viernes, 16 de diciembre de 2016

Sexto relato: "El espejo del narcisista"

EL ESPEJO DEL NARCISISTA

Thomas Vizcaíno, era la clara definición de un narcisista: ególatra a más no poder, poseía un ego a granel. No paraba de repetir cuantas veces pudiese, “lo hermoso que era”; ya fuese en voz alta, para que lo oyesen y  se percatasen de su presencia, y de su “extraordinaria belleza” –como acostumbraba a referirse sobre su apariencia–; o en la tranquilidad de sus pensamientos, intentando convencer a su cerebro de ello. Era ambicioso, en el sentido malo de la palabra. Pues, pensando que la belleza en las personas es algo natural, y su concepto es subjetivo; él tenía un pensamiento contrario a ello. Estaba seguro que se podría llegar a un nivel de magnificencia, que hasta los más arrogantes y orgullosos podrían sentirse deslumbrados por tal hermosa figura, esculpida por la perfección­­. Thomas se consideraba a sí mismo, aquel humano más cercano a ese escalón que conducía hacia la excelencia absoluta. Pero, a la vez estaba en el dilema en que creía que todavía no era lo suficientemente hermoso, ya que ante los ojos de la perfección, no era más que un pútrido, horrible y desagradable rostro más, entre la insignificante humanidad, –pensaba él–, puesto que cada vez quería más. “Belleza” era una palabra que, en su cerebro, aún no lograba culminar su concepción, no hasta llegar a ser el reflejo completo e inigualable de belleza objetiva e innegable.    
Tenía numerosos espejos en todo su hogar. El espejo más grande de todos, estaba cerca del baño, era enorme y mucho más alto que el mismo Thomas.
Un día al despertar, Thomas fue hacia el baño; interrumpiendo su transcurso por culpa del gigantesco espejo. Se detuvo por cierto tiempo a contemplar su figura: sus azules y notables ojos, con pestañas largas y abundantes; un tabique cerrado y no tan amplio, haciendo que sus tupidas cejas pudiesen ser más destacables ante la vista; su frente bien pulida, sin cicatriz o imperfección facial alguna que se pudiese señalar. Más arriba, en la cima de su cabeza, se hallaba uno de sus rasgos más notables, su dispendioso cuero cabelludo, color rubio y sedoso, que se extendía hasta la altura de sus hombros. Y, lo que, según Thomas, eran unos dientes tan brillantes que segaban al mismo sol, en el más caluroso de los veranos. Un joven con una empedernida petulancia, tan alta como su soberbia ante “la fealdad”.
Al ver su reflejo en el espejo, no pudo evitar gritar, alborotado, perturbado por el horror que se encontraba delante de él. Era horrible y perturbador, una asquerosidad abortada por la fealdad; un engendro incomprensible, ajeno a todo lo imaginable. Si ese habría de ser su reflejo, entonces Thomas sería el horror más desagradable y espantoso de este mundo; aquello causaba asco, miedo, pena, o cualquier otra sensación de rechazo. Era difícil creer que esto fuera una pesadilla, puesto que, aquello que veía, era una clase de monstruo inimaginable por cualquier mente humana. No hay lienzo imaginativo u onírico que trace las características que daban forma a esa horrida putrefacción visual. Toda su belleza se había desintegrado a los más apocalípticos niveles de la deformidad, cayendo en un hueco, junto con todo su ego, al presenciar cuan desagradable reflejo, que no soportaba ni siquiera ver o pensar.     
Su cabello ya no estaba, y aquellas tupidas cejas, se habían transformad en vastas cicatrices sobre su piel. Piel que ahora estaba pálida y pútrida, en un estado más mórbido que el de la descomposición; la mayoría de sus dientes se habían caído y unos pocos eran los que quedaban, putrefactos y amarillentos, con poca dureza; al abrir la boca, vio en el cristal, como, de su boca salía un líquido lleno de pus. Sentía un férreo y purulento ardor, recorriéndole toda su mandíbula. Su boca, reseca y cicatrizada, no soportaba ni verla. Por raro que pareciese, lograba ver con esos “ojos” que ahora eran negros por completo, semejantes a profundas cuencas vacías. Los labios su color habitual habían perdido y estos ya se encontraban decaídos, quedando limitados a desgastados restos de lo que alguna vez ornó su boca; en su parte interior tenían un aspecto raro de quemaduras y sulfatados, que le provocaba una vigorosa irritación. Los pocos dientes que le quedaban, habían perdido su llamativa tonalidad y estaban llenos de caries e imperfecciones, pareciendo embrolladas y deformes cordilleras, repugnantes, sin limpieza u orden alguno, reflejando una enorme anormalidad; representativos de la vergüenza y fealdad a gran escala. Su mandíbula inferior estaba próxima a caerse, y ni hablar de sus asquerosísimas extremidades, como de anciano, acabado por la cruel vejes. Su cuerpo había ganado mayor grasa, aumentando su masa en gran cantidad. Ya no poseía aquel atractivo, ni sus excepcionales pestañas, las cuales se habían evaporado.
Corrompido por la desgracia y la infortuna fealdad, ahora estaba vacío y extinto de todo concepto humano sobre la belleza. Ante los ojos y la definición de hermosura, impuesta por la humanidad, excluido estaría ahora. No soportaba estar así; ésta debería ser una de las peores pesadillas que pudiese tener, pero ¿por qué no despertaba? Quería que el reflejo cambiase; evidentemente, ese momento era algo más que una mera pesadilla.
Se lamentaba y golpeaba el espejo con fuerza e ira; mas éste, ante los estruendos ni se inmutaba. Repetía, alterado y en pena: “devuélveme mi belleza, éste no soy yo, quitad esta monstruosidad de mi vista y muéstrame la verdad”.
Después de varios golpes y gritos, un temblor se manifestó, su ambiente negro se quedó y una voz le habló:
-Ésta es la realidad, habéis cruzado más allá del mundo de las ideas; contempla las imágenes que a pocos humanos se les concede ver.
La voz pertenecía a alguien muy alto, vestido por una túnica negra; con cuatro líneas rojas verticales, entre tres y seis centímetros de grosor; situadas en la zona frontal de la vestimenta; dos a la derecha, y las otras dos al lado izquierdo, formando rectángulos mediante dos líneas rectas como bordes; entre las dos líneas (o el interior del rectángulo), habían múltiples rostros dibujados. Cada uno expresaba sentimientos distintos, habían rostros asustados, felices, tristes, confusos…, otros expresaban locura, frustración, dualidad, y diversos rostros más, caracterizados por diferentes rasgos. Por alguna razón enigmática, la cara de aquel extraño personaje no podía verse, como si una especie de humo, del mismo color del entorno del lugar, le cubriese todas las zonas  superiores a sus hombros.
El narciso de Vizcaíno –quien ya no tenía atributos que presumir para merecer tal adjetivo–, confundido e irritado, gritaba implorándole a quien estaba delante suyo, que le devolviese su original rostro y lo sacase de aquella enorme mentira. Le preguntó en qué clase de sitio estaban, y porqué fue a dar allí, si era solo una ilusión de su subconsciente, jugando con él, manipulándolo en algún delirio o algo irreal, en aquel infierno onírico donde suponía que estaba; o si el suceso era cierto.
-¿Qué demonios es este tétrico lugar?, ¿qué me hiciste, maldito  inepto? ¡Responde, estoy seguro de que tienes todas las respuestas a mis preguntas!
-Si por belleza, te refieres a aquel rostro superficial ante los ojos de la humanidad, entonces déjame decirte que estás equivocado; aquello que pudiste ver es la realidad, como todo tu ser. Lo que fue de ti tiempo atrás, es solo un disfraz físico perceptible por los ignorantes hombres. Y lo que ahora, según los caprichos de los humanos, es “feo”, es tu realidad.  La verdad, es que tu ser es pútrido y horrendo, lleno de maldad y pútrida fealdad amarga. En este mundo, el cual es posible su comunicación gracias al espejo, es donde realmente puedes observar tu rostro original. Te criaste en una vasta mentira; buscaste refugio entre la ignorancia, solo porque ahí te sentías mejor. Después de todo, para la humanidad es más fácil aceptar la falsedad que cubre la horrífica verdad, en lugar de abrir los ojos a la realidad. Aunque, lástima que, por culpa de su racionalidad humana, no puedan ir más allá del arraigado mundo en el que viven, que lo consideran surreal; no sin  la participación de seres por encima de ustedes.   
»Eres feo y horrendo, un simple ninfo poseedor de una supuesta belleza, la cual es artificial. Ahora conoces tu verdadero aspecto.  
»Al salir, todo a tu alrededor será diferente, se te abrirán los ojos y podrás ver la realidad del mundo y de las personas, como en realidad han de ser, y se te quitará aquel maquillaje del mundo que toda tu vida percibiste.  
Un enorme golpe en toda su cara recibió, para después al mundo humano regresar.
Su visión ante la atmosfera de la sociedad era distinta. Había quebrado todos los espejos de su casa. No soportaba acercarse ni al agua, ya no quería observar su reflejo; todo lo contrario, cada vez que lo veía recordaba el peso de la verdad, junto a aquella peste que tenía como reflector. El hombre que un día presumía y no paraba de admirarse frente a su espejo y ante la sociedad, ahora vivía encerrado, con miedo y odio hacia sí mismo. Era alguien demasiado inseguro, atormentado por el precio del saber,  (saber que no deseaba conocer); paranoico de todo lo que le rodeaba en su cotidianidad. El mundo se había vuelto muy diferente, veía a las personas –las cuales no lo parecían– como horrendas figuras antropomórficas y espantosas. Al abrir sus ojos pudo contemplar al ser humano como en verdad es: una criatura horrenda que esparcía caos a su paso, provocando su propio fin, decayendo cada día más. Encerrados en una ilusión que les oculta la horrenda percepción de su mundo, sin conseguir ver aquella fealdad que los deteriora,  siendo ésta la realidad que no logran guardar o presenciar.  

Su racionalidad y cordura murió, ahogada entre las aguas de la megalómana maldad humana.

FIN. 

Si desea oír esta historia narrada en vídeo, puede hacerlo haciendo click aquí.


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