domingo, 20 de noviembre de 2016

Tercer relato: "Sonidos en las montañas"

SONIDOS EN LAS MONTAÑAS

Cerca del pueblo Smish Brown, hay unas enormes, enigmáticas e inexplorables montañas, las cuales han servido como creadoras de diversas “maldiciones” y usinas de rumores, originadas y esparcidas por los pueblerinos, que no se atreven a penetrar tal misterio sembrador de miedo, por culpa de las numerosas historias oscuras y escalofriantes que albergan. Solo los extranjeros son capaces de aventurarse en ellas, pagando el precio de la curiosidad y la valentía.
Un hombre vagaba perdido, en solitario, por los excepcionales y pintorescos paisajes de las montañas durante una exploración, para lograr observar la maravillosa y singular estructura que se hallaba allí. Pero en un lugar tan extraño e inusual, era muy fácil perderse y olvidarse en un instante del camino de regreso, sin tener forma de recordarse de donde venía, o cuál era la trayectoria del camino que había dejado atrás. No le quedaba más remedio que seguir hacia delante y conseguir su objetivo, para así, por lo menos, hacer que su viaje hubiese valido la pena y una vez ya en la sima ver cómo arreglárselas para regresar. Su finalidad era llegar hasta lo más alto de aquellas solitarias y hermosas montañas; algo que ningún ser humano pudiese presumir de haber hecho antes. Durante las noches, dicha soledad y singularidad las hacía poseer un aspecto macabro y aterrador. Dicho misterio, como lo es aquel lugar, era lo que más hacía que las personas les tuviesen miedo, y entre más intriga causase, mayor era la anhelación de aquel hombre por conquistar la cabalística montaña, despoblada de cualquier humano. Con los años, mediante la cultura popular de los pueblos y extranjeros, se fueron creando diversos mitos, especulaciones, rumores e historias sobre aquel desconocido y peculiar sitio. Se creía que todo aquel que llegase a siquiera pisar cerca de la sima, moriría, como producto de algún ataque al corazón, o quizás atrapados por alguna enredada planta, árboles o cualquier otra creación natural del lugar; inclusive habían algunos supersticiosos que decían que era de mala suerte pisar dicha zona, pues podrían traer malas consecuencias para el pueblo, atrayendo pestes, o innumerables aflicciones para los allegados del causante de la desgracia, y un montón más de agüeros imaginados por el más supersticioso de los ignorantes. Esto como motivo de que los pocos hombres que se aventuraban a explorarlas o escalarlas, jamás se les volvía a ver, ninguno regresaba, ni siquiera el cuerpo se les volvía conocer, solo quedaba el recuerdo de ellos (recuerdo, el cual se iba perdiendo con el pasar de los años). Había algunos, que creían que esto era porque una bestia o ser inhumano les hacía las más perturbadoras y horripilantes de las cosas y torturas, que serían imposibles de pensar o recrear por las vagas y enormemente imaginativas mentes crédulas de los pueblerinos. Se crearon un sinfín de cuentos y cosas macabras sobre aquellas enormes y rocosas montañas. Sin embargo, nadie podía negar que en el día, –en especial cuando el amanecer estaba a punto de salir– se podía contemplar un hermoso y excepcional paisaje como ningún otro, pero dicha belleza se perdía cuando la noche traía consigo a la luna. Pues eran las ocasiones en las que más tenebrosas se veían.
Aunque esto no le importó a Robert Henryson. Él quería conocer aquel mítico secreto que yacía en lo alto de aquellas montañas, no le importaba qué pudiese haber u ocurrir allá. Su deseo de saber qué se podría encontrar en el sector lo llevaba ciegamente a escalarla, sin importar las adversidades; sabía que ya no había camino atrás. Durante su confuso extravío en las montañas, una dulce, hermosa y suave melodía, fue lo que lo guío en el camino. Una preciosa voz, tan dulce y agudamente angelical, que, de inmediato se podía afirmar que pertenecía a una mujer. Aquello le ayudó a recobrar el camino correcto. Sin saber si aún no hubiese pasado de la hondonada de la montaña siquiera, perdido por completo, aquel dulce sonido fue la mejor guía que pudo haber recibido en ese momento; puesto que lo ayudaron a retomar una vía perfecta, directo hacia el recorrido correcto del camino. Poco a poco iba avanzando, guiado por el hipnótico y esplendido sonido de la montaña. La niebla y los arboles no fueron obstáculos para él, quedaron reducidos a insignificantes intentos de distracción, frente a la cálida voz que iba siguiendo. Como por obra de hipnosis la melodía vocal lo condujo hasta afuera de aquel laberinto en que se había perdido.
Después de largas horas, desaprovechadas por el descuido de su aventura, llegó a la cima. Allí se empezaba a formar una neblina débil y clara, –al menos se podían distinguir las figuras y siluetas que no estuviesen muy alejadas–. Lo primero que pudo percibir con su vista fue un delgado cuerpo, que concordaba perfectamente con los sonidos que se producían desde ese lugar. Al expandir más su vista, pudo notar más siluetas, el sitio estaba habitado por diversas mujeres, que al indagar con la mente pudo formar la idea de que, ellas, las mujeres: conformaban una especie de tribu femenina, desolada por la ignorancia de las supersticiosas y cobardes personas; las cuales, muy fácilmente podía afirmarse que vivían allí. Ni una sola de ellas era fea, sin importar que la concepción de “belleza” ha de ser subjetiva, ningún ser humano podría negar el enorme atractivo que poseían esas mujeres, algunas de tés clara, otras negras o morenas, pero el color solo era un grano de arena más entre la extensa isla de cualidades exquisitas que tenían todas; el sexo masculino habría de sentirse denigrado y, reducido a bazofias horrendas y feas, por aquellas hermosas hembras bien estructuradas. Su cuerpo estaba cubierto por una sustancia, que no podrías ser pintura, debido a que éste se veía más gruesa, a diferencia de la pintura, que tiende a mantener una estructura más líquida y densa, o alguna otra sustancia que les permitiese camuflar y cubrir sus partes entre los colores de la decoración en sus cuerpos. Unas eran de ojos negros, otras de ojos cafés, unas pocas amarillo y demás de ojos grises, o incluso hasta plateado. No hay palabras en este mundo que lleguen a acercarse a una adjetivación absoluta sobre la belleza sobrehumana de las habitantes de esa zona.
Robert Henryson entró en un trance, mientras tanto  las mujeres lo mantenían recostado cerca de ellas; simultáneamente éstas le acariciaban su enmarañado cabello, cejas, y rosaban sus brazos, pies y rostro; y él sin poder pedir objeción, debido a que ya no tenía control sobre su mente, –pero, de todos modos, no creo que se hubiese quejado o resistido aun así estuviese completamente estable–. Las bellas damas no alejaban la vista de los ojos de Robert, al mismo tiempo que le sonreían, mirándolo fijamente a los ojos. Tal parece que esta fuese la forma de retener a Robert, para que el hombre, no tuviese control sobre su propio cuerpo.  
Estaba en el paraíso; pero al llegar la noche su cielo se oscureció… Al surgir la luna, estando ésta en su posicionamiento máximo del firmamento, sin poder ver el sol, ya que éste se hallaba oculto, iluminando el otro lado del geoide cuerpo cósmico en que habitamos: la odisea empezó a cambiar, tal pareciendo que se viniese abajo la dicha. El cuerpo de las mujeres empezó a cambiar desproporcionada y monstruosamente, pasando por una súbita metamorfosis. La boca se les comenzó a anchar, tanto que parecía como si se les fuese a partir, anchando de manera exorbitante su mandíbula, quedando completamente desfigurada, con largos dientes, de igual forma que la lengua; la piel se les había resecado, quedando escamosa. Esta vez las bellezas humanas, eran una horripilante fealdad.
Empezaron a devorarse el cuerpo de Robert, degollándolo por pedazos notorios, unas lo comían desde las extremidades, otras le arrancaban la piel y destrozaban todo su pecho, sin compasión o sentimiento humano alguno; otras saboreaban sus intestinos, bañados de sangre, y las restantes se le posaban en su cráneo, estrujándolo. Durante la expulsión de los gritos de dolor y sufrimientos de Robert, -expulsando todas sus penas y sentimientos de dolor-, recurriendo a los alaridos como único método de deshago accesible, ellas, las demoniacas criaturas disfrazadas de mujeres, le abrían la boca, subsanando sus lamentos con frenesí, los cuales se transformaban en gritos guturales de desdicha y tortura, succionados por la boca de las bestias femeninas, y los almacenaban entre sus propias bocas, pasando por sus cuerdas vocales, conformando así el arreglo de sus cantos; alcanzando mediante estos actos, tal nivel angelical vocal, atrayendo así a más atrevidos y temerarios hombres que se arriesgaban a explorar las montañas, convirtiéndose éstos en alimento para aquellas moldeables y horrendas criaturas. Esta era su preparación vocal, además de la carne, más allá de ello, también se alimentaron de los gritos de las cuerdas vocales, que quedaron igualmente desgastadas a más no poder. Se comieron por completo al pobre hombre, curioso y atrevido,  reduciendo su cuerpo a migas de lo que habría de ser la estructura física del aventurado escalador e investigador, Robert Henryson.  Uniéndose a las demás voces que la tribu de las montañas había adquirido con el pasar de los años, en una mezcla gutural que daba origen a aquella carnada para los extraviados visitantes, haciendo que esto fuese el ingrediente que le suministraban y moldeaban aquella preciosa voz.

FIN.

Si desea oír esta historia narrada en vídeo, puede hacerlo haciendo click aquí.




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