RESURRECCIÓN HETERÓCLITA
Camino
perdido entre la soledad y la oscuridad, solo me acompañan las estrellas y una
ingrata luna que se ocultó detrás de las nubes, negándome el privilegio de
confianza que da su iluminación, su estadía en el cielo; anhelaba verla y
sentir su compañía, en esta desdichada y temible aventura como lo es el caminar
extraviado por un camino de tierra, que al voltear hacia los lados, solo vea, mediante
una estropeada visión: monte y más monte. ¡Maldición!, al menos un brillo o una
voz que me cause algo de euforia, que me anime a avanzar en mi descarrío.
Tras
un largo recorrido, en el que el terror se empezaba a apoderar de mí,
volviéndome un títere hierático y decaído de él, logré dar con un aposento. El lugar,
era una casa en un estado tan desgastado como la descomposición. Su estructura,
estaba muy sucia y en un estado lamentable; aunque, qué más da. Lo mínimo que
pedía era un sitio dónde protegerme del frio y del desconcierto, una mano
humana con la cual platicar, para llegar a adquirir algo de tranquilidad. No
dudé en ingresar a la construcción puesta delante de mí. Corrí la reja de
entrada y caminé a través del camino que había en el amplio patio de la casa. Toqué
la puerta, pero nadie respondió a mi llamado, lo cual me extrañó mucho. ¿Acaso
me ignoraban? La intriga me estaba envolviendo, como una araña a su presa que
cae en sus brazos, cubriéndola en una telaraña de dolor y tragedia. No quedaba
más opción que irrumpir en la casa, sin permiso de sus dueños. La desesperación
era mi único lazarillo y debía hacer lo que mi locura, por culpa de la impaciencia
me dijese. Mi mente solo escuchaba “¡Entra ya, que te desbastará el exterior!” El
desasosiego físico y mental me incitó, hasta convencerme de entrar.
El
lugar, en su interior, contrario a la primera impresión que tenía sobre el
sitio, era hermoso. Era muy paradójico y extraño. Una construcción tan
esplendida que no podía creer que un hombre hubiese hecho tal cosa. El sitio no
era tan grande, algo pequeño, sus medidas eran las de una humilde casa. Sin
embargo, resultaba satisfactoria y atrapante para mi vista; sin duda, las
apariencias engañan. Recorrí el lugar y me encontré con tres cuartos, una sala,
un baño, un jardín trasero y comida en la nevera –comida, que no dudé en tomar,
pues el hambre se materializó en mí–. Había varios libros en la casa, lo que embellecía
más el hogar. Me miré al espejo y daba la impresión de un hombre cansado y sin
esfuerzos. Cerca del espejo había un libro singular, que, no sé por qué, pero
llamó considerablemente mi atención. De todos los libros que había, aquel fue
el único que me convenció de leerlo. Quizás fue su curiosa portada o su cantidad
en minoría de hojas, no lo sé. Como muchas cosas en la vida, tenía algo
inexplicable que hizo que me fijase en ello. Al abrirlo, una sensación de
cambio tocó mi cuerpo, sentí un aire, como si hubiese dado miles de vueltas. Sin
embargo, seguía inmóvil en el mismo punto. El libro, era la biografía sobre un
hombre llamado, Jorge Luis Llosa Gallego. Según el libro, era el propietario de
la casa en la que me hallaba. Decía ciertos datos biológicos de él y sobre la
historia de la casa, que leí con gran emoción. Mas no lograron atraparme lo
suficiente como para continuar sin descansar con la lectura de su historia. El
hombre se había esforzado mucho en la realización de este sitio, tenía mucho
amor a su construcción, como si fuese su sueño. Lamentablemente, tuvo una vida
desgraciada: discusiones con su esposa, alcoholismo, intentos de suicidio,
locura, y demás desdichas que nadie desearía tener. Gracias a la casualidad, me
detuve en la última página y mis ojos se fijaron en una cita que se hallaba
entre las líneas finales:
“Si usted, desahuciado lector,
que está leyendo este libro, no abandona mi hogar para antes del amanecer,
téngalo por seguro que vivirá en carne propia todo lo que yo sentí, durante la
maldición a la que llaman vivir. Como castigo de la osadía de pisar mi
paradisiaca obra, a la cual dediqué grandes años de mi desgracia (mi vida); se
arrepentirá de ello (si es que acaso le da tiempo de pensar en el
arrepentimiento), solo podrá llorar, y esperar para entregarse al descanso
eterno.
Jorge Luis Llosa Gallego.”
Tomé
aquello como un cuento de terror absurdo, sacado de la imaginación de un hombre
cualquiera. No me importó y sin darme cuenta me quedé dormido en el sillón.
Espabilé,
decidido a abandonar la casa, a caminar de día con convicción. Al levantarme,
mi sorpresa fue grande. Tenía ropas diferentes, que no eran mías: traje de saco
y corbata muy arcaico, como si fuese de un viejo, de una época ajena a la mía. Busqué
aterrado mi ropa, y no la encontraba, todos mis intentos eran en vano. Fui a
mirarme al espejo y aquel reflejo que poseía me espantó en niveles colosales.
Mi rostro no era el mismo, aquella cara que reflejaba el cristal no era la mía.
Aquello me perturbó y alteró mi paciencia. Entre mis espavientos, cause un
choque en una litera, ocasionando la caída de varios libros. Sobre mi pie cayó
el mismo libro de la noche anterior, de Jorge Luis Llosa. Estaba ahí mismo
donde lo había dejado. Lo cogí, lleno de irá e impaciencia. Al agarrarlo mi
dedo pisó su solapa, ocasionando en mí un gran terror incomprensible: vi la
imagen del señor Llosa y al voltear a ver mi reflejo, al comenzar a hacer
comparaciones, solo se me ocurrió gritar y dejarme dominar por el horror de la
inexplicable similitud.
¡Desperté
nuevamente! Qué gran alivio, todo había sido una ruin pesadilla horrífica. Sin
duda, el libro había logrado causar algo de alteración y enmarcarse entre mi
subconsciente, mas no pasó de la ficción. ¡Estaba equivocado! Todo seguía
igual; mi aspecto, era igual que el rostro de Jorge Luis. El reflejo dibujado
en el espejo había hecho estallar mi pánico. Busqué mi billetera, y, en lugar de
dar con mi identificación… ¡me topé con la identificación de aquel hombre, que
estaba entre mis papeles! Una billetera que, al igual que el traje y el rostro,
no me pertenecían. ¿Adónde se habían ido todas mis pertenencias? Y aun peor: ¡dónde
estaba mi ser físico original! Me eché al piso con la boca llana y los ojos tan
abiertos como nunca, con una nariz que no paraba de mover sus fosas nasales en
una respiración agitada, como consecuencia de la manifestación del caótico
horror. El estar en un lugar que, no solo sentir que no perteneces a él, sabes
que es así, que no deberías estar ahí, y que parezca que no puedas hacer nada
por abandonar aquella mazmorra donde te consumes.
Alguien
tocó la puerta, entre quejidos y demorados intentos de recomposición, seguido
de tropiezos, logré dar con la perilla y abrirla, sin que la cara marcada en mí
de horror se marchase. Fue una mujer, de edad joven –alrededor de los veinte
años– y una belleza admirable, algo que solo la juventud y la inocencia podían
hacer, y, sin importar aquel vestido tan anticuado que traía, eso no podía
eclipsar su hermosura. Iba a gritar implorándole ayuda, por más loco que
pudiese pensar que estaría, pero ella ni siquiera me dejó hablar, tapó mi boca
entre abierta, que intentaba pronunciar la primera silaba, mediante un
apasionante beso, en el que se notaba confianza y enorme amor hacia quien lo
recibía. Estaba perdido, pues entre nosotros no había tal cosa, ¿quién le daba
un beso a un desconocido? La respuesta a mis confusiones, llegó en pocos instantes
de la misma boca que me besó. Y desearía no haberla oído.
–Oh,
amado Jorge Luis –Expresó la dama,
ocasionando así mi estado de fobia ante la maldición que se había desatado en
mí–, la casa quedó hermosa, es la casa de nuestros sueños, la que
tanto prometiste hacer. ¡Dios bendiga nuestro hogar y nuestra relación, querido
esposo!No
lo podía creer, el pánico me ocasionó gritar, aunque… El momento acabó en tal
ocasión, y al de abrir los ojos, fui a dar a una cama. ¿¡A qué demonios
jugaba!? Tuve el inútil pensamiento de que los tres sucesos anteriores hacían
parte de una pesadilla. Al voltear hacia el lado central de la cama, maldije mi
existencia: estaba junto a mí la misma mujer que me había besado y llamado por
el nombre de Jorge Luis.
–¿Cómo amaneciste, amor?
–Preguntó, con una sonrisa dibujada en su semblante.
Me
alejé rápido de la cama, levantándome en un ataque de desconcierto. Ella estaba
aparentemente desnuda; parte de su cuerpo cubierto por las sabanas. Yo me
hallaba sin camisa y en ropa interior. La mujer, cuyo nombre desconocía, hizo
un gesto de extrañes por la confusa situación. No sé cómo, sin tener idea
alguna de su nombre, mi boca lo pronunció, en una frase involuntaria:
–Margared,
siento que el vivir aquí… me está consumiendo.
No
comprendo la razón por que hubiese dicho aquello, en contra de mi voluntad, y
más aun haciendo uso de aquel nombre, que, de manera fácil, descubrí que era el
de la mujer, esposa de Jorge Luis, o, ¿mi esposa…?
Volví
a despertar en otro lugar, como si, al igual que las ocasiones anteriores, todo
hubiese sido un simple sueño. Sabía a la perfección que era más que un sueño; a
menos que fuese un sueño largo, o quizás un sueño despierto. Estaba en un
parque, con un clima gris y deprimido –igual que mis ánimos en ese momento, por
culpa de esta vida a la que estaba obligado, sin nunca haber pedido tenerla–. Esta
vez, además de hablar involuntariamente, también hacía gestos involuntarios: le
arrojaba comida a las aves del parque, que se acercaban cada vez que la tiraba
al piso. Volteaba la cabeza hacia varios lados, como buscando algo, hasta que
me detuve hacia mi izquierda, donde estaba Margared; estaba llorando, sus lágrimas,
eran lagrimas que estaban en su última tensión, eran lagrimas que se estaban
secando, dejando solo la demostración de los estragos causados por un doloroso
sentimiento. Presentí que yo era el causante de aquellas lacerantes lágrimas. Yo
también me demostraba triste y sentía como si buscase a mirarla, pero a la vez
la evitara, como si las palabras se quedasen perdidas en el miedo y el
nerviosismo, en un fallido intento de indiferencia; tal vez, como consecuencia
de no saber qué me respondería, o porque ya sabía qué me iba a responder, y era
eso lo que habría de temer; que yo tuviese razón. Ella hacía intentos por hablar,
pero el llanto se los cortaba. Logró expresar su mensaje: eran quejidos, quejas
en forma de desahogo y de lamentos, preguntándome porqué le había hecho tal
cosa, porqué siempre hacía tal cosa, y, que, “este viaje que creíamos
interminable había llegado a su fin”, por culpa de ambos. Aunque no sintiese
ningún sentimiento por aquella mujer, y solo estuviese junto a ella por una
condena en contra de mi voluntad, sentí lástima, por ella y por mí. Sus palabras
habían conseguido afectarme, llegué a pensar que en verdad me las merecía, como
si de verdad le hubiese hecho todo lo que decía entre sollozos. Cuando terminó
su discurso de aflicciones, se marchó de la banca, yo solo me quedé sentado sin
poder hacer objeción, mientras veía como se alejaba de mí, y creo que, se
alejaba para siempre.
De
nuevo desperté. Ahora comprendía el orden de las acciones ejecutadas en esta
vida –y no quería usar el término “mi vida”, ya que esta no era mi vida; no
obstante, poco a poco se iba convirtiendo en mi vida–, en la vida de Jorge
Luis. Cada vez que pasaba algún momento que hubiese marcado al hombre en su
vida, despertaba en otro día de su historia. Esta era la manera como vivía en
carne propia sus desgracias; más allá de que no lo comprendiese, quedase en
dudas, y el tiempo de los hechos fuese corto, lograban entristecerme, tanto por
mi vida como por la de él. Dicen que nadie conoce la vida de los demás y a veces
debemos ponernos en el lugar de una persona para comprender sus razones. Por
desgracia, yo me encontraba en el lugar de aquel pobre hombre; literal. Me
levanté y dirigí hacia la gran ventana del hogar, que daba una vista hermosa. A
mi cabeza, llegaron recuerdos que jamás viví, pero, que a pesar de eso, el
viejo Llosa sí había vivido. Poseía la habilidad de tener sus mismos recuerdos:
veía a Margared, y eso me dolía; sin llegar a conocer una persona, logró hacer
que sintiese sentimientos por ella, algo ilógico; sin embargo, de eso se
trataba todo, poco a poco, todo sería irracional. No obstante, sabía que en
realidad, era Jorge Luis quien sentía tales cosas en especial, yo solo estaba
encargándome de revivir todo ello. También aterrizaron en mí, recuerdos de días
anteriores, en los que mis brazos sostenían muchas botellas de alcohol y
expresaba palabras nostálgicas en manera de desahogo. El hombre había recurrido
al vicioso trago buscando un sitio donde esconderse. Cada vez más, me acercaba
a ser Jorge Luis por completo: yo era él y él era yo, sentía todo lo que él
sentía, recordaba todo lo que él había presenciado; estaba viviendo su vida.
A
partir de ahora, cada vez que exprese algo, como si me hubiese pasado a mí, es
narrando los hechos ocurridos a Jorge Luis, pues ya no tengo vida propia, sino
que rencarné en la de él; una rencarnación consiente.
Me
llegó una carta, con fecha del 13 de enero de 1845. Donde se me decía que Elizabeth, mi madre –o
sea, la de Jorge Llosa–, había fallecido. Fue asesinada por mi padre, David
Allan (cabe recalcar, que, a partir de esta parte de esta historia, gran parte
de las acciones que realice son involuntarias, todas ellas son una repetición
de lo hecho por Jorge Llosa). Me desplomé a llorar. Al salir de la casa llevaba
grandes sentimientos de odio y expresiones relativas a la ira. Mi vista se
cerró, para que este suceso acabase y despertara en uno nuevo.
Desperté
en la cárcel, ese mismo día hablé con mi abogado. Le pedí explicaciones sobre
mi estadía aquí, ya que las desconocía. El señor se extrañó mucho, tratándome
de cínico. Sin embargo, por más molestias que mostró ante mis declaraciones de
olvido, me indicó que se me acusaba de asesinato, y con pruebas irrefutables, por
lo que me esperaban muchos años preso, que lo mejor sería declararme culpable,
aunque yo ya supiese que lo era. Mi crimen había sido tan atroz que no se
tendría ninguna gota insignificante de compasión ante mi condena. En ese instante,
llegaron a mi mente imágenes de mí, sosteniendo un cuchillo, con una
respiración agitada, en un torbellino de ira, rencor y venganza…, apuntaba
hacia un hombre ensangrentado y sumamente herido, mientras me rogaba,
pidiéndome piedad y que lo perdonase, que me apiadara de él. Para dirigirse a
mí, no usaba ningún nombre, si no que me llamaba “hijo”.
Durante
los siguientes días, no despertaba tan seguido, pues el fin de aquella
experiencia era sufrir, y en la prisión sufrí demasiado. Fueron terribles
momentos; pobre de Llosa, maldigo el día en que nací, y en que nació también
él. Viví las peores torturas en ese lugar.
Un
día desperté, después de muchos días estando en ese calabozo, pensando que mi
muerte llegaría en esa mazmorra y no viviría más recuerdos de Jorge Llosa. Ese
día me sentí muy alegre, hacía mucho tiempo que no me sentía así. A pesar de
que el castigo de la rencarnación no había terminado; al menos había superado
esa fase.
Hasta
ahora, cada uno de los días que vivía, cada desagradable mañana en la que me
despertaba, era una tortura en que todo era opaco para mí, como si el sol nunca
saliese y solo existiese en un hueco donde la luz no penetraba. Respirar era
una desgracia. Jamás volvería a ser feliz, ¿”feliz”? Ya dudaba de que la
felicidad existiese, comprendí que aquello era solo una ilusión tan efímera
como mis esperanzas.
Abrí
los ojos, estaba en un lugar muy extraño. Esta vez podía moverme por mi propia
cuenta, bajo mi propia voluntad, aunque estaba perdido, como al inicio de todo.
Una mujer con traje de enfermera ingresa al estrecho cuarto donde me hallo, el
cual posee una débil iluminación. Se dirige hacia mis espaldas, solo cuando me
saca de aquella habitación es que me entero que estoy en una silla de ruedas,
con una camisa de fuerza. Me dio algunas pastillas y me habló sobre cómo
recuperar el camino de la tranquilidad, me dialogó sobre la cordura, sobre la
desesperación, y un montón de palabrerías más sobre cosas absurdas. Comprendí
donde me hallaba, ¡estaba en un maldito manicomio! ¡No puede ser que me topa…! ¡Topasen
por loco a Jorge Luis! ¡Qué más da, maldita sea! Éramos la misma malaventurada
persona ya. ¡Daba igual si me refería a mí bajo mi nombre o el de él!, ¡Ya nada
importaba! ¡Ya todo era solo una podrida insignificancia, que estaba de adorno
en esta pocilga de existir! Deseaba morirme, solo así conseguiría acabar con
todo este sufrimiento.
Al
igual que en la cárcel, estuve varios días despertando en ese manicomio. Cada día
era peor, no había un solo despertar que no llorase y quejase, mientras, tal
vez, ese desgraciado debería de estar riéndose, si es que de alguna forma
pudiese verme, estuviese muerto o no. Un día, me quitaron aquella camisa y me
dieron cierto tiempo de libertad, en lo que parecía ser una especie de
cafetería. Para mí, fue una dicha inigualable que no podía desperdiciar. Pedí papel
y lápiz a una de las enfermeras. Escribí una carta de suicidio, donde relataba
toda esta odisea, expresando en aquellas líneas el dolor que se encarnaba a
diario en mis venas, envenenándome. Al final de la carta puse mi nombre: “Julio
García Bustamante”. Al pasar el dedo sobre el nombre, contemplé que mi nombre
ya no estaba, en lugar de ello decía “Jorge Luis Llosa Gallego”. No me exalté,
sabía que era normal, ya no me sorprendía, en lugar de eso sonreí. Tiempo
después, me hallaba colgando de una soga, entre lágrimas y revoloteos, con una
reconfortante sonrisa en mi rostro.
Desperté
una vez más. Esta vez, sería la última, aquello no logró matarnos –y digo
matarnos, porque sentía que Jorge y yo fuésemos uno solo–. Exploré el lugar en
el que estaba. Era muy estrecho e incómodo. Oía voces, tristes en su mayoría y
a gente llorar y lamentarse, diciendo cosas sobre Jorge Luis y lo buena persona
que era; mas no los veía, eran como fantasmas. Pensé en llorar, aunque entendí
que era en vano; pero, imaginé que, después de todo, las lágrimas son una forma
de demostración de tristeza, en una búsqueda de desahogo, intentando encontrar
una forma de deshacerse de esa carga. Además, no era solo yo quien lloraba, era
Jorge.
En
ese momento no pensé, ni en mis amigos, familiares, ni en mí. Si no, en
Margared, en Elizabeth, David Allan, y hasta en Jorge. Yo quedé de último en
las lista de consideraciones ante mis últimos minutos de vida, mientras el
olvido y la soledad me llevarían poco a poco de la mano hasta la muerte. Toda
la vida de Jorge Luis pasó sobre mis ojos. Ese día habían muerto dos personas,
Jorge y yo; salvo que, esta era mi primera vez. Espero y no despertar más; que
no vaya a ser que, después de esto, me halle en el cielo o algo similar y allí
un ángel o quien me dé la bienvenida al paraíso, me llame “Jorge Llosa”; en
caso que aquello exista. Ojalá y no sea así y simplemente deje de existir, para
dar fin con esta tortura. Qué irónico, qué raro, el que un supersticioso ser
humano no desee que haya algo más allá de la muerte, que sea bello y lo haga
sentir con esperanzas.
Jorge
Luis tenía razón, ¡vivir era una maldición! Esto complacerá al desdichado Jorge
Luis, a quien revivo sus trágicas memorias, y a mí, aquel desgraciado, víctima del
dolor vivido por alguien más. Se despiden: Jorge Luis Llosa Gallego y Julio
García Bustamante.
FIN.
Si desea oír este relato narrado en vídeo, puedo hacerlo haciendo click aquí.
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