El despertador sonó a las
6:00 a. m., abrí los ojos y comencé el día, como dictaba la rutina. Volteé a
ver la biblioteca, extrañado, con un ignoto sentimiento, quizás de angustia,
quizás de melancolía o quizás de terror… sin saber que esa sería la última vez que
la vería. Me bañé y vestí, sorprendiéndome al no sentir a mi familia durante el
transcurso. Bajé al comedor y desayuné cereales, esperando a los demás. Y no
ocurría cambio alguno. Ese mutismo incómodo terminó absorbiendo mi paz, llevándome
a buscarlos.
—¡Mamá!
¡Papá! —grité y nadie respondió.
“¿Qué estará pasando?”,
me pregunté. Al entrar al cuarto de mis padres mamá sació mi curiosidad y a la
vez me alarmó, por su aparición repentina.
—¿Por qué no habían
despertado? —le pregunté. Se quedó unos segundos en silencio, hasta que
pronunció a voz lenta:
—Es que no era hora, Álvaro.
Fui a encender la
bombilla y mi madre me detuvo. Se limitó a retenerme el brazo y luego seguir su
camino hacia la cocina. En cuanto lo hizo, mi padre se levantó y la siguió. Me
confundió aquel comportamiento, ninguno me había saludado. Ni siquiera había
podido repararlos o verles las caras, por lo que me dirigí hacia ellos, algo desorientado,
algo enojado.
—¿Qué les pa…? —voltearon
a verme al unísono y mi voz fue obstruida por el miedo.
Sus ojos… no estaban.
Mi voz regresó, pero no
para continuar la frase bosquejada, sino para lanzar un horrible alarido,
congelándose mi raciocinio y tranquilidad.
—No estás arreglado para
la Ceremonia de la Reoculación
–expresó mamá.
No contesté, congelado
todavía. Una parte de mi razón me dijo que ellos no era mi familia, por lo que
escapé de la inmovilización y corrí a encerrarme en mi cuarto. Intenté teorizar
sobre lo que acababa de ver: mis padres estaban… ¿muertos?, ¿vivos?,
¿transformados en otra cosa? Aquella falta de luceros expresaban cualquier cosa…
menos humanitarismo; donde se suponía que deberían estar, no había ni cuencas
vacías u oscuras, ni un óvalo o algo que expresase el espacio incompleto; su
zona ocular estaba rellenada por piel; tampoco tenían cejas. La ventana de sus
almas había sido repellada por epidermis.
Pasados diez minutos de
agonía e intranquilidad, encerrado en mi olvido del mundo, desesperado, después
de lanzar mil conjeturas y mentirme dos mil veces, diciendo que todo era un
sueño, escuché la puerta ser abierta y luego cerrada.
Descendí y comprobé que
habían salido. Sin saber qué acción realizar o qué pensamiento pensar miré por
la ventana a las personas pasar, desahogando mi dolor en la admiración del
exterior. Aquello aumentó el terror en mí, al ver que, al igual que mi familia,
los demás tampoco tenían ojos, cegados por la piel sobrepuesta. Además noté
otra coincidencia: las personas marchaban al mismo ritmo, pareciendo que fuesen
en una manifestación o algo similar. Lo más destacable fue la idea de que cada
uno parecieran seres sin conciencia, que se desplazaban solo por atracción,
guiados por algo o alguien. No expresaban ni vida ni conciencia, y de no ser
por su materialización, podría decirse que eran seres inexistentes, o seres
imaginados…, disfrazados como hombres.
Mi corazón dejó de latir
y mi sistema sanguíneo se detuvo cuando uno me volteó a…; volteó para dirigir
lo que, supongo, debería mencionar como “mirada”, mas no sería exacto, debido a
sus características. Caí privado por el pánico, abandonando la ventana. Aquello,
me hizo entender que ellos no podían ser seres humanos; serían algo peor que
una persona o cualquier cosa existente en este mundo. Imaginar que mis padres
estaban marchando entre esa multitud, bajo las mismas condiciones que ellos, me
congojó.
No sabía si gritar, si
encerrarme en un mutismo horripilante o indagar sobre esa anormalidad en la que
me encontraba. Opté por la última opción, sin abandonar el temor a conocer la
verdad que subyacía en esa singularidad. Al aguardar y asegurarme de que la
manifestación pasó en su totalidad, decidí salir.
Con cautela, cerré la
puerta; giraba yo hacia derecha e izquierda, abrumado, percatándome
puntillosamente de que no corriese peligro de ser descubierto por alguno de
esos seres que se cubrían con morfología humana.
Las calles estaban
desiertas, pobladas solo por el viento gélido que se explayaba por ellas y las
desanimadas nubes grisáceas posadas en el firmamento. El suspenso aumentaba mientras
caminaba y seguía sin toparme con figura alguna de ser animado. Caminé hasta que
por fin di con el grupo de Sin-ojos.
Preocupado por no ser
como ellos, anhelando que no me descubriesen o reaccionasen de forma agresiva
ante mis diferencias, los imité, para pasar desapercibido y así llegar hasta
donde quería o hasta donde ellos se dirigían –lo cual acababa siendo lo mismo–,
sin importarme que fuese lo que quisiese o no; el paradero de ellos era lo
único importante en ese momento.
Peregrinaba comportándome
igual, logrando así mi objetivo. Al inicio sentía la inquietud y la atención
prestada en mí, aunque esta sensación fue eliminada tras pasar el tiempo y
acoplarme a la perfección. Bregué avanzar demás, pero sabía que si lo hacía se
notaría mi desesperación, y la resistencia ante mis miedos; habrían sido en
vano, terminando en un trágico final, el cual no podía ni imaginar el nivel de
horripilación. Buscaba a mis familiares con la mirada, creyendo poder
reconocerlos por sus espaldas.
Me pareció identificar a
mi padre después de veinte minutos y la exasperación por la incapacidad de aproximarme
me irritaba, luchando por no demostrar tales sentimientos. No me quedó de otra
que resignarme y continuar con esta absurda marcha hasta que llegase a su acabamiento.
Pasadas cerca de dos
horas de recorrido por fin se habían detenido. Estábamos ubicados en un extenso
espacio, sin haber ni un mero vehículo. Todos “miraban” —si se me permite
decirlo así— hacia la misma dirección, enfocando un enorme edificio, en el cual
había una gran pantalla en negro. Me abrí paso entre la muchedumbre y por vez
primera noté que habían más como yo, poseedores todavía de sus luceros; eran
pocos, sin embargo, los escasos veinte se comportaban igual que la mayoría.
Sonó una campana que hizo un eco prolongado. Mientras se manifestaba el sonido,
los Sin-ojos se ubicaron de forma tal que formaron un pasillo, dejándome el
camino como para que avanzase, mientras estaban taciturnos e inmóviles,
semejantes a estatúas, pareciendo que estuviesen esperando a que yo caminase
por ese sendero, que conducía hacia la pantalla, donde me esperaba el pequeño
grupo conformado por los individuos que aún tenían vista.
Nervioso, avancé,
meditabundo, titiritando, pudiendo apenas estar de pie. Fingía que los ignoraba
y no sabía que estuviesen ahí, caminando viendo hacia el piso, mientras me
acompañaba el terror y la confusión en mis hombros. Al llegar a mi destino, me
uní a la masa de “normales”. Los interrogué, anhelando respuestas, mas nadie
contestó; se quedaron callados e inmóviles.
Quedé cegado por unos
segundos por el brillo que emitió la pantalla, hasta que el color que había
mutado a blanco deslumbrante se convertía en un rostro flotante, con un paisaje
gris a sus espaldas. El rostro inclinó su mirada hacia los desdichados que
estábamos abajo de él, retirados de la aglomeración mayor, dueños de nuestros
ojos aún.
—¡Ustedes! —pronunció el
rostro, dirigiéndose a nosotros. No pude evitar temblar ante tal situación—.
Hoy han de inmolarse por el avance de la oligarquía esencial, para poder
conseguir el avance. Hoy se unirán a vuestros compañeros; serán todos iguales,
siendo el uno reflejo del otro. Harán parte de este todo vacío —se detuvo al
analizarme, sin yo darme cuenta, y comprendió que había algo diferente en mí—.
¡Tú! —gritó, y en esas los demás se dirigieron hacia mí, rodeándome. Aquello me
llevó a una mayor alteración de mi exasperación, preocupado por lo que podría
pasar o por lo que no habría de pasar—. No te has unido a la sociedad… ¡Vamos,
no tengas miedo y acompáñanos! —Él notó mi reticencia y elevó el tono de su voz—.
¿Por qué no quieres? Igual siempre han sido así, solo que ahora lo
comprendieron y por ello ya no comprenden nada; no es malo estar ciego, pues
así no ves la fealdad.
Algo en mi interior me
llevó a soslayar, abriéndome paso entre los cuerpos que servían de muros, en un
evento milagroso. Esto provocó la vasta cólera del individuo de la pantalla;
lanzó un potente alarido y sonidos singulares, indicándoles que me persiguiesen.
Me oculté en una casa deshabitada.
Era seguro que sus dueños estarían en la marcha, buscándome… Desde ahí, en el
interior, podía oír los pasos de los Sin-ojos buscándome en las calles, pues ni
siquiera expresaban palabra alguna, ni ruido más que el de sus pies al
desplazarse. Con discreción exploré la morada. Terminé en el tercer y último
piso, desde donde podía divisar el punto en el que me encontraba minutos atrás.
Allí seguía aquel rostro malévolo y bajo él, inmóviles, los otros individuos
con ojos. Observé, con gran detalle, desde las sombras de mi ubicación, la peor
escena que pude haber presenciado:
—Hoy acaba un ciclo y
comienza otro, comienzan a ser conscientes de un ciclo en el que siempre
vivieron —decía él, pudiéndolo oír desde donde estaba. No comprendía el
significado que subyacía en sus palabras—. Entréguense a mí y únanse a la
humanidad, no tengáis miedo. Es maravilloso ser ciego, pues así no ven la
fealdad. Ahora, sean felices, que así yo también lo seré.
Al decir aquello, ocurrió
el umbral del caótico horror: el individuo abrió la boca, y entonces de entre
ella emigró una especie de viento azulado, que iba a dar hacia los ojos de los
hipnotizados. Luego, el viento intercambió su dirección, yendo ya desde el ojo
de los pobres hipnotizados con destino hacia el interior de ese monstruo. Mientras
ocurría tal atrocidad, los luceros de esos hombres iban desapareciendo poco a
poco, hasta quedar iguales que los de los demás.
—Vuestro ser se ha unido
ahora al mío; gracias a ello no tendrán más problemas ni angustia, pues yo me
encargaré de ellos.
Algo me aturdió en ese
momento y el razonamiento sobre lo sucedido aterrizó en mi cerebro, causándome
la agonía provocada por la adquisición del conocimiento. Ese rostro, ese
demoníaco ser, ese inhumano sin corazón ¡les robaba su esencia! ¡E hizo eso con
cada uno de los habitantes, dejando la falta de ojos como sello del robo! Era
el causante del comportamiento hierático de las personas, condenándolos a ese
infierno en el cual, gracias a la ignorancia, y a la ceguera, no eran conscientes
del dolor y mentira en la que vivían. Resultaba horripilante el observar que mientras
ocurría esa extracción del Ser ellos, se relajaban, plácidamente, acomodados
entre esa pérdida de identidad, siendo aquella desintegración un bálsamo que
los rejuvenecía y acababa con sus aflicciones, pero pareciendo a la vez más
viejos: muertos vivientes.
Una inesperada desidia
retuvo mi cuerpo y me llevó a cerrar los parpados y después pasar de la
realidad al negro de la inconciencia y despertar en el espacio del sueño. Estudié
el entorno en el cual yacía: era un sector negro por completo, sin estar seguro
siquiera si tenía los pies sobre el piso o si levitaba. El silencio fue
perturbado por la voz de aquel rostro de la pantalla.
—¡Oh, ingenuo hombre!
¿Por qué te resiste, si sabes que al final caerás aquí?
Cuando dijo aquello, bajo
mis pies, como si estuviese sobre una extensa claraboya, surgió la ciudad, en
un ambiente grisáceo, con cada una de las personas caminando. Veía cómo unos
imitaban a otros y cómo algunos se divertían tras hacerse daño. Unos cuantos se
destacaban por no hacer las cosas que hacía la mayoría. Cuando los demás los
descubrieron, los perseguían y ultrajaban, insultándolos, obligándolos a hacer
algo a lo cual se resistían. Al final, tras muchos alegatos, los sujetos
tuvieron que entregarse a la multitud y su apariencia cambió espontáneamente,
uniéndose a la comunidad, perdiendo aquella peculiaridad.
—¿Ves? Sin importarlo, la
oscuridad siempre manchará a los puros —me dijo de nuevo la voz del rostro,
intentando persuadirme o quizás enseñarme algo—. Mira porqué todos quieren
perder sus ojos.
Los habitantes de la
ciudad fueron atraídos por una especie de brillo, que los reunía en un mismo
punto; a posteriori, dicho brillo se esfumó y en esas, la cólera se desató en
los individuos de ese mundo: comenzaron a lanzar espavientos, lágrimas y
alaridos; dementes poseídos por la rabia y la desesperación, tras la ausencia
de aquel brillo. Los unos se miraban a los ojos de los otros y más tarde
procedían a golpearse. Otros, en vez de golpearse a sí mismo, golpeaban a los
demás. Algunos hacían locuras peores, indescriptibles, buscando forma
inexistente de callar la misteriosa agonía que los sacudía. Entre la chusma descontrolada,
reconocí a mis padres. Inclinaron su mirada hacia el cielo y creo que me distinguieron,
pues se arrodillaron y se quedaron viéndome fijamente a los ojos, mientras el
llanto evolucionaba más. Vi en sus ojos, enmarcados por la tristeza y el agobio
existencial, la explicación de aquellos males y exasperaciones, en esos ojos
donde yacían el dolor y la miseria.
—Oh, pobre gente,
inocente; y otros no tanto —interrumpió la voz del rostro—. Algunos no tienen
la culpa, e igual recaen entre los condenados, quizás porque era inevitable o quizás
porque ellos mismos los buscaron, uniéndose a las masas para controlar el
congojo o solo por capricho.
—¡Eres un monstruo! ¡Les
robas la vida a los desahuciados! —le contesté, irritado, olvidándo mi miedo.
—No…, Álvaro. Yo no soy
el culpable; al contrario, soy su salvador.
Mientras pronunciaba esas
palabras su rostro iba formándose de entre la nada, y cuando se manifestó por
completo hizo una breve pausa, durante la cual me dirigió una mirada gélida,
que penetró hasta lo más profundo de mi espíritu.
—Miradlos, cómo la
infelicidad y dualidad los atrapa en esa existencia sinsentido a la que están
sometidos —durante su discurso estábamos observando a la población. En la
ciudad se había manifestado una nueva luz, esta vez con tono de colores muy vivos.
Los hombres la persiguieron, bregando a tocarla. Al conseguir tocarla, la
esencia de ellos moría, volviéndose Sin-ojos. Y solo entonces, cuando
abandonaban su esencia, lograban calmarse, y por primera vez los vi sonreír. Algunos
no demostraban tanto el sentimiento; sin embargo, al ver a los demás, se unían
a la banda de aquellos, que existían sin tener existencia. Encontré a mamá y a
papá, quienes al tocar la luz y despojarse de su Ser, voltearon hacia mí, sin
poder verme. Esta vez la melancolía no se reflejaba en ellos, pues esta no
tenía dónde ser reflejada o donde manifestar o esparcirse. La luz ahora era la
que iba adquiriendo tonos grises, como si la pesadumbre hubiese sido transportada
a ella. Empero, cuando todos le dieron la espalda a la luz, esta se expandió y
reemplazó ese color de pena de la atmósfera por uno de dicha, y vi a las
multitudes alzar los brazos, para pasar a aplaudirles a la luz, que se elevaba sobre
sus cabezas y luego desparecía, aunque solo en el plano de ellos, ya que actuaban
de forma que no la percibía. Continuaron con su rumbo de seres privados de
sentimientos y razón, mas yo seguía viéndola, por más que hubiese explotado
segundos antes, y creo que aquel despiadado que estaba junto a mí también lo
hacía
—Y es así como al
quitarles lo que tanto los atormentan que consiguen la paz.
—Esto no es paz; es
ignorancia y apegarse al popularismo, ingenuamente. ¡Es entregar el sentido
humano a costa de unas cuantas dosis de satisfacción!
—¡No, Álvaro! ¿Por qué en
lugar de ser rebelde no te unes a tu familia? Entregad vuestros ojos y así no
serás consiente de tanta maldad y de tantos infortunios. No es malo estar
ciego, pues así no ves la fealdad.
Su rostro, por fin, fue
adquiriendo un cuerpo. Al terminar la transformación se acercó a mí, sin poder
yo moverme. Me agarró de las cienes y expresando acrimonia, presente en sus
emociones, me gritó. Creí que intentaba absorber mi Ser. Dijo:
—¡Todos caen en el hueco
sin necesidad de que se les empuje! Ahora es tu turno. No será malo estar
ciego, pues así no verás la fealdad.
***
Aterrado, desperté de
aquel atosigante sueño. El despertador sonó a las 6:00 a. m. y al ponerme de
pie comencé la existencia, tras el regreso al umbral, esta vez en una nueva
cotidianidad. Mi madre me saludó y después de eso fuimos a marchar, estando
ahora yo unido a esa aglomeración de dichosos. Fue un bonito día, sin conocer
la fealdad. ¡Oh, todo alrededor era bello!, y todos éramos iguales, todos
queríamos lo mismo; y nadie…, nadie podía ver.
FIN.
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