jueves, 7 de septiembre de 2017

Relato 36: "El limbo del Ser"

 EL LIMBO DEL SER



Estando en un limbo inexorable, por culpa de la ignorancia, en medio del ser y no ser, atado a la imposibilidad, una vez un individuo de ese mundo singular descubre la verdad, la agonía lo acoge hasta el final de sus días, ya que esta jamás se irá, debido a la ignorancia que siempre le acompañará, la cual intentará exterminar con conocimientos que, pese a alimentar el alma, resultarán siempre ser vagos ante la idea perfecta de la realidad que va más allá de ese limbo.  
Wilder, un hombre que fue iluminado por la luz del saber, gracias a Ent, atravesó tal camino. Su existencia dio un notable giro cuando, una noche fría, bajo el manto del éter estrellado, arropado por la brisa que inundaba el hogar a través de la ventana, tuvo un extraño sueño. Esa imagen onírica podría haberla tomado como algo absurdo y dejar pasar ese recuerdo simplemente. Mas no, no lo hizo así ­–¿podría a esto llamársele un “error” o decirse que hizo bien?–. Logrando su atención ser manipulada por las trampas del sueño. El conocimiento es una virtud y un bien, pero, en ese caso el bien haría mal al final; el conocimiento entregado de esa manera tan vil, resultaba ser una tortura.    
Cuando Wilder despertó en el espacio de ensueño, se hallaba en un extenso color negro, donde sentía temblores y diversos ruidos. Sin embargo, el sentido de la vista había quedado obsoleto en esa ocasión. De repente, luego de un tiempo, los sonidos se moldearon hasta poder oír una extraña voz, que le decía:
“¿Cuál es el límite de la realidad?”
Con estas palabras Wilder quedó confundido, y la sensación de agonía germinaría tras oírse hablar, sin él haber querido hablar. Una copia exacta de su voz pronunció diversas palabras, las cuales intrigaron al pobre soñador:
—¿En verdad el mundo es este o uno que trasciende nuestras costumbristas percepciones? ¿Será acaso algo alejado de lo que se toma por lógico y existente, y en realidad nosotros seamos quienes no existimos y sentenciamos como irreal aquello que existe?       
Aquella premisa lo desorientó, por no ser capaz de comprender lo escuchado. Su apagada mente se estaba esforzando y cuando imaginó la primera cosa, para crearla en el espacio, su mente fue detenida y regresó al instante al despertar.

Tenía la sensación de haber despertado en una cama diferente, ya que había soñado algo diferente. ¿Qué era, qué era eso que existía mientras el mundo lógico no existía? ¿Qué simbolizaban esas palabras que había oído y al parecer también dicho, empero no había entendido? Pudo haberlo dejado como un sueño inquietante y regresar al descanso; y no lo hizo. En lugar de volver al regazo reconfortante de la tranquilidad, decidió quedarse en la atosigante curiosidad, sin poder dormir sino hasta llegada la tarde. Quizás fuese producto de la ansiedad, quizás del aturdimiento onírico, o quizás fuese producto de un miedo inexplicable hasta entonces.
Siguió y siguió meditando, sin adquirir la paciencia o respuestas que se proponía mediante tal acción. Esas palabras se quedaron grabadas en lo más profundo de sus recuerdos, sin poder exhumarlas de allí. Esto le generó problemas, puesto que su rendimiento en el trabajo fue decayendo, sumado a sus problemas familiares por culpa de la pobreza, generaron mayor incertidumbre en su sosiego, el cual cada día se opacaba más, producto de la extracción de aquel sueño.  
En los días posteriores tuvo más sueños, análogos a aquel. En la segunda ocasión, fue mayor el desasosiego generado:
Se encontraba en una atmósfera igual a la anterior, pero en esta una luz surgió después de ciertos segundos. Sin despegar su mirada la siguió y a medida que avanzaba, una sonoridad también avanzaba, adquiriendo mayor fuerza en el transcurso. Escuchaba terribles y llorosos gritos torturantes, haciéndole imaginar cosas funestas. Al llegar hasta la luz, no pudo tocarla, solo apreciarla, mientras esta se ensanchaba. A medida que lo hacía, los llantos crecían más.    
Los gritos se hicieron insoportables, estallaron en una explosión sonora irritante y lacerante, cerca de acabar con los oídos de Wilder, quien, sofocado y colérico casi se entrega a la locura. Al morir los alaridos, finalmente una voz clara surgió, como si esta hubiese extinguido tal caos y se manifestase en muestra de su acción.   
—Oh, pobre hombre desahuciado de cualquier esencia real —expresó el individuo que Wilder aún no lograba ver, solo escuchar—. No tiene sentido que me busques, pues soy inmaterial ante este mundo. Puedo viajar a través de todos ellos y pasar desapercibido ante el vuestro. Puedo viajar a través de los diversos mundos, tanto los reales como los irreales, e ilustrar a cualquiera que yo desee, enseñándole una verdad que atraviese el insignificante conocimiento que posee el iluminado.
Wilder se asustó, temblando ante aquel discurso, bregando conservar las palabras que oía. Y así lo hacía, mas sus emociones le impedían opinar o cuestionar. 
—Vuestro raciocinio estará inerte en este momento; no obstante, sé que me comprendes. A pesar de ser un simple ser humano insustancial, de susceptibilidades de verdad reducidas ante mí, por ser yo quien os comunica las revelaciones, sin importar tu estado, lograrás adquirir todo lo que os dicte, junto con enormes brumas existenciales. Es el pago por hacerte con esto. El hecho de que te tocase a ti, insignificante mortal, no quiere decir que tengas derecho a ufanarte y sentirte suertudo, pues no lo eres; esto fue producto del azar, semejante a tu existencia, sin importar ninguna cualidad que tengas o creas tener.   
Terminó de hablar y las luces se extinguieron. Más tarde el sueño también se extinguió, despertando angustiado. No concebía el origen de tal angustia, sin embargo la poseía. Una intranquilidad absurda e inexplicable que lo poseyó durante largas horas, le impidió concentrarse en el trabajo, lo que le trajo varios regañones de su jefe.  
Wilder trabajaba en una oficina, de ocho de la mañana a seis de la tarde, para una empresa que no lo consideraba y para jefes arrogantes que buscaban la mínima excusa para irritarlo e incitarlo al despido, recordándole a menudo lo poco que valía y lo poco que ganaba, pues ante la compañía y ante el mundo era poca cosa.  Su esposa era la única que lo alentaba y le hacía ver que “no todo es tan malo como se cree”. Wilder a veces le daba la razón; otras, se cuestionaba sobre si aquello era cierto y si todo esto valía la pena. Tenía una esposa y un hijo que mantener, debía levantarse cada día para brindarles bienestar a ellos. Aunque, ¿quién le brindaba bienestar a él, si ni él mismo era capaz de estar en paz y su esposa no lograba tal cosa, puesto que eran meras palabras de aliento que al final resultaban falces? O al menos de esa forma parecían, al apagarse el sol y ante la luna confesarse, entregándose a la melancolía por no poder llevar una vida lo suficientemente digna o feliz. Era cierto, su familia no lo hacía feliz, para desgracia suya. Le costaba admitirlo, y más a Clotilde, su esposa. Cuánto le gustaría decir que ellos lo alentaban, y eran su razón para vivir; aunque eso era algo cierto, ya que dependían de su trabajo y les causaría gran pesar si se marchaba. No obstante, de esa forma no era feliz, otorgándole felicidad a sus seres queridos no la encontraba; los veía sonreír y eso era agradable, aun así eso no llenaba el vacío existencial que dejaba la pesadumbre y la reflexión. Y no es que fuese egoísta, es que el luchar no siempre debe traer gozo y la dicha y la solidaridad no siempre traen felicidad, y la satisfacción no siempre trae júbilo, pese a que estos sean usados como sinónimos. ¿Egoísta él? ¡Egoísta los que pensaban de tal manera! –Pensaba Wilder con costumbre–- “Al contrario –se decía–, soy considerado y preocupado al enfrentarme contra la aflicción y la fatiga por darles de estabilidad. ¡Ah, cuánto desearía algún día enviar al carajo esto!”      

Llegó tarde al trabajo y tuvo que toparse con los llamados de atención de su jefe. Quiso ignorar aquello y dedicarse a la cotidianidad. La angustia no lo dejaba trabajar en paz.  
–Estos días no ha rendido casi, Rodríguez –le decía el gerente–. ¿Problemas familiares?
Wilder no le respondía, seguía con su atención puesta frente al computador.      
–¿Acaso ya no quiere trabajar o el trabajo lo cansa mucho?
Seguía en su mutismo.   
–Veo que su apatía es una respuesta afirmativa.
–No –contestó, taciturno y sin mover la cabeza–, señor.
–Oh, veo que no. Y veo que responde a lo que le conviene, mas no a mis preocupaciones.
–No me gusta compartir mis problemas –le contestó y lo demás fue mutismo absoluto, hasta que el gerente se cansó de insistir, demostrando su frustración mediante los espavientos que lanzó al marcharse.
Sin importar su furia, el gerente lo había conseguido, en pequeña proporción: germinar el enojo de Wilder.  
–Maldito imbécil –susurró Wilder a sí mismo, una vez comprobó que se había marchado.  
Dieron las seis y el calabozo sus puertas abrió. Se quedó unas horas en un bar cercano para reflexionar sobre las premoniciones que había recibido por parte de sus sueños. ¿Podría ser eso en realidad, no una creación de ensueño, sino de un ente proveniente de un lugar ajeno al universo? La idea merodeaba mucho entre sus hipótesis. La concepción del mundo y de lo posible a la que estaba sometido desde que le infundieron ideas y dogmas le retenía de afirmaciones semejantes. Sin embargo, aquella concepción, por más irracional que resultase, persistía entre sus posibilidades a elegir. Le intrigaba lo que pudiese desatarse en caso que ocurriese lo que la fantasía le dictaba. ¿Qué conclusión podría darle a esa odisea que formaba en su mente? ¿O su imaginación resultaría vana y reducida ante una vida sin alteración alguna, que lo haría ver que aquello eran simples conjeturas que resultaban erróneas, siendo esas experiencias casualidad sin significado qué encontrarle, al menos un significado surreal?
“¿Cuál es el límite de la realidad? –se dijo–. Vuelvo a soñar con eso y a oír esa voz de nuevo –para su desgracia recordaba con constancia ese discurso– y me volveré loco”.  
Llegó a casa fatigado. Saludó, comió y se encerró en el cuarto a leer. Pasó sus ojos por las letras, mas no entendió nada de lo que leyó, ya que no se concentraba. Lo hizo más por relajarse y no dormirse todavía, que por leer. Al llegar las diez, le dio la espalda a su esposa, y sus ojos cerró.     
–Hasta mañana, Wilder –le dijo su esposa, pero Wilder no contestó; la fatiga lo privó rápido.
Clotilde frunció el ceño e hizo una expresión de desaliento, la misma que llevaba haciendo los últimos meses, apesadumbrada.    

Entrado ya en la fase de la imaginación, se trasladó al mismo paisaje negro, sin alegría alguna. Los mismos sollozos y alaridos y las mismas luces. La diferencia es que esta vez las luces se habían expandido mucho más. Y entonces, cuando el abrumar lo empezaba a acoger, la voz se manifestó:   
–Tú, imperfecto mortal, susceptible a un acercamiento de perfección, el cual es detenido por la oscuridad que rodea vuestra existencia; y ni siquiera te inmutas, ni siquiera lo notas, ni siquiera te importa… Oh, insensato mortal, de raciocinio efímero, vanagloriándote de tal fugacidad, como si fueses en realidad, tú y los otros de tu especie, las criaturas más destacables de la creación, sin saber que son una mentira, y que la creación en la que habitan es un espejismo solamente. Aunque no me gusta la clasificación mediante nombres o apelativos, para no enmarañar tu débil comprensión, refiérete a mí como Ent. Ent, el iluminador del ser; Ent, el extranjero y oriundo a la vez de cualquier mundo existente e inexistente. Toda tu vida te has criado en una falacia, y solo te has acogida entre ellas, tomándola como morada y verdad incuestionable que rige las leyes de tu existencia. Desdichado mortal, y te digo desdichado porque siempre lo has sido, por el hecho de habitar entre las tinieblas. Desde ahora serás aún más desdichado, ya que serás consiente de tal desdicha, y al estar privado de satisfacción, la desesperación te arropará hasta que sientas que te ahogues entre tu desventura. Y no será sino hasta que tengas la voluntad de buscar la luz cuando saldrás de aquella noche, en la que yo seré la estrella capaz de guiarte hasta el amanecer de un nuevo mundo, de una nueva verdad.  
Al pronunciar la última palabra, las luces se agruparon y lo rodearon hasta que todo se apagó y regresó a la realidad, con tristeza contagiada de ese intranquilo, incomprensible y raro sueño. Saludó a su esposa, mas ni siquiera desayunar. Con la cuchara rozaba el borde del plato, mientras el arroz se enfriaba y a veces clavaba el tenedor entre el huevo revuelto. Al decir adiós, el café fue lo único que pudo ingerir, tomándoselo hasta la mitad.
Tras cerrar la puerta, Clotilde lo admiró confundida, y al perderse entre la borrosa niebla, suspiró, pensando que aquella noche volvería a ser igual de taciturno como las últimas. Cada vez su esposo tenía el ánimo más decaído. ¿Sería caso ella la causante de eso? –se preguntaba ella–. ¿Sería acaso ella el problema, la creadora de sus males? ¿Qué había hecho mal? Quizás la responsabilidad de esa cotidianidad era por completo culpa de ella. Quien fue en el pasado su amado idílico, era hoy un aburrido que no demostraba gozo en el acto de amar, pasando a ser un indiferente, quien parecía haberse olvidado del pasado que los había llevado al presente en que estaban encerrados. Esos pensamientos de Clotilde era posible que fuesen ciertos hasta cierto punto, o era posible que fuesen hipérboles, intentando buscar respuestas al estado de Wilder.

Wilder llegó al trabajo con media hora de retraso. Esa jornada sería la más pesada para el pobre Wilder: no podía concentrarse, preocupándose más de responder a un sueño, que de encargarse de su cotidianidad.
“¿Qué importa el trabajo? –se dijo–. ¿Qué importa una cosa que me transmite infelicidad? ¿No debería brindarle mayor atención a mis dudas, las cuales no conozco, sin poder otorgarles felicidad o congojo, en lugar de un problema que sé que me trae aflicción?”  
El sueño le brindaría conocimiento, aunque el trabajo le brindaría sustentación; en ello no pensó.
–No me concibo –expresó en voz alta. Se dirigió al baño.   
Se miró al espejo, en un constante levantar y agachar de mirada, sin ser capaz de mantener su orgullo ante su reflejo, por pensar que incluso su cuerpo, la base de tal reflejo, era también un espejismo más en un conjunto mayor.
–¿Qué está pasándome? –dijo.   
Escuchó un sonido inquietante, de alguien que creía ya conocer, el cual lo transportó a un negruzco entorno de ensueño. Dicho entorno, al germinar por completo entre sus recuerdos, le elevó los nervios y le horrorizó. Colérico, rompió en cristal con un enardecido puño.
Corrió veloz a la oficina del gerente, tras tomar sus cosas. Ingresó sin pedir permiso, lo confrontó y gritó, sin permitirle alegar. Exasperado, se desahogó entre mil gritos y quejas. Al final, sin necesidad de esperar su despido como respuesta, para concretar su resucitadora rebelión, le dijo:
–Renuncio, señor.   
Al salir, se quedó largas horas en el bar. Luego, en plena oscuridad, paseó por la ciudad, caminando en busca de tranquilidad, mientras observaba las estrellas. Para su desgracia, ya ni siquiera los astros le brindaban paz; de hecho, le infundían horror, pues al contemplarlos le inspiraban insignificancia, y ello lo acercaba a la admiración de la lejanía que lo dividía del ser verdadero. Cuánta angustia y tristeza el darse cuenta que aquellas bellezas celestiales, siendo mayores que él y los demás hombres, resultaban ser también artificiales: ni siquiera la belleza llegaba a ser real.   
El frío le resultaba hierático, las personas un simple relleno de espacio, y su existencia… no sabía, no podía, no comprendía cómo le resultaba su existencia; tenía claro que era falsa, pero, ¿cómo debería reaccionar ante aquello? ¿Cuál era la importancia de su existencia entonces? ¿Incluso aquellos sentimientos podían llegar a ser banales? Si fuese así, su angustia carecería de sentido, siendo en ese momento lo único que tenía sentido y tomaba como lo más cercano a la verdad, ya que ellos lo acercaban a esta, puesto que lo ayudaban a despegarse de la ignorancia, mediante el terror que produce el conocimiento.  
Llegó a casa y su esposa estaba sentada en el sofá de la sala, frente a la puerta, impaciente, esperándolo. Le interrogó sobre su paradero, mas Wilder no le respondió. Su rostro de desaliento confundía más a su mujer.   
No fue hasta que Clotilde le mencionó al niño que Wilder se detuvo y aisló su mutismo. Exclamó un “Oh”, y corriendo entró al cuarto de Salomón, quien dormía arropado por el sosiego.
Wilder se quedó viéndolo, con ojos llorosos, abrumado, sin expresar silaba alguna. Clotilde lo veía y acompañándolo en su llanto, ante la imposibilidad de comprender sus facciones, le suplicó que hablase.
–Él –dijo entre sollozos.
–¿Él qué –le respondió Clotilde–, qué tiene Salomón? 
–Miradlo, Clotilde, tan inocente. Mírate tú, tan preocupada y al final nada de eso tiene fin alguno. Todo este universo, tan enigmático y a veces bello, y toda esta vida que, a veces resulta grata, al recordar que por momentos no es ingrata; todo lo existente, para que al final sea inexistente y vano, para que al final las alegrías sean ilusiones. ¿Qué es real? ¿Y puede acaso haber un límite para la definición de realidad?  
–No te entiendo nada, Wilder.  
–¡Yo tampoco, maldita sea! –le gritó, agarrándola por los brazos y entre alaridos, viéndola a los ojos, con la mirada de un loco, y con voz y actitud demencial, le gritó–: ¡Dime qué demonios puede llegar a ser cierto, si es que acaso puedes llegar a imaginar algo semejante! ¿Por qué me agobia tal pensamiento, sin llegar a comprobarlo? –le preguntó–. ¡Oh, quizás porque tales muestras son suficientes para aceptarlo, o sino cómo explicar mi decadencia, sin querer yo llegar a este estado! –se respondió.  
Clotilde quedó anonadad. Ese quien le había gritado no era su esposo. Se le soltó y se recostó cerca de Salomón, para protegerlo de aquel loco que tenía rostro similar al de su esposo. Wilder, al ver su reacción, se acercó un poco a la racionalidad que había desterrado de su mente durante esa ocasión. Le dirigió un suspiro desalentador. Se retiró, sin rumbo alguno, hacia lugar cualquiera de la intemperie, para encontrarse, pese a que siempre estuviese perdido.  

La soledad de la noche antipática lo acogió, en esa devastación de pasividad por la que atravesaba. Las tinieblas eran la luz que iluminaba su raciocinio, el cual debía recuperar si quería por lo menos sobrevivir. Su única opción era esa, sobrevivir, persistir, alejándose de la idea de felicidad, ya que una vez en el umbral de la revelación, la alegría se despide, para que el congojo acoja al iluminado, puesto que se está cerca de adentrarse en un nuevo mundo y hasta no entrar a él, la felicidad, que desapareció al esta enterarse de que era artificial, se esfuma y no vuelve sino tras haberse alcanzado dicho estado de Ser verdadero, pero una felicidad más completa, a diferencia de aquella amorfa, que lo acogía en un mundo de sentido amorfo.   
El cansancio dominaba sobre su desenfreno de exasperación, cuya energía perdía ante la fatiga y falta de reposo. Se acostó en la banca del parque en el cual se encontraba, y allí, bajo la luz de la luna tácita y la noche antipática, estas le velaron y el cansancio lo arrulló, encargándose de que alcanzase el estado del sueño, para obtener una nueva revelación; quizás su última revelación.   
Encontrándose en el sector de ensueño, en el oscuro sector de ensueño, que tantas penas le había ocasionado –¿la pena estaba en el haberle rebelado la verdad o en haberle antes ocultado la verdad? –. Al instante una esfera enorme se materializó. Era como una imagen ilustrativa del espacio exterior, donde habitaban numerosas estrellas y planetas. Una fuerza desconocida lo empujó hasta el interior de la esfera, asustado por creer que en el choque saldría lesionado. Atravesó la esfera, como si un fantasma fuese.
–¿Dónde estoy? –habló por primera vez en un sueño de ese tipo. Nadie le respondió. A posteriori, los cuerpos cósmicos comenzaron a moverse, como si estuviesen abriéndole espacio a algo–. ¿Dónde estoy? –repitió.      
–Cerca de la revelación que completará la primera fase –le contestó Ent–. Ahora, calla y presta atención a lo que verás a continuación.    
En efecto, los astros le estaban abriendo espacio a algo. Unas manchas grisáceas aparecían poco a poco en el interior de la esfera, mientras, simultáneamente los astros iban desapareciendo. La construcción espontanea se trataba de un enorme hilo, de gigantesco grosor y longitud, en cuyos extremos yacían dos cuerpos amorfos y grisáceos, del tamaño de una galaxia.  
–Existen dos mundos que pueden llegar a alcanzar el grado de realidad, de los cuales dicho grado puede llegar a tornarse frágil, según cómo se estudie. Cada una de los cuerpos representan tales mundos, uno de ellos es el “Ser” y otro, el “No Ser”. Ellos sí tienen una forma definida, no obstante, tú los ves informes, ya que tu visión es informe. Aún no alcanzas el grado existencial entre ellos para comprenderlos, o al menos conocer sus formas y sistematización. Aquel hilo que conecta los dos mundos, aquel limbo es un mero puente; aquel punto intermedio, de imposibilidad de complementación. Aquel limbo es en el que te encuentras. Hay una única forma de emigrar hacia esas manchas: huir, debes huir, abandonando el limbo, marcharte de este, apagar la falsedad, pese a después quizás pasar a un nuevo negro, empero, un negro nefasto que al menos sería verosímil.
Wilder sintió una fuerza que lo empujó hasta el hilo. Pensó que iba a chocar con este, mas, antes de tener contacto con él, despertó de aquel ensueño.

El terror se había amansado tras el despertar, puesto que ahora, la demencia tenía cura, y eso le brindaba algo de tranquilidad. Sabía qué tenía que hacer, sabía por qué hacerlo. Lo que no sabía era adónde pararía.  
Antes de marcharse de su precaria vida, pensó en despedirse de su esposa y de su hijo. Sin embargo, al tratarse de un hecho irreal, que no era más que el reflejo de algo que era cierto en otro espacio, decidió no decir adiós, sino, mejor esperar y saludarlos cuando llegase al otro espacio.
Recorrió largos kilómetros, perdiéndose entre la aglomeración de irreales, observando las construcciones de una naturaleza ficticia, rodeado por la falsedad, sintiéndose extraño por ser el único susceptible a ser real.
Tanto caminar y tan poco cansancio. Llegó a un puente, cuya vía estaba desolada. El día estaba en soledad en ese momento, luctuoso y en soledad. Wilder sabía que, pese a esos rasgos fácticos, el día no era más que un indiferente espectador, conocedor de su decisión. El desdichado llenó los bolsillos de su abrigo con piedras.
Se posó sobre el risco de la construcción. Desde tan alto el agua se veía enorme. Él recordaba lo diminuto que era. Eso le brindó una imagen acertada antes de fallecer. A punto de lanzarse, las lágrimas brotaron de sus ojos, en muestra de retirada y desapego del dolor. Dolor que lo acompañó por siempre, y al cual tenía que aislar; asilarlo a él y a su familia, a sus amigos y su existencia.
Quiso pensar en los momentos que vivió, quiso pensar que fue feliz y que de algo sirvió ese sueño, quiso mentir y decirse que entre tantas aflicciones, encontró unas cuantas muestras de esperanzas. El querer y la ilusión no le bastó para confrontar a la verdad infalible. Del cielo emergió una gota, como muestra de que era el momento, impulsándolo a que persiguiera aquella gota de agua y la alcanzase antes de que llegase la lluvia.
Dio un paso al vacío. Cayó, yendo a parar a las profundidades del mar raudo y fuerte, cual cohete que atraviesa la estratosfera. El mar silenció su respiración y sus pesares, impidiéndole recordar su pasado, pues no había nada qué recordad después de todo.
Al cerrar los ojos, con su corazón ahogado y respiración evaporada, pasó a un estado de ser real; no obstante, para su desgracia, al que fue a dar, no podía rehacer lo que había vivido antes sin haber vivido –pues aquella vida no era.             
Finalmente había escapado de esa incongruencia en la que estaba apresado. Para su desgracia, no pudo ser consiente de cuál estado terminó convirtiéndose en su hogar, puesto que al acabar con su existencia, pese a esta ser falsa, lo más susceptible era caer en el estado de las tinieblas. La enorme nada lo abrazó, sacándole de ese agobio, para pasar a la vida real, que resultaba ser en realidad muerte, a menos que pudiese considerarse a la muerte, no como otra cosa más que el portal a un nuevo mundo ignoto e incomprensible. Huyó del limbo, y huyó de la agonía insustancial; y de cierta forma huyó de la zozobra, gracias a las tinieblas.  

FIN.