Entre su ataúd, con la
tapa abierta, dejando al descubierto todo su cuerpo, para poder fallecer
mientras observaba el firmamento, se encontraba placido, en un sitio muy
estrecho para su desplazamiento, pero reconfortante; después de todo, ya no
necesitaría desplazarse más. Se sentía ameno con la vida y con la muerte, ya
que tendría un final feliz; sabía que su conclusión estaba cerca y sería ese
día en que su corazón dejaría de latir, así que decidió hacerles las cosas más
fáciles a sus allegados, a la muerte y hasta a él mismo, para que no tuviesen
que perder esfuerzos cargando su cuerpo inerte y abiótico.
La astronomía había
sido la pasión más grande que tuvo en toda su vida. Se había enamorado de su
trabajo, por lo que dedicó a él gran parte de su existencia, a esa extensa y fascinante
ciencia. Desde pequeño hasta adulto, le encantaba el observar y analizar los
maravillosos cuerpos habitantes en el espacio, y era por ello que quería morir
mientras admiraba tales cosas; le hacía satisfactoria la idea de cerrar los
ojos para siempre habiendo sido el espacio lo último que divisara, yéndose
satisfecho de este mundo.
Siempre se había
preguntado cómo sería el llegar a aquellos sitios desconocidos, donde el ser
humano no ha logrado poner pie, incluso hasta donde no ha logrado posar su ojo;
aquellas zonas que jamás han pasado por la imaginación del hombre; mas eso no
lo detenía de su deseo, antes lo alentaba y le daba inspiración, generando cada
día más la excitación imaginativa y especulativa. Por más que el hombre no
conozca algo, eso no lo detenía de imaginar la estructura de aquello, pues la
ignorancia, a veces, es lo que desata más la sed de conocimiento e imaginación
por lo desconocido.
Lamentablemente,
durante toda su existencia, nunca logró llegar a dichas zonas, pero ahora
estaba a pocos segundos de oportunidades de conseguirlo: se le ocurrió una
forma de llegar hasta las enigmáticas localidades del universo. Cerró sus ojos,
y concentró su mente en una sola cosa, una cosa tan extensa en la cual se albergan
magníficos microcosmos. ¡Estaba recreando el mundo entero con su mente!
Levitaba en dirección
hacia el cielo, cada vez las lejanas estrellas se acercaban más a su cuerpo. Cruzó
la exosfera, alejándose del planeta, se topó con nuestro satélite natural,
hermoso y brillante entre la oscuridad. Más adelante, ante sus ojos se posaba
el inigualable sistema solar. Saltó y se albergó desde Mercurio hasta Neptuno. Estudió
las calurosas zonas de Venus, y del satélite Caronte. Se posó sobre los anillos
de Saturno, los anillos de Urano y contó cada una de las más de 60 Lunas de Júpiter.
Contempló con gran asombro y fascinación las constelaciones, desde Aries hasta Piscis.
Su viaje prosiguió
hacia lugares más sorprendentes que nuestra galaxia. Fue más allá de la vía
láctea,: recorrió y conoció diversas galaxias: la lenticular Galaxia del
Sombrero, la majestuosa Galaxia del Triángulo, la esplendorosa Galaxia Remolino,
el Objeto de Hoag, y muchas galaxias más que si se nombrasen se estaría
rellenando el relato hasta llegar a resultar tediosas. Conoció sitios que la humanidad
había llegado solo a crear hipótesis sobre ellos. Sectores inimaginables para
nuestro vago cerebro. Imaginaos cuán sorprendente podría llegar a ser conocer
el vasto universo, algo que se expande a diario creando cada vez más nuevos
lugares por conocer, y nuevas conjeturas, intentando comprender el absurdo
mundo. El universo puede llegar a ser hermosamente relativo, más de lo que
cualquier mortal llegase a pensar. Cuán majestuoso el llegar a recorrer cada
uno de esos rincones del gigante cosmos, y en un solo sueño, un sueño que
resulta ser más bello y real que la realidad que percibimos. Sin ningún sitio
que se hubiese salteado, decidió avanzar, buscando nuevos horizontes ignotos,
en los cuales aprovechar su corto tiempo restante de dicha imaginativa. Al
tener ya todo el universo guardado entre sus recuerdos, se impulsó a almacenar
memorias de otros nuevos. Atravesaría el multiverso. Se trasladó a lejanas
fronteras, yendo más allá de su capacidad de imaginar, atravesando incontables
años luz, donde los eones perdían sentido y el ser humano se ahogaría con tanta
grandeza ante sus sentidos. ¡Increíble sectores incomprensibles!
Se ubicó en todo el
centro del multiverso, pudiendo ver la extensión de estos. En cuanto iba a sonreír,
había llegado el momento, el funesto momento.
El sonido de la tierra
cayendo le alteró su paraíso onírico, despegándolo del cielo cósmico en el que yacía.
Sepultado por completo,
bajo tierra, cerró su visión a la vida, y todo lo palpable, se había alejado de
lo terrestre. Y había vuelto al lugar donde era feliz. Volaba, en el espacio,
desplazándose por todo el cosmos, mientras los cuerpos celestes brillaban
elegante y preciosamente, y los planetas
ejecutaban sus respectivos movimientos de traslación y rotación.
Al pisar un nuevo
universo, su corazón se detuvo; pero continuaba en el sueño, sin embargo se
pudo percatar del freno de su corazón. La muerte había llegado, sin falta,
precisa como él lo había deducido. No obstante, siguió entre su sitio
imaginativo, su vida se había ido y desaparecido para siempre; mas su paraíso
no. Dejaría de existir, aunque había ido
a dar a un lugar mejor… no un cielo, ni un infierno, ni purgatorio o limbo; no,
nada de eso. Algo distinto a todas las especulaciones humanas. Había dejado la
existencia, pero permaneció en su sueño; se quedó allí por toda la eternidad,
encerrado entre su sueño y anhelo. Ahora descansaba feliz y orgulloso, viviendo
en el cosmos onírico.
FIN.

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