan miserable que, ni siquiera ahí encontraba gozo; al contrario, sus
penas le seguían y no le dejaban esperanza alguna de la cual beber.
Era
por ello que anhelaba regresar a ese momento. Y sin embargo, no conseguía
posarse sobre la imposibilidad y cuando creía que estaba a punto de saltar
hacia la libertad, era derribado por la frustración. Sus días se prolongaron en
constantes intentos en vanos de rememoración y con esto, también pasaron los
años. Vio su vida transcurrir en cada cotidianidad, tras cada desaliento, sin
conseguir su deseo. Tantos años que tenía, tantas cosas vividas y aun así solo
quería una sola cosa, pero esta no llegaba.
Por
aquella amarga resignación, a la que tuvo que someterse, no sin antes pelear en
las noches por obtener siquiera un leve susurro de aquel paraíso, terminó
siendo más desgraciado de lo que era. El sol se había ocultado más lejos con el
pasar de las desilusiones y la luna cada vez perdía más su brillo, ya que en
las estrellas no lograba reflejar sus esperanzas, puesto que estas estaban
encadenadas al desasosegador olvido en el que estaba condenada su memoria.
Con
cada amanecer nuevo, quería los anocheceres antiguos, como aquel en el que tuvo
esa bella experiencia… De no haber sido por su madre, la cual él catalogaba
como “la culpa de su tortura”, debido a que, fue ella quien le despertó, mientras
se hallaba envuelto el plácido Edén que no lograba evocar, más allá del
sufrimiento por no recuperarlo y de la sensación que era un fantasma de aquella
flor que se había marchitado en la oscuridad. La mamá, en aquella ocasión, le
confesó que le había descubierto inquieto en su cama; aunque su faz no
expresaba emoción alguna, sus pies se elevaban de forma singular y daba incluso
la impresión de que fuese un cuerpo inerte, manejado como un títere; su
respiración era mínima y ante eso, la madre le brindó ayuda, aterrada,
expulsándolo de aquel sueño que ella percibió como una pesadilla. Aunque su hijo
lo vivía como el más hermoso de todos.
Enrique
jamás le perdonó tal cosa a su madre. Ella terminó muriendo sola, sin ser
perdonada por él. Y Enrique, no había superado tal acto, por lo que a ese día
todavía conservaba rencor hacia la desdichada que en afán de colaborar, erró.
Llegó
una noche en que esos sollozos y quejidos serían silenciados por la extraña
satisfacción, que raramente asoma a visitar a los malaventurados. Estando en la
cúspide de su vejez, las tinieblas arropaban la atmósfera y los astros
pululaban en el negro del firmamento, haciendo una noche preciosa para aquel
que pudiese ver la belleza de la naturaleza –en cambio, un infeliz como Enrique,
no sería capaz de advertir la majestuosidad–. La atmósfera, aunque no la
comprendiese, servía como indicadora de las futuras dichas que viajaban hacia
él.
Como
de costumbre, llegadas las nueve, se acostó en la cama. Le resultaba incómoda,
al igual que su vejez. Echó la típica mirada hacia atrás, pensando en ese sueño
y en la fórmula para soñarlo. Y de su boca salió la típica exhalación plañidera
al no encontrar el método corrector. Se entregó a una siesta, que sabía, no le
complacería.
Abandonó
la vigilia, pasando al mundo onírico. En este, se recreaba la realidad, en el
entorno de su cuarto. Comenzó a sentir cierto sentimiento que creía, brillaba
por primera vez en su corazón. Ante esto, tras meditar, comprendió que tal
sensación no era nueva, ¡era aquella misma que le envolvió en el sueño
olvidado! Al encajar tal razonamiento –acertando–, apareció en una esquina, una
rara figura. Al moldearse, tomó la forma de un hombre alto, vestido por una
túnica negra que le cubría desde los pies hasta la cabeza, protegiendo su
rostro entre la sombra generada por la cima del atuendo. Dicho ser debió
haberle asustado, mas aquello no importaba. El horror pudo haberse manifestado
si fuese la realdad; esta no era la realidad, sino un sueño…, un sueño sereno.
El lúgubre personaje alzó la cabeza y dirigió su mirada hacia Enrique.
El
cuarto comenzó a desaparecer, transportándolos a una infinita Nada, donde ellos
dos eran los soberanos del lugar. Aquel sujeto se acercó hasta nuestro
protagonista, quien se complacía por fin con la vida. A medida que avanzaba,
Enrique disfrutaba de su tranquila paz, sintiéndose como la primera vez,
recordando cada uno de los momentos vividos. Y entonces, esa paz llegó a
superar la de aquel primer sueño. ¡Jamás había estado enterrado en una beatitud
tan inmensurable! ¡Nada podría perturbarle su júbilo! ¡Ni el tiempo, ni las
estrellas, ni su madre o persona alguna que osara despertarlo! ¡Oh, su madre!
El reflejo de ella se coló entre aquel ensueño y mediante esta imagen, se posó
en sus pensamientos el desfile de toda su vida; desde su niñez hasta el
presente. Recordaba con lujoso detalle cada segundo y a la vez recordó la
exactitud de aquel primer sueño, sabiendo los hechos que le esperaban.
Y
pasaron tal cual los recordaba –¡oh, por fin el don de la rememoración había
germinado! –. El lúgubre ser, se elevó sobre el cuerpo de Enrique, que flotaba.
Mientras se elevaba, iba atrayendo su cuerpo, sin Enrique poder resistirse (sin
oponerse además). Este sueño fue más allá de donde había concluido el último, conociendo
el desenlace de aquel sosiego. El oscuro personaje le enseñó su rostro,
viéndole a los ojos, descubriendo Enrique la verdad que subyace en las
ilusiones sobre el final de la vida. Su madre se marchitó, junto a los demás
pensamientos. En brazos de aquel extraño, sintió mayor placidez. Su esencia
comenzó a desintegrarse –su parte material persistiendo intacta desde el otro
lado–, y la serenidad lo consumió, yendo a para al mayor de todos los descansos
posibles: la inexistencia.
FIN.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario