Cuánta
oscuridad, cuánta soledad, cuánta confusión lúgubre hay aquí. ¿Qué es esto?,
¿qué me ha pasado? ¿A qué hora llegué aquí? No lo sé. ¿Dónde estaba antes?, eso
mucho menos. No conozco las razones de mi estadía en esta soledad tan inflexible.
No lo comprendo, estoy encerrado en un sitio demasiado estrecho, tan solo puedo
girarme, más allá de eso, nada. Es como si este espacio estuviese diseñado a
mis medidas precisas, sin darme libertad de movilidad o de visión. Ni una gota
de luz y la desesperación empieza a aumentar. El terror ya dio su profecía y
siento cómo poco a poco se va materializando en mí; me preocupa que el miedo
llegue a carcomer mi cordura antes que la intriga por no saber qué es esto;
creo que nunca supe nada de mi vida en realidad.
No
logro percatarme de las horas que pasan, pues esta noche oblonga y angosta no
me permite dar conciencia del paso del tiempo, a veces, ni siquiera de mi
respiración… Tal vez ya morí y no me he dado de cuenta, o tal vez nunca nací.
Es algo inentendible. No recuerdo nada de mi pasado, pero tengo en mi cerebro,
suministradas ciertas palabras y ciertas definiciones que me permiten
expresarme y opinar sobre algo. ¿Cómo es posible eso?, no me acuerdo ni de cuándo
ese cerebro se desarrolló en mí. Ni siquiera de cuándo comencé a percatarme del
mundo exterior a mis pensamientos. ¿Por qué digo todo esto?, ¿por qué estoy
aquí?, ¿es esto vivir o morir?, o simplemente no es ninguna de las dos y ambas
opciones resultan falsas frente a un estado incomprensible ante mí. No consigo
adquirir completo entendimiento sobre este mundo, en el que me hallo; es tan raro
y tan disminuido. ¿Será, de alguna forma inentendible para mí, más amplio el
mundo? Podría ser más basto que, este mero estrecho en el que me encuentro,
podría ser de exorbitante amplitud. Solo me queda conformarme con estar aquí,
hasta encontrar una respuesta –o una pregunta– que me satisfaga.
¡Un
momento! Oigo voces, y… ¡las entiendo! Las interpreto a la perfección. Usan los
mismos términos y lenguaje que yo. ¿Cómo ha de ser un lenguaje distinto al mío?
Sus palabras me ayudan a unir este rompecabezas irracional que intento formar.
–Pobre,
no puedo creer que no lo volvamos a ver –decía una de las voces.
Pero
¿dónde estaban aquellas voces? Eran sonidos provenientes de algún lugar lejano o
ajeno a mi vista. ¿Pertenecerían aquellas voces a algún cuerpo?, o ¿acaso,
simplemente flotaban en el vacío y el camuflaje de la oscuridad? La sonoridad
proseguía:
–Fue
un bueno ser humano, lástima que fue víctima de la desgracia.
¿Un
humano? ¡Eso era! ¡Ya sabía cómo se llamaba mi categoría! Supongo que solo han
de existir “los humanos”. Mi ignorancia se está marchitando, gracias estas
voces, encargadas de suministrarme más conocimientos. Oh, cuánto poder y
superioridad ante mí. ¿Son estas voces seres superiores a mí? Creo que, según
los conceptos en mi cabeza, a este tipo de cosas, se llaman “dioses”. He encontrado a aquellos
benevolentes, que me abrirán los ojos y me mostraran un mejor mundo, exterior a
este pequeño espacio cubierto de negro, en el que permanezco.
–Se
ha ido, espero. Nada podemos hacer, madre.
–¿Por
qué a él?, si era un buen hombre. Tenéis razón, Clotilde.
–Así
es madre. Cuánto dolor el que te hayas ido, hermano.
Cuánta
alegría, no lo puedo creer. Según la información suministrada en mi mente, estas
voces son mi familia. ¿Soy un semidiós entonces?
–Ojalá
algún día nos volvamos a ver, Santiago, querido esposo.
Me
han bautizado, he descubierto mi nombre; después de tanta soledad, después de
sentirme morir y reencarnar sin parar, entre el olvido. He ido a dar con
extranjeros, extranjeros a este limitado espacio. Ya casi consigo rebasar mi
desconocimiento y viajar a lugares que esas voces me han de mostrar. Aunque,
esto es algo confuso: ¿si aquellas voces son reales y son lo que dicen ser, por
qué no logro verlas o palparlas? Solo consigo oírlas, sería válido decir
incluso, que son solo ilusiones, ilusiones reveladoras. Tal vez es algo que aún
no podré comprender. ¿¡Esto es real!? ¿¡Son reales ellas!? ¿¡Soy yo real!? ¿O
es todo una falsedad? La intriga me abruma, entre la tormenta de la duda, la
angustia me posee. Si no consigo una aclaración rápido, es probable que pierda
la razón, o es posible que, en realidad la adquiera… Les imploro a aquellas
voces que me respondan pero no me oyen, no contestan a mis suplicas. ¡Oh,
voces, por qué no me contestan!
–Ya
está en otro mundo, Sofía. En un mundo mejor.
¿Se
está refiriendo a mí, con respecto a lo de “un mundo mejor”? Ya comprendo: ellas
son de mundos paralelos, mas gracias a sus habilidades supremas a las mías,
logran que yo las oiga ¿O seré yo el dueño de esas habilidades, por oírlas desde
acá? ¿He de ser algo más que un simple humano? ¿Serán ellos, algo inferior a un
humano? Pero, ¿”un mundo mejor”? Cómo se ve que no lo conocen, este lugar no es
mejor que nada. ¡Absolutamente nada! ¡Que alguien me diga por qué y cómo llegué
a este sitio! Estoy a punto de volverme loco, si no es que ya lo estoy.
–Nada
peor que morir loco.
¿Se
percataron de mis palabras y por ello dijeron eso?
–Tienes
toda la razón, la enfermedad lo llevó a eso. Él no tuvo la culpa; no aguantó,
el alzhéimer terminó derrotando a su memoria y por ultimo a él. Fue el
desgraciado, febril y funesto alzhéimer el que lo mató.
¿Estoy
muerto? Pero no, estoy vivo. Aunque…, si me hubiesen enterrado vivo entonces
qué hago en este mundo.
–Hemos
de admitir que él tampoco eligió que se le encerrase vivo en esa caja. Sin embargo,
era lo mejor para todos, hasta para él; si no, estaría muerto por la locura. El
alzhéimer podría haber logrado que se olvidase de ello y lo más seguro es que
ya no respire.
¡Oh,
ya me acuerdo! Me acuerdo de todo.
Cuánta
oscuridad, cuánta soledad, cuánta confusión lúgubre hay aquí. ¿Qué es esto?,
¿qué me ha pasado?... ¿Dónde estoy? ¡Lo tengo! Ya lo sé, recuerdo qué estaba
haciendo. Sin más que expresar o que se me ocurra decir con ánimos: cerraré mis
ojos y oídos, no hablaré más palabras, y solo me dedicaré a morir. Morir dulcemente,
una dulzura con gotas de resignación lamentable; entre el olvido, entre la
oscura soledad. Hasta volverme polvo, así, no solo mi mente se olvidará,
también mis cenizas han de ir a parar en el olvido. No el olvido generado por
la enfermedad, si no el olvido definitivo, del que nadie puede huir: el olvido
existencial.
FIN.
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El
misterio y la intriga siempre han sido de los placeres más dichosos –pero a
veces desastrosos– para la humanidad. Siempre existirá lo desconocido para el
hombre. Y nuestra curiosidad hacia aquello que desconocemos, es lo que nos ha
incitado desde los primigenios tiempos de todo, para lograr progresar. Sin
embargo, aquello también es lo que nos frena y ha causado un sinfín de sucesos
caóticos para el mundo. Es por ello que aquel miedo que sentimos frente a lo
desconocido, es lo que hace que nos limitemos más a la vez; aunque, en ocasiones,
es mejor seguir encerrado en la mentira y la ignorancia, a pagar el precio por
el conocimiento. Pues algunas veces, lo oculto es mejor que se quede así y no
pase de allí, ya que la exploración de la verdad a veces puede resultar
horrible. Y esto yo lo digo por experiencia propia, me atreví a ir más allá del
pánico y cruzar la desinformación universal; y ahora me he de arrepentir de
ello, hasta el fallecer de mi existencia;
si no es que la eternidad exista y también ahí el perturbador recuerdo me
persiga, condenándome a un bucle de tortura sin final, rebasando lo existencial
y onírico, sin que esta pesadilla realista acabe.
Todas
las palabras que estoy pronunciando, podrían ser puestas entre comillas, ya que
todo eso en mi perspectiva no tiene significado o vitalidad. He llegado a
niveles donde todo lo que los humanos aprenden se vuelve en algo de tamaño tan
insignificante como del tamaño de una nanomolécula. Pero, para no confundir a
quien está por conocer esta absurda e irracional confección, me expresaré en un
lenguaje y explicación que puedan ser comprendidas por quienes conozcan lo que
voy a relatar.
Lo
irónico es que yo alguna vez creí ser humano, mas entendí que podía llegar a
ser algo más que eso, algo mucho más poderoso e inimaginable. Estaba ciego, encerrado entre mi propia creación,
que, sin saberlo, era obre mía.
Mi
historia –o al menos lo que había antes de mi presente, hace un largo tiempo
atrás, cuando las palabras “presente”, “pasado”, futuro”… tenían sentido o importancia–,
muchos la viven, y al igual que mí, durante cierto lapso, habitan en la
ignorancia sin conocer la realidad de la “vida”. Todos vosotros es posible que
hagan parte de mi historia, después de todo, ustedes, humanos, pertenecen a mí
o a seres similares a mí. Pues comprendí que el mundo, de alguna u otra forma,
es relativamente individual, puede que no me comprendan en este momento, o piensen
que solo soy alguien con alteraciones mentales. Quizás sea así; sin embargo, lo
que comunico es real. Ya comprenderán todo lo que les estoy comunicando, y
descubrirán cuan fría y solitaria es la existencia. No sé si deba maldecir o
alabar a mi mente, por tal creación, pero a quien sí he de aborrecer, es a
aquel ser: me condenó a salir de lo desconocido y habitar en la miseria del
conocimiento de la verdad.
Mi
nombre –que, por más que no lo quisiese comunicar–, al menos deberían de
conocer el “nombre” de quien les ha de abrir los ojos, tal y como me condenaron
a mí. Me llamo Agdram (¿o me llamaban?, cuando era preso de las costumbres
humanas). Soy uno de los seres esparcidores del conocimiento de Deuductus. Un
producto especulador más del lector u oyente, o aquel reemplazante de Deuductus; como lo queráis interpretar, desde
la óptica subjetiva.
El
comienzo de mi final, inició mediante extrañas visiones, que habían empezado en
mi vivir, acompañándome hasta mi retiro, reflejando el cuerpo de un ser, el cual,
nunca se revelaba su rostro. Éste me repetía con constancia, que me mostraría
la verdad, que todos a quienes conocía, la
desconocían; cómo atravesaría lo humanamente ignorado. Durante las
primeras muestras de un futuro incierto y curioso, las tomé como simples obras
creadas por mi imaginación, ya que las consideraba irracionales de cualquier
lógica que le buscase. Éstas proseguían, y las veía tan seguidas, hasta tal punto que mi paranoia
aumentó demasiado. Intenté relacionar esa paranoia con las consecutivas
imágenes que me atormentaban cada vez en mayor escala; mas todo ello fue en
vano; y al final me rendí ante mi inevitable destino.
Y
fue como por obra de la casualidad, que logré armar y resolver el acertijo, que
mi mente me había creado. Cuando menos pensé, lo había terminado. Sin excesivo
esfuerzo, junté todas las visiones, las organicé, analicé y así una conclusión
finalmente saqué. Entre más progresaba, más se despertaba dentro de mí, un
inexplicable sentimiento que ataba cada vez más mis ganas por llegar al
significado de dichas visiones.
La
primera imagen, sobre un momento pendiente en el transcurso de mi vivir, era
así:
Primera visión:
Entre
ataques de tención y estrés, que se acumulaban cada vez a mayor escala, los
cuales trataba dopar, incliné mi espalda y cerré los ojos, posando la mano
sobre mi frente en un gesto de cansancio y desespero. Inconsciente, caí esclavo
del desaliento, con la vista en negro, viendo solo lo que se pasase sobre mi imaginación,
lo cual era igual a cero; pues el agotamiento me dominó fácil, llevándome a
terminar dormido. Encontrado ya en la frontera entre el sueño y el mundo
material, un pensamiento irrumpió en mi cerebro, obligándome a presenciarlo,
sin poder objetarme; no era yo quien controlaba el mundo de mis pensamientos.
Una
explosión tecnicolor, fue el telón del usurpador momento. Podía divisar el
mundo completo, pude observar a cada uno de los habitantes del planeta, todas y
cada una de las cosas que conformaban el enorme cuerpo cósmico nombrado Tierra.
Desde los seres bióticos, como los abióticos. Lo pude presenciar todo, de
manera muy verídica. Estando yo delante de todo, me sentí Dios por un momento. Aunque
no sentía mi propio cuerpo, creo que, ni siquiera sentía mi propia voz, tanto
vocal como mental. Solo pude usar los sentidos de la vista y el oído. Una voz interrumpió
la calma que se desarrollaba en ese mundo imaginario; era áspera y predominante
en mi atención. Las palabras que decía, fueron la única cosa que se enmarcó en
mi cerebro, durante todo el transcurso de mi analfabetismo en el que vivía,
antes de finalizar todas esas visiones.
–Agdram,
Agdram Derleth Bach. Solo observad a tu alrededor, todo de lo que eres dueño y
esclavo a la vez. Es maravilloso este mundo, pero aun mayor es la verdad. Yo la
conozco a la perfección, y está almacenada en ti. Yo soy la verdad, y tú eres
la única realidad más allá de mí.
El
atípico sueño, terminó segundos después de haber finalizado el discurso de
aquel desconocido, al que pertenecía esa voz. Aunque no estoy seguro si decir
que aquello fuese un sueño; no creo que lo fuese. Estaba entre el despertar y
el imaginar. No era capaz de afirmar que estuviese en el mundo onírico, pero no
sería lógico decir que estaba cuerdo en el despertar. No se me ocurre cómo
calificar aquel suceso, solo me quedaba postular una postura agnóstica frente a
la situación.
Concluí en
dejarlo como un recuerdo etéreo, con un misterio peculiar, y las más
heteróclitas características que se encuentran lejos de la imaginación.
Segunda visión:
Había
transcurrido una semana desde el extraño suceso, en que se habían desvelado
frente a mí los poderes imaginativos de la mente, que podían recrear
extravagantes y excitantes escenarios, y, que no solo una superdotada mente
podría plasmar. Bien tenía claro, que no había forma de que hubiese sido mi
mente la encargada de ello, necesitaba de un lazarillo, para guiarla por
aquellos pasajes de tal visión, que van más allá de cualquier imagen que el
limitado entendimiento humano pudiese dibujar. Aquello fue lo que me tenía cada
vez más confuso durante todo el tiempo. Mi filosofía no me ayudaba a librarme
de esa confusión. El uso de mi razón se había convertido en un dilema, por un
lado me convencí que yo no pude haber sido el creador de ese suceso, que debía
ser más que algo plasmado entre la fantasía, y por el otro, era igual de
acertado el decir que aquello superaba los límites de la realidad; cada vez, se
cultivaba más en mí, la afirmación de los hechos y declararlo como algo innovador,
que era algo sobrenatural; pero mi escepticismo no me dejaría sustentar tal
idea. Sin embargo, aquel escepticismo se iría perdiendo con el transcurso de
los días, renunciando ante las visiones.
Estando
despierto y en un estado perfecto de cordura, de nuevo, se presentó ante mí una
primicia. A ésta no le importó quebrar el pacto entre el despertar, donde era
yo quien decidía qué pensar, y entre la frontera de la somnolencia. Teniendo
los ojos abiertos, sentí como un suave golpe agredía mi cuerpo y mi entorno tomó
otra forma, sin tiempo de percatarme de la transformación.
Frente a mí, se
mostraba a cada uno de los habitantes de la sociedad, desde la clase alta y burguesa
hasta los más nobles o miserables.
Una inesperada
metamorfosis se desarrolló en aquellos individuos. El mundo que se situaba delante
mío, ya no poseía humanos; las personas que conformaban la tierra empezaron a
cambiar, quedando como figuras tan raras que, no se me ocurren palabras para
describirlas con claridad. Su apariencia era antropomórfica y del mismo tono
que todo el espacio a mi alrededor. El entorno completo se hacía del mismo
color; era el color negro quien predominaba, con líneas verdes que creaban
pequeños cuadrados, como diminutos pixeles sobre ellos. Los cuerpos poseedores
de una estructura física, emanaban una aurora azul y grisácea, entre una mezcla
de colores que daban aspectos a una mente dominada por alguna sustancia
alucinógena o una racionalidad alterada. Pero no, estaba perfectamente cuerdo.
Esta segunda
visión, sin duda alguna, era muy distinta a la de la inauguración de estos
sucesos. Había una nueva característica que me inquietó en gran consideración;
a diferencia de la primera vez, en esta ocasión, estaba seguro de que poseía un
cuerpo, parecía que también fuese azul, como los que emanaban las demás cosas.
El mío contenía una radiación azuleja en mayor cantidad, siendo el que más
resaltaba, dando el pensamiento de que fuese por completo de ese color. Podía
sentir mis extremidades y todos los demás miembros que conforman la anatomía
humana. En ese momento estaba empezando a rechazar mi materialismo y emprender
el abandono de éste; pude sentir como si comenzara a levitar, pero solo eso, el
sentir, pues mi cuerpo no se movía para nada, él quedaba estable como si nada
estuviese pasando, mientras que algo en mí, se elevaba sobre mi propia materia;
por primera vez llegué a afirmar en mi filosofía, la existencia de aquello que
llaman “alma”, llevando por primera ocasión la confianza de la convicción de la
existencia del “alma”, en mi vida. Por ende, diré con seguridad en mi dialecto
y uso de palabras, que creo adecuadas para el momento, que: sentía como, mi sustancia
inmaterial se despojaba de mi figura corporal, separándose de la asociación
entre cuerpo y espíritu, quedando solamente el alma, como lo único que tenía
sentido en ese momento. Como si mi esencia se quisiera alejar, para ir hacía
algún otro lugar; aunque, por más que una fuerza de atracción luchase por
conseguir su tarea, yo me resistía a dejarme guiar por un factor tan
desconocido, que, inclusive me habían alterado mis escépticos y materialistas pensamientos
sobre lo que conocía.
La misma voz del
recuerdo de la visión pasada había resurgido. En esta ocasión se oía con un
mayor eco y más vibrado, dando la impresión de un tono áspero.
–Agdram,
no te resistas; es lo mejor, tarde o temprano deberás alejarte de aquella
cárcel humana, que te impide llegar al final. El humanismo,
el existencialismo y la metafísica se verán reducidos a cenizas oníricas, que
algún día se creyeron reales, junto con todas las demás ideas, hipótesis o
corrientes filosóficas. Solo hay un dueño de los pensamientos, ciencias
e ideologías en su totalidad, y él también es quien puede controlar la historia
de este mundo, junto con sus leyes.
Se
manifestó un notorio y fuerte estruendo en el sitio; simultáneamente, el extraño mundo en el que me
hallaba se juntó, quedando convertido en algo estrecho y reducido, por una
fuerza descomunal, como si se tratase de un agujero negro, atrayendo y
arrastrando todo a su paso, junto conmigo y mi cuerpo.
Desperté
enseguida, con un nervudo dolor corporal, como si me hubiese caído un descomunal
peso encima, y el dolor de cabeza no demoró en llegar.
Tercera visión:
Me rendí y me despojé
de todo pensamiento contrario que me llevase a negar la realidad de los raros
sucesos, por los que mi pobre mente había pasado –no obstante, después de todo,
cómo saber lo que es real, si hasta de la vida misma, a veces se duda de su
veracidad–. Pero, eso no me impedía estar en un profundo estado de confusión,
repleto de la variación de rarezas que tenía entre mis recuerdos, que jamás se
eliminarían de mi pasado. Estarían firmes, sin desvanecerse, entre aquellas
visiones que había vivido y que aún no habían terminado. Sabía que todavía hacían
falta más cosas por ver, y quizás podrían ser pocas, sin embargo todo esto no
acabaría hasta que no le hiciese caso al ser y me entregase a aquello, que
tanto mencionaba como la “la verdad”. Decidí entregarme al destino, y rendirme
por completo, ya no había causas para resistirme, y cada vez más la ansiedad y el
desconcierto, me incitaban a saltar hacia la decisión que ondeaba en mi cabeza con
frecuencia, penetrando y tergiversando mi calma.
En la próxima visión que tuviese me entregaría, sin reproche
alguno; deseaba acabar con esto, sin importar el desenlace que ocasionará la
decisión que iba a tomar. Ya no había más miedo, solo el huroneo sentimiento y
la sed de auscultar las ideas y sabidurías de aquel ser, que me hablaba en el
extraño mundo de las visiones.
En cuanto llegó la tercera visión, no me altere ni sorprendí
para nada, esta vez no me había tomado despistado, pues la estaba esperando
precavido y ávido.
De nuevo: el mundo entero ante mi visión, poseía una
percepción periférica tan extensa que podía ver hacía cualquier lado, en una
portentosa vista de 360 grados; todo el círculo
y todo alrededor. La sociedad donde vivía, y todas las partes del planeta,
recreadas una vez más.
En cuestión de instantes me alejé del planeta, pero
no por voluntad propia; me habían alejado y estaban controlando mi vista, como
si me quisiesen mostrar nuevas perspectivas. Quién más habría de ser, sino el
singular ser dominador de aquel mundo, era demasiado obvio.
Ahora, mi visualidad era mayor, todo el universo
frente a mí, incluso los demás universos extranjeros existentes en nuestro
mundo; tenía un vasto e incomprensible multiverso cruzando frente mis “ojos”, y
digo ojos, entre comillas, por culpa de la grandeza surreal de la ocasión, que
me llevaba a un dilema que ponía en duda todo lo que conocía hasta ese momento.
Parecía sacado de una película de ciencia ficción todo lo que estaba viendo,
pero, esto, ¡era real! Ya no me quedaba duda de nada, todas las “visiones” o
“sueños que habían tenido” eran completamente reales, en una manera rara,
dudosa e incomprensible, pero real, completamente verosímil, que no le quede
duda a nadie.
El mundo entero comenzó a temblar en cuanto la voz
surgió, y esta vez, venía acompañada de una composición física. Al fin había un
cuerpo visible al cual adjuntar aquella predominante y sobresaliente voz. Para
mi desgracia y emoción, la figura superficial no estaba completa, solo podía
verle desde los pies hasta el cuello; donde se suponía que debería haber una
cabeza, en lugar de ello, se encontraban una exorbitante y llamativa luz, la
cual impedía saber si el personaje poseía un cráneo o algo similar en esa zona.
Y antes de que el singular personaje juntara las silabas iniciales para formar
sus primeras oraciones, me había entregado y dejado conducir mi alma hacia él;
quedando a metros de distancia de su cuerpo. Mi escepticismo, materialismo y
cualquier otro pensamiento que me hiciese dudar de las cosas, que niegan todo
aquello que fuese más allá de lo natural y humano, habían desaparecido, junto
con todos mis pensamientos y filosofías. Ya todo eso había perdido sentido, ni
siquiera la vida tenía ya importancia o significado alguno; pues ya no me
encontraba allí. No estaba en un lugar celestial o perteneciente a alguna
religión, como un purgatorio, cielo, zona habitada por muertos o cualquier otra
idea similar; todas esas hipótesis descabelladas no se asemejaban con esto, este
sitio iba más allá que cualquier cosa que el hombre pudiese llegar a imaginar.
Al pronunciar las primeras palabras, el ambiente y
los universos empezaron a mutar sus colores y formas, poco a poco iban tomando
aquella apariencia que tenían en mi visita anterior, pero sin llegar por
completo a dicha forma tan estrecha, donde la materia se acumulaba en una
enorme masa universal; quedando con al menos con algo de color que alcanzaban a
permitir diferenciarlos.
–Hago parte de
ti, al igual que tú haces parte de mí, así como el mundo material que presencias
en cada momento de tu ingenua y poca madurada existencia. Crees estar despierto,
mas tienes los ojos cerrados, y han estado así durante largo tiempo. Tiempo, el
cual, es irracional e inexistente a partir de ya. Habéis hecho lo correcto, te
entregaste a la verdad, y con ella irás a dar. Todo lo desconocido que hace
parte de tus pertenencias, lo conocerás y empezaras a hacer uso racional de
ello.
El
discurso fue interrumpido por un aturdimiento en el espacio, el cual, el mismo
ser había creado. El terremoto era intenso y parecía que las cosas fuesen a
explotar, por un segundo creí que iba a ver un segundo Big Bang. Con los
nervios elevados, aunque, con la concentración prestada en absoluto solo al
ser, me hallaba en la espera de lo que ocurriría.
La luz que
estaba situada sobre el cuello, en la cabecera del ente, se había intensificado,
haciendo más fuerte su brillo; si hubiese tenido una vista simple, por debajo
de la que poseía ahora, estoy seguro que hubiese quedado ciego para siempre; por
fortuna, ya estaba en niveles más altos al poco evolucionado e imperfecto ser humano.
Tal parece, que mis cualidades, se habían alejado de las de un hombre común.
El enorme resplandor,
se dividió en dos, rodeando la zona craneal del que se le desconocía su cara. Estaba
desvelado frente a mí el rostro de aquel dios, y digo dios, porque frente a mí
y todo ser humano, era digno de ser llamado así. Mi sorpresa fue mayor y la
confusión se expandió más al ver el rostro del ser, del dueño de la profética
voz.
Ese rostro… era mi propio rostro. El ser al que estaba admirando y había creado
tal maravilla en el entorno, poseía mi mismo rostro, mismos labios, ojos,
nariz, mejillas, igual región orbitaria, frontal, infraorbitaria…, cada una de
las pequeñas zonas de mis facciones conformadas por átomos, eran iguales en
absoluto, era una réplica perfecta de mi cara.
–No soy una réplica,
soy tú–la
deidad podía leer mis pensamientos.
Mi mente ahora
sí estaba perdida en un éxtasis de sabiduría y una excepcional vista. Me
costaba asimilar la situación, esta vez me había confundido aún más, pues el
ver ese rostro me había palpado y petrificado hasta niveles inimaginables.
–Agdram, no
temáis. Has logrado llegar hasta donde mí, has conocido la verdad, yo soy la
verdad. Esta es la realidad, todo lo que divisas en este momento, todo lo que
se halla a tu alrededor, el universo, el cosmos infinito que penetra en partes inalcanzables
por el hombre, es creación tuya. Tú eres el dios encargado de darle molde y
forma a todo. Lo único real en este momento, somos tú y yo. Soy Deuductus, el
dios, ser y amo de la realidad, el encargado de observar el correcto
funcionamiento de tu mente durante la creación y desarrollo del mundo. Lo único
que se escapa a tu cerebro soy yo; por ende debo ser solo yo quien es capaz de
revelarte la visión correcta de todo. Una vez llegas a tu madures mental, mi
deber es expandirte hasta la sabiduría absoluta de todo, pues no serías capaz
sin mi intervención. Al conocer la realidad, conocerás el mundo completo, que
tú creaste y no creerías posible que fuese tan amplio y exorbitante. Lo cierto
es que un ser de tu especie jamás sería capaz de darse cuenta por sí solo,
estando en su estado de ignorancia, sin lograr conocer por competo, no solo el
extenso cosmos que él mismo moldeo, sino también, los conceptos de todas las
culturas, ciencias y leyes que se desarrollar durante el sueño de este. Has
abierto los ojos. Y por ende, todo cambiará a partir de este momento. Conoces
la verdad, y debes adaptarte a ella. Ya que saliste de la ignorancia y conoces
tu poder extraordinario, debes controlarlo a la perfección.
Entré en un
estado de terror mayor, al sentir cómo estaba siendo atraído por Deuductus,
hasta que nuestros dos cuerpos se combinaron en una sola materia, en un solo
ser; junto con las estrellas, planetas, galaxias, universos y demás cosas que
tuviese lugar en el cosmos; todo se fusionó en un solo cuerpo, esta vez siendo
atraídas por mí. No sabía cómo era eso posible, aquella fuerza de atracción
proveniente de mi cuerpo no era espontánea; sabía que era obra de Deuductus. La
enorme bola en la que había sido reducido todo el mundo giraba alrededor de mi
órbita, incrementando cada vez más su velocidad, hasta explotar y sus cenizas
se comprimieron en mi cuerpo. El brillo que estaba junto a mi cabeza se
expandió descomunalmente volviendo todo el ambiente de su mismo color, cegando
todo con su expansión.
Al recuperar la vista, pude verme, de alguna manera
inexplicable, a mí mismo, desde una perspectiva en tercera persona. Estaba
flotando en un espacio infinito y vacío, tras periodos de tiempos cortos, una
voz se coló entre el silencio, irrumpiendo en mis oídos. No era la misma voz poderosa, era menos imperiosa.
–Esta será la última vez que me volverás a oír,
debido a que, ya no me necesitas, ya alcanzaste el mayor escalón de la
sabiduría existente en todo tu mundo. En este momento, habitas en una nada
infinita, al haber abierto los ojos debes volverlos a cerrar nuevamente, pero
esta vez, sin desconocer la verdad. Todo lo que presenciaste quedará en ti, aunque
debes tapar tu visión, para lograr repetir el bucle existencial de la vida
imaginaria, que es una existencia onírica de cada creador. Es así el ciclo
universal, debes volver a crear vida, debes volver a recrear todo de nuevo,
pero esta vez con una percepción mejor. Al poseer mayor poder y sabiduría, la
obra de arte quedará semiperfecta esta vez, y deberá ser así hasta que alcances
la perfección. Destruirlo todo cuando te des de cuenta que no logras llegar
hasta las expectativas deseadas, para empezar de nuevo con mayor experiencia,
hasta lograr alcanzar la perfección que solo un dios como yo lograría obtener. Pues
debes reemplazarme, yo ya no podré intervenir entre tu mundo y tú, puesto que,
mi labor, que era dotarte con el poder del conocimiento y alejarte de las
cuevas de la ignorancia, lo he cumplido. Debes llegar a superarme, creando
aquella perfección mencionada.
»Imagina que
eres un universo, y cada persona exterior a tu mundo es otro universo, personas
las cuales no conoces ni podrás conocer, que jamás llegarás a imaginar. Tu
mente no podrá alcanzar a recrear una imagen que se acerque a ellas, pues
alteraría el orden de la realidad; y además son inexistentes ante tu imaginación.
Existen distintos seres, dueños de diferentes mundos, así como tú. Cada
individuo debe llegar a esta verdad, para lograr embarcar su búsqueda del mundo
perfecto creado por ellos mismos, y al igual que a ti, debo abrirles la mente y
mostrarles la realidad, de que realmente nada existe si no fuese por ellos
mismos. Cada uno se alberga en distintos lugares, a los cuales solo se puede
viajar por medio de transportación, y ninguno tiene esa dicha; solo yo. Ninguno
puede penetrar el espacio imaginativo de los demás; solo al alcanzar la
perfección, tal y como yo. De cierta forma, eres un dios, en tu propio ambiente,
el cual nadie más tiene derecho a tocar y alterar, más que tú o yo. Has sido
bendecido con grandes gotas de imaginación, las cuales pueden dar pinceladas al
surgimiento del enormes multiversos, de los cuales eres dueño. Pero, yo soy más
supremo a cualquier ser distinto a mí que logre crear su propio mundo, después
de todo, los habitantes del mundo de tu mente, existen solo gracias a ti, pero
tú y todos los pintores que recrean universos en su espacio mental, existen
gracias a mí. Yo soy quienes los acerca a la perfección y los lleva hasta la
sabiduría, alejándolos de la ignorancia. Ahora, Agdram, solo guarda silencio, y
no hables más que con tu mente. Y, cierra los ojos, ciérralos e imagina.
No
pude percibir el cuerpo de Deuductus esta vez, y su voz entre la nada se perdió;
solamente me oía a mí, mas no tenía labios qué mover para ello, hablaba
mediante mi mente. Cerré los ojos y comencé a intentar imaginar. Un nuevo
mundo, mejor que el anterior, estaba surgiendo, en el infinito espacio que
dominaba solo yo, albergado solo por la nada. Con la ayuda de mi mente, comencé
a moldear esa nada. Un átomo se originó, lo fui expandiendo y me encargué de
explotar aquel átomo, e inicié con el lento desarrollo de pequeñas partículas,
e irlas juntando y dar paso a cuerpos cósmicos: asteroides, planetas, estrellas
y distintos universos. Un nuevo mundo estaba surgiendo, y era yo el encargado
de su construcción –similar que antes–. En esta ocasión era consciente de ello,
y ahora sería mejor que el anterior.
Cada mundo es
distinto, pues lo crean mentes diferentes. Resulta imposible al individuo
adivinar la forma de los demás mundos. Por lo que, es cierto que hay más seres
como yo, solo que se escapan de mis hipótesis e ideas, así como yo de las de
ellos. A excepción de mi maestro, Deuductus.
FIN.
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Debajo
de la fría lluvia de invierno, entre nubes grises y fuertes tormentas que expelían
rayos que pareciese que fuesen enviados desde los cielos con una inmensa ira,
los cuales generaban fuertes truenos con un sonido retumbante y ensordecedor,
se podían contemplar relámpagos llenos de un gran brillo. El cielo retumbaba
lleno de tristeza, pero no más triste
que los dos amantes que no alcanzaron a decirse adiós. Entre llantos y lágrimas
desordenadas, que caen descomunalmente por su joven piel, con expresiones que
solo pueden transmitir tristeza y lamentación, cerca de una superficie de
madera, se halla él, recordando todo lo bello que había vivido con ella, con su
bella amada, la cual probablemente no podrá volver a ver; sin embargo, desea observar
y tocar su bello rostro por última vez. Aún puede oírla, siente aquella voz
dulce que le recordaba a un hermoso amanecer lleno de paz y felicidad. Logra escuchar,
en un tono bajo, la voz de su amor. Con todas sus fuerzas intenta escarbar la tierra, para dañar y destrozar ese
ataúd. Aquello es lo único que lo separa de su amada, pero ya es muy tarde.
Deja de oír la voz de su dulce doncella, después de minutos de intentos por
llegar hasta ahí siente como se va alejando, y finalmente como aquella suave
voz se apaga. Muere en un intento en vano de poder verla por última vez, ya sus
fuerzas no dan para más, completamente agotado y con las uñas dañadas, y,
quedándose sin respiración, cierra sus ojos entre lágrimas dentro de esa caja
de madera bajo tierra acompañado solo de su cristo de marfil situado sobre el
ataúd. Lamentablemente, su esposa abandona el cementerio antes de él poder
lograr salir de ahí.
Camino
perdido entre la soledad y la oscuridad, solo me acompañan las estrellas y una
ingrata luna que se ocultó detrás de las nubes, negándome el privilegio de
confianza que da su iluminación, su estadía en el cielo; anhelaba verla y
sentir su compañía, en esta desdichada y temible aventura como lo es el caminar
extraviado por un camino de tierra, que al voltear hacia los lados, solo vea, mediante
una estropeada visión: monte y más monte. ¡Maldición!, al menos un brillo o una
voz que me cause algo de euforia, que me anime a avanzar en mi descarrío.
Tras
un largo recorrido, en el que el terror se empezaba a apoderar de mí,
volviéndome un títere hierático y decaído de él, logré dar con un aposento. El lugar,
era una casa en un estado tan desgastado como la descomposición. Su estructura,
estaba muy sucia y en un estado lamentable; aunque, qué más da. Lo mínimo que
pedía era un sitio dónde protegerme del frio y del desconcierto, una mano
humana con la cual platicar, para llegar a adquirir algo de tranquilidad. No
dudé en ingresar a la construcción puesta delante de mí. Corrí la reja de
entrada y caminé a través del camino que había en el amplio patio de la casa. Toqué
la puerta, pero nadie respondió a mi llamado, lo cual me extrañó mucho. ¿Acaso
me ignoraban? La intriga me estaba envolviendo, como una araña a su presa que
cae en sus brazos, cubriéndola en una telaraña de dolor y tragedia. No quedaba
más opción que irrumpir en la casa, sin permiso de sus dueños. La desesperación
era mi único lazarillo y debía hacer lo que mi locura, por culpa de la impaciencia
me dijese. Mi mente solo escuchaba “¡Entra ya, que te desbastará el exterior!” El
desasosiego físico y mental me incitó, hasta convencerme de entrar.
El
lugar, en su interior, contrario a la primera impresión que tenía sobre el
sitio, era hermoso. Era muy paradójico y extraño. Una construcción tan
esplendida que no podía creer que un hombre hubiese hecho tal cosa. El sitio no
era tan grande, algo pequeño, sus medidas eran las de una humilde casa. Sin
embargo, resultaba satisfactoria y atrapante para mi vista; sin duda, las
apariencias engañan. Recorrí el lugar y me encontré con tres cuartos, una sala,
un baño, un jardín trasero y comida en la nevera –comida, que no dudé en tomar,
pues el hambre se materializó en mí–. Había varios libros en la casa, lo que embellecía
más el hogar. Me miré al espejo y daba la impresión de un hombre cansado y sin
esfuerzos. Cerca del espejo había un libro singular, que, no sé por qué, pero
llamó considerablemente mi atención. De todos los libros que había, aquel fue
el único que me convenció de leerlo. Quizás fue su curiosa portada o su cantidad
en minoría de hojas, no lo sé. Como muchas cosas en la vida, tenía algo
inexplicable que hizo que me fijase en ello. Al abrirlo, una sensación de
cambio tocó mi cuerpo, sentí un aire, como si hubiese dado miles de vueltas. Sin
embargo, seguía inmóvil en el mismo punto. El libro, era la biografía sobre un
hombre llamado, Jorge Luis Llosa Gallego. Según el libro, era el propietario de
la casa en la que me hallaba. Decía ciertos datos biológicos de él y sobre la
historia de la casa, que leí con gran emoción. Mas no lograron atraparme lo
suficiente como para continuar sin descansar con la lectura de su historia. El
hombre se había esforzado mucho en la realización de este sitio, tenía mucho
amor a su construcción, como si fuese su sueño. Lamentablemente, tuvo una vida
desgraciada: discusiones con su esposa, alcoholismo, intentos de suicidio,
locura, y demás desdichas que nadie desearía tener. Gracias a la casualidad, me
detuve en la última página y mis ojos se fijaron en una cita que se hallaba
entre las líneas finales:
“Si usted, desahuciado lector,
que está leyendo este libro, no abandona mi hogar para antes del amanecer,
téngalo por seguro que vivirá en carne propia todo lo que yo sentí, durante la
maldición a la que llaman vivir. Como castigo de la osadía de pisar mi
paradisiaca obra, a la cual dediqué grandes años de mi desgracia (mi vida); se
arrepentirá de ello (si es que acaso le da tiempo de pensar en el
arrepentimiento), solo podrá llorar, y esperar para entregarse al descanso
eterno.
Jorge Luis Llosa Gallego.”
Tomé
aquello como un cuento de terror absurdo, sacado de la imaginación de un hombre
cualquiera. No me importó y sin darme cuenta me quedé dormido en el sillón.
Espabilé,
decidido a abandonar la casa, a caminar de día con convicción. Al levantarme,
mi sorpresa fue grande. Tenía ropas diferentes, que no eran mías: traje de saco
y corbata muy arcaico, como si fuese de un viejo, de una época ajena a la mía. Busqué
aterrado mi ropa, y no la encontraba, todos mis intentos eran en vano. Fui a
mirarme al espejo y aquel reflejo que poseía me espantó en niveles colosales.
Mi rostro no era el mismo, aquella cara que reflejaba el cristal no era la mía.
Aquello me perturbó y alteró mi paciencia. Entre mis espavientos, cause un
choque en una litera, ocasionando la caída de varios libros. Sobre mi pie cayó
el mismo libro de la noche anterior, de Jorge Luis Llosa. Estaba ahí mismo
donde lo había dejado. Lo cogí, lleno de irá e impaciencia. Al agarrarlo mi
dedo pisó su solapa, ocasionando en mí un gran terror incomprensible: vi la
imagen del señor Llosa y al voltear a ver mi reflejo, al comenzar a hacer
comparaciones, solo se me ocurrió gritar y dejarme dominar por el horror de la
inexplicable similitud.
¡Desperté
nuevamente! Qué gran alivio, todo había sido una ruin pesadilla horrífica. Sin
duda, el libro había logrado causar algo de alteración y enmarcarse entre mi
subconsciente, mas no pasó de la ficción. ¡Estaba equivocado! Todo seguía
igual; mi aspecto, era igual que el rostro de Jorge Luis. El reflejo dibujado
en el espejo había hecho estallar mi pánico. Busqué mi billetera, y, en lugar de
dar con mi identificación… ¡me topé con la identificación de aquel hombre, que
estaba entre mis papeles! Una billetera que, al igual que el traje y el rostro,
no me pertenecían. ¿Adónde se habían ido todas mis pertenencias? Y aun peor: ¡dónde
estaba mi ser físico original! Me eché al piso con la boca llana y los ojos tan
abiertos como nunca, con una nariz que no paraba de mover sus fosas nasales en
una respiración agitada, como consecuencia de la manifestación del caótico
horror. El estar en un lugar que, no solo sentir que no perteneces a él, sabes
que es así, que no deberías estar ahí, y que parezca que no puedas hacer nada
por abandonar aquella mazmorra donde te consumes.
Alguien
tocó la puerta, entre quejidos y demorados intentos de recomposición, seguido
de tropiezos, logré dar con la perilla y abrirla, sin que la cara marcada en mí
de horror se marchase. Fue una mujer, de edad joven –alrededor de los veinte
años– y una belleza admirable, algo que solo la juventud y la inocencia podían
hacer, y, sin importar aquel vestido tan anticuado que traía, eso no podía
eclipsar su hermosura. Iba a gritar implorándole ayuda, por más loco que
pudiese pensar que estaría, pero ella ni siquiera me dejó hablar, tapó mi boca
entre abierta, que intentaba pronunciar la primera silaba, mediante un
apasionante beso, en el que se notaba confianza y enorme amor hacia quien lo
recibía. Estaba perdido, pues entre nosotros no había tal cosa, ¿quién le daba
un beso a un desconocido? La respuesta a mis confusiones, llegó en pocos instantes
de la misma boca que me besó. Y desearía no haberla oído.
–Oh,
amado Jorge Luis–Expresó la dama,
ocasionando así mi estado de fobia ante la maldición que se había desatado en
mí–, la casa quedó hermosa, es la casa de nuestros sueños, la que
tanto prometiste hacer. ¡Dios bendiga nuestro hogar y nuestra relación, querido
esposo!No
lo podía creer, el pánico me ocasionó gritar, aunque… El momento acabó en tal
ocasión, y al de abrir los ojos, fui a dar a una cama. ¿¡A qué demonios
jugaba!? Tuve el inútil pensamiento de que los tres sucesos anteriores hacían
parte de una pesadilla. Al voltear hacia el lado central de la cama, maldije mi
existencia: estaba junto a mí la misma mujer que me había besado y llamado por
el nombre de Jorge Luis.
–¿Cómo amaneciste, amor?
–Preguntó, con una sonrisa dibujada en su semblante.
Me
alejé rápido de la cama, levantándome en un ataque de desconcierto. Ella estaba
aparentemente desnuda; parte de su cuerpo cubierto por las sabanas. Yo me
hallaba sin camisa y en ropa interior. La mujer, cuyo nombre desconocía, hizo
un gesto de extrañes por la confusa situación. No sé cómo, sin tener idea
alguna de su nombre, mi boca lo pronunció, en una frase involuntaria:
–Margared,
siento que el vivir aquí… me está consumiendo.
No
comprendo la razón por que hubiese dicho aquello, en contra de mi voluntad, y
más aun haciendo uso de aquel nombre, que, de manera fácil, descubrí que era el
de la mujer, esposa de Jorge Luis, o, ¿mi esposa…?
Volví
a despertar en otro lugar, como si, al igual que las ocasiones anteriores, todo
hubiese sido un simple sueño. Sabía a la perfección que era más que un sueño; a
menos que fuese un sueño largo, o quizás un sueño despierto. Estaba en un
parque, con un clima gris y deprimido –igual que mis ánimos en ese momento, por
culpa de esta vida a la que estaba obligado, sin nunca haber pedido tenerla–. Esta
vez, además de hablar involuntariamente, también hacía gestos involuntarios: le
arrojaba comida a las aves del parque, que se acercaban cada vez que la tiraba
al piso. Volteaba la cabeza hacia varios lados, como buscando algo, hasta que
me detuve hacia mi izquierda, donde estaba Margared; estaba llorando, sus lágrimas,
eran lagrimas que estaban en su última tensión, eran lagrimas que se estaban
secando, dejando solo la demostración de los estragos causados por un doloroso
sentimiento. Presentí que yo era el causante de aquellas lacerantes lágrimas. Yo
también me demostraba triste y sentía como si buscase a mirarla, pero a la vez
la evitara, como si las palabras se quedasen perdidas en el miedo y el
nerviosismo, en un fallido intento de indiferencia; tal vez, como consecuencia
de no saber qué me respondería, o porque ya sabía qué me iba a responder, y era
eso lo que habría de temer; que yo tuviese razón. Ella hacía intentos por hablar,
pero el llanto se los cortaba. Logró expresar su mensaje: eran quejidos, quejas
en forma de desahogo y de lamentos, preguntándome porqué le había hecho tal
cosa, porqué siempre hacía tal cosa, y, que, “este viaje que creíamos
interminable había llegado a su fin”, por culpa de ambos. Aunque no sintiese
ningún sentimiento por aquella mujer, y solo estuviese junto a ella por una
condena en contra de mi voluntad, sentí lástima, por ella y por mí. Sus palabras
habían conseguido afectarme, llegué a pensar que en verdad me las merecía, como
si de verdad le hubiese hecho todo lo que decía entre sollozos. Cuando terminó
su discurso de aflicciones, se marchó de la banca, yo solo me quedé sentado sin
poder hacer objeción, mientras veía como se alejaba de mí, y creo que, se
alejaba para siempre.
De
nuevo desperté. Ahora comprendía el orden de las acciones ejecutadas en esta
vida –y no quería usar el término “mi vida”, ya que esta no era mi vida; no
obstante, poco a poco se iba convirtiendo en mi vida–, en la vida de Jorge
Luis. Cada vez que pasaba algún momento que hubiese marcado al hombre en su
vida, despertaba en otro día de su historia. Esta era la manera como vivía en
carne propia sus desgracias; más allá de que no lo comprendiese, quedase en
dudas, y el tiempo de los hechos fuese corto, lograban entristecerme, tanto por
mi vida como por la de él. Dicen que nadie conoce la vida de los demás y a veces
debemos ponernos en el lugar de una persona para comprender sus razones. Por
desgracia, yo me encontraba en el lugar de aquel pobre hombre; literal. Me
levanté y dirigí hacia la gran ventana del hogar, que daba una vista hermosa. A
mi cabeza, llegaron recuerdos que jamás viví, pero, que a pesar de eso, el
viejo Llosa sí había vivido. Poseía la habilidad de tener sus mismos recuerdos:
veía a Margared, y eso me dolía; sin llegar a conocer una persona, logró hacer
que sintiese sentimientos por ella, algo ilógico; sin embargo, de eso se
trataba todo, poco a poco, todo sería irracional. No obstante, sabía que en
realidad, era Jorge Luis quien sentía tales cosas en especial, yo solo estaba
encargándome de revivir todo ello. También aterrizaron en mí, recuerdos de días
anteriores, en los que mis brazos sostenían muchas botellas de alcohol y
expresaba palabras nostálgicas en manera de desahogo. El hombre había recurrido
al vicioso trago buscando un sitio donde esconderse. Cada vez más, me acercaba
a ser Jorge Luis por completo: yo era él y él era yo, sentía todo lo que él
sentía, recordaba todo lo que él había presenciado; estaba viviendo su vida.
A
partir de ahora, cada vez que exprese algo, como si me hubiese pasado a mí, es
narrando los hechos ocurridos a Jorge Luis, pues ya no tengo vida propia, sino
que rencarné en la de él; una rencarnación consiente.
Me
llegó una carta, con fecha del 13 de enero de 1845. Donde se me decía que Elizabeth, mi madre –o
sea, la de Jorge Llosa–, había fallecido. Fue asesinada por mi padre, David
Allan (cabe recalcar, que, a partir de esta parte de esta historia, gran parte
de las acciones que realice son involuntarias, todas ellas son una repetición
de lo hecho por Jorge Llosa). Me desplomé a llorar. Al salir de la casa llevaba
grandes sentimientos de odio y expresiones relativas a la ira. Mi vista se
cerró, para que este suceso acabase y despertara en uno nuevo.
Desperté
en la cárcel, ese mismo día hablé con mi abogado. Le pedí explicaciones sobre
mi estadía aquí, ya que las desconocía. El señor se extrañó mucho, tratándome
de cínico. Sin embargo, por más molestias que mostró ante mis declaraciones de
olvido, me indicó que se me acusaba de asesinato, y con pruebas irrefutables, por
lo que me esperaban muchos años preso, que lo mejor sería declararme culpable,
aunque yo ya supiese que lo era. Mi crimen había sido tan atroz que no se
tendría ninguna gota insignificante de compasión ante mi condena. En ese instante,
llegaron a mi mente imágenes de mí, sosteniendo un cuchillo, con una
respiración agitada, en un torbellino de ira, rencor y venganza…, apuntaba
hacia un hombre ensangrentado y sumamente herido, mientras me rogaba,
pidiéndome piedad y que lo perdonase, que me apiadara de él. Para dirigirse a
mí, no usaba ningún nombre, si no que me llamaba “hijo”.
Durante
los siguientes días, no despertaba tan seguido, pues el fin de aquella
experiencia era sufrir, y en la prisión sufrí demasiado. Fueron terribles
momentos; pobre de Llosa, maldigo el día en que nací, y en que nació también
él. Viví las peores torturas en ese lugar.
Un
día desperté, después de muchos días estando en ese calabozo, pensando que mi
muerte llegaría en esa mazmorra y no viviría más recuerdos de Jorge Llosa. Ese
día me sentí muy alegre, hacía mucho tiempo que no me sentía así. A pesar de
que el castigo de la rencarnación no había terminado; al menos había superado
esa fase.
Hasta
ahora, cada uno de los días que vivía, cada desagradable mañana en la que me
despertaba, era una tortura en que todo era opaco para mí, como si el sol nunca
saliese y solo existiese en un hueco donde la luz no penetraba. Respirar era
una desgracia. Jamás volvería a ser feliz, ¿”feliz”? Ya dudaba de que la
felicidad existiese, comprendí que aquello era solo una ilusión tan efímera
como mis esperanzas.
Abrí
los ojos, estaba en un lugar muy extraño. Esta vez podía moverme por mi propia
cuenta, bajo mi propia voluntad, aunque estaba perdido, como al inicio de todo.
Una mujer con traje de enfermera ingresa al estrecho cuarto donde me hallo, el
cual posee una débil iluminación. Se dirige hacia mis espaldas, solo cuando me
saca de aquella habitación es que me entero que estoy en una silla de ruedas,
con una camisa de fuerza. Me dio algunas pastillas y me habló sobre cómo
recuperar el camino de la tranquilidad, me dialogó sobre la cordura, sobre la
desesperación, y un montón de palabrerías más sobre cosas absurdas. Comprendí
donde me hallaba, ¡estaba en un maldito manicomio! ¡No puede ser que me topa…! ¡Topasen
por loco a Jorge Luis! ¡Qué más da, maldita sea! Éramos la misma malaventurada
persona ya. ¡Daba igual si me refería a mí bajo mi nombre o el de él!, ¡Ya nada
importaba! ¡Ya todo era solo una podrida insignificancia, que estaba de adorno
en esta pocilga de existir! Deseaba morirme, solo así conseguiría acabar con
todo este sufrimiento.
Al
igual que en la cárcel, estuve varios días despertando en ese manicomio. Cada día
era peor, no había un solo despertar que no llorase y quejase, mientras, tal
vez, ese desgraciado debería de estar riéndose, si es que de alguna forma
pudiese verme, estuviese muerto o no. Un día, me quitaron aquella camisa y me
dieron cierto tiempo de libertad, en lo que parecía ser una especie de
cafetería. Para mí, fue una dicha inigualable que no podía desperdiciar. Pedí papel
y lápiz a una de las enfermeras. Escribí una carta de suicidio, donde relataba
toda esta odisea, expresando en aquellas líneas el dolor que se encarnaba a
diario en mis venas, envenenándome. Al final de la carta puse mi nombre: “Julio
García Bustamante”. Al pasar el dedo sobre el nombre, contemplé que mi nombre
ya no estaba, en lugar de ello decía “Jorge Luis Llosa Gallego”. No me exalté,
sabía que era normal, ya no me sorprendía, en lugar de eso sonreí. Tiempo
después, me hallaba colgando de una soga, entre lágrimas y revoloteos, con una
reconfortante sonrisa en mi rostro.
Desperté
una vez más. Esta vez, sería la última, aquello no logró matarnos –y digo
matarnos, porque sentía que Jorge y yo fuésemos uno solo–. Exploré el lugar en
el que estaba. Era muy estrecho e incómodo. Oía voces, tristes en su mayoría y
a gente llorar y lamentarse, diciendo cosas sobre Jorge Luis y lo buena persona
que era; mas no los veía, eran como fantasmas. Pensé en llorar, aunque entendí
que era en vano; pero, imaginé que, después de todo, las lágrimas son una forma
de demostración de tristeza, en una búsqueda de desahogo, intentando encontrar
una forma de deshacerse de esa carga. Además, no era solo yo quien lloraba, era
Jorge.
En
ese momento no pensé, ni en mis amigos, familiares, ni en mí. Si no, en
Margared, en Elizabeth, David Allan, y hasta en Jorge. Yo quedé de último en
las lista de consideraciones ante mis últimos minutos de vida, mientras el
olvido y la soledad me llevarían poco a poco de la mano hasta la muerte. Toda
la vida de Jorge Luis pasó sobre mis ojos. Ese día habían muerto dos personas,
Jorge y yo; salvo que, esta era mi primera vez. Espero y no despertar más; que
no vaya a ser que, después de esto, me halle en el cielo o algo similar y allí
un ángel o quien me dé la bienvenida al paraíso, me llame “Jorge Llosa”; en
caso que aquello exista. Ojalá y no sea así y simplemente deje de existir, para
dar fin con esta tortura. Qué irónico, qué raro, el que un supersticioso ser
humano no desee que haya algo más allá de la muerte, que sea bello y lo haga
sentir con esperanzas.
Jorge
Luis tenía razón, ¡vivir era una maldición! Esto complacerá al desdichado Jorge
Luis, a quien revivo sus trágicas memorias, y a mí, aquel desgraciado, víctima del
dolor vivido por alguien más. Se despiden: Jorge Luis Llosa Gallego y Julio
García Bustamante.
FIN.
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