SONIDOS EN LAS MONTAÑAS
Cerca del pueblo Smish Brown, hay
unas enormes, enigmáticas e inexplorables montañas, las cuales han servido como
creadoras de diversas “maldiciones” y usinas de rumores, originadas y esparcidas
por los pueblerinos, que no se atreven a penetrar tal misterio sembrador de
miedo, por culpa de las numerosas historias oscuras y escalofriantes que
albergan. Solo los extranjeros son capaces de aventurarse en ellas, pagando el
precio de la curiosidad y la valentía.
Un hombre vagaba perdido, en
solitario, por los excepcionales y pintorescos paisajes de las montañas durante
una exploración, para lograr observar la maravillosa y singular estructura que
se hallaba allí. Pero en un lugar tan extraño e inusual, era muy fácil perderse
y olvidarse en un instante del camino de regreso, sin tener forma de recordarse
de donde venía, o cuál era la trayectoria del camino que había dejado atrás. No
le quedaba más remedio que seguir hacia delante y conseguir su objetivo, para
así, por lo menos, hacer que su viaje hubiese valido la pena y una vez ya en la
sima ver cómo arreglárselas para regresar. Su finalidad era llegar hasta lo más
alto de aquellas solitarias y hermosas montañas; algo que ningún ser humano
pudiese presumir de haber hecho antes. Durante las noches, dicha soledad y
singularidad las hacía poseer un aspecto macabro y aterrador. Dicho misterio, como
lo es aquel lugar, era lo que más hacía que las personas les tuviesen miedo, y
entre más intriga causase, mayor era la anhelación de aquel hombre por
conquistar la cabalística montaña, despoblada de cualquier humano. Con los años,
mediante la cultura popular de los pueblos y extranjeros, se fueron creando
diversos mitos, especulaciones, rumores e historias sobre aquel desconocido y peculiar
sitio. Se creía que todo aquel que llegase a siquiera pisar cerca de la sima,
moriría, como producto de algún ataque al corazón, o quizás atrapados por
alguna enredada planta, árboles o cualquier otra creación natural del lugar;
inclusive habían algunos supersticiosos que decían que era de mala suerte pisar
dicha zona, pues podrían traer malas consecuencias para el pueblo, atrayendo
pestes, o innumerables aflicciones para los allegados del causante de la
desgracia, y un montón más de agüeros imaginados por el más supersticioso de
los ignorantes. Esto como motivo de que los pocos hombres que se aventuraban a
explorarlas o escalarlas, jamás se les volvía a ver, ninguno regresaba, ni
siquiera el cuerpo se les volvía conocer, solo quedaba el recuerdo de ellos
(recuerdo, el cual se iba perdiendo con el pasar de los años). Había algunos,
que creían que esto era porque una bestia o ser inhumano les hacía las más
perturbadoras y horripilantes de las cosas y torturas, que serían imposibles de
pensar o recrear por las vagas y enormemente imaginativas mentes crédulas de
los pueblerinos. Se crearon un sinfín de cuentos y cosas macabras sobre
aquellas enormes y rocosas montañas. Sin embargo, nadie podía negar que en el
día, –en especial cuando el amanecer estaba a punto de salir– se podía
contemplar un hermoso y excepcional paisaje como ningún otro, pero dicha
belleza se perdía cuando la noche traía consigo a la luna. Pues eran las ocasiones
en las que más tenebrosas se veían.
Aunque esto no le importó a
Robert Henryson. Él quería conocer aquel mítico secreto que yacía en lo alto de
aquellas montañas, no le importaba qué pudiese haber u ocurrir allá. Su deseo
de saber qué se podría encontrar en el sector lo llevaba ciegamente a escalarla,
sin importar las adversidades; sabía que ya no había camino atrás. Durante su confuso
extravío en las montañas, una dulce, hermosa y suave melodía, fue lo que lo
guío en el camino. Una preciosa voz, tan dulce y agudamente angelical, que, de
inmediato se podía afirmar que pertenecía a una mujer. Aquello le ayudó a recobrar
el camino correcto. Sin saber si aún no hubiese pasado de la hondonada de la
montaña siquiera, perdido por completo, aquel dulce sonido fue la mejor guía
que pudo haber recibido en ese momento; puesto que lo ayudaron a retomar una
vía perfecta, directo hacia el recorrido correcto del camino. Poco a poco iba
avanzando, guiado por el hipnótico y esplendido sonido de la montaña. La niebla
y los arboles no fueron obstáculos para él, quedaron reducidos a
insignificantes intentos de distracción, frente a la cálida voz que iba
siguiendo. Como por obra de hipnosis la melodía vocal lo condujo hasta afuera
de aquel laberinto en que se había perdido.
Después de largas horas, desaprovechadas
por el descuido de su aventura, llegó a la cima. Allí se empezaba a formar una
neblina débil y clara, –al menos se podían distinguir las figuras y siluetas que
no estuviesen muy alejadas–. Lo primero que pudo percibir con su vista fue un
delgado cuerpo, que concordaba perfectamente con los sonidos que se producían
desde ese lugar. Al expandir más su vista, pudo notar más siluetas, el sitio
estaba habitado por diversas mujeres, que al indagar con la mente pudo formar
la idea de que, ellas, las mujeres: conformaban una especie de tribu femenina,
desolada por la ignorancia de las supersticiosas y cobardes personas; las
cuales, muy fácilmente podía afirmarse que vivían allí. Ni una sola de ellas
era fea, sin importar que la concepción de “belleza” ha de ser subjetiva, ningún
ser humano podría negar el enorme atractivo que poseían esas mujeres, algunas
de tés clara, otras negras o morenas, pero el color solo era un grano de arena
más entre la extensa isla de cualidades exquisitas que tenían todas; el sexo
masculino habría de sentirse denigrado y, reducido a bazofias horrendas y feas,
por aquellas hermosas hembras bien estructuradas. Su cuerpo estaba cubierto por
una sustancia, que no podrías ser pintura, debido a que éste se veía más gruesa,
a diferencia de la pintura, que tiende a mantener una estructura más líquida y
densa, o alguna otra sustancia que les permitiese camuflar y cubrir sus partes
entre los colores de la decoración en sus cuerpos. Unas eran de ojos negros,
otras de ojos cafés, unas pocas amarillo y demás de ojos grises, o incluso
hasta plateado. No hay palabras en este mundo que lleguen a acercarse a una
adjetivación absoluta sobre la belleza sobrehumana de las habitantes de esa
zona.
Robert Henryson entró en un
trance, mientras tanto las mujeres lo
mantenían recostado cerca de ellas; simultáneamente éstas le acariciaban su
enmarañado cabello, cejas, y rosaban sus brazos, pies y rostro; y él sin poder pedir
objeción, debido a que ya no tenía control sobre su mente, –pero, de todos
modos, no creo que se hubiese quejado o resistido aun así estuviese
completamente estable–. Las bellas damas no alejaban la vista de los ojos de Robert,
al mismo tiempo que le sonreían, mirándolo fijamente a los ojos. Tal parece que
esta fuese la forma de retener a Robert, para que el hombre, no tuviese control
sobre su propio cuerpo.
Estaba en el paraíso; pero al
llegar la noche su cielo se oscureció… Al surgir la luna, estando ésta en su
posicionamiento máximo del firmamento, sin poder ver el sol, ya que éste se
hallaba oculto, iluminando el otro lado del geoide cuerpo cósmico en que
habitamos: la odisea empezó a cambiar, tal pareciendo que se viniese abajo la
dicha. El cuerpo de las mujeres empezó a cambiar desproporcionada y
monstruosamente, pasando por una súbita metamorfosis. La boca se les comenzó a
anchar, tanto que parecía como si se les fuese a partir, anchando de manera
exorbitante su mandíbula, quedando completamente desfigurada, con largos
dientes, de igual forma que la lengua; la piel se les había resecado, quedando
escamosa. Esta vez las bellezas humanas, eran una horripilante fealdad.
Empezaron a devorarse el cuerpo de Robert,
degollándolo por pedazos notorios, unas lo comían desde las extremidades, otras
le arrancaban la piel y destrozaban todo su pecho, sin compasión o sentimiento
humano alguno; otras saboreaban sus intestinos, bañados de sangre, y las
restantes se le posaban en su cráneo, estrujándolo. Durante la expulsión de los
gritos de dolor y sufrimientos de Robert, -expulsando todas sus penas y
sentimientos de dolor-, recurriendo a los alaridos como único método de deshago
accesible, ellas, las demoniacas criaturas disfrazadas de mujeres, le abrían la
boca, subsanando sus lamentos con frenesí, los cuales se transformaban en
gritos guturales de desdicha y tortura, succionados por la boca de las bestias
femeninas, y los almacenaban entre sus propias bocas, pasando por sus cuerdas
vocales, conformando así el arreglo de sus cantos; alcanzando mediante estos
actos, tal nivel angelical vocal, atrayendo así a más atrevidos y temerarios
hombres que se arriesgaban a explorar las montañas, convirtiéndose éstos en
alimento para aquellas moldeables y horrendas criaturas. Esta era su preparación
vocal, además de la carne, más allá de ello, también se alimentaron de los
gritos de las cuerdas vocales, que quedaron igualmente desgastadas a más no
poder. Se comieron por completo al pobre hombre, curioso y atrevido, reduciendo su cuerpo a migas de lo que habría
de ser la estructura física del aventurado escalador e investigador, Robert
Henryson. Uniéndose a las demás voces
que la tribu de las montañas había adquirido con el pasar de los años, en una
mezcla gutural que daba origen a aquella carnada para los extraviados
visitantes, haciendo que esto fuese el ingrediente que le suministraban y
moldeaban aquella preciosa voz.
FIN.
Si desea oír esta historia narrada en vídeo, puede hacerlo haciendo click aquí.
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