EL LIMBO DEL SER
Estando
en un limbo inexorable, por culpa de la ignorancia, en medio del ser y no ser,
atado a la imposibilidad, una vez un individuo de ese mundo singular descubre
la verdad, la agonía lo acoge hasta el final de sus días, ya que esta jamás se
irá, debido a la ignorancia que siempre le acompañará, la cual intentará
exterminar con conocimientos que, pese a alimentar el alma, resultarán siempre
ser vagos ante la idea perfecta de la realidad que va más allá de ese limbo.
Wilder,
un hombre que fue iluminado por la luz del saber, gracias a Ent, atravesó tal camino. Su existencia
dio un notable giro cuando, una noche fría, bajo el manto del éter estrellado,
arropado por la brisa que inundaba el hogar a través de la ventana, tuvo un
extraño sueño. Esa imagen onírica podría haberla tomado como algo absurdo y
dejar pasar ese recuerdo simplemente. Mas no, no lo hizo así –¿podría a esto
llamársele un “error” o decirse que hizo bien?–. Logrando su atención ser
manipulada por las trampas del sueño. El conocimiento es una virtud y un bien,
pero, en ese caso el bien haría mal al final; el conocimiento entregado de esa
manera tan vil, resultaba ser una tortura.
Cuando
Wilder despertó en el espacio de ensueño, se hallaba en un extenso color negro,
donde sentía temblores y diversos ruidos. Sin embargo, el sentido de la vista
había quedado obsoleto en esa ocasión. De repente, luego de un tiempo, los
sonidos se moldearon hasta poder oír una extraña voz, que le decía:
“¿Cuál
es el límite de la realidad?”
Con
estas palabras Wilder quedó confundido, y la sensación de agonía germinaría
tras oírse hablar, sin él haber querido hablar. Una copia exacta de su voz
pronunció diversas palabras, las cuales intrigaron al pobre soñador:
—¿En
verdad el mundo es este o uno que trasciende nuestras costumbristas
percepciones? ¿Será acaso algo alejado de lo que se toma por lógico y
existente, y en realidad nosotros seamos quienes no existimos y sentenciamos como
irreal aquello que existe?
Aquella
premisa lo desorientó, por no ser capaz de comprender lo escuchado. Su apagada
mente se estaba esforzando y cuando imaginó la primera cosa, para crearla en el
espacio, su mente fue detenida y regresó al instante al despertar.
Tenía
la sensación de haber despertado en una cama diferente, ya que había soñado
algo diferente. ¿Qué era, qué era eso que existía mientras el mundo lógico no
existía? ¿Qué simbolizaban esas palabras que había oído y al parecer también
dicho, empero no había entendido? Pudo haberlo dejado como un sueño inquietante
y regresar al descanso; y no lo hizo. En lugar de volver al regazo reconfortante
de la tranquilidad, decidió quedarse en la atosigante curiosidad, sin poder
dormir sino hasta llegada la tarde. Quizás fuese producto de la ansiedad,
quizás del aturdimiento onírico, o quizás fuese producto de un miedo
inexplicable hasta entonces.
Siguió
y siguió meditando, sin adquirir la paciencia o respuestas que se proponía
mediante tal acción. Esas palabras se quedaron grabadas en lo más profundo de
sus recuerdos, sin poder exhumarlas de allí. Esto le generó problemas, puesto
que su rendimiento en el trabajo fue decayendo, sumado a sus problemas
familiares por culpa de la pobreza, generaron mayor incertidumbre en su sosiego,
el cual cada día se opacaba más, producto de la extracción de aquel sueño.
En
los días posteriores tuvo más sueños, análogos a aquel. En la segunda ocasión,
fue mayor el desasosiego generado:
Se
encontraba en una atmósfera igual a la anterior, pero en esta una luz surgió después
de ciertos segundos. Sin despegar su mirada la siguió y a medida que avanzaba, una
sonoridad también avanzaba, adquiriendo mayor fuerza en el transcurso. Escuchaba
terribles y llorosos gritos torturantes, haciéndole imaginar cosas funestas. Al
llegar hasta la luz, no pudo tocarla, solo apreciarla, mientras esta se ensanchaba.
A medida que lo hacía, los llantos crecían más.
Los
gritos se hicieron insoportables, estallaron en una explosión sonora irritante
y lacerante, cerca de acabar con los oídos de Wilder, quien, sofocado y
colérico casi se entrega a la locura. Al morir los alaridos, finalmente una voz
clara surgió, como si esta hubiese extinguido tal caos y se manifestase en
muestra de su acción.
—Oh,
pobre hombre desahuciado de cualquier esencia real —expresó el individuo que
Wilder aún no lograba ver, solo escuchar—. No tiene sentido que me busques,
pues soy inmaterial ante este mundo. Puedo viajar a través de todos ellos y
pasar desapercibido ante el vuestro. Puedo viajar a través de los diversos
mundos, tanto los reales como los irreales, e ilustrar a cualquiera que yo desee,
enseñándole una verdad que atraviese el insignificante conocimiento que posee el
iluminado.
Wilder
se asustó, temblando ante aquel discurso, bregando conservar las palabras que
oía. Y así lo hacía, mas sus emociones le impedían opinar o cuestionar.
—Vuestro
raciocinio estará inerte en este momento; no obstante, sé que me comprendes. A
pesar de ser un simple ser humano insustancial, de susceptibilidades de verdad
reducidas ante mí, por ser yo quien os comunica las revelaciones, sin importar
tu estado, lograrás adquirir todo lo que os dicte, junto con enormes brumas
existenciales. Es el pago por hacerte con esto. El hecho de que te tocase a ti,
insignificante mortal, no quiere decir que tengas derecho a ufanarte y sentirte
suertudo, pues no lo eres; esto fue producto del azar, semejante a tu
existencia, sin importar ninguna cualidad que tengas o creas tener.
Terminó
de hablar y las luces se extinguieron. Más tarde el sueño también se extinguió,
despertando angustiado. No concebía el origen de tal angustia, sin embargo la
poseía. Una intranquilidad absurda e inexplicable que lo poseyó durante largas
horas, le impidió concentrarse en el trabajo, lo que le trajo varios regañones
de su jefe.
Wilder
trabajaba en una oficina, de ocho de la mañana a seis de la tarde, para una
empresa que no lo consideraba y para jefes arrogantes que buscaban la mínima
excusa para irritarlo e incitarlo al despido, recordándole a menudo lo poco que
valía y lo poco que ganaba, pues ante la compañía y ante el mundo era poca cosa.
Su esposa era la única que lo alentaba y
le hacía ver que “no todo es tan malo como se cree”. Wilder a veces le daba la
razón; otras, se cuestionaba sobre si aquello era cierto y si todo esto valía
la pena. Tenía una esposa y un hijo que mantener, debía levantarse cada día
para brindarles bienestar a ellos. Aunque, ¿quién le brindaba bienestar a él,
si ni él mismo era capaz de estar en paz y su esposa no lograba tal cosa,
puesto que eran meras palabras de aliento que al final resultaban falces? O al
menos de esa forma parecían, al apagarse el sol y ante la luna confesarse,
entregándose a la melancolía por no poder llevar una vida lo suficientemente
digna o feliz. Era cierto, su familia no lo hacía feliz, para desgracia suya.
Le costaba admitirlo, y más a Clotilde, su esposa. Cuánto le gustaría decir que
ellos lo alentaban, y eran su razón para vivir; aunque eso era algo cierto, ya
que dependían de su trabajo y les causaría gran pesar si se marchaba. No
obstante, de esa forma no era feliz, otorgándole felicidad a sus seres queridos
no la encontraba; los veía sonreír y eso era agradable, aun así eso no llenaba
el vacío existencial que dejaba la pesadumbre y la reflexión. Y no es que fuese
egoísta, es que el luchar no siempre debe traer gozo y la dicha y la
solidaridad no siempre traen felicidad, y la satisfacción no siempre trae júbilo,
pese a que estos sean usados como sinónimos. ¿Egoísta él? ¡Egoísta los que
pensaban de tal manera! –Pensaba Wilder con costumbre–- “Al contrario –se
decía–, soy considerado y preocupado al enfrentarme contra la aflicción y la
fatiga por darles de estabilidad. ¡Ah, cuánto desearía algún día enviar al
carajo esto!”
Llegó tarde al trabajo y
tuvo que toparse con los llamados de atención de su jefe. Quiso ignorar aquello
y dedicarse a la cotidianidad. La angustia no lo dejaba trabajar en paz.
–Estos
días no ha rendido casi, Rodríguez –le decía el gerente–. ¿Problemas
familiares?
Wilder
no le respondía, seguía con su atención puesta frente al computador.
–¿Acaso
ya no quiere trabajar o el trabajo lo cansa mucho?
Seguía
en su mutismo.
–Veo
que su apatía es una respuesta afirmativa.
–No
–contestó, taciturno y sin mover la cabeza–, señor.
–Oh,
veo que no. Y veo que responde a lo que le conviene, mas no a mis
preocupaciones.
–No
me gusta compartir mis problemas –le contestó y lo demás fue mutismo absoluto,
hasta que el gerente se cansó de insistir, demostrando su
frustración mediante los espavientos que lanzó al marcharse.
Sin
importar su furia, el gerente lo había conseguido, en pequeña proporción:
germinar el enojo de Wilder.
–Maldito
imbécil –susurró Wilder a sí mismo, una vez comprobó que se había marchado.
Dieron
las seis y el calabozo sus puertas abrió. Se quedó unas horas en un bar cercano
para reflexionar sobre las premoniciones que había recibido por parte de sus
sueños. ¿Podría ser eso en realidad, no una creación de ensueño, sino de un
ente proveniente de un lugar ajeno al universo? La idea merodeaba mucho entre
sus hipótesis. La concepción del mundo y de lo posible a la que estaba sometido
desde que le infundieron ideas y dogmas le retenía de afirmaciones semejantes.
Sin embargo, aquella concepción, por más irracional que resultase, persistía
entre sus posibilidades a elegir. Le intrigaba lo que pudiese desatarse en caso
que ocurriese lo que la fantasía le dictaba. ¿Qué conclusión podría darle a esa
odisea que formaba en su mente? ¿O su imaginación resultaría vana y reducida
ante una vida sin alteración alguna, que lo haría ver que aquello eran simples
conjeturas que resultaban erróneas, siendo esas experiencias casualidad sin
significado qué encontrarle, al menos un significado surreal?
“¿Cuál
es el límite de la realidad? –se dijo–. Vuelvo a soñar con eso y a oír esa voz
de nuevo –para su desgracia recordaba con constancia ese discurso– y me volveré
loco”.
Llegó
a casa fatigado. Saludó, comió y se encerró en el cuarto a leer. Pasó sus ojos
por las letras, mas no entendió nada de lo que leyó, ya que no se concentraba.
Lo hizo más por relajarse y no dormirse todavía, que por leer. Al llegar las
diez, le dio la espalda a su esposa, y sus ojos cerró.
–Hasta
mañana, Wilder –le dijo su esposa, pero Wilder no contestó; la fatiga lo privó
rápido.
Clotilde
frunció el ceño e hizo una expresión de desaliento, la misma que llevaba haciendo
los últimos meses, apesadumbrada.
Entrado
ya en la fase de la imaginación, se trasladó al mismo paisaje negro, sin
alegría alguna. Los mismos sollozos y alaridos y las mismas luces. La
diferencia es que esta vez las luces se habían expandido mucho más. Y entonces,
cuando el abrumar lo empezaba a acoger, la voz se manifestó:
–Tú,
imperfecto mortal, susceptible a un acercamiento de perfección, el cual es
detenido por la oscuridad que rodea vuestra existencia; y ni siquiera te
inmutas, ni siquiera lo notas, ni siquiera te importa… Oh, insensato mortal, de
raciocinio efímero, vanagloriándote de tal fugacidad, como si fueses en
realidad, tú y los otros de tu especie, las criaturas más destacables de la
creación, sin saber que son una mentira, y que la creación en la que habitan es
un espejismo solamente. Aunque no me gusta la clasificación mediante nombres o
apelativos, para no enmarañar tu débil comprensión, refiérete a mí como Ent. Ent,
el iluminador del ser; Ent, el extranjero
y oriundo a la vez de cualquier mundo existente e inexistente. Toda tu vida te
has criado en una falacia, y solo te has acogida entre ellas, tomándola como
morada y verdad incuestionable que rige las leyes de tu existencia. Desdichado
mortal, y te digo desdichado porque siempre lo has sido, por el hecho de
habitar entre las tinieblas. Desde ahora serás aún más desdichado, ya que serás
consiente de tal desdicha, y al estar privado de satisfacción, la desesperación
te arropará hasta que sientas que te ahogues entre tu desventura. Y no será
sino hasta que tengas la voluntad de buscar la luz cuando saldrás de aquella
noche, en la que yo seré la estrella capaz de guiarte hasta el amanecer de un
nuevo mundo, de una nueva verdad.
Al
pronunciar la última palabra, las luces se agruparon y lo rodearon hasta que
todo se apagó y regresó a la realidad, con tristeza contagiada de ese
intranquilo, incomprensible y raro sueño. Saludó a su esposa, mas ni siquiera desayunar.
Con la cuchara rozaba el borde del plato, mientras el arroz se enfriaba y a
veces clavaba el tenedor entre el huevo revuelto. Al decir adiós, el café fue
lo único que pudo ingerir, tomándoselo hasta la mitad.
Tras
cerrar la puerta, Clotilde lo admiró confundida, y al perderse entre la borrosa
niebla, suspiró, pensando que aquella noche volvería a ser igual de taciturno
como las últimas. Cada vez su esposo tenía el ánimo más decaído. ¿Sería caso
ella la causante de eso? –se preguntaba ella–. ¿Sería acaso ella el problema,
la creadora de sus males? ¿Qué había hecho mal? Quizás la responsabilidad de
esa cotidianidad era por completo culpa de ella. Quien fue en el pasado su
amado idílico, era hoy un aburrido que no demostraba gozo en el acto de amar,
pasando a ser un indiferente, quien parecía haberse olvidado del pasado que los
había llevado al presente en que estaban encerrados. Esos pensamientos de
Clotilde era posible que fuesen ciertos hasta cierto punto, o era posible que
fuesen hipérboles, intentando buscar respuestas al estado de Wilder.
Wilder
llegó al trabajo con media hora de retraso. Esa jornada sería la más pesada
para el pobre Wilder: no podía concentrarse, preocupándose más de responder a
un sueño, que de encargarse de su cotidianidad.
“¿Qué
importa el trabajo? –se dijo–. ¿Qué importa una cosa que me transmite
infelicidad? ¿No debería brindarle mayor atención a mis dudas, las cuales no
conozco, sin poder otorgarles felicidad o congojo, en lugar de un problema que sé
que me trae aflicción?”
El
sueño le brindaría conocimiento, aunque el trabajo le brindaría sustentación;
en ello no pensó.
–No
me concibo –expresó en voz alta. Se dirigió al baño.
Se
miró al espejo, en un constante levantar y agachar de mirada, sin ser capaz de
mantener su orgullo ante su reflejo, por pensar que incluso su cuerpo, la base
de tal reflejo, era también un espejismo más en un conjunto mayor.
–¿Qué
está pasándome? –dijo.
Escuchó
un sonido inquietante, de alguien que creía ya conocer, el cual lo transportó a
un negruzco entorno de ensueño. Dicho entorno, al germinar por completo entre
sus recuerdos, le elevó los nervios y le horrorizó. Colérico, rompió en cristal
con un enardecido puño.
Corrió
veloz a la oficina del gerente, tras tomar sus cosas. Ingresó sin pedir
permiso, lo confrontó y gritó, sin permitirle alegar. Exasperado, se desahogó
entre mil gritos y quejas. Al final, sin necesidad de esperar su despido como
respuesta, para concretar su resucitadora rebelión, le dijo:
–Renuncio,
señor.
Al salir, se quedó largas
horas en el bar. Luego, en plena oscuridad, paseó por la ciudad, caminando en
busca de tranquilidad, mientras observaba las estrellas. Para su desgracia, ya
ni siquiera los astros le brindaban paz; de hecho, le infundían horror, pues al
contemplarlos le inspiraban insignificancia, y ello lo acercaba a la admiración
de la lejanía que lo dividía del ser verdadero. Cuánta angustia y tristeza el
darse cuenta que aquellas bellezas celestiales, siendo mayores que él y los
demás hombres, resultaban ser también artificiales: ni siquiera la belleza
llegaba a ser real.
El frío le resultaba
hierático, las personas un simple relleno de espacio, y su existencia… no
sabía, no podía, no comprendía cómo le resultaba su existencia; tenía claro que
era falsa, pero, ¿cómo debería reaccionar ante aquello? ¿Cuál era la
importancia de su existencia entonces? ¿Incluso aquellos sentimientos podían
llegar a ser banales? Si fuese así, su angustia carecería de sentido, siendo en
ese momento lo único que tenía sentido y tomaba como lo más cercano a la
verdad, ya que ellos lo acercaban a esta, puesto que lo ayudaban a despegarse
de la ignorancia, mediante el terror que produce el conocimiento.
Llegó a casa y su esposa
estaba sentada en el sofá de la sala, frente a la puerta, impaciente,
esperándolo. Le interrogó sobre su paradero, mas Wilder no le respondió. Su
rostro de desaliento confundía más a su mujer.
No fue hasta que Clotilde
le mencionó al niño que Wilder se detuvo y aisló su mutismo. Exclamó un “Oh”, y
corriendo entró al cuarto de Salomón, quien dormía arropado por el sosiego.
Wilder se quedó viéndolo,
con ojos llorosos, abrumado, sin expresar silaba alguna. Clotilde lo veía y
acompañándolo en su llanto, ante la imposibilidad de comprender sus facciones, le
suplicó que hablase.
–Él –dijo entre sollozos.
–¿Él qué –le respondió
Clotilde–, qué tiene Salomón?
–Miradlo, Clotilde, tan
inocente. Mírate tú, tan preocupada y al final nada de eso tiene fin alguno.
Todo este universo, tan enigmático y a veces bello, y toda esta vida que, a
veces resulta grata, al recordar que por momentos no es ingrata; todo lo
existente, para que al final sea inexistente y vano, para que al final las
alegrías sean ilusiones. ¿Qué es real? ¿Y puede acaso haber un límite para la
definición de realidad?
–No te entiendo nada,
Wilder.
–¡Yo tampoco, maldita
sea! –le gritó, agarrándola por los brazos y entre alaridos, viéndola a los
ojos, con la mirada de un loco, y con voz y actitud demencial, le gritó–: ¡Dime
qué demonios puede llegar a ser cierto, si es que acaso puedes llegar a
imaginar algo semejante! ¿Por qué me agobia tal pensamiento, sin llegar a
comprobarlo? –le preguntó–. ¡Oh, quizás porque tales muestras son suficientes
para aceptarlo, o sino cómo explicar mi decadencia, sin querer yo llegar a este
estado! –se respondió.
Clotilde
quedó anonadad. Ese quien le había gritado no era su esposo. Se le soltó y se
recostó cerca de Salomón, para protegerlo de aquel loco que tenía rostro
similar al de su esposo. Wilder, al ver su reacción, se acercó un poco a la
racionalidad que había desterrado de su mente durante esa ocasión. Le dirigió
un suspiro desalentador. Se retiró, sin rumbo alguno, hacia lugar cualquiera de
la intemperie, para encontrarse, pese a que siempre estuviese perdido.
La
soledad de la noche antipática lo acogió, en esa devastación de pasividad por
la que atravesaba. Las tinieblas eran la luz que iluminaba su raciocinio, el
cual debía recuperar si quería por lo menos sobrevivir. Su única opción era
esa, sobrevivir, persistir, alejándose de la idea de felicidad, ya que una vez
en el umbral de la revelación, la alegría se despide, para que el congojo acoja
al iluminado, puesto que se está cerca de adentrarse en un nuevo mundo y hasta
no entrar a él, la felicidad, que desapareció al esta enterarse de que era artificial,
se esfuma y no vuelve sino tras haberse alcanzado dicho estado de Ser
verdadero, pero una felicidad más completa, a diferencia de aquella amorfa, que
lo acogía en un mundo de sentido amorfo.
El
cansancio dominaba sobre su desenfreno de exasperación, cuya energía perdía
ante la fatiga y falta de reposo. Se acostó en la banca del parque en el cual
se encontraba, y allí, bajo la luz de la luna tácita y la noche antipática,
estas le velaron y el cansancio lo arrulló, encargándose de que alcanzase el
estado del sueño, para obtener una nueva revelación; quizás su última
revelación.
Encontrándose en el
sector de ensueño, en el oscuro sector de ensueño, que tantas penas le había
ocasionado –¿la pena estaba en el haberle rebelado la verdad o en haberle antes
ocultado la verdad? –. Al instante una esfera enorme se materializó. Era como
una imagen ilustrativa del espacio exterior, donde habitaban numerosas
estrellas y planetas. Una fuerza desconocida lo empujó hasta el interior de la
esfera, asustado por creer que en el choque saldría lesionado. Atravesó la
esfera, como si un fantasma fuese.
–¿Dónde estoy? –habló por
primera vez en un sueño de ese tipo. Nadie le respondió. A posteriori, los
cuerpos cósmicos comenzaron a moverse, como si estuviesen abriéndole espacio a
algo–. ¿Dónde estoy? –repitió.
–Cerca de la revelación
que completará la primera fase –le contestó Ent–.
Ahora, calla y presta atención a lo que verás a continuación.
En
efecto, los astros le estaban abriendo espacio a algo. Unas manchas grisáceas
aparecían poco a poco en el interior de la esfera, mientras, simultáneamente
los astros iban desapareciendo. La construcción espontanea se trataba de un
enorme hilo, de gigantesco grosor y longitud, en cuyos extremos yacían dos cuerpos
amorfos y grisáceos, del tamaño de una galaxia.
–Existen dos mundos que
pueden llegar a alcanzar el grado de realidad, de los cuales dicho grado puede
llegar a tornarse frágil, según cómo se estudie. Cada una de los cuerpos
representan tales mundos, uno de ellos es el “Ser” y otro, el “No Ser”. Ellos
sí tienen una forma definida, no obstante, tú los ves informes, ya que tu
visión es informe. Aún no alcanzas el grado existencial entre ellos para
comprenderlos, o al menos conocer sus formas y sistematización. Aquel hilo que
conecta los dos mundos, aquel limbo es un mero puente; aquel punto intermedio,
de imposibilidad de complementación. Aquel limbo es en el que te encuentras.
Hay una única forma de emigrar hacia esas manchas: huir, debes huir,
abandonando el limbo, marcharte de este, apagar la falsedad, pese a después quizás
pasar a un nuevo negro, empero, un negro nefasto que al menos sería verosímil.
Wilder
sintió una fuerza que lo empujó hasta el hilo. Pensó que iba a chocar con este,
mas, antes de tener contacto con él, despertó de aquel ensueño.
El
terror se había amansado tras el despertar, puesto que ahora, la demencia tenía
cura, y eso le brindaba algo de tranquilidad. Sabía qué tenía que hacer, sabía
por qué hacerlo. Lo que no sabía era adónde pararía.
Antes
de marcharse de su precaria vida, pensó en despedirse de su esposa y de su
hijo. Sin embargo, al tratarse de un hecho irreal, que no era más que el
reflejo de algo que era cierto en otro espacio, decidió no decir adiós, sino,
mejor esperar y saludarlos cuando llegase al otro espacio.
Recorrió
largos kilómetros, perdiéndose entre la aglomeración de irreales, observando
las construcciones de una naturaleza ficticia, rodeado por la falsedad,
sintiéndose extraño por ser el único susceptible a ser real.
Tanto
caminar y tan poco cansancio. Llegó a un puente, cuya vía estaba desolada. El
día estaba en soledad en ese momento, luctuoso y en soledad. Wilder sabía que,
pese a esos rasgos fácticos, el día no era más que un indiferente espectador,
conocedor de su decisión. El desdichado llenó los bolsillos de su abrigo con
piedras.
Se
posó sobre el risco de la construcción. Desde tan alto el agua se veía enorme.
Él recordaba lo diminuto que era. Eso le brindó una imagen acertada antes de
fallecer. A punto de lanzarse, las lágrimas brotaron de sus ojos, en muestra de
retirada y desapego del dolor. Dolor que lo acompañó por siempre, y al cual
tenía que aislar; asilarlo a él y a su familia, a sus amigos y su existencia.
Quiso
pensar en los momentos que vivió, quiso pensar que fue feliz y que de algo
sirvió ese sueño, quiso mentir y decirse que entre tantas aflicciones, encontró
unas cuantas muestras de esperanzas. El querer y la ilusión no le bastó para
confrontar a la verdad infalible. Del cielo emergió una gota, como muestra de
que era el momento, impulsándolo a que persiguiera aquella gota de agua y la
alcanzase antes de que llegase la lluvia.
Dio
un paso al vacío. Cayó, yendo a parar a las profundidades del mar raudo y
fuerte, cual cohete que atraviesa la estratosfera. El mar silenció su
respiración y sus pesares, impidiéndole recordar su pasado, pues no había nada
qué recordad después de todo.
Al
cerrar los ojos, con su corazón ahogado y respiración evaporada, pasó a un
estado de ser real; no obstante, para su desgracia, al que fue a dar, no podía
rehacer lo que había vivido antes sin haber vivido –pues aquella vida no era.
Finalmente
había escapado de esa incongruencia en la que estaba apresado. Para su
desgracia, no pudo ser consiente de cuál estado terminó convirtiéndose en su
hogar, puesto que al acabar con su existencia, pese a esta ser falsa, lo más
susceptible era caer en el estado de las tinieblas. La enorme nada lo abrazó,
sacándole de ese agobio, para pasar a la vida real, que resultaba ser en
realidad muerte, a menos que pudiese considerarse a la muerte, no como otra
cosa más que el portal a un nuevo mundo ignoto e incomprensible. Huyó del limbo,
y huyó de la agonía insustancial; y de cierta forma huyó de la zozobra, gracias
a las tinieblas.
FIN.

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