domingo, 19 de noviembre de 2017

Relato 40: "El sueño olvidado"


Desde hacía semanas, Enrique Alborán intentaba recordar aquel sueño que tuvo en una singular noche, donde, por primera vez en su vida la calma se manifestó con total serenidad y el agobio que le perseguía desde la realidad a sus ensueños, se había esfumado, como si el sufrimiento nunca hubiese existido y todo hubiese quedado reducido a ese instante de tranquilidad.
Como un recordatoria de su mala suerte, cuando despertó de él, al instante lo olvidó. Lo único que guardaba consigo era la sensación que había contraído mientras dormía. Sin embargo, no lograba evocar las imágenes que veía o los sonidos que oía o las cosas que tocaba en aquel asilo onírico. Pese a la confusión, guardaba la sensación satisfactoria, como diminuta estela de lo que conoció y que ahora le angustiaba por no poder traerlo de vuelta.  
“Era algo indescriptible –decía Enrique–. Sin importar que mis sentidos no conservan nada, mi corazón sí. Este fue el más beneficiado, y no creo que haga falta que volviese a soñar con el mismo paisaje o con la misma sonoridad; lo único necesario es aquella serenidad, que no puede igualarse con nada en este mundo. Era como una especie de cielo, bañado por agua bendita y poblado por ángeles que cantan melodías de viento jubiloso, mas ni siquiera este símil llega a igualar la majestuosidad de aquella experiencia. ¡Qué desdichado soy! ¡Conocí la dicha en una noche y bastó esa misma noche para que marchase! ¡Ojalá volviese aquel sueño! ¡Ojalá al menos pudiese recordarlo, para que mi mente lograse crear una copia de este!”
Enrique Alborán llevaba una vida apesadumbraba, llena de complejidades, por culpa de factores relativos a la existencia, como el trabajo, la melancolía, la angustia existencial, la frustración por su presente y los anhelos derrumbados sobre su futuro opacado por la desgracia… Esas cargas se acumulaban y desembocaban en sus sueños cuando, durmiendo, bregaba por paciencia, creyendo que allí encontraría alegría, puesto que escapaba de la tortuosa realidad. Empero, el pobre era tan miserable que, ni siquiera ahí encontraba gozo; al contrario, sus penas le seguían y no le dejaban esperanza alguna de la cual beber.
Era por ello que anhelaba regresar a ese momento. Y sin embargo, no conseguía posarse sobre la imposibilidad y cuando creía que estaba a punto de saltar hacia la libertad, era derribado por la frustración. Sus días se prolongaron en constantes intentos en vanos de rememoración y con esto, también pasaron los años. Vio su vida transcurrir en cada cotidianidad, tras cada desaliento, sin conseguir su deseo. Tantos años que tenía, tantas cosas vividas y aun así solo quería una sola cosa, pero esta no llegaba.
Por aquella amarga resignación, a la que tuvo que someterse, no sin antes pelear en las noches por obtener siquiera un leve susurro de aquel paraíso, terminó siendo más desgraciado de lo que era. El sol se había ocultado más lejos con el pasar de las desilusiones y la luna cada vez perdía más su brillo, ya que en las estrellas no lograba reflejar sus esperanzas, puesto que estas estaban encadenadas al desasosegador olvido en el que estaba condenada su memoria.
Con cada amanecer nuevo, quería los anocheceres antiguos, como aquel en el que tuvo esa bella experiencia… De no haber sido por su madre, la cual él catalogaba como “la culpa de su tortura”, debido a que, fue ella quien le despertó, mientras se hallaba envuelto el plácido Edén que no lograba evocar, más allá del sufrimiento por no recuperarlo y de la sensación que era un fantasma de aquella flor que se había marchitado en la oscuridad. La mamá, en aquella ocasión, le confesó que le había descubierto inquieto en su cama; aunque su faz no expresaba emoción alguna, sus pies se elevaban de forma singular y daba incluso la impresión de que fuese un cuerpo inerte, manejado como un títere; su respiración era mínima y ante eso, la madre le brindó ayuda, aterrada, expulsándolo de aquel sueño que ella percibió como una pesadilla. Aunque su hijo lo vivía como el más hermoso de todos.
Enrique jamás le perdonó tal cosa a su madre. Ella terminó muriendo sola, sin ser perdonada por él. Y Enrique, no había superado tal acto, por lo que a ese día todavía conservaba rencor hacia la desdichada que en afán de colaborar, erró.
Llegó una noche en que esos sollozos y quejidos serían silenciados por la extraña satisfacción, que raramente asoma a visitar a los malaventurados. Estando en la cúspide de su vejez, las tinieblas arropaban la atmósfera y los astros pululaban en el negro del firmamento, haciendo una noche preciosa para aquel que pudiese ver la belleza de la naturaleza –en cambio, un infeliz como Enrique, no sería capaz de advertir la majestuosidad–. La atmósfera, aunque no la comprendiese, servía como indicadora de las futuras dichas que viajaban hacia él.  
Como de costumbre, llegadas las nueve, se acostó en la cama. Le resultaba incómoda, al igual que su vejez. Echó la típica mirada hacia atrás, pensando en ese sueño y en la fórmula para soñarlo. Y de su boca salió la típica exhalación plañidera al no encontrar el método corrector. Se entregó a una siesta, que sabía, no le complacería.       
Abandonó la vigilia, pasando al mundo onírico. En este, se recreaba la realidad, en el entorno de su cuarto. Comenzó a sentir cierto sentimiento que creía, brillaba por primera vez en su corazón. Ante esto, tras meditar, comprendió que tal sensación no era nueva, ¡era aquella misma que le envolvió en el sueño olvidado! Al encajar tal razonamiento –acertando–, apareció en una esquina, una rara figura. Al moldearse, tomó la forma de un hombre alto, vestido por una túnica negra que le cubría desde los pies hasta la cabeza, protegiendo su rostro entre la sombra generada por la cima del atuendo. Dicho ser debió haberle asustado, mas aquello no importaba. El horror pudo haberse manifestado si fuese la realdad; esta no era la realidad, sino un sueño…, un sueño sereno. El lúgubre personaje alzó la cabeza y dirigió su mirada hacia Enrique.
El cuarto comenzó a desaparecer, transportándolos a una infinita Nada, donde ellos dos eran los soberanos del lugar. Aquel sujeto se acercó hasta nuestro protagonista, quien se complacía por fin con la vida. A medida que avanzaba, Enrique disfrutaba de su tranquila paz, sintiéndose como la primera vez, recordando cada uno de los momentos vividos. Y entonces, esa paz llegó a superar la de aquel primer sueño. ¡Jamás había estado enterrado en una beatitud tan inmensurable! ¡Nada podría perturbarle su júbilo! ¡Ni el tiempo, ni las estrellas, ni su madre o persona alguna que osara despertarlo! ¡Oh, su madre! El reflejo de ella se coló entre aquel ensueño y mediante esta imagen, se posó en sus pensamientos el desfile de toda su vida; desde su niñez hasta el presente. Recordaba con lujoso detalle cada segundo y a la vez recordó la exactitud de aquel primer sueño, sabiendo los hechos que le esperaban.
Y pasaron tal cual los recordaba –¡oh, por fin el don de la rememoración había germinado! –. El lúgubre ser, se elevó sobre el cuerpo de Enrique, que flotaba. Mientras se elevaba, iba atrayendo su cuerpo, sin Enrique poder resistirse (sin oponerse además). Este sueño fue más allá de donde había concluido el último, conociendo el desenlace de aquel sosiego. El oscuro personaje le enseñó su rostro, viéndole a los ojos, descubriendo Enrique la verdad que subyace en las ilusiones sobre el final de la vida. Su madre se marchitó, junto a los demás pensamientos. En brazos de aquel extraño, sintió mayor placidez. Su esencia comenzó a desintegrarse –su parte material persistiendo intacta desde el otro lado–, y la serenidad lo consumió, yendo a para al mayor de todos los descansos posibles: la inexistencia.  

FIN.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario