lunes, 25 de diciembre de 2017

Relato 42: "Ojos culposos"


El amor se había posado en los sueños de Martha, prometiéndole una vida llena de flores antes de que el sol saliese, viviendo en la ignorancia del amor, sin saber en verdad cómo era el mundo. Se sentía feliz anhelando, pensando que cuando llegase aquel esperado, construiría tales sueños. Pero el amor llegó y Martha no pudo evitar llorar cuando vio sus ilusiones ser llevadas por el viento cotidiano.
A diario cultivaba sus deseos, optimista, mediante esos libros y películas que prometían alegrías sin necesidad de tristeza, y conocer personas sin necesidad de conocer también el dolor.   
Antes de los dieciocho, conoció a Rigoberto. Un hombre que le enamoró puntillosamente. Desde el instante en que se cruzaron, Martha le susurró al cielo que había llegado la primavera ansiada. Era un joven alto, provisto de lisonjeras palabras, con las cuales consiguió atrapar en sus brazos a aquella soñadora, atraparla en su hogar, en su vida.
Martha, era una muchachita de personalidad alegre y radiante, con unos cabellos que se extendían hasta su delineada cintura, para trazar a la perfección las líneas que formaban su delgado cuerpo, donde la espalda subyacía en el abundante castaño que bajaba desde su cabeza. Tenía bellos labios, bello cuerpo, bella nariz y cualquier otra parte trivial que un hombre pudiese aprovechar para alagarla. ¡Ah, pero sus ojos, sus ojos eran sin duda alguna, el rasgo más destacable! ¡Eran tan majestuosos que, a pesar de ser uno de los detalles faciales más triviales, no cualquiera era capaz de elogiarlos! ¡Su precioso brillo, que parecía germinar desde la estrella más viva en el cosmos, naciente de la más pura nebuloso! Rigoberto, fue el primero capaz de direccionar, eficaz, su amor hacia aquellos luceros verdes.
Luego de semanas, donde los sentimientos se descubrían y analizaban, sin llegar a conocerse lo suficiente, impulsados por las flores, decidieron irse a vivir juntos. Formarían su hogar, seguros de que eran el uno para el otro, aquella alma irrepetible en la vida de cada uno.  
Las primeras semanas, la primavera siguió vivaz. Al llegar los meses, esta se marchitó. El comportamiento del esposo había cambiado. Esas palabras de constante loar, esos besos apasionantes, esas miradas donde se encontraban y advertían mutualidad, esa felicidad inicial, ya no estaban. Había partido, sin avisar cuándo volvería, o si es que acaso se iría para siempre, dejando solo el recuerdo de lo que alguna vez fue una idílica relación.   
Ojalá hubiese sido un error lo que él hizo y se percátese de ello, reconociendo su error. Martha sabía que no pasaría y que el único error fue entregarse a sus impulsivas emociones, que la habían condenado a esta desgracia. ¿Dónde estaba ese amor prometido, que tocó y corrió hacia abajo sin mirar, cual río que, tras cada día, no hay rastro de las primeras aguas que corrieron por él? ¡Dónde estaba su alegría! ¡Su Edén, oh, su Edén, corrompido por esa tribulación que angustiaba su pobre espíritu! ¡Por qué había partido el querer y adónde había ido a dar!
Pasó a tenerle odio a aquel monstruo que la había condenado a la pesadumbre. Y fue entonces por esto, junto a su desesperación, el que sus caricias hallasen otra persona. Tenía amigos, de los cuales ninguno podía ser conocedor de sus penas, por miedo a Rigoberto. Entre esas compañías, resaltó cierto hombre humilde, que consiguió cultivar su afecto, hasta llegar a desarrollar la mutualidad que Martha extrañaba. Y cuando la encontró de nuevo, a pesar de la moralidad, de sus temores, o de las consecuencias, se aventuró a un romance clandestino, compartiendo casa con el Sr. Álvaro Mejía. En la tarde, mientras Rigoberto trabaja, era Álvaro Mejía quien la hacía sonreír, fuese bajo un techo o en la calle. Aunque durmiese de noche con Rigoberto, sus sonrisas, sus pensamientos y sus sueños eran de quien había llegado más tarde a su vida.
Tras cada beso que se daban sus labios sentían mayor deseo por su amante y mayor desprecio por su esposo. Cada vez que hacían el amor, Martha comprendía lo infeliz que era viviendo al lado de aquel monstruo, hasta que, en una tarde, estando en la casa de Álvaro, se dijo la verdad que conocía y le daba pavor pronunciarla: su matrimonio era un fracaso, sin arreglo alguno; absurdo era seguir en esa mazmorra, donde cada amanecer era una nueva espina para su desdichado ser, que vagaba en busca de flores, encontrándolas ahora. ¿Entonces, por qué no huir de ese lugar? ¿Por qué no, partir hacia este nuevo jardín que le hacía renacer en las tardes, antes de morir en el instante en que Rigoberto pisaba la casa? Sí, lo haría. Se marcharía y sería feliz, lejos, de la mano de su amante, pudiendo recrear esos idílicos paisajes que solo existían en su mente alimentada por ilusiones frustradas. ¡Sus ojos nunca más llorarían! ¡El verde viviría en eterno sosiego, contemplando el café de Álvaro Mejía!
Por ello, en aquella ocasión, decidió no llegar a su morada y quedarse a dormir ahí. Esa vez hizo el amor como nunca antes, celebrando su victoria futura. En el acto sexual gritaba el rompimiento de sus cadenas; empero, sin haberse liberado aún, pues debía llegar a su calabozo para recoger sus cosas.
Álvaro quiso acompañarle, temeroso de lo que pudiese hacer su esposo, ansioso también por tenerla ya a su lado cruzando las afueras de la ciudad. Ella rechazó, prometiéndole que todo saldría bien. Se encontrarían dentro de tres horas en el mismo parque, donde acostumbraban pasear, al su esposo ir al trabajo, ya que era imposible salir antes. Primero debería calmarlo y darle explicaciones. Al despedirse mediante un beso, Martha creyó ver una figura en la ventana. El horror le invadió, al imaginar el dueño de esa figura, si le hubiese visto cuando… Volteó su vista hacia atrás, para encontrar a Álvaro, aterrada, mas no lo encontró. Tuvo que entrar, en espera de su futuro.  
Al abrió la puerta. Rigoberto estaba de pie, junto a la mesa ubicada en el centro de la sala. Este le miraba colérico, sin palabras qué expresarle, ese lenguaje que a ella siempre la atormentaba.
–¿Dónde demonios estabas? –preguntó él, mientras se acercaba, sin despegar la mirada de sus ojos, cabeza inclinada y boca inquieta, haciendo ademanes con sus manos no muy levantadas.
Martha no respondió. No sabía qué responder. El dilema le impulsaba por una parte a mentir y por otra a confesarle su nueva relación.
–¿Y ese otro…? –Rigoberto no terminó la frase.  
Le agarró por el cabello y ella comenzó a sollozar, implorando piedad. No buscó más a hablar, porque no había nada qué hablar. Todo estaba hecho, incluso su destino.
–¡Ingrata! ¡Maldita ingrata! –le gritó Rigoberto, derramando a veces gotas se salivas que impactaban contra su plañidero rostro–. Te he dado amor y posada, te he mantenido y me pagas de tal forma, amaneciendo con otro, y encima que te acompañe hasta acá.
Una palabra bregó por salir de la sellada boca de la miserable, mas no pudo. Entonces, su esposo, le sacudió de los cabellos hasta tirarla al piso y prosiguió a dirigirle golpes en su vientre y sus brazos, mientras le maldecía en cada choque.
–¡Cómo pudiste, Martha! ¡Cómo osaste posar tus ojos en alguien más! ¿Acaso no me amabas?
A diferencia de ayer, esas expresiones ya no servían para hacerla sentir culpable, si no miserable. Por primera vez, como si sus penas le estuviesen ahogando, viéndose obligada a hacer arcadas para no morir, le dijo, entrecortado:
–Eres un monstruo.
Al decir esto, su garganta por fin se sintió plácida, hasta que su mejilla fue herida por la pesada mano masculina. Rigoberto la levantó del pelo. Ya que Martha se oponía a dejarse llevar, la arrastró por el piso, jalándola, hasta llegar al cuarto en el que dormían y encerrarla allí. La empujó, sin compasión, encolerizado, cerró la puerta con llave y la dejó ahí olvidada, entre sus dolores y lamentos. Su paraíso se había marchitado con la llegada de las nubes provenientes de sus pupilas, que explayaban vastas gotas de lluvias que morían en el piso, al caer desde lo alto, luego de fluir por sus cachetes hinchados.  
Pasaron dos horas y seguía encarcelada, horrorizada por su desgracia. Su pasado completo le repudiaba ahora. El odio se entremezclaba con un rencor naciente de no solo la frustración, también de la opacidad celeste, impidiéndole la huida de su infierno, por aquel cruel ser indigno de aprecio alguno.
Llegó la noche, estando la luna en lo alto, la mujer lloró con fervor, pensando que su amante no lograría ayudarle, teniendo que resignarse a ese encierro. Alguien tocó a la puerta. Al oír, su corazón latió raudo, reviviendo sus esperanzas, preguntándose si era posible que aquel visitador era aquel por quien gemía. Cuando Rigoberto abrió la puerta, algo –tal vez el viento, que arrastraba el olor de aquella piel que conocía a la perfección– le advirtió que en verdad era Álvaro y estaba para rescatarle. Sí, ¡ahí fuera estaba su libertad! ¡Ah, pero ese bribón se lo impedía! Escuchaba alegatos que se nublaban por la distancia. Su alma, nerviosa, deseaba salir e ir a ayudar a Álvaro, para luego entregarse a sus brazos y decirle: “Soy libre y por ello ahora soy tuya; escapemos de este infierno y de aquel demonio que me torturó durante eones”. Bregó sin conseguirlo. Cuando escuchó el umbral ser cerrado descubrió una abertura en la puerta que le detenía; buscó cualquier objeto afilado con el cual pudiese extender la abertura, hasta dañar parte de la madera, por la cual se escabulló, abriendo el resto con los brazos. Corrió hasta la fuente de la sonoridad. No había nadie. Se desplazó a la ventana y vio la silueta de su marido acercase, empero, la del anhelado no estaba.
Su esposo entró y, mientras cerraba la puerta, no la vio todavía afuera de la habitación. Cuando la chapa sonó al ser ajustada, aquel fervor en Martha resurgió de nuevo, harta del sufrimiento y la desilusión. Agarró un grueso florero y antes de que Rigoberto le esquivase, lo rompió en su cabeza. Al instante cayó, pudiendo arrodillarse aún. Su furia creció, al ver que el monstruo no había cedido al golpe. Corrió a la cocina, tomó un cuchillo y en cuestión de segundos, Rigoberto, apoyado en el piso con su mano derecha, mientras se sobaba la cabeza con la mano izquierda, aturdido, solo pudo alzar la mirada, para brindarle júbilo a Martha, al ver la expresión aterrada de sus ojos. Sucumbió ante la muerte, arrancada su vida por el cuchillo que se clavó sobre sus dos ojos. Primero sobre el izquierdo y al gritar, chorreando la sangre por su región ocular, retorciéndose de dolor; luego, la mujer cogió rauda el cuchillo, le dejó que agonizase primero y al satisfacerse, se lo enterró en el ojo faltando, destrozándole los dos, acabando así con aquel maldito que había devastado sus utopías.  
De repente, esa euforia por asesinarle, pasó a ser arrepentimiento culposo, por haber hecho tal atrocidad. Era ahora ella también un monstruo, al haber hecho cosas peores. Confundida, se echó a llorar junto al cadáver de su esposo. Quiso levantarle la cabeza para verle y al notar el chorro de sangre secándose, y las cuencas devastadas, se levantó horrorizada. Escapó de la morada, sin mirar hacia atrás y sin pensar en nada más que correr, correr muy lejos, escapando de él…, no por libertad, o por el odio hacia él, sino por el odio hacia sí misma, avergonzada de lo ocurrido, sin saber siquiera con exactitud hacia dónde se dirigiría.     
Sin organizarlo, terminó en la casa de Álvaro. Pero este no estaba; tal vez estaría buscaba la forma de irrumpir en la casa de ella. Se preocupó al pensar en que lo lograría y vería al fallecido, descubriendo su pecado. Abandonó también ese lugar, por vergüenza con Álvaro. Caminó por esas calles, afligida. Posó su vista sobre el pequeño lago del parque, viendo a los peces nadar. Creyó que así encontraría paz, y como evocación del sufrimiento, al que estaba condenada por culpa del amor marchitado, revivió la escena mórbida. Al ver el azul cristalino, se reflejó, donde se suponía, debía reflejarse su cara, se reflejó la cara de su víctima, con las cuencas oculares vacíos, rodeadas por la sangre pululante, que bailaba por toda su pálida piel.
Ululó, espantada por aquella rememoración. Cayó en el agua, y su pavor fue mayor. Sentía que se ahogaba, sentía que alguien le jalase, intentando hundirla, donde yacería lamentándose, pagando sus males. Antes de sucumbir, unos brazos llegaron a su salvación. Salió a la superficie, sobresaltada aún.  
–¿Te encuentras bien, muchacha? –dijo una voz masculina, perteneciente al individuo que sostenía su hombro derecho. Ella no respondió. Se quedó mirando hacia el frente, titiritando, ensimismada en su nefasto pensamiento.   
–Por poco mueres, niña –dijo quien estaba a la izquierda. Era una mujer.
Elevó la cabeza y descubrió la misma evocación del estanque en aquellas personas. Lanzó un alarido que perturbó el viento. Pudo sentir una gota del líquido rojizo caer sobre su helada piel. Recobró fuerzas milagrosas. Los apartó, terminando en plañidera fuga.
En su carrera, no podía despegar de sus recuerdos aquellas cuencas limpias por el negro y aquella epidermis manchada de rojo. Semejante a la primera vez, llegó a la casa de su amante. No se percató si no cuando iba a pisar el umbral. Esta vez no le importó culpa alguna. El dolor era más fuerte que el arrepentimiento en ese momento. Tocó la puerta, cual desesperado implorando ayuda. Álvaro la recibió: al abrir, Martha se tiró sobre él, gimiendo a granel.
–Yo lo maté… Yo lo maté… ¡Fue sin querer! ¡Pero fue intencional! ¡Por qué yo, monstruo soy, Álvaro!  
El hombre, desorientado, acarició sus cabellos, mientras le infundía paz mediante sus palabras. Álvaro, análogo a su antiguo amor, que yacía tirado en el piso de su casa, también poseía el don de la palabra, capaz de anidar sosiego en sus ojos, por más nublados que estuviesen. Fue difícil y las horas de llanto fueron anacrónicas; sin embargo, consiguió sembrar serenidad en aquella atormentada. Cuando consiguió armonía, intentó contarle su historia, no sin que, por momentos, la pena asomase.
–Me tenía encerrada –comenzó Martha–. Y cuando tú llegaste, deseé ir a verte. Escapé y vi, desde sus espaldas, cómo cerraba la puerta, a punto de devolverme a ese miserable encierro. En mi mente se cruzaron mis ilusiones derrumbadas por sus mentiras y entonces… –hizo una pausa duradera, tomando aire para seguir. Su emisor le oía con atención–. ¡Lo maté y saqué sus ojos! ¡Pero él no se merecía tampoco tal cosa, oh, Álvaro! 
Esta vez la pena ganó y se rompió la inestable avenencia emocional.
–Pobre Rigoberto –dijo Álvaro. Su voz era de un tono distinto. Martha irguió su frente y al verle se agarró de la silla, elevando sus cejas, sorprendida, al ver a su difunto esposo, aunque con su cara intacta, sin herida alguna, sus ojos perfectamente fijados en ella–. Ese apasionado hombre, que te hizo escribir tu propia historia romántica, donde fuiste muy feliz y el amor avivó a diario tu optimista corazón –una sonrisa ufana se creó en sus labios, tan rojos como la primera vez en que los vio–. Él, que te dio besos, abrazos y estrellas.
 Martha, escuchándole, sin despegarse de la silla, gritaba a paso lento por dentro, provocándole ira las palabras artificiales de aquel monstruo. La pena había cedido ante el rencor y olvidó ese arrepentimiento; ahora merecía en verdad esa muerte, vil monstruo que le brindó desgracias disfrazadas de amor.     
–¡Él que te amó! –le gritó Rigoberto.  
–¡Tú no me amaste nunca! –le gritó Martha, exasperada, tirándose sobre él. Le golpeó en el pecho, logrando causarle desaliento.
Fue a la cocina, como la primera vez en que lo mató y de igual forma clavó el cuchillo sobre sus ojos, observando el fluido que derramaban, demostrando que le dolía y que moría. A punto de detenerse el corazón de aquel malvado, su faz cambió y Martha descubrió la realidad que se camufló en ilusiones: Álvaro agonizaba, sin ojos que sirviesen ya, ensangrentado, hasta no resistir más y sucumbir al piso.
Martha corrió a agarrarle y al ver que la vida le había vuelto a mentir vilmente, no aguantó aquella agonía. Se vio al espejo, asqueada por el reflejo de aquel monstruo femenino que se posaba en el cristal; asqueada por esos radiantes y hermosos ojos verdes que habían visto cómo fulminaba otros ojos inocentes. Decidió dictar sentencia a todos sus pecados, poniendo fin a sus desilusiones.  
Tomó el cuchillo y de igual forma se lo enterró hondo en sus luceros verdes, los cuales se apagaban a medida que el filo avanzaba, uno por uno, explotando en sangre a medida que fallecían, semejante a una supernova explotando en el cosmos, hasta perderse sus restos en este.
   

FIN.