viernes, 10 de marzo de 2017

Relato: Longevidad

---------------I---------------

La enorme y distante luna brillaba intensamente alumbrando entre la oscuridad del cielo, en una atmosfera llena de silencio, con solo desolación y de vez en cuando, unos que otros árboles a la vista. Perdido, sin tener idea siquiera de en dónde me encontraba, estaba desesperado por hallar al menos un techo seguro donde protegerme de la negra y misteriosa noche, teniendo como compañía solo a las estrellas y los insectos que se divisaban.
Entre el desespero y cansancio por haber recorrido varias horas sin premio alguno, después de un extenso tiempo, que me hacía creer que no hubiese nadie ni nada más en el mundo, salvo yo y aquellos escasos árboles, la oscuridad y demás cosas a las que hice mención anteriormente, mis ojos lograron percibir a lo lejos un palacio, escondido entre una pila de árboles, que al acercarme me di de cuenta que dichos árboles, hacían parte del jardín de aquella construcción. Era un castillo lúgubre y enigmático. Daba la impresión de que tuviera muchos años de existencia como para haber albergado a varias generaciones, por su aspecto tan acabado en las torres y las paredes. Sin duda alguna, su dueño debía ser alguien quien le daba igual el estado superficial de los objetos; pero era muy distintos con lo biótico, ya que, en cambio, la jardinería del patio, era esplendida y bien cultiva. Se me era difícil creer que la naturaleza sola se encargase de albergar tal belleza y viveza en aquellos cultivos: arboles, flores, esculturas verdes y demás. Lo que confirmaba mi hipótesis de que alguien debía estar cuidando de ellas, es decir, que alguien debía habitar en el castillo.
Abrí la enorme reja, que estaba sin seguro y rechinaba fuerte e irritantemente; el acero que la componía estaba demasiado acabado y oxidado. Al desplazarme entre el camino que conectaba entre la reja a la puerta principal, mis ojos se deleitaron con la bella vista que podían otorgar aquellas bellezas plantadas: arboles de todo tipo, y en todos los tamaños, flores y plantas magnificas. Era incongruente el que un hogar tan esperpento y viejo tuviese tan preciosas plantas. El jardín era lo único que daba una vista deleitable y salvaba de decir que aquello era un horripilante y desagradable lugar; puesto que, pintaban las pinceladas de hermosura suficiente para olvidarse de lo feo que era la estructura física de lo que alguna vez –quizás– fue un portentoso lugar.
Al desplegar la puerta, me percaté de un brillo que provenía de una de las habitaciones del sitio, confirmando mi teoría de que el hogar todavía tenía habitantes en él. De inmediato alcé la voz y grité, haciéndome notar, para que los inquilinos se diesen cuenta de mi llegada y no entrar en silencio, como si buscase pasar inadvertido; pues se asustarían, o pensarían que había algún intruso con intenciones malas. O, hasta en el peor de los casos, ser víctima de un golpe aciago, provocado por el miedo, siendo este ejecutado con motivos de defensas. Nadie respondió a mi voz, y al terminar mis últimos ruidos, la blanca luz se apagó, quedando en completa oscuridad, al igual que en el exterior, bajo la luz de la luna. Esta vez, ni siquiera la luna estaba para alumbrarme. Seguí vociferando, para ver si así conseguía, por lo menos llamar la atención –cosa que, creo que desde que pisé el sitio había logrado–, sin embargo todo seguía en un silencio que provocaba pavor, mientras más tiempo pasaba.
Avanzaba calmoso, abriéndome paso entre la negra ambientación del espacio, dando solo la vista de un profundo e inalterable negro, acompañado de una calma que no se inmutaba por ninguna otra voz más que la mía. Por más que clamaba, nadie respondía a mi alboroto. Logré llegar al cuarto, después de un tranquilo y lento recorrido, como consecuencia de la falta de iluminación del sitio. Mala hora para no llevar ningún objeto que transmitiese luz, con que ayudarme. Giré hacia todos los lados, hasta encontrar el botón que encendía las luces de la habitación; el cual se apagó apenas lo encendí. Al intentar encenderlo de nuevo, este ya no respondía. Fue una voz la que me sacó de mi confusión y estrés entre la soledad y desconfianza.
–¿Qué desea usted, caballero? –Pronunció una voz desconocida que me alteró, provocándome sudor por culpa de la sorpresiva aparición.
Al voltear, me topé con una lámpara de aceite encendida, la cual, la sostenía una mano. La mano se elevó, hasta dar con el rostro de un hombre, iluminado por el aparato.
–Gracias al cielo. Discúlpeme por entrar así a su hogar. No se preocupe, no vine con ningún fin malévolo o deshonroso. Ando perdido y su palacio fue con lo único que me logré topar, para resguardarme de la noche.  
–Descuide, no vengo a juzgarlo; lo comprendo. A menudo llegan aquí personas extraviadas,  baldragas.  Mi esposa y yo, con gusto los recibimos.
El hombre me invitó a pasar a la sala. Era un anciano, su edad ondeaba los setenta u ochenta años. Su cabeza carecía de cabello, y el poco cuero cabelludo que tenía, estaba blanquecido por canas; bajo y de caminado encorvado. Su esposa, igualmente vieja, pero dulce y de misma forma agradable, me ofreció comida. Yo no pude negar, el hambre que poseía en ese momento era mucha, después de haber caminar largas horas, perdido a las afueras del pueblo, sin comida, bebida o guía alguna. El anhelo de encontrar algo más allá de la angustia y desesperación, no dejaba más que cansancio, ansiedad y por supuesto, hambre.
Mi curiosidad no logró detenerse, no pude evitar reparar minuciosamente el interior del castillo. Había un montón de cuadros, candelabros, esculturas y demás; las habitaciones eran muy elegantes y reconfortantes. Aunque, evidentemente, tanto por fuera como por adentro, el lugar llevaba consigo la evidencia de su antigüedad. Solo que, en su interior estaba mejor organizado y era notable que recibía una ordenada limpieza; mas, eso no le quitaba su aspecto misterioso e intrigante. Había algo en ese lugar que desestabilizaba mi calma,  tenía algo que me perturbaba, pero no lograba llegar a saber qué; por supuesto que ese raro castillo, debía de esconder algo.
-Vi que tiene un jardín muy hermoso, es espléndido su cuidado y la belleza que posee. –les dije, con muestras de  reverencia y respeto.
–Muchas gracias, ¿don…? –Respondió el hombre, preguntando por mi nombre.-
-Edgar, señor.  
–Mi esposa siempre se ha sentido atraída por la jardinería, adora sus plantas. Cada una de las cosas que se hallan en su jardín, se ha encargado de cuidarlas puntillosamente, desde que tenemos el castillo como hogar. Sin embargo, la parte superficial y exterior del hogar, por desgracia, no es así, pues estamos ya viejos y no podemos o agrada, estar tan detallistas en ello, fosándonos de tal forma; es muy tedioso. El jardín, es algo que, sin importar la edad, la voluntad de mi esposa hacia él, nunca se acabará.
A menudo se extravía gente por aquí, llenas de baticor expresó la mujer– y siempre la recibimos muy bien. Nos complace ayudar a los demás, señor, Edgar.
–Muchas gracias, es un gusto enorme el que me atiendan de tal manera aquí. No se preocupen por mi estadía, solo estaré hasta mañana, y me iré junto con el sol, a las seis ya me encontraré afuera.
–No –insistió la anciana–, quédate más tiempo, es lo mejor. Por estas fechas se avecina el invierno y no es muy conveniente para ti. Falta mucho para llegar al primer pueblo. Por nosotros no habrá será colérico, sino alacre.
No objeté más ante la petición de los esposos. Me sentiría cómodo al quedarme aquí unos días más. Le pregunté el nombre a la pareja de ancianos, pero al hacerlo el hombre esquivo mi pregunta afanándonos para ir a dormir, debido a la hora, impidiéndome inquirir.

---------------II---------------

Al día siguiente, me desperté y lo primero que hice fue saludar al señor, junto a su esposa, siguiendo inquieto por la identidad de ellos. Supuse que debería conformarme con saber que me estaban dando posada en su casa  y nada más. El anciano me habló sobre un viaje que haría con su mujer a un lugar no muy lejano de aquí, por razones que no comprendí. Les pedí si me podrían llevar con ellos, para así no molestarlos más y quedar cerca a algún pueblo, pero se negó. Según él, alguien debía cuidar del palacio, podría ocurrir algo si nadie estuviese aquí. No pude negarme al estar de huésped y tuve que asentir a cumplir su petición.
Quise salir al jardín, a observar las bellezas que estaban situadas allí, más hermoso que cualquier otro jardín de este curioso planeta. Mi deseo fue detenido por una puerta que estaba bastante ajustada, la única forma de pasar seria derribándola, y eso no era debido. No cabía en mi mente una orden de ideas que diesen a una conclusión sobre el porqué los señores me hubiesen dejado encerrado al menos no una conclusión honrada–; pudo haber ser descuido de ellos. Debido a mi sospecha sobre el palacio, mi nerviosismo y temor se exteriorizaron, producto de un murmullo proveniente del último cuarto del castillo. No había recorrido hasta allí, pero, debido a mi histerismo por seguridad, me asomé cautelosamente a ver el generador de aquellos sonidos.
Al asomar mi vista, cubierta por la pared que me cubría de ser descubierto fácilmente, pude dar con los productores del sonido. Para mi sorpresa, eran los ancianos, dueños del castillo. Me contuve de hacer ruido, para descubrir la razón de su engaño, encubierto bajo la mentira de aquel viaje. Abrieron la puerta del cuarto, el espacio estaba muy oscuro y logre escabullirme entre él sin que ellos se enterasen. Había muchos objetos, y un sinfín de extraños símbolos, trazados por todas partes, pertenecientes a algún grupo desconocido para la humanidad, pues jamás había visto, en toda mi existencia, símbolo similar. Eran demasiado extraños, y con total convicción, digo que eran ignotos para cualquier hombre en este planeta. Tan singulares e indescifrables, que, ningún ser humano lograría imaginar algo semejante a ello: aquellas líneas y círculos que conformaban los símbolos, eran tan incomprensibles, que no ofreceré definición sobre ellos, más que los adjetivos de: inhumanos, insólitos y misteriosos. Al girarme, intentando evadir cualquier cosa que llamase la atención, para huir intrigado y aterrado por lo que había presenciado, una mano se posó sobre mi frente con elevada temperatura. Mi visión se iba cerrando, durmiéndome, quedando solo el recuerdo de una extraña voz expulsando palabras extravagantes y sin sentido entre los conceptos humanos.

---------------III---------------

Me recapacité en un sitio sin iluminación. Había más voces en ese mismo espacio, era evidente que me hallaba rodeado por más cuerpos, que debían ser de humanos, de humanos vivos... Todos alterados, confundidos y aterrados. Alguien retiró el enorme techo que nos cegaba la luminosidad. No hicieron salir de entre la oscuridad donde nos hallábamos. Era de noche, y estábamos a la intemperie, en una zona desolada, que parecía tan antigua como la vida terrestre misma. Toda la zona agrícola estaba estropeada y podrida, marchitada por completo, sin esperanzas de vida nuevas. El sitio estaba iluminado por antorchas grandes, encendidas mediante el fuego que iluminaba en gran cantidad el lugar. Nos sacaron de aquella prisión estrecha por la fuerza, tratándonos como animales, sin piedad o delicadeza alguna; a mí y a todos los demás que estaban encerrados junto a mí; con los brazos atados mediante fuertes nudos y los pies encadenados. Luego nos ataron a todos, formando una enorme pila de individuos enlazados; por suerte, cuerpos con vida. Los aparente responsable de esto, que nos rodeaban a todos los que estábamos atados como esclavos, no llevaban ropa, todos ellos estaban desnudos. Parecía alguna especie de extraño y anacrónico ritual. Los calatos, parecían locos psicópatas e insensibles. Había un gran número de miembros allí, era una enorme secta.
El anciano que me había albergado en su casa, el muy desgraciado estaba entre los integrantes de aquel culto. Le grité e insulté, exigiendo explicaciones sobre tal acto tan desquiciado, mas éste solo se quedó en silencio, ignorándome. Minutos más tarde comenzó a hablar.   
–Queridos hermanos, preparaos para el acmé de la ceremonia. Una vez más, nos encontramos en anagnórisis, para realizar el proceso de rejuvenecimiento, que nos mantiene en la eternidad; sobreviviendo a millones de años, desde los comienzos de la vida en este planeta, en el que alguna vez fueron otras especies y criaturas diferentes a los humanos quienes lo habitaban y dominaban. Como cada cincuenta años, nos reencontramos para hacer reverencia y petición al más grande y más poderoso, único señor, máximo a todo lo mundano. Dios de la vida, Biodus, el soberano y eterno sabio.
Me percaté al instante de que, claramente esto era un culto. Aquel nombre era el perteneciente a la deidad que daba sentido a este culto y que alababan, reuniéndose cada cincuenta años, para adorar y rendirle tributo. Todavía no entendía qué importancia teníamos todos los que estábamos presos de nuestra libertad en toda esta ceremonia.
El hombre se puso en el centro de un dibujo trazado en el suelo, el dibujo era el mismo símbolo que observé en su casa. Comenzó a pronunciar palabras en un idioma alejado a todo lo humano, y alzó su brazo derecho. Al hacerlo, el resto de los desvestidos le siguieron en el acto y levantaron la mano, mientras repetían las palabras que líder de la arcana tertulia recitaba. Para mí eran ilógicas y herméticas. Algo que fue fácil de notar para mi visión, fue que, en las palmas de cada uno de los miembros del rito, estaba trazado el logo que se encontraba dibujado en el piso. Tal parecía que era el logo del ritual, o quizás del dios mismo.
Cuando finalizó el discurso, el hombre salió del cirulo. Dentro de la circunferencia, un brillo se empezó a materializar y un líquido, negro como el petróleo surgió de entre la nada, en el interior del enorme círculo. Una figura empezó a surgir del oscuro líquido, mientras iba ascendiendo hasta divisarse su altura completa. Medía más de dos metras, era atroz e inquietante. El viento y humo que trajo consigo, al dispersarse dejó ver su forma superficial, despertando en mí el más oscuro y penetrante de los sentimientos relativos al miedo.
El tenebroso ser tenía un rostro mórbido, que recordaba a un cráneo. Su cabello enmarañado cabello era largo hasta más debajo de sus pies. Sus ojos, esos esplendidos ojos azules, capaces de cegar a cualquier incauto que no conozca sus demás cualidades y se deje guiar solo por esos excepcionales ojos. Eran únicos e incomparables. Su piel era escamosa y gruesa, salvo en las palmas de las manos, que tenían el aspecto de unas manos humanas, con cinco dedos, uñas blancas y comunes como cualquier otras manos humanas. Era lo único de su estructura que se asemejaba a un humano. Su vientre estaba conformado por un material que mi vaga mente logró comparar con granito. Extraño y perturbador en todos los sentidos. El líquido negro que estaba en el suelo durante su materialización, se esfumó, siendo reemplazado por algo que parecía ser lava, y se moldeó hasta quedar convertida en agua. Gracias a un cambio espontaneo. El ser giraba su cabeza en busca de algo, o alguien, taciturno e inexpresivo. Detuvo su vista por un momento ante nosotros, los que estábamos presos conformando el gran conjunto de cuerpos. El viejo que había hablado minutos antes –quien aparentemente era el líder de esta secta–, lo llamó el ser, alejándolo de nosotros.
– Biodus, mi señor. Nos inclinamos ante su presencia.
La criatura inhumana se dirigía hasta el anciano, que estaba a pocos pies de él aA medida que se desplazaba, aquella agua se iba evaporando, y todo lo que estuviese bajo sus pies, o alrededor, cobraba vida: el acabado y machito pasto revivía.
El ser comenzó a hablar en un idioma extraño, que, probablemente sería el mismo que habían usado los decrépitos antes. Segundos después, fue el anciano líder quien habló en español.
Acto seguido, el ser alzó sus manos, inclinándolas hacia el frente; los demás hicieron lo mismo. El enigmático personaje hizo un estruendoso golpe al juntar sus dos manos. Un destello de luz iluminó toda el área. Cuando la luz se fue, también lo hizo la vejez de todos los miembros del culto. Aquellos que eran vejetes, ¡ahora eran jóvenes!
En ese momento comprendí el sentido de esta reunión, de esta oscura secta desconocida por la humanidad, y la razón de la presencia de aquella cosa.
Estos ancianos conformaban una secta ancestral, más antigua que la especie humana. Eran una raza de seres provenientes de otra parte del cosmos ajena a la tierra. Veneraban a aquella criatura, porque les daba larga vida, otorgándoles juventud. Desde los comienzos de la humanidad, durante la creación de las primeras moléculas de vida terrestres, ellos ya estaban en el planeta tierra. Vieron nacer y evolucionar al hombre, y fueron cambiando de apariencia junto a nosotros, según los obligase la evolución y época por la que la humanidad estuviese pasando, camuflándose así ante los humanos, permaneciendo ocultos ante los ojos terrícolas, desde los tiempos primigenios de la tierra. Quién sabe cuán cantidad tan exorbitante de años de vida han de tener aquellas criaturas alienígenas. De no ser por ese ídolo, al que veneraban, se hubiesen extinguido hace muchos años, pues su periodo de vida promedio no pasaba de los noventa, a menos que fuese alterada, deformando las leyes naturales que rigen el orden de la vida de los seres existentes del universo. Aquella deidad va más allá de todas esas leyes que rigen el universo, él va más allá de todo eso. No es de este mundo y tiene poderes capaces de desobedecer cualquier norma de nuestro extenso mundo, está por arriba de todo lo imaginable. La antigua especie se reúne cada cincuenta años para venerar a este dios, y así este les pagase con el rejuvenecimiento que anhelaban para lograr sobrevivir, sin importar cuantos eones de años pasasen. Ellos solo debían pagarle con respeto, el culto y ofrendas para complacerlo, y para ello se aprovechaban de su manjar favorito. Llevaban humanos como tributos, para ser devorados por él. Una enorme pila de cuerpos, complacientes del capricho de aquel horripilante ser; de esa forma ellos obtendrías su recompensa y lograrían existir por muchos milenios más, quizás hasta la extinción del mismo hombre. Desgraciadamente yo había caído presa, y hacía parte de los desdichados capturados que usarían para aquel acto de inmolación tan desalmado y horrendo. No me quedaba más que gritar en busca de un desahogo de tanto dolor por culpa de aquella oscura secta longeva, y hacer parte del festín del despiadado dios eterno y desalmado. 

FIN.


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