EL ESPEJO DEL NARCISISTA
Thomas Vizcaíno, era la clara
definición de un narcisista: ególatra a más no poder, poseía un ego a granel. No
paraba de repetir cuantas veces pudiese, “lo hermoso que era”; ya fuese en voz
alta, para que lo oyesen y se percatasen
de su presencia, y de su “extraordinaria belleza” –como acostumbraba a
referirse sobre su apariencia–; o en la tranquilidad de sus pensamientos,
intentando convencer a su cerebro de ello. Era ambicioso, en el sentido malo de
la palabra. Pues, pensando que la belleza en las personas es algo natural, y su
concepto es subjetivo; él tenía un pensamiento contrario a ello. Estaba seguro que
se podría llegar a un nivel de magnificencia, que hasta los más arrogantes y
orgullosos podrían sentirse deslumbrados por tal hermosa figura, esculpida por
la perfección. Thomas se consideraba a sí mismo, aquel humano más cercano a
ese escalón que conducía hacia la excelencia absoluta. Pero, a la vez estaba en
el dilema en que creía que todavía no era lo suficientemente hermoso, ya que
ante los ojos de la perfección, no era más que un pútrido, horrible y
desagradable rostro más, entre la insignificante humanidad, –pensaba él–,
puesto que cada vez quería más. “Belleza” era una palabra que, en su cerebro,
aún no lograba culminar su concepción, no hasta llegar a ser el reflejo
completo e inigualable de belleza objetiva e innegable.
Tenía numerosos espejos en todo
su hogar. El espejo más grande de todos, estaba cerca del baño, era enorme y
mucho más alto que el mismo Thomas.
Un día al despertar, Thomas fue
hacia el baño; interrumpiendo su transcurso por culpa del gigantesco espejo. Se
detuvo por cierto tiempo a contemplar su figura: sus azules y notables ojos, con
pestañas largas y abundantes; un tabique cerrado y no tan amplio, haciendo que
sus tupidas cejas pudiesen ser más destacables ante la vista; su frente bien
pulida, sin cicatriz o imperfección facial alguna que se pudiese señalar. Más
arriba, en la cima de su cabeza, se hallaba uno de sus rasgos más notables, su dispendioso
cuero cabelludo, color rubio y sedoso, que se extendía hasta la altura de sus
hombros. Y, lo que, según Thomas, eran unos dientes tan brillantes que segaban
al mismo sol, en el más caluroso de los veranos. Un joven con una empedernida petulancia,
tan alta como su soberbia ante “la fealdad”.
Al ver su reflejo en el espejo,
no pudo evitar gritar, alborotado, perturbado por el horror que se encontraba
delante de él. Era horrible y perturbador, una asquerosidad abortada por la
fealdad; un engendro incomprensible, ajeno a todo lo imaginable. Si ese habría
de ser su reflejo, entonces Thomas sería el horror más desagradable y espantoso
de este mundo; aquello causaba asco, miedo, pena, o cualquier otra sensación de
rechazo. Era difícil creer que esto fuera una pesadilla, puesto que, aquello
que veía, era una clase de monstruo inimaginable por cualquier mente humana. No
hay lienzo imaginativo u onírico que trace las características que daban forma
a esa horrida putrefacción visual. Toda su belleza se había desintegrado a los
más apocalípticos niveles de la deformidad, cayendo en un hueco, junto con todo
su ego, al presenciar cuan desagradable reflejo, que no soportaba ni siquiera
ver o pensar.
Su cabello ya no estaba, y aquellas
tupidas cejas, se habían transformad en vastas cicatrices sobre su piel. Piel
que ahora estaba pálida y pútrida, en un estado más mórbido que el de la
descomposición; la mayoría de sus dientes se habían caído y unos pocos eran los
que quedaban, putrefactos y amarillentos, con poca dureza; al abrir la boca,
vio en el cristal, como, de su boca salía un líquido lleno de pus. Sentía un férreo
y purulento ardor, recorriéndole toda su mandíbula. Su boca, reseca y
cicatrizada, no soportaba ni verla. Por raro que pareciese, lograba ver con
esos “ojos” que ahora eran negros por completo, semejantes a profundas cuencas
vacías. Los labios su color habitual habían perdido y estos ya se encontraban
decaídos, quedando limitados a desgastados restos de lo que alguna vez ornó su
boca; en su parte interior tenían un aspecto raro de quemaduras y sulfatados,
que le provocaba una vigorosa irritación. Los pocos dientes que le quedaban,
habían perdido su llamativa tonalidad y estaban llenos de caries e
imperfecciones, pareciendo embrolladas y deformes cordilleras, repugnantes, sin
limpieza u orden alguno, reflejando una enorme anormalidad; representativos de
la vergüenza y fealdad a gran escala. Su mandíbula inferior estaba próxima a
caerse, y ni hablar de sus asquerosísimas extremidades, como de anciano,
acabado por la cruel vejes. Su cuerpo había ganado mayor grasa, aumentando su
masa en gran cantidad. Ya no poseía aquel atractivo, ni sus excepcionales
pestañas, las cuales se habían evaporado.
Corrompido por la desgracia y la
infortuna fealdad, ahora estaba vacío y extinto de todo concepto humano sobre
la belleza. Ante los ojos y la definición de hermosura, impuesta por la humanidad,
excluido estaría ahora. No soportaba estar así; ésta debería ser una de las
peores pesadillas que pudiese tener, pero ¿por qué no despertaba? Quería que el
reflejo cambiase; evidentemente, ese momento era algo más que una mera
pesadilla.
Se lamentaba y golpeaba el espejo
con fuerza e ira; mas éste, ante los estruendos ni se inmutaba. Repetía,
alterado y en pena: “devuélveme mi belleza, éste no soy yo, quitad esta
monstruosidad de mi vista y muéstrame la verdad”.
Después de varios golpes y gritos,
un temblor se manifestó, su ambiente negro se quedó y una voz le habló:
-Ésta es la realidad, habéis cruzado
más allá del mundo de las ideas; contempla las imágenes que a pocos humanos se
les concede ver.
La voz pertenecía a alguien muy
alto, vestido por una túnica negra; con cuatro líneas rojas verticales, entre
tres y seis centímetros de grosor; situadas en la zona frontal de la vestimenta;
dos a la derecha, y las otras dos al lado izquierdo, formando rectángulos mediante
dos líneas rectas como bordes; entre las dos líneas (o el interior del
rectángulo), habían múltiples rostros dibujados. Cada uno expresaba
sentimientos distintos, habían rostros asustados, felices, tristes, confusos…,
otros expresaban locura, frustración, dualidad, y diversos rostros más, caracterizados
por diferentes rasgos. Por alguna razón enigmática, la cara de aquel extraño
personaje no podía verse, como si una especie de humo, del mismo color del
entorno del lugar, le cubriese todas las zonas superiores a sus hombros.
El narciso de Vizcaíno –quien ya
no tenía atributos que presumir para merecer tal adjetivo–, confundido e
irritado, gritaba implorándole a quien estaba delante suyo, que le devolviese
su original rostro y lo sacase de aquella enorme mentira. Le preguntó en qué
clase de sitio estaban, y porqué fue a dar allí, si era solo una ilusión de su subconsciente,
jugando con él, manipulándolo en algún delirio o algo irreal, en aquel infierno
onírico donde suponía que estaba; o si el suceso era cierto.
-¿Qué demonios es este tétrico
lugar?, ¿qué me hiciste, maldito inepto?
¡Responde, estoy seguro de que tienes todas las respuestas a mis preguntas!
-Si por belleza, te refieres a
aquel rostro superficial ante los ojos de la humanidad, entonces déjame decirte
que estás equivocado; aquello que pudiste ver es la realidad, como todo tu ser.
Lo que fue de ti tiempo atrás, es solo un disfraz
físico perceptible por los ignorantes hombres. Y lo que ahora, según los
caprichos de los humanos, es “feo”, es tu realidad. La verdad, es que tu ser es pútrido y
horrendo, lleno de maldad y pútrida fealdad amarga. En este mundo, el cual es
posible su comunicación gracias al espejo, es donde realmente puedes observar
tu rostro original. Te criaste en una vasta mentira; buscaste refugio entre la
ignorancia, solo porque ahí te sentías mejor. Después de todo, para la
humanidad es más fácil aceptar la falsedad que cubre la horrífica verdad, en
lugar de abrir los ojos a la realidad. Aunque, lástima que, por culpa de su
racionalidad humana, no puedan ir más allá del arraigado mundo en el que viven,
que lo consideran surreal; no sin la
participación de seres por encima de ustedes.
»Eres feo y horrendo, un simple
ninfo poseedor de una supuesta belleza, la cual es artificial. Ahora conoces tu
verdadero aspecto.
»Al salir, todo a tu alrededor
será diferente, se te abrirán los ojos y podrás ver la realidad del mundo y de
las personas, como en realidad han de ser, y se te quitará aquel maquillaje del
mundo que toda tu vida percibiste.
Un enorme golpe en toda su cara
recibió, para después al mundo humano regresar.
Su visión ante la atmosfera de la
sociedad era distinta. Había quebrado todos los espejos de su casa. No soportaba
acercarse ni al agua, ya no quería observar su reflejo; todo lo contrario, cada
vez que lo veía recordaba el peso de la verdad, junto a aquella peste que tenía
como reflector. El hombre que un día presumía y no paraba de admirarse frente a
su espejo y ante la sociedad, ahora vivía encerrado, con miedo y odio hacia sí mismo.
Era alguien demasiado inseguro, atormentado por el precio del saber, (saber que no deseaba conocer); paranoico de
todo lo que le rodeaba en su cotidianidad. El mundo se había vuelto muy diferente,
veía a las personas –las cuales no lo parecían– como horrendas figuras
antropomórficas y espantosas. Al abrir sus ojos pudo contemplar al ser humano como
en verdad es: una criatura horrenda que esparcía caos a su paso, provocando su
propio fin, decayendo cada día más. Encerrados en una ilusión que les oculta la
horrenda percepción de su mundo, sin conseguir ver aquella fealdad que los
deteriora, siendo ésta la realidad que
no logran guardar o presenciar.
Su racionalidad y cordura murió,
ahogada entre las aguas de la megalómana maldad humana.
FIN.
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