Cuánto
temor, cuánta confusión y pesadumbre cuando, tras una noche de copas, al acabar
la excitación y el gozo, emprendí marcha hacia mi casa, extraviándome en el
vano camino que tomé, por culpa del excesivo licor ingerido, el cual durmió mi
raciocinio e inteligencia. De milagro era consciente de que respiraba y me
movía, sin distinguir muy bien las cosas que veía. Perdido en la carretera, sin
saber siquiera adónde iba. El frío era arrasador, no había espacio para el
miedo, gracias a dicho febril extravió mental. Empero, más adelante lograría
tal emoción emerger, pese al alcohol.
Después
de mucho caminar y de rogarle a los astros que me guiasen, di con una morada,
de dimensiones chica y estado deteriorado. Impulsado por el desespero, ingresé
a ella. Estaba desalojada y al parecer desde hacía mucho tiempo. Analicé la
sala, sin lograr notar característica alguna en realidad, con la poca atención
que podía brindar en medio de mi ebriedad. Me desplacé por el corredor, hasta
llegar al baño, que quedaba al final. Durante esa caminata sentía cómo mis
neuronas y mi consciencia iban renaciendo poco a poco.
Regresé
a la sala y me acosté en uno de los sillones, acabado e incómodo. Cerré los
ojos y cuando, estando a pocos metros del valle onírico del placentero
descanso, un ruido me interrumpió y me levantó, reticente y alarmado. Fue un
sonido bajo y entrecortado, como un silbido que es interrumpido. Me dispuse a
revisar los cuartos, susceptible a tener que defenderme contra cualquiera que
haya irrumpido en el lugar. Entré al cuarto que quedaba de segundo hacia la
derecha, y nada. La desconfianza comenzó a agobiarme cuando noté que este
estaba vacío, sin ningún objeto en él. Pasando la linterna por las paredes de,
el silbido volvió a sonar, me volteé raudo y alcancé a ver la sombra de aquel
que había pasado por allí. Corrí, al regresar al pasillo volví a ver esa
sombra, entrando a la cocina. A paso lento, con un destornillador de pala en
mano como arma única –el cual cargaba siempre conmigo–, inquieto y perturbado.
Mientars avanzaba por el pasillo, sin importar ese negruzco color que cubría la
atmósfera, al ver hacia las paredes, con el rabillo del ojo, asustado, me
pareció ver una figura y al girar, pude comprobar que a mis costados, en cada
lado, había dos hombres, de iguales cualidades, quizás en verdad fuesen muy
parecidos o quizás fuese por la oscuridad que se veían análogos. Lancé un grito
y di un salto hacia delante, huyendo y cuando me levanté y giré la mirada hacia
donde estaban, no los encontré. Esta vez la confusión aumentaba y dirigía mi
vista hacia todas partes, exasperado al darme cuenta que ya no era uno, sino
que eran dos, quienes estaban en la morada, junto a mí, atentando contra mi
paciencia y tal vez también contra mi vida.
Me
encerré en el cuarto más cercano, no sin estudiarlo con la linterna. Me asusté
de nuevo al ver que ese cuarto, igual que el otro, estaba vacío.
Escuché
otro silbido, no sabía si salir a buscar o salir a esconderme o quedarme
simplemente donde estaba; aunque tarde o temprano tendría que salir. Con la
linterna fui examinando el lugar. Mi pánico fue en aumento al ver en una
esquina a otro hombre. Sin importar la paciencia y quietud que este expresaba, la
intranquilidad me atrapó. Impulsado por el abatimiento me lancé sobre él con el
destornillador, sin importarme lo que ocurriese después. Grité fervoroso y en
su pecho le clavé el destornillador. Sonó un crack en el momento en que le
penetró. Solo eso, eso y nada más: él ni se movió, se quedó así, viéndome y sin
expulsar sangre siquiera. Parecía que hubiese sido yo a quien penetró el arma. Aquello
me aterrorizó más. Olvidándome del destornillador, ante tal reacción, salí
rápido, ahora con pocas esperanzas de sobrevivir, pues eran tres, y con los
nervios coléricos y estresados. Terminé en la cocina, sabiendo que debía
dirigirme directo hacia la salida.
Si
eran tantos ¿por qué no venían a por mí? ¿A qué se debía tal comportamiento?
¿Buscaban tan solo espantarme o algo por el estilo? ¿O su método consistía
primero en la tortura psicológica de la víctima, antes de proseguir a
realizarle el mal que pretendieran a esta?
La
batería de mi linterna se acababa, para crecimiento de mi desgracia. Con ella,
en la cocina, enfoqué a otra persona; tenía la misma camiseta del último individuo
que vi y no había forma de que fuese el mismo, debido al tiempo que le hubiese
llevado llegar antes que yo a dicho sector; además, tenía gran atención
prestada a la entrada de la cocina. Al ladear mi linterna vi a otro, y poseía
también la misma camisa azul y me pregunté si, en realidad no serían los mismo
dos del pasillo.
Acongojado,
exasperado y agobiado, no se me ocurrió otra idea mejor que correr, sin
importar lo que hubiese más allá del pasadizo. En cuanto di el primer paso, la
batería de mi linterna murió, entregándome a las tinieblas, sacrificándome a la
desgracia que resultaba quedarse ausente de luz, que me guiase en ese momento,
desamparado de iluminación y de esperanzas o calma. Esforzándome, podía
distinguir la silueta de los objetos, entre la oscuridad. Mientras atravesaba
el corredor, vi dos siluetas posarse en el umbral de este, justo donde empezaba
la sala. Pensé en virar hacia alguna habitación, pero había otros dos a mis
costados y me fue imposible. Aunque yo corriese parecía que ellos fuesen
volando, sin demostrar fuerzo en mi perseguida, yendo a mi misma distancia.
Emprendí huida entonces hacia mis espaldas, cada vez más zozobrado por lo que
imaginaba sobre mi destino, sin llegar a dar conclusiones concretas, pudiendo
afirmar únicamente –con enorme convicción– que sería nefasto, demasiado
nefasto. Mi paz murió cuando vi a otros dos esta vez al frente de mí, a ciertos
metros de distancia. Parecía que corriesen hacia mí, pero sin moverse de su
sitio.
Luego,
otro hombre apareció a mi derecha; y luego otro a la izquierda, y otros dos en
los costados, más adelante, hasta estar todo el pasillo conformado por un gran
muro humano que me rodeaba, sin darme anhelos de ilusión. Me entregué a la
resignante perdida y, sin poder hacer nada más que implorar piedad o recurrir
al desahogo, lancé alaridos y lamentos, arrodillado ante ellos, malaventurado,
esperando misericordia de quienes me rodeaban, perturbando en mi paciencia, la
cual había mutado a horror. Los veía hacer movimientos, como si se acercasen,
pero sin avanzar, confundiéndome y alterando, desesperándome y causando
demencia en mí, exasperado ante tal agobio. ¿Lo hacían por verme sufrir,
torturándome de tal forma tan singular? Me buscaba a desplazar hacia todos los
lados, sin poder dar más de dos pasos, cayendo siempre en la imposibilidad de
escape. Pese a estar el entorno cubierto por la oscuridad, podía distinguir sus
facciones, viéndome con esos ojos taciturnos. No lograba enfocar a la
perfección sus rostros, sin embargo, se me hacían todos muy similares, pensando
en medio de ese caótico terror. que alguna vez había vista esa cara, que poseía
cada uno de ellos. Entre llantos y gritos, impulsado por la acumulación de cólera,
pesadumbre y tormento, corrí hacia la sala, abalanzándome sobre los que me
bloqueaban el camino. Sin saber qué habría de pasar, imaginando que caería
sobre ellos y luego entre todos me atraparían y golpearían… al hacerlo, caí
directo al piso, como si los hubiese traspasado, semejantes a fantasmas. Miré
hacia atrás y una insignificante porción de felicidad renació en mi interior,
pudiendo crear ahora utopías sobre mi destino, al no ver a ninguno de aquella aglomeración,
que hacía un momento me rodeaba.
Presuroso,
me dirigí hacia la puerta y cuando llegué a ella, un golpe me devolvió. Escuché
un silbido extendido. Después, adolorido y casi dormido por el golpe, vi unas
manos que me agarraron del cuello y después, entre una sonrisa demoniaca,
alguien chocó su cabeza contra la mía. Cuando recibí ese estruendo pude sentir
en mi cráneo, no el contacto de otra cabeza, sino el choque doloroso contra un duro
cristal, cuyo impacto me privó al instante.
Desperté
por la mañana, pocas horas después de que el sol se posase en el éter, que se
veía tan desordenado ese día. Me toqué la frente y sentí gran ardor. Admiré la
casa en la que había vivido tal experiencia tan horrífica y leí en un cartel,
el cual no había notado en la noche: “Casa de los espejos. Clausurada.
Prohibido el ingreso.”
Horas
después, al llegar a casa, fatigado y confundido, intenté darle un orden y
explicación racional a ese absurdo caos que había sufrido. Estando en mi hogar,
solo entonces pude ver las diversas heridas, que terminarían en cicatrices, las cuales obtuve tras ese choque. Quizás aquello fue imaginación o algo similar. Eso sería
una forma sencilla de resumir esa experiencia. Pero no, yo sé que fue real, y, pese
a mi ebriedad, no descarto tal veracidad. ¿Acaso este horror, marcado en mis recuerdos
y mi semblante, que me acompaña hasta hoy y acompañará hasta la tumba, no es
prueba de ello? En mi extravío por una respuesta, llegué a la conclusión que,
es mejor dejar todo sin respuesta. Desde entonces ya no soy el mismo. Ya ni
siquiera me miro al espejo, puesto que, la sonrisa demoniaca que veo, me
regresa al recuerdo de esa atroz noche.
FIN.

QUE SAD MEN :V
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