sábado, 25 de febrero de 2017

Undécimo relato: "Voces en el olvido"

VOCES EN EL OLVIDO


Cuánta oscuridad, cuánta soledad, cuánta confusión lúgubre hay aquí. ¿Qué es esto?, ¿qué me ha pasado? ¿A qué hora llegué aquí? No lo sé. ¿Dónde estaba antes?, eso mucho menos. No conozco las razones de mi estadía en esta soledad tan inflexible. No lo comprendo, estoy encerrado en un sitio demasiado estrecho, tan solo puedo girarme, más allá de eso, nada. Es como si este espacio estuviese diseñado a mis medidas precisas, sin darme libertad de movilidad o de visión. Ni una gota de luz y la desesperación empieza a aumentar. El terror ya dio su profecía y siento cómo poco a poco se va materializando en mí; me preocupa que el miedo llegue a carcomer mi cordura antes que la intriga por no saber qué es esto; creo que nunca supe nada de mi vida en realidad.
No logro percatarme de las horas que pasan, pues esta noche oblonga y angosta no me permite dar conciencia del paso del tiempo, a veces, ni siquiera de mi respiración… Tal vez ya morí y no me he dado de cuenta, o tal vez nunca nací. Es algo inentendible. No recuerdo nada de mi pasado, pero tengo en mi cerebro, suministradas ciertas palabras y ciertas definiciones que me permiten expresarme y opinar sobre algo. ¿Cómo es posible eso?, no me acuerdo ni de cuándo ese cerebro se desarrolló en mí. Ni siquiera de cuándo comencé a percatarme del mundo exterior a mis pensamientos. ¿Por qué digo todo esto?, ¿por qué estoy aquí?, ¿es esto vivir o morir?, o simplemente no es ninguna de las dos y ambas opciones resultan falsas frente a un estado incomprensible ante mí. No consigo adquirir completo entendimiento sobre este mundo, en el que me hallo; es tan raro y tan disminuido. ¿Será, de alguna forma inentendible para mí, más amplio el mundo? Podría ser más basto que, este mero estrecho en el que me encuentro, podría ser de exorbitante amplitud. Solo me queda conformarme con estar aquí, hasta encontrar una respuesta –o una pregunta– que me satisfaga.
¡Un momento! Oigo voces, y… ¡las entiendo! Las interpreto a la perfección. Usan los mismos términos y lenguaje que yo. ¿Cómo ha de ser un lenguaje distinto al mío? Sus palabras me ayudan a unir este rompecabezas irracional que intento formar.
–Pobre, no puedo creer que no lo volvamos a ver –decía una de las voces.
Pero ¿dónde estaban aquellas voces? Eran sonidos provenientes de algún lugar lejano o ajeno a mi vista. ¿Pertenecerían aquellas voces a algún cuerpo?, o ¿acaso, simplemente flotaban en el vacío y el camuflaje de la oscuridad? La sonoridad proseguía:
–Fue un bueno ser humano, lástima que fue víctima de la desgracia.
¿Un humano? ¡Eso era! ¡Ya sabía cómo se llamaba mi categoría! Supongo que solo han de existir “los humanos”. Mi ignorancia se está marchitando, gracias estas voces, encargadas de suministrarme más conocimientos. Oh, cuánto poder y superioridad ante mí. ¿Son estas voces seres superiores a mí? Creo que, según los conceptos en mi cabeza, a este tipo de cosas, se  llaman “dioses”. He encontrado a aquellos benevolentes, que me abrirán los ojos y me mostraran un mejor mundo, exterior a este pequeño espacio cubierto de negro, en el que permanezco.
–Se ha ido, espero. Nada podemos hacer, madre.
–¿Por qué a él?, si era un buen hombre. Tenéis razón, Clotilde.
–Así es madre. Cuánto dolor el que te hayas ido, hermano.
Cuánta alegría, no lo puedo creer. Según la información suministrada en mi mente, estas voces son mi familia. ¿Soy un semidiós entonces?
–Ojalá algún día nos volvamos a ver, Santiago, querido esposo.
Me han bautizado, he descubierto mi nombre; después de tanta soledad, después de sentirme morir y reencarnar sin parar, entre el olvido. He ido a dar con extranjeros, extranjeros a este limitado espacio. Ya casi consigo rebasar mi desconocimiento y viajar a lugares que esas voces me han de mostrar. Aunque, esto es algo confuso: ¿si aquellas voces son reales y son lo que dicen ser, por qué no logro verlas o palparlas? Solo consigo oírlas, sería válido decir incluso, que son solo ilusiones, ilusiones reveladoras. Tal vez es algo que aún no podré comprender. ¿¡Esto es real!? ¿¡Son reales ellas!? ¿¡Soy yo real!? ¿O es todo una falsedad? La intriga me abruma, entre la tormenta de la duda, la angustia me posee. Si no consigo una aclaración rápido, es probable que pierda la razón, o es posible que, en realidad la adquiera… Les imploro a aquellas voces que me respondan pero no me oyen, no contestan a mis suplicas. ¡Oh, voces, por qué no me contestan!
–Ya está en otro mundo, Sofía. En un mundo mejor.
¿Se está refiriendo a mí, con respecto a lo de “un mundo mejor”? Ya comprendo: ellas son de mundos paralelos, mas gracias a sus habilidades supremas a las mías, logran que yo las oiga ¿O seré yo el dueño de esas habilidades, por oírlas desde acá? ¿He de ser algo más que un simple humano? ¿Serán ellos, algo inferior a un humano? Pero, ¿”un mundo mejor”? Cómo se ve que no lo conocen, este lugar no es mejor que nada. ¡Absolutamente nada! ¡Que alguien me diga por qué y cómo llegué a este sitio! Estoy a punto de volverme loco, si no es que ya lo estoy.
–Nada peor que morir loco.
¿Se percataron de mis palabras y por ello dijeron eso?
–Tienes toda la razón, la enfermedad lo llevó a eso. Él no tuvo la culpa; no aguantó, el alzhéimer terminó derrotando a su memoria y por ultimo a él. Fue el desgraciado, febril y funesto alzhéimer el que lo mató.
¿Estoy muerto? Pero no, estoy vivo. Aunque…, si me hubiesen enterrado vivo entonces qué hago en este mundo.
–Hemos de admitir que él tampoco eligió que se le encerrase vivo en esa caja. Sin embargo, era lo mejor para todos, hasta para él; si no, estaría muerto por la locura. El alzhéimer podría haber logrado que se olvidase de ello y lo más seguro es que ya no respire.
¡Oh, ya me acuerdo! Me acuerdo de todo.
Cuánta oscuridad, cuánta soledad, cuánta confusión lúgubre hay aquí. ¿Qué es esto?, ¿qué me ha pasado?... ¿Dónde estoy? ¡Lo tengo! Ya lo sé, recuerdo qué estaba haciendo. Sin más que expresar o que se me ocurra decir con ánimos: cerraré mis ojos y oídos, no hablaré más palabras, y solo me dedicaré a morir. Morir dulcemente, una dulzura con gotas de resignación lamentable; entre el olvido, entre la oscura soledad. Hasta volverme polvo, así, no solo mi mente se olvidará, también mis cenizas han de ir a parar en el olvido. No el olvido generado por la enfermedad, si no el olvido definitivo, del que nadie puede huir: el olvido existencial.  


FIN.
Si desea oír esta historia narrada en vídeo, puede hacerlo haciendo click aquí.


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