domingo, 12 de febrero de 2017

Octavo relato: "Resurrección heteróclita"

RESURRECCIÓN HETERÓCLITA 

Camino perdido entre la soledad y la oscuridad, solo me acompañan las estrellas y una ingrata luna que se ocultó detrás de las nubes, negándome el privilegio de confianza que da su iluminación, su estadía en el cielo; anhelaba verla y sentir su compañía, en esta desdichada y temible aventura como lo es el caminar extraviado por un camino de tierra, que al voltear hacia los lados, solo vea, mediante una estropeada visión: monte y más monte. ¡Maldición!, al menos un brillo o una voz que me cause algo de euforia, que me anime a avanzar en mi descarrío.
Tras un largo recorrido, en el que el terror se empezaba a apoderar de mí, volviéndome un títere hierático y decaído de él, logré dar con un aposento. El lugar, era una casa en un estado tan desgastado como la descomposición. Su estructura, estaba muy sucia y en un estado lamentable; aunque, qué más da. Lo mínimo que pedía era un sitio dónde protegerme del frio y del desconcierto, una mano humana con la cual platicar, para llegar a adquirir algo de tranquilidad. No dudé en ingresar a la construcción puesta delante de mí. Corrí la reja de entrada y caminé a través del camino que había en el amplio patio de la casa. Toqué la puerta, pero nadie respondió a mi llamado, lo cual me extrañó mucho. ¿Acaso me ignoraban? La intriga me estaba envolviendo, como una araña a su presa que cae en sus brazos, cubriéndola en una telaraña de dolor y tragedia. No quedaba más opción que irrumpir en la casa, sin permiso de sus dueños. La desesperación era mi único lazarillo y debía hacer lo que mi locura, por culpa de la impaciencia me dijese. Mi mente solo escuchaba “¡Entra ya, que te desbastará el exterior!” El desasosiego físico y mental me incitó, hasta convencerme de entrar.
El lugar, en su interior, contrario a la primera impresión que tenía sobre el sitio, era hermoso. Era muy paradójico y extraño. Una construcción tan esplendida que no podía creer que un hombre hubiese hecho tal cosa. El sitio no era tan grande, algo pequeño, sus medidas eran las de una humilde casa. Sin embargo, resultaba satisfactoria y atrapante para mi vista; sin duda, las apariencias engañan. Recorrí el lugar y me encontré con tres cuartos, una sala, un baño, un jardín trasero y comida en la nevera –comida, que no dudé en tomar, pues el hambre se materializó en mí–. Había varios libros en la casa, lo que embellecía más el hogar. Me miré al espejo y daba la impresión de un hombre cansado y sin esfuerzos. Cerca del espejo había un libro singular, que, no sé por qué, pero llamó considerablemente mi atención. De todos los libros que había, aquel fue el único que me convenció de leerlo. Quizás fue su curiosa portada o su cantidad en minoría de hojas, no lo sé. Como muchas cosas en la vida, tenía algo inexplicable que hizo que me fijase en ello. Al abrirlo, una sensación de cambio tocó mi cuerpo, sentí un aire, como si hubiese dado miles de vueltas. Sin embargo, seguía inmóvil en el mismo punto. El libro, era la biografía sobre un hombre llamado, Jorge Luis Llosa Gallego. Según el libro, era el propietario de la casa en la que me hallaba. Decía ciertos datos biológicos de él y sobre la historia de la casa, que leí con gran emoción. Mas no lograron atraparme lo suficiente como para continuar sin descansar con la lectura de su historia. El hombre se había esforzado mucho en la realización de este sitio, tenía mucho amor a su construcción, como si fuese su sueño. Lamentablemente, tuvo una vida desgraciada: discusiones con su esposa, alcoholismo, intentos de suicidio, locura, y demás desdichas que nadie desearía tener. Gracias a la casualidad, me detuve en la última página y mis ojos se fijaron en una cita que se hallaba entre las líneas finales:  
“Si usted, desahuciado lector, que está leyendo este libro, no abandona mi hogar para antes del amanecer, téngalo por seguro que vivirá en carne propia todo lo que yo sentí, durante la maldición a la que llaman vivir. Como castigo de la osadía de pisar mi paradisiaca obra, a la cual dediqué grandes años de mi desgracia (mi vida); se arrepentirá de ello (si es que acaso le da tiempo de pensar en el arrepentimiento), solo podrá llorar, y esperar para entregarse al descanso eterno.
Jorge Luis Llosa Gallego.”
Tomé aquello como un cuento de terror absurdo, sacado de la imaginación de un hombre cualquiera. No me importó y sin darme cuenta me quedé dormido en el sillón.
Espabilé, decidido a abandonar la casa, a caminar de día con convicción. Al levantarme, mi sorpresa fue grande. Tenía ropas diferentes, que no eran mías: traje de saco y corbata muy arcaico, como si fuese de un viejo, de una época ajena a la mía. Busqué aterrado mi ropa, y no la encontraba, todos mis intentos eran en vano. Fui a mirarme al espejo y aquel reflejo que poseía me espantó en niveles colosales. Mi rostro no era el mismo, aquella cara que reflejaba el cristal no era la mía. Aquello me perturbó y alteró mi paciencia. Entre mis espavientos, cause un choque en una litera, ocasionando la caída de varios libros. Sobre mi pie cayó el mismo libro de la noche anterior, de Jorge Luis Llosa. Estaba ahí mismo donde lo había dejado. Lo cogí, lleno de irá e impaciencia. Al agarrarlo mi dedo pisó su solapa, ocasionando en mí un gran terror incomprensible: vi la imagen del señor Llosa y al voltear a ver mi reflejo, al comenzar a hacer comparaciones, solo se me ocurrió gritar y dejarme dominar por el horror de la inexplicable similitud.    
¡Desperté nuevamente! Qué gran alivio, todo había sido una ruin pesadilla horrífica. Sin duda, el libro había logrado causar algo de alteración y enmarcarse entre mi subconsciente, mas no pasó de la ficción. ¡Estaba equivocado! Todo seguía igual; mi aspecto, era igual que el rostro de Jorge Luis. El reflejo dibujado en el espejo había hecho estallar mi pánico. Busqué mi billetera, y, en lugar de dar con mi identificación… ¡me topé con la identificación de aquel hombre, que estaba entre mis papeles! Una billetera que, al igual que el traje y el rostro, no me pertenecían. ¿Adónde se habían ido todas mis pertenencias? Y aun peor: ¡dónde estaba mi ser físico original! Me eché al piso con la boca llana y los ojos tan abiertos como nunca, con una nariz que no paraba de mover sus fosas nasales en una respiración agitada, como consecuencia de la manifestación del caótico horror. El estar en un lugar que, no solo sentir que no perteneces a él, sabes que es así, que no deberías estar ahí, y que parezca que no puedas hacer nada por abandonar aquella mazmorra donde te consumes.
Alguien tocó la puerta, entre quejidos y demorados intentos de recomposición, seguido de tropiezos, logré dar con la perilla y abrirla, sin que la cara marcada en mí de horror se marchase. Fue una mujer, de edad joven –alrededor de los veinte años– y una belleza admirable, algo que solo la juventud y la inocencia podían hacer, y, sin importar aquel vestido tan anticuado que traía, eso no podía eclipsar su hermosura. Iba a gritar implorándole ayuda, por más loco que pudiese pensar que estaría, pero ella ni siquiera me dejó hablar, tapó mi boca entre abierta, que intentaba pronunciar la primera silaba, mediante un apasionante beso, en el que se notaba confianza y enorme amor hacia quien lo recibía. Estaba perdido, pues entre nosotros no había tal cosa, ¿quién le daba un beso a un desconocido? La respuesta a mis confusiones, llegó en pocos instantes de la misma boca que me besó. Y desearía no haberla oído.
–Oh, amado Jorge Luis –Expresó la dama, ocasionando así mi estado de fobia ante la maldición que se había desatado en mí–, la casa quedó hermosa, es la casa de nuestros sueños, la que tanto prometiste hacer. ¡Dios bendiga nuestro hogar y nuestra relación, querido esposo!No lo podía creer, el pánico me ocasionó gritar, aunque… El momento acabó en tal ocasión, y al de abrir los ojos, fui a dar a una cama. ¿¡A qué demonios jugaba!? Tuve el inútil pensamiento de que los tres sucesos anteriores hacían parte de una pesadilla. Al voltear hacia el lado central de la cama, maldije mi existencia: estaba junto a mí la misma mujer que me había besado y llamado por el nombre de Jorge Luis.
–¿Cómo amaneciste, amor? –Preguntó, con una sonrisa dibujada en su semblante.
Me alejé rápido de la cama, levantándome en un ataque de desconcierto. Ella estaba aparentemente desnuda; parte de su cuerpo cubierto por las sabanas. Yo me hallaba sin camisa y en ropa interior. La mujer, cuyo nombre desconocía, hizo un gesto de extrañes por la confusa situación. No sé cómo, sin tener idea alguna de su nombre, mi boca lo pronunció, en una frase involuntaria:
–Margared, siento que el vivir aquí… me está consumiendo.
No comprendo la razón por que hubiese dicho aquello, en contra de mi voluntad, y más aun haciendo uso de aquel nombre, que, de manera fácil, descubrí que era el de la mujer, esposa de Jorge Luis, o, ¿mi esposa…?
Volví a despertar en otro lugar, como si, al igual que las ocasiones anteriores, todo hubiese sido un simple sueño. Sabía a la perfección que era más que un sueño; a menos que fuese un sueño largo, o quizás un sueño despierto. Estaba en un parque, con un clima gris y deprimido –igual que mis ánimos en ese momento, por culpa de esta vida a la que estaba obligado, sin nunca haber pedido tenerla–. Esta vez, además de hablar involuntariamente, también hacía gestos involuntarios: le arrojaba comida a las aves del parque, que se acercaban cada vez que la tiraba al piso. Volteaba la cabeza hacia varios lados, como buscando algo, hasta que me detuve hacia mi izquierda, donde estaba Margared; estaba llorando, sus lágrimas, eran lagrimas que estaban en su última tensión, eran lagrimas que se estaban secando, dejando solo la demostración de los estragos causados por un doloroso sentimiento. Presentí que yo era el causante de aquellas lacerantes lágrimas. Yo también me demostraba triste y sentía como si buscase a mirarla, pero a la vez la evitara, como si las palabras se quedasen perdidas en el miedo y el nerviosismo, en un fallido intento de indiferencia; tal vez, como consecuencia de no saber qué me respondería, o porque ya sabía qué me iba a responder, y era eso lo que habría de temer; que yo tuviese razón. Ella hacía intentos por hablar, pero el llanto se los cortaba. Logró expresar su mensaje: eran quejidos, quejas en forma de desahogo y de lamentos, preguntándome porqué le había hecho tal cosa, porqué siempre hacía tal cosa, y, que, “este viaje que creíamos interminable había llegado a su fin”, por culpa de ambos. Aunque no sintiese ningún sentimiento por aquella mujer, y solo estuviese junto a ella por una condena en contra de mi voluntad, sentí lástima, por ella y por mí. Sus palabras habían conseguido afectarme, llegué a pensar que en verdad me las merecía, como si de verdad le hubiese hecho todo lo que decía entre sollozos. Cuando terminó su discurso de aflicciones, se marchó de la banca, yo solo me quedé sentado sin poder hacer objeción, mientras veía como se alejaba de mí, y creo que, se alejaba para siempre.
De nuevo desperté. Ahora comprendía el orden de las acciones ejecutadas en esta vida –y no quería usar el término “mi vida”, ya que esta no era mi vida; no obstante, poco a poco se iba convirtiendo en mi vida–, en la vida de Jorge Luis. Cada vez que pasaba algún momento que hubiese marcado al hombre en su vida, despertaba en otro día de su historia. Esta era la manera como vivía en carne propia sus desgracias; más allá de que no lo comprendiese, quedase en dudas, y el tiempo de los hechos fuese corto, lograban entristecerme, tanto por mi vida como por la de él. Dicen que nadie conoce la vida de los demás y a veces debemos ponernos en el lugar de una persona para comprender sus razones. Por desgracia, yo me encontraba en el lugar de aquel pobre hombre; literal. Me levanté y dirigí hacia la gran ventana del hogar, que daba una vista hermosa. A mi cabeza, llegaron recuerdos que jamás viví, pero, que a pesar de eso, el viejo Llosa sí había vivido. Poseía la habilidad de tener sus mismos recuerdos: veía a Margared, y eso me dolía; sin llegar a conocer una persona, logró hacer que sintiese sentimientos por ella, algo ilógico; sin embargo, de eso se trataba todo, poco a poco, todo sería irracional. No obstante, sabía que en realidad, era Jorge Luis quien sentía tales cosas en especial, yo solo estaba encargándome de revivir todo ello. También aterrizaron en mí, recuerdos de días anteriores, en los que mis brazos sostenían muchas botellas de alcohol y expresaba palabras nostálgicas en manera de desahogo. El hombre había recurrido al vicioso trago buscando un sitio donde esconderse. Cada vez más, me acercaba a ser Jorge Luis por completo: yo era él y él era yo, sentía todo lo que él sentía, recordaba todo lo que él había presenciado; estaba viviendo su vida.
A partir de ahora, cada vez que exprese algo, como si me hubiese pasado a mí, es narrando los hechos ocurridos a Jorge Luis, pues ya no tengo vida propia, sino que rencarné en la de él; una rencarnación consiente.
Me llegó una carta, con fecha del 13 de enero de 1845.  Donde se me decía que Elizabeth, mi madre –o sea, la de Jorge Llosa–, había fallecido. Fue asesinada por mi padre, David Allan (cabe recalcar, que, a partir de esta parte de esta historia, gran parte de las acciones que realice son involuntarias, todas ellas son una repetición de lo hecho por Jorge Llosa). Me desplomé a llorar. Al salir de la casa llevaba grandes sentimientos de odio y expresiones relativas a la ira. Mi vista se cerró, para que este suceso acabase y despertara en uno nuevo.
Desperté en la cárcel, ese mismo día hablé con mi abogado. Le pedí explicaciones sobre mi estadía aquí, ya que las desconocía. El señor se extrañó mucho, tratándome de cínico. Sin embargo, por más molestias que mostró ante mis declaraciones de olvido, me indicó que se me acusaba de asesinato, y con pruebas irrefutables, por lo que me esperaban muchos años preso, que lo mejor sería declararme culpable, aunque yo ya supiese que lo era. Mi crimen había sido tan atroz que no se tendría ninguna gota insignificante de compasión ante mi condena. En ese instante, llegaron a mi mente imágenes de mí, sosteniendo un cuchillo, con una respiración agitada, en un torbellino de ira, rencor y venganza…, apuntaba hacia un hombre ensangrentado y sumamente herido, mientras me rogaba, pidiéndome piedad y que lo perdonase, que me apiadara de él. Para dirigirse a mí, no usaba ningún nombre, si no que me llamaba “hijo”.
Durante los siguientes días, no despertaba tan seguido, pues el fin de aquella experiencia era sufrir, y en la prisión sufrí demasiado. Fueron terribles momentos; pobre de Llosa, maldigo el día en que nací, y en que nació también él. Viví las peores torturas en ese lugar.
Un día desperté, después de muchos días estando en ese calabozo, pensando que mi muerte llegaría en esa mazmorra y no viviría más recuerdos de Jorge Llosa. Ese día me sentí muy alegre, hacía mucho tiempo que no me sentía así. A pesar de que el castigo de la rencarnación no había terminado; al menos había superado esa fase.
Hasta ahora, cada uno de los días que vivía, cada desagradable mañana en la que me despertaba, era una tortura en que todo era opaco para mí, como si el sol nunca saliese y solo existiese en un hueco donde la luz no penetraba. Respirar era una desgracia. Jamás volvería a ser feliz, ¿”feliz”? Ya dudaba de que la felicidad existiese, comprendí que aquello era solo una ilusión tan efímera como mis esperanzas.  
Abrí los ojos, estaba en un lugar muy extraño. Esta vez podía moverme por mi propia cuenta, bajo mi propia voluntad, aunque estaba perdido, como al inicio de todo. Una mujer con traje de enfermera ingresa al estrecho cuarto donde me hallo, el cual posee una débil iluminación. Se dirige hacia mis espaldas, solo cuando me saca de aquella habitación es que me entero que estoy en una silla de ruedas, con una camisa de fuerza. Me dio algunas pastillas y me habló sobre cómo recuperar el camino de la tranquilidad, me dialogó sobre la cordura, sobre la desesperación, y un montón de palabrerías más sobre cosas absurdas. Comprendí donde me hallaba, ¡estaba en un maldito manicomio! ¡No puede ser que me topa…! ¡Topasen por loco a Jorge Luis! ¡Qué más da, maldita sea! Éramos la misma malaventurada persona ya. ¡Daba igual si me refería a mí bajo mi nombre o el de él!, ¡Ya nada importaba! ¡Ya todo era solo una podrida insignificancia, que estaba de adorno en esta pocilga de existir! Deseaba morirme, solo así conseguiría acabar con todo este sufrimiento.
Al igual que en la cárcel, estuve varios días despertando en ese manicomio. Cada día era peor, no había un solo despertar que no llorase y quejase, mientras, tal vez, ese desgraciado debería de estar riéndose, si es que de alguna forma pudiese verme, estuviese muerto o no. Un día, me quitaron aquella camisa y me dieron cierto tiempo de libertad, en lo que parecía ser una especie de cafetería. Para mí, fue una dicha inigualable que no podía desperdiciar. Pedí papel y lápiz a una de las enfermeras. Escribí una carta de suicidio, donde relataba toda esta odisea, expresando en aquellas líneas el dolor que se encarnaba a diario en mis venas, envenenándome. Al final de la carta puse mi nombre: “Julio García Bustamante”. Al pasar el dedo sobre el nombre, contemplé que mi nombre ya no estaba, en lugar de ello decía “Jorge Luis Llosa Gallego”. No me exalté, sabía que era normal, ya no me sorprendía, en lugar de eso sonreí. Tiempo después, me hallaba colgando de una soga, entre lágrimas y revoloteos, con una reconfortante sonrisa en mi rostro.
Desperté una vez más. Esta vez, sería la última, aquello no logró matarnos –y digo matarnos, porque sentía que Jorge y yo fuésemos uno solo–. Exploré el lugar en el que estaba. Era muy estrecho e incómodo. Oía voces, tristes en su mayoría y a gente llorar y lamentarse, diciendo cosas sobre Jorge Luis y lo buena persona que era; mas no los veía, eran como fantasmas. Pensé en llorar, aunque entendí que era en vano; pero, imaginé que, después de todo, las lágrimas son una forma de demostración de tristeza, en una búsqueda de desahogo, intentando encontrar una forma de deshacerse de esa carga. Además, no era solo yo quien lloraba, era Jorge.
En ese momento no pensé, ni en mis amigos, familiares, ni en mí. Si no, en Margared, en Elizabeth, David Allan, y hasta en Jorge. Yo quedé de último en las lista de consideraciones ante mis últimos minutos de vida, mientras el olvido y la soledad me llevarían poco a poco de la mano hasta la muerte. Toda la vida de Jorge Luis pasó sobre mis ojos. Ese día habían muerto dos personas, Jorge y yo; salvo que, esta era mi primera vez. Espero y no despertar más; que no vaya a ser que, después de esto, me halle en el cielo o algo similar y allí un ángel o quien me dé la bienvenida al paraíso, me llame “Jorge Llosa”; en caso que aquello exista. Ojalá y no sea así y simplemente deje de existir, para dar fin con esta tortura. Qué irónico, qué raro, el que un supersticioso ser humano no desee que haya algo más allá de la muerte, que sea bello y lo haga sentir con esperanzas.
Jorge Luis tenía razón, ¡vivir era una maldición! Esto complacerá al desdichado Jorge Luis, a quien revivo sus trágicas memorias, y a mí, aquel desgraciado, víctima del dolor vivido por alguien más. Se despiden: Jorge Luis Llosa Gallego y Julio García Bustamante.

FIN.

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