lunes, 5 de junio de 2017

Relato 26: "Los Ciegos"


El despertador sonó a las 6:00 a. m., abrí los ojos y comencé el día, como dictaba la rutina. Volteé a ver la biblioteca, extrañado, con un ignoto sentimiento, quizás de angustia, quizás de melancolía o quizás de terror… sin saber que esa sería la última vez que la vería. Me bañé y vestí, sorprendiéndome al no sentir a mi familia durante el transcurso. Bajé al comedor y desayuné cereales, esperando a los demás. Y no ocurría cambio alguno. Ese mutismo incómodo terminó absorbiendo mi paz, llevándome a buscarlos.     
¡Mamá! ¡Papá! —grité y nadie respondió.
“¿Qué estará pasando?”, me pregunté. Al entrar al cuarto de mis padres mamá sació mi curiosidad y a la vez me alarmó, por su aparición repentina.
—¿Por qué no habían despertado? —le pregunté. Se quedó unos segundos en silencio, hasta que pronunció a voz lenta:
—Es que no era hora, Álvaro.    
Fui a encender la bombilla y mi madre me detuvo. Se limitó a retenerme el brazo y luego seguir su camino hacia la cocina. En cuanto lo hizo, mi padre se levantó y la siguió. Me confundió aquel comportamiento, ninguno me había saludado. Ni siquiera había podido repararlos o verles las caras, por lo que me dirigí hacia ellos, algo desorientado, algo enojado.
—¿Qué les pa…? —voltearon a verme al unísono y mi voz fue obstruida por el miedo.
Sus ojos… no estaban.
Mi voz regresó, pero no para continuar la frase bosquejada, sino para lanzar un horrible alarido, congelándose mi raciocinio y tranquilidad.
—No estás arreglado para la Ceremonia de la Reoculación –expresó mamá.  
No contesté, congelado todavía. Una parte de mi razón me dijo que ellos no era mi familia, por lo que escapé de la inmovilización y corrí a encerrarme en mi cuarto. Intenté teorizar sobre lo que acababa de ver: mis padres estaban… ¿muertos?, ¿vivos?, ¿transformados en otra cosa? Aquella falta de luceros expresaban cualquier cosa… menos humanitarismo; donde se suponía que deberían estar, no había ni cuencas vacías u oscuras, ni un óvalo o algo que expresase el espacio incompleto; su zona ocular estaba rellenada por piel; tampoco tenían cejas. La ventana de sus almas había sido repellada por epidermis.
Pasados diez minutos de agonía e intranquilidad, encerrado en mi olvido del mundo, desesperado, después de lanzar mil conjeturas y mentirme dos mil veces, diciendo que todo era un sueño, escuché la puerta ser abierta y luego cerrada.
Descendí y comprobé que habían salido. Sin saber qué acción realizar o qué pensamiento pensar miré por la ventana a las personas pasar, desahogando mi dolor en la admiración del exterior. Aquello aumentó el terror en mí, al ver que, al igual que mi familia, los demás tampoco tenían ojos, cegados por la piel sobrepuesta. Además noté otra coincidencia: las personas marchaban al mismo ritmo, pareciendo que fuesen en una manifestación o algo similar. Lo más destacable fue la idea de que cada uno parecieran seres sin conciencia, que se desplazaban solo por atracción, guiados por algo o alguien. No expresaban ni vida ni conciencia, y de no ser por su materialización, podría decirse que eran seres inexistentes, o seres imaginados…, disfrazados como hombres.
Mi corazón dejó de latir y mi sistema sanguíneo se detuvo cuando uno me volteó a…; volteó para dirigir lo que, supongo, debería mencionar como “mirada”, mas no sería exacto, debido a sus características. Caí privado por el pánico, abandonando la ventana. Aquello, me hizo entender que ellos no podían ser seres humanos; serían algo peor que una persona o cualquier cosa existente en este mundo. Imaginar que mis padres estaban marchando entre esa multitud, bajo las mismas condiciones que ellos, me congojó.             
No sabía si gritar, si encerrarme en un mutismo horripilante o indagar sobre esa anormalidad en la que me encontraba. Opté por la última opción, sin abandonar el temor a conocer la verdad que subyacía en esa singularidad. Al aguardar y asegurarme de que la manifestación pasó en su totalidad, decidí salir.
Con cautela, cerré la puerta; giraba yo hacia derecha e izquierda, abrumado, percatándome puntillosamente de que no corriese peligro de ser descubierto por alguno de esos seres que se cubrían con morfología humana.  
Las calles estaban desiertas, pobladas solo por el viento gélido que se explayaba por ellas y las desanimadas nubes grisáceas posadas en el firmamento. El suspenso aumentaba mientras caminaba y seguía sin toparme con figura alguna de ser animado. Caminé hasta que por fin di con el grupo de Sin-ojos.
Preocupado por no ser como ellos, anhelando que no me descubriesen o reaccionasen de forma agresiva ante mis diferencias, los imité, para pasar desapercibido y así llegar hasta donde quería o hasta donde ellos se dirigían –lo cual acababa siendo lo mismo–, sin importarme que fuese lo que quisiese o no; el paradero de ellos era lo único importante en ese momento.     
Peregrinaba comportándome igual, logrando así mi objetivo. Al inicio sentía la inquietud y la atención prestada en mí, aunque esta sensación fue eliminada tras pasar el tiempo y acoplarme a la perfección. Bregué avanzar demás, pero sabía que si lo hacía se notaría mi desesperación, y la resistencia ante mis miedos; habrían sido en vano, terminando en un trágico final, el cual no podía ni imaginar el nivel de horripilación. Buscaba a mis familiares con la mirada, creyendo poder reconocerlos por sus espaldas.  
Me pareció identificar a mi padre después de veinte minutos y la exasperación por la incapacidad de aproximarme me irritaba, luchando por no demostrar tales sentimientos. No me quedó de otra que resignarme y continuar con esta absurda marcha hasta que llegase a su acabamiento.
Pasadas cerca de dos horas de recorrido por fin se habían detenido. Estábamos ubicados en un extenso espacio, sin haber ni un mero vehículo. Todos “miraban” —si se me permite decirlo así— hacia la misma dirección, enfocando un enorme edificio, en el cual había una gran pantalla en negro. Me abrí paso entre la muchedumbre y por vez primera noté que habían más como yo, poseedores todavía de sus luceros; eran pocos, sin embargo, los escasos veinte se comportaban igual que la mayoría. Sonó una campana que hizo un eco prolongado. Mientras se manifestaba el sonido, los Sin-ojos se ubicaron de forma tal que formaron un pasillo, dejándome el camino como para que avanzase, mientras estaban taciturnos e inmóviles, semejantes a estatúas, pareciendo que estuviesen esperando a que yo caminase por ese sendero, que conducía hacia la pantalla, donde me esperaba el pequeño grupo conformado por los individuos que aún tenían vista.        
Nervioso, avancé, meditabundo, titiritando, pudiendo apenas estar de pie. Fingía que los ignoraba y no sabía que estuviesen ahí, caminando viendo hacia el piso, mientras me acompañaba el terror y la confusión en mis hombros. Al llegar a mi destino, me uní a la masa de “normales”. Los interrogué, anhelando respuestas, mas nadie contestó; se quedaron callados e inmóviles.
Quedé cegado por unos segundos por el brillo que emitió la pantalla, hasta que el color que había mutado a blanco deslumbrante se convertía en un rostro flotante, con un paisaje gris a sus espaldas. El rostro inclinó su mirada hacia los desdichados que estábamos abajo de él, retirados de la aglomeración mayor, dueños de nuestros ojos aún.
—¡Ustedes! —pronunció el rostro, dirigiéndose a nosotros. No pude evitar temblar ante tal situación—. Hoy han de inmolarse por el avance de la oligarquía esencial, para poder conseguir el avance. Hoy se unirán a vuestros compañeros; serán todos iguales, siendo el uno reflejo del otro. Harán parte de este todo vacío —se detuvo al analizarme, sin yo darme cuenta, y comprendió que había algo diferente en mí—. ¡Tú! —gritó, y en esas los demás se dirigieron hacia mí, rodeándome. Aquello me llevó a una mayor alteración de mi  exasperación, preocupado por lo que podría pasar o por lo que no habría de pasar—. No te has unido a la sociedad… ¡Vamos, no tengas miedo y acompáñanos! —Él notó mi reticencia y elevó el tono de su voz—. ¿Por qué no quieres? Igual siempre han sido así, solo que ahora lo comprendieron y por ello ya no comprenden nada; no es malo estar ciego, pues así no ves la fealdad.       
Algo en mi interior me llevó a soslayar, abriéndome paso entre los cuerpos que servían de muros, en un evento milagroso. Esto provocó la vasta cólera del individuo de la pantalla; lanzó un potente alarido y sonidos singulares, indicándoles que me persiguiesen.  
Me oculté en una casa deshabitada. Era seguro que sus dueños estarían en la marcha, buscándome… Desde ahí, en el interior, podía oír los pasos de los Sin-ojos buscándome en las calles, pues ni siquiera expresaban palabra alguna, ni ruido más que el de sus pies al desplazarse. Con discreción exploré la morada. Terminé en el tercer y último piso, desde donde podía divisar el punto en el que me encontraba minutos atrás. Allí seguía aquel rostro malévolo y bajo él, inmóviles, los otros individuos con ojos. Observé, con gran detalle, desde las sombras de mi ubicación, la peor escena que pude haber presenciado:
—Hoy acaba un ciclo y comienza otro, comienzan a ser conscientes de un ciclo en el que siempre vivieron —decía él, pudiéndolo oír desde donde estaba. No comprendía el significado que subyacía en sus palabras—. Entréguense a mí y únanse a la humanidad, no tengáis miedo. Es maravilloso ser ciego, pues así no ven la fealdad. Ahora, sean felices, que así yo también lo seré.     
Al decir aquello, ocurrió el umbral del caótico horror: el individuo abrió la boca, y entonces de entre ella emigró una especie de viento azulado, que iba a dar hacia los ojos de los hipnotizados. Luego, el viento intercambió su dirección, yendo ya desde el ojo de los pobres hipnotizados con destino hacia el interior de ese monstruo. Mientras ocurría tal atrocidad, los luceros de esos hombres iban desapareciendo poco a poco, hasta quedar iguales que los de los demás.  
—Vuestro ser se ha unido ahora al mío; gracias a ello no tendrán más problemas ni angustia, pues yo me encargaré de ellos.   
Algo me aturdió en ese momento y el razonamiento sobre lo sucedido aterrizó en mi cerebro, causándome la agonía provocada por la adquisición del conocimiento. Ese rostro, ese demoníaco ser, ese inhumano sin corazón ¡les robaba su esencia! ¡E hizo eso con cada uno de los habitantes, dejando la falta de ojos como sello del robo! Era el causante del comportamiento hierático de las personas, condenándolos a ese infierno en el cual, gracias a la ignorancia, y a la ceguera, no eran conscientes del dolor y mentira en la que vivían. Resultaba horripilante el observar que mientras ocurría esa extracción del Ser ellos, se relajaban, plácidamente, acomodados entre esa pérdida de identidad, siendo aquella desintegración un bálsamo que los rejuvenecía y acababa con sus aflicciones, pero pareciendo a la vez más viejos: muertos vivientes.                   
Una inesperada desidia retuvo mi cuerpo y me llevó a cerrar los parpados y después pasar de la realidad al negro de la inconciencia y despertar en el espacio del sueño. Estudié el entorno en el cual yacía: era un sector negro por completo, sin estar seguro siquiera si tenía los pies sobre el piso o si levitaba. El silencio fue perturbado por la voz de aquel rostro de la pantalla.
—¡Oh, ingenuo hombre! ¿Por qué te resiste, si sabes que al final caerás aquí?  
Cuando dijo aquello, bajo mis pies, como si estuviese sobre una extensa claraboya, surgió la ciudad, en un ambiente grisáceo, con cada una de las personas caminando. Veía cómo unos imitaban a otros y cómo algunos se divertían tras hacerse daño. Unos cuantos se destacaban por no hacer las cosas que hacía la mayoría. Cuando los demás los descubrieron, los perseguían y ultrajaban, insultándolos, obligándolos a hacer algo a lo cual se resistían. Al final, tras muchos alegatos, los sujetos tuvieron que entregarse a la multitud y su apariencia cambió espontáneamente, uniéndose a la comunidad, perdiendo aquella peculiaridad.
—¿Ves? Sin importarlo, la oscuridad siempre manchará a los puros —me dijo de nuevo la voz del rostro, intentando persuadirme o quizás enseñarme algo—. Mira porqué todos quieren perder sus ojos.    
Los habitantes de la ciudad fueron atraídos por una especie de brillo, que los reunía en un mismo punto; a posteriori, dicho brillo se esfumó y en esas, la cólera se desató en los individuos de ese mundo: comenzaron a lanzar espavientos, lágrimas y alaridos; dementes poseídos por la rabia y la desesperación, tras la ausencia de aquel brillo. Los unos se miraban a los ojos de los otros y más tarde procedían a golpearse. Otros, en vez de golpearse a sí mismo, golpeaban a los demás. Algunos hacían locuras peores, indescriptibles, buscando forma inexistente de callar la misteriosa agonía que los sacudía. Entre la chusma descontrolada, reconocí a mis padres. Inclinaron su mirada hacia el cielo y creo que me distinguieron, pues se arrodillaron y se quedaron viéndome fijamente a los ojos, mientras el llanto evolucionaba más. Vi en sus ojos, enmarcados por la tristeza y el agobio existencial, la explicación de aquellos males y exasperaciones, en esos ojos donde yacían el dolor y la miseria.   
—Oh, pobre gente, inocente; y otros no tanto —interrumpió la voz del rostro—. Algunos no tienen la culpa, e igual recaen entre los condenados, quizás porque era inevitable o quizás porque ellos mismos los buscaron, uniéndose a las masas para controlar el congojo o solo por capricho.   
—¡Eres un monstruo! ¡Les robas la vida a los desahuciados! —le contesté, irritado, olvidándo mi miedo.    
—No…, Álvaro. Yo no soy el culpable; al contrario, soy su salvador.
Mientras pronunciaba esas palabras su rostro iba formándose de entre la nada, y cuando se manifestó por completo hizo una breve pausa, durante la cual me dirigió una mirada gélida, que penetró hasta lo más profundo de mi espíritu.  
—Miradlos, cómo la infelicidad y dualidad los atrapa en esa existencia sinsentido a la que están sometidos —durante su discurso estábamos observando a la población. En la ciudad se había manifestado una nueva luz, esta vez con tono de colores muy vivos. Los hombres la persiguieron, bregando a tocarla. Al conseguir tocarla, la esencia de ellos moría, volviéndose Sin-ojos. Y solo entonces, cuando abandonaban su esencia, lograban calmarse, y por primera vez los vi sonreír. Algunos no demostraban tanto el sentimiento; sin embargo, al ver a los demás, se unían a la banda de aquellos, que existían sin tener existencia. Encontré a mamá y a papá, quienes al tocar la luz y despojarse de su Ser, voltearon hacia mí, sin poder verme. Esta vez la melancolía no se reflejaba en ellos, pues esta no tenía dónde ser reflejada o donde manifestar o esparcirse. La luz ahora era la que iba adquiriendo tonos grises, como si la pesadumbre hubiese sido transportada a ella. Empero, cuando todos le dieron la espalda a la luz, esta se expandió y reemplazó ese color de pena de la atmósfera por uno de dicha, y vi a las multitudes alzar los brazos, para pasar a aplaudirles a la luz, que se elevaba sobre sus cabezas y luego desparecía, aunque solo en el plano de ellos, ya que actuaban de forma que no la percibía. Continuaron con su rumbo de seres privados de sentimientos y razón, mas yo seguía viéndola, por más que hubiese explotado segundos antes, y creo que aquel despiadado que estaba junto a mí también lo hacía    
—Y es así como al quitarles lo que tanto los atormentan que consiguen la paz.
—Esto no es paz; es ignorancia y apegarse al popularismo, ingenuamente. ¡Es entregar el sentido humano a costa de unas cuantas dosis de satisfacción!    
—¡No, Álvaro! ¿Por qué en lugar de ser rebelde no te unes a tu familia? Entregad vuestros ojos y así no serás consiente de tanta maldad y de tantos infortunios. No es malo estar ciego, pues así no ves la fealdad. 
Su rostro, por fin, fue adquiriendo un cuerpo. Al terminar la transformación se acercó a mí, sin poder yo moverme. Me agarró de las cienes y expresando acrimonia, presente en sus emociones, me gritó. Creí que intentaba absorber mi Ser. Dijo:
—¡Todos caen en el hueco sin necesidad de que se les empuje! Ahora es tu turno. No será malo estar ciego, pues así no verás la fealdad.  

***

Aterrado, desperté de aquel atosigante sueño. El despertador sonó a las 6:00 a. m. y al ponerme de pie comencé la existencia, tras el regreso al umbral, esta vez en una nueva cotidianidad. Mi madre me saludó y después de eso fuimos a marchar, estando ahora yo unido a esa aglomeración de dichosos. Fue un bonito día, sin conocer la fealdad. ¡Oh, todo alrededor era bello!, y todos éramos iguales, todos queríamos lo mismo; y nadie…, nadie podía ver.    


FIN.

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